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Los obispos, la oración y la doctrina

        La Conferencia Episcopal Española acaba de publicar unas Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana, según reza el subtítulo. Mal empieza, pues rara vez la doctrina inspira la oración, y nunca la oración se atiene a la doctrina. Pero en el Documento predomina la preocupación doctrinal. Pide a los fieles y a los sacerdotes que “no se dejen arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas”.

        Fiel a los criterios del papa Benedicto XVI y de su documento estrella Dominus Iesus (2000) cuando, como Cardenal Ratzinger, presidía la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, la Conferencia Episcopal Española enseña cuál es la verdadera oración cristiana e insisten en que ésta es la única oración verdadera. Y parte de que “la unión con Dios se realiza objetivamente en el organismo sacramental de la Iglesia”. Solo en la Iglesia católica.

        ¿Qué diría Jesús, el orante contemplativo, que no conoció ni previó organismo sacramental ni aparato eclesial alguno? Los obispos se proponen ayudar a “ofrecer caminos de espiritualidad con una identidad cristiana bien definida”, que solo ellos conocen y poseen en exclusiva. He ahí su clave teológica fundamental. Una clave poco espiritual, pues el Espíritu abre siempre más allá de todas las formas, y todas las instituciones y religiones no son más que eso: formas culturales de la experiencia universal del Misterio apenas vislumbrado entre velos.

        El documento alerta sobre todo contra los graves errores que acechan a los cristianos que practican el mindfulness (ejercicio de plena atención) o la meditación zen. Por ejemplo: establecer paralelismos “entre el camino del zen y Jesús como camino”, o entre el “vaciamiento” de Jesús y el “desapego” budista, o eliminar “la diferencia entre lo divino y lo creado”, o confundir la “sensación de quietud” con las “consolaciones del Espíritu Santo”. En quienes practican el zen no ven más que peligros y confusiones, pero no advierten peligro ni confusión alguna en quienes creen mantener la “identidad cristiana bien definida”. Miden, definen, diseccionan la experiencia espiritual sin reparar en la compleja ambigüedad del espíritu humano, tan impenetrable en su fondo como el Espíritu divino que sopla donde quiere. Doble falta de lucidez y de respeto: de lucidez para observar en sí las sombras ajenas, y de respeto para reconocer en el otro la luz que nos ilumina.

        Contra todo “relativismo” y pluralismo religioso, el texto insiste en que el hombre histórico Jesús es el “salvador único y universal”, la única revelación plena de Dios en el cosmos, el “único camino que nos conduce” a Dios. Se equivocan, pues, quienes “relativizan los aspectos concretos condicionados histórica y culturalmente de la persona de Jesús”. ¿Pero no fue acaso relativa, pongamos por caso, su lengua aramea? Y su imagen de Dios ¿no fue tan cultural y relativa como su lengua aramea? Todo indica que los obispos identifican abusivamente nuestras pobres ideas e imágenes con la realidad del Infinito. Afirman, por ejemplo: “La representación trinitaria se corresponde con el ser de Dios”. Pero el primer Mandamiento bíblico ordena: “No te harás ninguna imagen de Dios ni te postrarás ante ella”.

        “¿La oración es un encuentro con uno mismo o con Dios?”, preguntan los prelados en tono polémico, como si cupiera tal disyuntiva. ¿Es que alguien puede conocer a Dios o el Fondo del Ser sin conocerse, o conocerse a fondo sin reconocer en él el “Yo Soy” de la Zarza Ardiente? No han leído o entendido aquello de San Agustín: “Si me conociera, Te conocería”, o aquello de San Juan de la Cruz: “La unión del alma es divina” y “La sustancia del alma es Dios por naturaleza”. O lo del poeta estoico Creanto a quien cita San Pablo en el Areópago de Atenas: “En Él vivimos, nos movemos y somos”. Y El/Ella/Ello en nosotros, en todo.

        Señalan que la cuestión de fondo es si Dios es un “tú” personal o un “ser impersonal”, si “tiene un rostro concreto o estamos ante un ser indeterminado”… Como si la experiencia espiritual profunda, sea religiosa o laica, no nos llevara justamente a transcender radicalmente esas categorías – uno/dos, personal/impersonal, yo/tú– de nuestra mente, que da para lo que da.

        Lean si no y reciten cada día aquella hermosa oración del obispo y teólogo místico San Gregorio Nacianceno, del siglo IV: “¡Oh Tú, el más allá de todo! / No hay palabra que te exprese ni espíritu que te comprenda. / Todos los seres te celebran. / El deseo universal, el gemido de todos, suspira por ti. / Todo cuanto existe te ora, / y hasta ti eleva un himno de silencio / todo ser capaz de leer tu universo. Eres todos y no eres nadie. / Ni eres un ser solo ni el conjunto de todos ellos. / ¿Cómo puedo llamarte, si tienes todos los nombres? / ¡Oh Tú, el único a quien no se puede nombrar!”. Sabía lo que decía: lo Indecible, el Uno sin dos, el Fuego y el Ser de todos los seres. Como lo supo Jesús en tantas noches de silencio y soledad, de Paz subversiva, y por eso nos dijo: “Cuando oréis, no os perdáis en palabras”.

        Dejémonos de tanta palabra. Sumerjámonos, desnudos, en el Silencio, la Realidad o la Presencia. En Dios o el Infinito, a donde la sed profunda nos guía, más allá de esquemas, imágenes y rezos. Más allá de nuestras ideas, creencias y doctrinas.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo Noticias el 15 de septiembre de 2019)

11 comentarios

  • ana rodrigo

    Yo tengo muy claro lo que no es oración, por ejemplo lo que llaman oración de petición, o dirigirse a un dios fuera de nosotr@s, alguien que es todopoderoso y omnipotente, y a la vez misericordioso como la cuadratura del círculo, no digamos ya el Dios del AT, un dios excluyente, violento, que toma parte por sus elegidos, etc. Vamos, un dios inventado a la medida por cada pueblo.

    Por tanto para hablar de oración primero habría que aclarar qué o quién es Dios, cosa imposible; o en qué dios creemos, por tanto habría que revisar eso que llamamos fe.

    Me ha encantado la oración de Juanito: aquí estoy, aquí estoy dispuesta al compromiso con todo aquello que es bueno para la humanidad y para la Tierra en general. Es una actitud, y cada cual debe buscar la estrategia, los medios, o el camino. El trabajo en nuestra propia interioridad es única, dependerá de lo que se busque, de lo que le vaya bien, de que nos mantenga viv@s y receptiv@as. Y el yoga o la relajación quita muchas telarañas que nos impiden ver con nitidez el sentido de la vida.

     

  • Carmen

    Creo que fue mi suegra la que me contó que iba un chaval a la iglesia, ella era muy de parroquia, era pequeño y como no sabía rezar , decía a todo: aquí está Juan, aquí está Juan…

    Se me quedó grabada esa historia. Me gustan mucho los críos. Me imaginaba a ese Juanito diciendo; aquí está Juan…

    Con el tiempo pienso que es la oración más bonita del mundo . Aquí estoy.

    Pero si los señores obispos dicen otra cosa…

     

  • Santiago

    No se trata de seguir a las personas humanas…ni hacer lo malo que hacen…puesto que habrá los que dentro y fuera de la Iglesia le den la espalda a lo que está bien, a lo que es correcto…Y otros, dentro y fuera de la Iglesia tratarán de encontrar el camino del Evangelio…

    Por lo tanto, lo importante es que si nos llamamos “cristianos” entonces debemos seguir a Cristo… y, además, seguir lo que El enseñó aunque, pocos o muchos, de los que se llaman sus discípulos se aparten de El y de su doctrina…Lo importante es lo que Cristo nos dice a nosotros ahora en el siglo XXI…ya que El es el camino…Por eso la oración es la expresión del deseo de Dios de que el ser humano  “viva” y del deseo nuestro de saciar la sed de amor en ese mismo Dios…puesto que solo en El podremos descansar a cabalidad…Esta vida sólo es trabajo…para conseguir la otra….La oración es inseparable de la fe…es efectiva si nosotros practicamos la fe…y es el único camino para tener vida espiritual…sin la cual no podremos alcanzar el ideal cristiano…

    El cristianismo no implica una “felicidad inmanente” en esta vida….La puerta no es ancha para nosotros…es estrecha…llevamos la misma cruz de Cristo que nunca prometió felicidad perpetua “aquí abajo” sino seguirle diariamente en los pesares y en las alegrías de la vida…Es un “optimismo utópico” el pensar que nosotros los humanos podremos resolver todos los problemas de la existencia para lograr una “sociedad material perfecta”…Por nuestra misma naturaleza humana esta idea es una imposibilidad…

    En Cristo “nos movemos y existimos”…Por El todo se ha hecho, y en El todo se ha recapitulado, y todo tendrá su cumplimiento…El hecho que en otras religiones y creencias exista el bien ES porque poseen elementos de la Revelación externa e interna de Cristo…Pero la FE cristiana se fundamenta en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios verdadero, que es “Su propia palabra eterna”…que nos llama a todos como única Verdad absoluta…Por eso el cristianismo no puede ser relativo…puesto que predica la Verdad revelada…Jesús es el testimonio perfecto de lo que es absolutamente cierto…La Revelación de Cristo ocurrió en la historia y Jesucristo es un personaje real…no un mito…no un mero símbolo…sino que es cierto, universal…y que vive permanentemente…Todo lo demás, “las otras cosas de la faz de la tierra” se dirigen, de alguna manera, a la Verdad suprema de la presencia del Cristo total y cósmico. La Iglesia es el camino que El quiso para que llegáramos con facilidad hasta El…Por eso quien ora “cree, espera y desea” y como decía Teresa de Avila “estando a solas con quien sabemos que nos ama”..

    Por eso la oración no solamente es expresión de sentimientos, sino combate, pues existe una confrontación de la propia vida con la voluntad de Dios. Debe ser simple tal y como Jesús nos enseñó.

    Saludos cordiales

    Santiago Hernández

     

  • Joserra

    Las recomendacines sobre religion y oracion que den unos obispos que bendicen tanques, relegan a la mujer a un segundo Plano en la Iglesia y no se mojan con valentina por los derechos humanos de los emigrantes, me parecen  un  cuento que nada tienen que  ver  con  Jesus y su mensaje.

    Pero  tambien creo  que detras  de tanto yoga,  mindfulnes y meditacion trascendental hay  una  sociedad  vacia y opulenta  que se  mira  al ombligo mientras  que  el  tercer  y cuarto  mundos luchan  por coseguir  unas  condiciones  de vida dignas.

    Una religion  y oracion que  no  lleven a la justicia y a la fraternidad me  parecen falsas, por  muy espirituales, profundas y transcendentales que sean.

  • No he entendido el artículo descriptivo de Don Oscar Varela. Me gustaría saber a dónde va o a lo mejor ya está aquí.

  • Pedro Bosch Orrego

    En realidad no se si los señores obispos rezaran. Inventar si que inventan pero absurdas barbaridades.

    Si la oración es la forma de relacionarnos con nuestro padre Dios, ha de ser siempre una oración espontanea y actual. No podemos decirle lo que nos ocurrió el año pasado. Ha de ser lo que me ocurre, o nos ocurre en aquel momento.

    La oración debería ser siempre de acción de gracias y de ofrecimiento. Pero no. Le pedimos, casi siempre. Cuando Él está siempre al corriente de lo que necesitamos y lo que puede nos lo da. Siempre nos da la fortaleza y nos anima a entregarnos.

    Después, las oraciones que inventan los obispos, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, son mentira. Un ejemplo: Santa María “madre de Dios”, “ruega por nosotros”. María fue la madre de Jesús (hijo de Dios, como todos nosotros), pero nunca madre de Dios, porque Dios no tuvo madre, existió siempre, por tanto ahí la metieron los obispos. Si Dios es un padre, infinitamente bueno, no necesita intermediarios que pidan por nosotros. Eso se hace con un mal padre. Pero no con Dios.

    Y como estas saldrían un montón de consideraciones, pero vamos a dejarlas ahí. Orar a Dios, cuanto más mejor, pero no aislados y en silencio, sino en nuestro entorno diario. No olvidemos a Sta. Teresa, que decía que Dios también estaba entre los pucheros.

    Un saludo.

  • oscar varela

    LAS ERMITAS DE CÓRDOBA
     
    Si al acercarse el verano con sus ardores buscamos un lugar um­broso o una playa oreada, ¿por qué no hemos de buscar también sanatorios de silencio y casas de baños de soledad cuando algo dentro de nosotros nos demanda aislamiento?
     
    Visitemos, por ejemplo, las ermitas de Córdoba, que son una fábrica de soledad como no hay otra. En la cima de un monte se hallan las blancas celdas rodeadas de arbustos y árboles severos y de flores que traen a la memoria la flora extática del Beato Angé­lico; fornidos bardales que siguen las quebraduras del terreno ciñen la frente del monte; su recinto se llama el Desierto. El aroma de Córdoba, balsámico y pertinaz, es aquí más intenso, y plantas bra­vas le influyen algún dejo punzante, enérgico, tónico que acelera la sangre en las venas, despierta las más hondas ideas, sacude al mís­tico bufón que vagabundea por el cuerpo del hombre, y no obstante, unge los nervios de castidad y de templanza.
     
    Un cenobita con sayal del color de la tierra abre un portón; entramos. Dos hileras de cipreses ensimismados con su follaje re­cio, de un verde casi negro, conducen a la iglesuca y al aposento del capellán. En la sacristía se ven dos cuadros que figuran una antí­tesis dolorosa. Es uno la imagen horrenda de una pobre ánima del purgatorio ardiendo en llamas de ocre; en un rincón del lienzo está escrito: Alma en pena. En el otro cuadro se lee: Alma en gracia; representa una mujer tan bella, con unos ojos tan azules, unos cabe­llos tan augustos y dorados y unos labios tan deleitosos, que a no hallamos a tamaña altura sobre el nivel del mar y de los instintos, alguna inquietud nos sobrecogería.
     
    Luego conviene dejarse ir, lasa la voluntad, por el campo austero que se abre en derredor. Las ermitas están desparramadas en la cima, ocultas en la espesura. Cada una tiene su huerto, largo de algunos pasos, ceñido por blanca tapia que se recata entre las chaparras y las higueras. Cada una tiene un ciprés y una espadaña.
     
    A poco de estar en semejante lugar somos transportados a la mansa región de las ideas generales. Las pasiones y las querencias de la carne no concluyen nunca, en verdad; tal vez sigan inquietando nuestros cuerpos bajo la tierra; pero aquí se intelectualizan, se con­vierten en conceptos puros y son más llevaderas. Siempre es menos dolorosa una teoría que un amor.
     
    Va muriendo la tarde. El silencio es sorprendente: para los que de ordinario vivimos en medio del estruendo ciudadano, un ins­tante de silencio nos suena a algo cristalino que se rompe. Sobre la frente, el cielo. Córdoba, en lo hondo, prolonga su añejo sopor en brazos del Guadalquivir; el color blanco azulado del caserío favo­rece la blancura, la discreción del paisaje lejano. Por el contrario, cuanto hay en el recinto de las ermitas tiene esa crispación audaz que ha de hallarse en el rostro del místico al punto de saltar de la oración al éxtasis.
     
    Se siente caer en torno la llovizna bienhechora del silencio, y elevarse de entre los árboles humaredas de paz. Respíranse emana­ciones de supremo idealismo, y al cortar una flor salvaje, nos pa­rece desglosar una palabra de San Juan de la Cruz o de Novalis, y mezclo estos dos nombres porque aquí se está de tal manera por encima de todo, que la ortodoxia y la heterodoxia se entrevén ape­nas, como dos muías negras que cruzan ahora, allá abajo, por un camino de plata. El espíritu queda proyectado hacia las últimas preguntas: ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la felicidad?
     
    El rumor casi humano de una campana parladora surge de una espadaña y se esparce en halos armoniosos: es un son blando y aca­riciador que pasa refrescando el cerebro y produciendo suave angustia, como si una mano de mujer se posara en nuestro pecho y lo opri­miera. Hay en las quietudes de los campos sonidos que despiertan en nosotros cúmulos de sensaciones tan agudas y deliciosamente complicadas, que quisiéramos tener mil oídos y mil orejas para escu­char con todos ellos aquella nota única.
     
    Otra ermita contesta con su campana; después, la capilla, más grave, da su voz; más tarde, y lejos, habla otra nerviosamente, y luego otra y otra, dulces, tranquilas, ritmosas, balbucientes; cada una desarrolla bajo el cielo benigno del atardecer el sereno tapiz de meditaciones que ha urdido sobre su soledad el eterno cenobiarca que las tañe. Estos monjes tienen muertas sus viejas lenguas puri­ficadas, y dejan a las campanas que conversen en su lugar. Doscien­tos cincuenta y tres tañidos debe dar al día cada ermita. ¡Ah!, la voz de las campanas de las celdas es una música teológica que echa sobre el pensamiento paños blancos de sosiego. Cerca de nosotros chirrían los goznes de una puerta. De ella sale un ermitaño con su bordón de coro; comienza a andar por una vereda entre los setos espinosos, y se dirige a la capilla. Es un viejo cetrino y alto que al caminar cojea. A seguida, otros solitarios abandonan sus huertos con un bordón igual en sus manos oscuras. Y es una imagen exótica de otros países y tiempos la que ofrecen estos peregrinos de barbas abundosas, haciendo vía aquí y allá por toda la extensión quebrada del Desierto; ahora aparecen destacándose en el cielo como si llega­ran de la Tebaida en una nube de oro, y a poco se hunden en un barranco y vuelven a aparecer indecisamente entre los árboles, bo­rrándose sobre la tierra del mismo tono caliente que sus hábitos. ¿Quiénes son estos hombres? Son, en su mayor parte, campesinos toscos que, heridos por un súbito fervor, ascienden a este monte, y aquí se olvidan de sí mismos por espacio de algunos años y aun todo el resto de sus días. No hacen votos solemnes de vida monás­tica. ¿Para qué? ¿A qué dar a su aislamiento el matiz sombrío de una acción irremediable? Visten el sayal, cubren su cabeza con esa extraña monterilla de judío, se ciñen los lomos con un rosario he­cho de huesos de aceitunas o una ancha correa, dejan crecer sus barbas y enjaulan en una de estas celdillas toda la casa de fieras de sus instintos. Conforme pasa el tiempo, van despojándose de ellos y arrojándolos delante de sí con la ingenuidad, con la len­titud, con la sencillez con que se tiran piedrecillas en un agua muerta.
     
    En Constantinopla, donde tanto escasea, hay una Sociedad de bebedores de agua; quienes la forman reparten sus simpatías entre aguas de diversas estirpes, y unos prefieren la del Eufrates, porque son biliosos, y otros las del Danubio, porque son linfáticos; o las del Nilo, por afición arqueológica. ¿Qué secretos no sabrán del agua cuando hacen del bebería un arte? De análoga manera, los ermita­ños, bebedores de soledad, son grandes entendidos en sosiego. Acaso no mediten mucho, como los catadores sabios no acostumbran a beber demasiadamente. Alguno de entre ellos ha vivido en todos los lugares apartados y quietos de la tierra; en cada uno ha gustado la soledad ambiente, y por último se ha fijado aquí, por juzgarla la más útil para su vida interior.
    A mis soledades voy;
    de mis soledades vengo…
    decía Lope de Vega. Estos hombres-islas saben más y se están quedos, dejando que las soledades vayan y vengan al través de su espíritu, llevándose en aluvión la escoria de las pasiones. Y así, estos hombres llegan a tener sus almas tan pulidas como cantos rodados, o más bien como huesos enterrados en cal.
    ……………………..

  • Asun Poudereux

    Muchas gracias, por esta reflexión. Demasiada paciencia y hasta tiendo a pensar una pérdida de tiempo.
     
    Por delimitar lo no delimitable en normas y cosmovisiones, se ha encapsulado a Dios, cosa imposible e inimaginable de hacer, y se han apropiado de todo lo que apunta a lo trascendente.           
     
    Se ve que no les falta comida,  incluso se la ganan, mejor dicho,  se la dan y cocinada con sumo esmero y calidad.                          Solo espero y hasta confío que toda esta veneración tenga su sentido y termine haciendo un mundo más humano en tanto que lo divino, lo es, sin separación de ninguna clase. 
     
     Un abrazo abierto a todos.

  • Yo me quedé perplejo ante el atrevimiento de los obispos; menos mal que Arregi me ha echado un capote y sigo respirando con sosiego. Y es que estos obispos no aprenden o no leen o no rezan porque lo que se dice comer…sí.

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