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Grothendieck: Fe en sí mismo y misión personal

IV ASPECTOS DE UNA MISIÓN (1): un canto de libertad

El libro La llave de los sueños lo escribe Grothendieck entre marzo de 1987 y marzo de 1988 para dar cuenta de todo el proceso espiritual de su vida. Pero en la sección 37 (9 de julio 1987) interrumpe el relato del Viaje a Memphis, porque dos semanas antes ha ocurrido un hecho que va cambiar para AG todo la inteligencia de lo que ha siso su larga búsqueda espiritual. ¡Le han llegado y lee por primera vez los dos libros principales de Marcel Légaut! Y se ve obligado a escribir sobre todo lo que ha significado para él ese encuentro con Légaut. Sobre todo, el entendimiento de lo que es la misión de la propia vida que se va intuyendeo poco a poco a lo largo de decisiones libres tomadas o aplazadas, a lo largo de las diversas etapas de la vida. Es el misterio y a la vez la evidencia de esa conjunción d mociones que vienen de fuera (de Dios) y de la propia libertad que acomoda a esa presencia del Incognoscible. Lo conceptos de fe en si mismo, fe en el otro, fe en Dios diferente de cualquier creencia, sentido de la vida y misión única de la propia, diferencia entre lo general y lo universal humano, influjo de unas vidas sobre otras con el testimonio de su itinerario propio, mutaciones trascendentales en algunos humanos que han atrevido a salirse del rebaño… todo eso van a ser conceptos de Légaut que va a integrar AG en su búsqueda espiritual y su libro a partir de ahora. En las secciones que reúne esta página va explicando lo principal. AD. 

[Una advertencia sobre la edición de esta Página de ATRIO. El texto y la numeración de secciones coinciden con el original tomado de La llave de los sueños o Diálogo con el Buen Dios, en la edición de Mateo Carmona. Las notas a pie de página conservan el número original en dicha edición, pero son accesibles (con tetorno automático) con el número en azul propia de este página en html. Los comentarios de Antonio Duato van siempre en itálica y con la firma AD]

ÍNDICE CON ENLACE A LOS DISTINTOS APARTADOS

  1. La impensable convergencia. 1
  2. El testimonio como llamada a descubrirse. 1
  3. Eros – o la potencia. 1
  4. El Sentido – o el Ojo. 1
  5. La visión. 1
  6. Hoy la visión innovadora es ante todo testimonio. 1
  7. El alma del mensaje – o las labores a plena luz. 1
  8. El hombre es creador – o el poder y el miedo a crear. 1
  9. Creación y represión – o la cuerda floja. 1
  10. Libertad creadora y obra interior. 1

NOTAS

 

 

  1. La impensable convergencia

(9 y 10 de julio) Hoy hace justo dos semanas que el relato de mi “aventura espiritual desde la cuna” fue interrumpido por la digresión imprevista y prolongada (sin darme cuenta de nada) de la inocente sección precedente “Dios habla en voz muy baja…”. Lo que se preveía como un breve intermedio ha rebrotado en una cascada de “notas metafísicas” naciendo unas de otras en un movimiento tan apretado, que no hubiera podido ni querido frenarlo ni pararlo, desde la nota-madre “Dios se oculta constantemente – o la íntima convicción” (surgida del “intermedio” y prologándolo) (no 19), que da a luz a toda la progenie algo tumultuosa de las doce notas siguientes (notas n20 – 31). Éstas constituyen una primera respuesta escrita a las fuertes resonancias suscitadas en mí por el encuentro con el pensamiento religioso de Marcel Légaut, en sus dos libros ya abundantemente citados “El hombre en busca de su humanidad” e “Introducción a la comprensión del pasado y el futuro del cristianismo” (¡un título bien largo para un texto tan capital!). Por eso ni siquiera he encontrado tiempo libre para continuar la lectura de éste último, ¡tal ha sido el suspense por hacer “converger” como sea la escritura de un haz de notas que parecía querer divergir más y más! Ayer al fin lo conseguí, y ayer hice novillos – continuando en seguida la lectura interrumpida, quién lo duda…

En el párrafo siguiente AG constata una diferencia que parece extrema entre el itinerario de dos personas que empiezan por una creencia ideológica heredada opuesta (catolicismo-anarquismo)  y que tras largo proceso de búsqueda interior convergen en una misma fe en sí mismo y en una fe en un Dios presente en lo más íntimo y libre de uno mismo. AD.

Lo que más me ha llamado la atención leyendo a Légaut, ya desde el primer libro, pero con una fuerza revulsiva (el término no es demasiado fuerte) al comenzar a leer el segundo, es la extraordinaria convergencia de dos experiencias y dos pensamientos que, según parece, se ignoraban mutuamente, que jamás se habían cruzado. Sin embargo, bien sabe Dios que los horizontes sociológicos e ideológicos de los que uno y otro somos retoños (heterodoxos, todo hay que decirlo), igual que los temperamentos personales, están en las antípodas en muchos aspectos. De un lado los padres ateos, unión libre, anarcos, marginales por elección – del otro la familia decididamente católica, matrimonio por la iglesia “y todo eso”… La convergencia de itinerarios me choca tanto más como algo verdaderamente extraordinario, casi milagroso, providencial. Ese sentimiento de lo “providencial” me embargó desde que comencé a leer la “Comprensión del cristianismo” (si se me perdona la abreviatura del título prohibitivo).

¡Y con razón! Hacía dos o tres meses que mi pensamiento le daba vueltas a la cuestión de los designios de Dios que se manifiestan a través de la historia de las religiones. Entre éstas, bien percibía que el cristianismo jugaba un papel muy diferente, no tanto por sus caracteres propios entre otras religiones, como por la figura de Jesús y de su extraordinario destino.

Según mis primeros sondeos a diestro y siniestro, no parecía que fuera a encontrar en la literatura filosófica o religiosa una reflexión de envergadura, que tratase las cuestiones que sentía verdaderamente cruciales. Pero también sentía que enfrentarme a esas cuestiones es parte de mi misión, que me acaba de ser manifestada[1] 117 de forma tan clara y perentoria. Incluso ése iba a ser, muy probablemente, el “plato fuerte” de mis reflexiones en los próximos años. Y hete aquí que “por la mayor de las casualidades” caigo sobre ese libro[2] 118 de un autor del que jamás había oído hablar, que entre todos es el que se enfrenta justo a las cuestiones que siento más cruciales, e incluso con el espíritu con que yo lo hubiera hecho; pero alguien, además, con la experiencia de toda una vida en contacto con las realidades espirituales y religiosas, y que había madurado mucho tiempo en sí una visión de las cosas mucho más profunda que la mía ¡mientras que yo acabo de desembarcar!

Y aún había más. Hace una docena de años que comencé a “entrar en mi misión”[3] 119, aunque sin ser plenamente consciente hasta el pasado mes de enero; una misión por otra parte de “éxito” no sólo altamente improbable, sino prácticamente imposible según la sabiduría humana – una misión que la lección de los hechos, incansablemente reiterada e idéntica a ella misma, parece volver insensata, condenarla de antemano a la esterilidad total[4] 120. Y he aquí que por primera vez me llega, como un eco que hubiera aventajado a mi voz, una especie de “confirmación” externa de mi misión, por la voz de otro – de un hermano según el espíritu que, siguiendo su propio camino a partir de una experiencia totalmente diferente, pero prosiguiéndolo según una misma exigencia tácita e imperiosa, ha llegado a una visión de la realidad espiritual ciertamente distinta de la mía, pero con una relación de secreta armonía entre ambas, una “relación de diálogo”, de diálogo espontáneo e inmediato. Y aunque el libro que estoy escribiendo sobre los sueños pueda parecer sin relación directa con los temas abordados por Légaut en sus dos libros, ya en los días siguientes al encuentro con el primero de los dos, sentía que modificaba mi propio trabajo de una manera que yo mismo no hubiera sabido discernir (si no fuera por unas señales imperceptibles y aparentemente irrisorias), y que sin embargo presentía, o mejor dicho sabía, que en modo alguno era insignificante o superficial. Era como si en adelante, al lado de mi propia experiencia de las cosas y de la visión del mundo (en continuo devenir) en que ésta se ha transformado, estuviera silenciosamente secundado por la experiencia y la visión de otro; no tanto por lo poco que sabía de esa experiencia y de esa visión distintas, como por el mero hecho de que se hubiera establecido el contacto y en adelante supiera que existían, con unas tonalidades muy particulares, muy personales que acogí en mí durante unas horas de intensa “escucha”.

AG acaba de reconocer (en las palabras resaltadas) lo mucho que que le aporta el texto de Légaut en su búsqueda personal que dura doce o diecisiete años (si se considera la decisión de 1970 como inicio del proceso). Y a continuación señalará el capítulo X de El Hombre en busca de su humanidad, como el más decisivo para su método. Sería recomendable, quien quiera seguir con el resto, conocer ese libro o ese capítulo de Légaut, que no está accesible en digital. Pero un resumen y algún fragmento sí que se puede ver en el curso de ATRIO (2010) Introducción a Marcel Légaut y, más en concreto, en 11. La Fe en Dios. En adelante, aquí, se supondrá que el lector conoce mínimamente los libros de Légaut, accesibles en la Asociación Marcel Légaut que  los edita, o, al menos, el referido Curso de Introducción de ATRIO. AD.

Fue en el capítulo “Fe y Misión” del libro “El hombre en busca de su humanidad” donde encontré claramente expresado sobre la misión humana, incluso antes de que pensara en expresármelo a mí mismo, lo que ya sabía oscuramente, por lo que me había sido revelado hacía apenas unos meses sobre mi propia misión. Cosas muy delicadas, cosas “imposibles” que nadie puede inventarse, sino que sólo puede expresar con tal autoridad, seguro de tocar lo universal, quien no sólo haya tomado conciencia de su propia misión y haya asumido su radical imposibilidad por un acto de fe incesantemente renovado; sino que además tenga la profundidad de visión para discernir esa misma aventura espiritual jamás expresada claramente, siempre dicha entre líneas, en otros seres. Hombres del pasado y hombres de hoy, que una misma fidelidad a ellos mismos les hace “adherirse” a una misión tan imposible, animados por esa fe en lo mejor de ellos mismos, oscuramente reconocido como tal a pesar de los ásperos desmentidos del mundo entero y de la superficie de su mismo ser, toda impregnada de los valores de ese mundo.

La lectura de ese capítulo[5] 121 ya me llenó de alegría. Era un mensajero que venía a confirmarme algo ya sabido íntimamente, de capital importancia en mi existencia, y que me mostraba que no era el único en el mundo en haberlo experimentado; y a la vez también era la revelación irrecusable de la profundidad y la autenticidad de un pensamiento que de buenas a primeras me había atraído y había sentido cercano al mío, aunque manteniéndome hasta entonces en una prudente expectación.

Al hablar hace poco de “convergencia” de dos “itinerarios”, veía en ella una llamativa ilustración, que viene muy a punto, de la convergencia general de las misiones humanas, que Légaut percibe con una profundidad visionaria que no puede más que llevar a la adhesión de todo ser que (como es mi caso) comience a abrirse a la realidad espiritual. No podía dudar de que lo que Légaut describe es verdadera visión, y nada del tipo de una simple “esperanza escatológica” sobre los últimos fines de la humanidad, en marcha hacia su futuro. Sospechaba, y tanto más cuanto mis sueños proféticos me hacían presentir un movimiento en el sentido de tal convergencia, un movimiento que sería llamado a manifestarse y tomar forma en los próximos decenios, bajo el impacto de una iniciativa divina de una amplitud y una fuerza sin precedente en la historia de la Creación. Seguramente ni Légaut ni nadie (salvo Jesús hace dos mil años…[6] 122) ha soñado nada de eso, y sería al menos dudoso que tomase en serio estas profecías, suponiendo que aún esté en vida…

En Légaut AG ha encontrado un guía y compañero en la búsqueda interior y una fe en que Dios tiene reservadas misiones a personas individuales en tiempos y lugares alejados pero que podrían irse sincronizando hasta producir grandes cambios o mutaciones en la conciencia y en la historia. AG dice que Légaut ve y no se trata de una simple esperanza escatológica. Pero Légaut no tuvo ni creyó tener visones o revelaciones especiales, sino pura fe y esperanza subsiguiente en fe desnuda. Légaut sentía la soledad de su misión, pero estaba acompañado siempre de una tradición espiritual auténticamente cristiana y de unos grupillos de interlocutores. Tal vez por eso pudo aguantar su soledad con más equilibrio mental que AG que parece derivó en 1990 a una crisis de visiones y voces que ya no eran  su misión. Pero el dejar textos como el que estamos siguiebdo sí que creo era su misión. AD.   

Pero por mi parte, en ningún momento me había sido dado ver o sólo entrever, aunque no fuera más que en un caso, esa “convergencia” de la que Légaut habla con la autoridad del que ve. Muy al contrario, lo que me ha chocado más y más a lo largo de los últimos diez o doce años, ha sido una especie de divergencia espiritual general, a la par que la uniformización de los modos de vida y las estructuras ideológicas en todo el mundo; una cacofonía de mutua incomprensión mantenida por la huida de uno mismo también general. Y es esa cacofonía, en la que mi voz (suponiendo que me entrase la fantasía de querer hacerla oír) no podría ser más que un irrisorio decibelio de más en el infernal estrépito de una humanidad hundiéndose en su propio ruido – es esa cacofonía seguramente la que me ha hecho dudar tanto tiempo, en lugar de consagrarme en cuerpo y alma a lo que en el fondo bien sabía que era mi verdadera misión: a lo que ningún otro ser estaba llamado más que yo sólo, lo que ningún otro podría hacer en mi lugar…[7] 123

Ha hecho falta que Dios Mismo me animase a lanzarme, sin preocuparme más de reciprocidades ni de eficacias, que Él me hiciera comprender que el devenir de lo que era más personal, lo más íntimo en mí no era extraño al Todo y a los designios de Dios sobre la humanidad entera, para que se desprendieran de mí esas dudas e hiciera claramente mi elección: servir a los designios de Dios con todas mis fuerzas y todo mi corazón. Entonces supe que no tenía que ocuparme de lo demás. Lo demás no puede dejar de venir por añadidura y a su tiempo – durante mi vida terrestre presente tal vez o si no más tarde, en el fondo poco importa…

Por tanto puedo decir que en cierto modo ya “sabía”, por revelación, que la imposible “convergencia de las misiones humanas” no podía dejar de dibujarse antes o después. Que eso estaba inscrito en los últimos finales del Universo, incluso si Dios Mismo quizás no supiera decir en lenguaje humano de qué manera se iniciaría (si no se ha iniciado ya), se proseguiría y se cumpliría, a despecho de todo el peso prodigioso de la inercia espiritual de los hombres. Pero no recuerdo haber percibido jamás, por mis propios medios, ningún signo convincente. Tanto mayor era la alegría de encontrar, a través de su obra, un hombre que no sólo afirmaba tal convergencia[8] 124, sino que visiblemente también la veía.

Tal era mi visión y mi comprensión de las cosas al escribir la sección “Fe y Misión” (no 34) en los días siguientes a la lectura del capítulo del mismo nombre del libro de Légaut. Y unos días después (el 26 de junio), al abrir la “Comprensión del cristianismo” y comenzar a entrar en la substancia del libro, fue la revelación, verdaderamente fulgurante esta vez, de una convergencia casi impensable de tan improbable que parecía – ¡y sin embargo verdadera! Y no una convergencia entre el pensamiento y la misión de un Señor X y un Señor Y de los que quizás ya hubiera oído hablar, tal vez entre Platón y San Agustín o Dios sabe quién – sino que entonces sentí un movimiento en el que estaba implicado directa y poderosamente, no sólo por la superficie de mi ser sino por mi existencia entera, y por mi relación con la existencia de los demás hombres y con el devenir de toda la humanidad. ¡Había con qué estar “sobrecogido” en efecto!

 

  1. El testimonio como llamada a descubrirse

(11 y 12 de julio) Después de que haya aludido a mi “misión”, quizás sea el momento de que intente decir, hasta donde se pueda, cómo la percibo actualmente. Decir al menos cómo la percibo en relación “al mundo”: cuál es, en sus rasgos esenciales y en su espíritu, el mensaje que me siento llamado a llevar. Ya desde ayer e incluso desde anteayer, el pensamiento comenzó a husmear en esa dirección, a preparase… No hay nada que hacer ¡ahora tengo que “pringarme”! Tanto peor otra vez para el “hilo de la reflexión”[9] 125, que sin embargo no se perderá…

Quisiera desentrañar lo que es verdaderamente esencial, el alma misma del mensaje. Para eso, antes que intentar decirlo abruptamente, diré primero ciertos aspectos que siento importantes, pero que sobre todo se me presentan como los medios, ligados a mi persona y a mi experiencia particular, para expresar y “pasar” lo esencial – “a los que tengan oídos para oír”. Seguramente, tengo la misión de testificar lo que ha sido mi vida, y lo que aún es en el momento en que escribo[10] 126.  Ciertamente, no es cuestión de ser exhaustivo, ni siquiera en una determinada perspectiva como en la que me he situado en este libro: la historia de mi relación con Dios, o de mi aventura espiritual. Pero, para mí tal testimonio no tiene sentido más que si se hace “en verdad”, con todo el rigor y toda la simplicidad de los que soy capaz, sin escamotear los rincones sombríos o dudosos y sin acentuar lo rosa.  Al hacerlo, siento por momentos que mi manera muy “metiendo la pata”, sin contemplaciones ni conmigo mismo ni con algunos de mis compañeros y otros implicados en mi aventura, ni con la susceptibilidad del lector, testigo desconocido de un relato que se dirige más a mí mismo que a él – que esta manera carece seguramente de esa virtud de “discreción” que Marcel Légaut recomienda con tanta insistencia y con razón, y que él mismo practica con tanta perfección. Pero, quiéralo o no, estoy llamado a testificar de esa manera. Como para testificar también, por así decir con el ejemplo, lo que llamo la “meditación”, es decir, el trabajo de reflexión sobre mí mismo, cuya razón de ser es el descubrimiento y comprensión de mi propio ser. Si fuera posible, mi testimonio quisiera ser una meditación proseguida “en público”, o  al menos, con intención de publicarla. Por eso mismo, quisiera ser también aliento y llamada para que también el lector entre, al igual que  yo hago en su muda presencia, en su propio ser, en su propia vida, y en ella vea perfilarse una existencia humana. Como para decirle: !es así de simple, ves! Si vives alejado de ti mismo, no es que te falten los medios para conocerte a ti mismo y profundizar en ti ¡igual que no es la ausencia de medios lo que me hecho vivir en la superficie de mi ser la mayor parte de mi vida!

Ciertamente toda creación testifica de modo más o menos íntimo y más o menos directo sobre el obrero que la ha creado. En mi obra, ese testimonio seguramente será el más directo, el más inmediato, el menos “discreto” que haya. Así es como creo responder mejor a la exigencia de conocimiento de sí. Me parece que esa exigencia va más lejos en mí que en la mayor parte de los “espirituales”[11] 127, es decir que en aquellos para los que eso que Légaut llama “profundización interior” está verdaderamente en el núcleo de su existencia y le da todo su sentido. Dicho de otro modo, un aspecto de mi misión (que al parecer no se encuentra bajo esta forma en la de Légaut ni de ningún otro que yo conozca), es promover un vivo interés por el conocimiento de uno mismo, o mejor dicho, por una actitud interior de descubrimiento de uno mismo. Ciertamente ésa es una llave para el descubrimiento y el conocimiento de los demás y del mundo espiritual. Y es ella la que me ha conducido de puerta en puerta al descubrimiento de Aquél que me esperaba. Pero más aún que un medio de conocimiento, es también la vía (o al menos una vía) hacia su propio devenir, hacia la maduración del ser y su liberación, por la liberación de sus fuerzas creadoras en el plano espiritual.

En la estela de este testimonio y de esta llamada, y en paralelo con ellos[12] 128, quisiera promover un conocimiento de la psique humana “en general”, con una óptica espiritual[13] 129. La ignorancia al respecto, incluso entre los “humanistas” más cultivados y más prestigiosos, es casi universal y sobrepasa toda expresión. Hasta entre los espirituales, generalmente ese conocimiento es descuidado, permanece borroso y como bloqueado por un propósito deliberado de “espiritualidad”[14] 130. Paliar por poco que sea esa extraordinaria ignorancia generalizada, esa ceguera de la “cultura” a las realidades más elementales y más fundamentales de la psique, parece ir en el sentido de un cambio de “clima cultural”, que lo volvería más propicio, o al menos menos ferozmente adverso, al camino “espiritual” del ser en busca de sí mismo…

 

  1. Eros – o la potencia

Muchos espirituales, tanto entre los cristianos como entre los que han surgido de las tradiciones religiosas orientales, manifiestan frente al impulso erótico una actitud de desconfianza visceral, cuando no es la de un verdadero antagonismo, de una represión sin piedad[15] 131. Veo ahí el efecto de una deformación cultural universal, que ha pesado mucho sobre la historia de la humanidad desde la noche de los tiempos. Tendré amplia ocasión de volver sobre ello una y otra vez, y de modo detallado, si no en el presente libro, al menos en los que deben seguirle.

Ya va siendo hora de que los hombres sepan reconocer en Eros la gran fuerza creadora que actúa en el Universo, tanto en el plano material como en el plano de la vida y el de la inteligencia propiamente humana (32). Mientras el hombre no llegue a una relación armoniosa con esa fuerza cósmica que actúa en el Universo y en él mismo, por más “espiritual” que pueda ser, sigue siendo, en una parte esencial de su ser, un animal enfermo, en guerra contra sí mismo y contra las obras de Dios – aún no es plenamente hombre[16] 132. Al no saber afirmar y asumir nuestra humanidad, sin reserva y sin vergüenza sino reconociendo esa maravillosa riqueza que nos ha sido confiada, por eso mismo somos incapaces de asumir nuestra humanidad, incluso en algunas de sus manifestaciones más delicadas y más altas. Pues lo alto hunde sus raíces en lo bajo, y está muy enfermo el árbol que rechaza la tierra que le sostiene y que le nutre. No es casualidad ni aberración que en todas las lenguas del mundo (si no me equivoco), la misma palabra “amor” designa tanto la fuerza que atrae mutuamente a la mujer y al hombre y les hace devenir “una misma carne”, como el amor en el plano espiritual que trasciende a la carne y a la inteligencia humana. Y tampoco es casualidad, sino señal de una correspondencia íntima y profunda, que los balbuceos del amante al hablar a la bienamada, y los de la amante o el amante de Dios al hablar a Aquél que a menudo llamamos “Señor” aunque pensando con todo nuestro ser “Bien–Amado”, se hagan con las mismas palabras de amor. Y Dios mismo, cuando con el lenguaje íntimo y poderoso de los sueños habla de la relación de amor entre Él y el hombre, muy a menudo la expresa con fuerza revulsiva en la parábola del amor carnal, sin preocuparSe del decoro. Pues si el hombre está enfermo, Dios, Él, no se avergüenza de Sus obras, que testifican de Él todas. Y en verdad, para aquél que no se hace ni permanece esclavo del impulso de amor y de conocimiento (en su carne o en su inteligencia), sino que se deja inspirar y llevar por él y le toma prestadas sus alas para volar, Eros es una de las múltiples vías que llevan a la adoración y al conocimiento de Dios – la humilde vía del amor humano, vivido en su potencia y en su verdad.

Eros es una emanación de Dios, y la fuerza de Eros una manifestación de la fuerza creadora de Dios. Es la fuerza creadora divina actuando en la materia. Pero Eros no es Dios, como tenía tendencia a creer durante años, a falta de una profundización suficiente o simplemente a falta de un examen atento. Ahora me doy cuenta de que esa confusión actuó como un freno en mi progresión espiritual, desde el descubrimiento de la meditación hace diez años hasta el año pasado. Sin embargo, las consecuencias de tal confusión me parecen menos graves, y con mucho, que las que (a menudo cercanas a la neurosis) se siguen de la confusión inversa, que hace de Eros la encarnación favorita del diablo ¡del Enemigo en persona! Ésa es una verdadera aberración, un absceso que roe el alma – una negación asustada y rencorosa del Mundo y de la vida que palpita en el Mundo – el pulso de Eros. Afortunadamente en nuestros días esa forma de demencia comienza a ser rara.

Confundir Eros con Dios no cierra el ser ni al amor, ni a la belleza de las cosas, ni a la admiración. No es un acto de negación y de violencia sino simple ignorancia, que cierra los ojos a lo que distingue el plano espiritual y la creatividad en ese plano de los planos inferiores. Es una carencia de agudeza para discernir la diferencia entre cosas ciertamente “parecidas” pero de esencia diferente. (Igual que el reflejo del rostro reenviado por el agua de un pozo es parecido al rostro y de esencia distinta…) Cuando la agudeza visual aumenta, aparece la distinción, como la luminosa revelación de algo sabido desde siempre y que se hubiera olvidado…

Promover un conocimiento de la psique desde una óptica espiritual no significa en modo alguno ignorar a Eros o vilipendiarlo, como tantos espirituales se ven en la obligación de hacer. Bien al contrario, eso exige reconocerle el papel que le corresponde – su papel único, crucial e irreemplazable de fuerza creadora original, que brota de las mismas fuentes de la vida sobre la tierra. Renegar de Eros, desgarrarse de él, es desgarrarse de la fuente de creatividad que hay en nosotros, y condenar al ser a agostarse, no sólo en los profundos impulsos del cuerpo y en su inteligencia creadora, sino también en el plano espiritual, es decir en su relación con Dios (33). Quien reniega del animal que hay en él reniega de Dios, quien se avergüenza del animal se avergüenza de Dios. Pues Dios está en el animal igual que está en el hombre. Él ha creado a uno igual que Él ha creado al otro, no para que el hombre odie o violente o desprecie al animal que hay en él o se avergüence de él, ni para que se haga esclavo de él mientras lo glorifica o lo niega, sino para que viva en buena armonía con él, y el animal sirva según su naturaleza y en alegría a la obra común del hombre y Dios.

Quisiera iluminar el tema de la verdadera naturaleza de la fogosa fuerza de Eros. Con ello podría ayudar a algunos a salir de una relación de ambigüedad inmemorial y a reconciliarse con esa fuerza que late en nosotros y en todo y nos vuelve creadores en nuestra carne y en nuestro espíritu. Tanto tiempo esté el hombre en estado de guerra insidiosa o declarada contra Eros, tanto tiempo estará en guerra contra sí mismo y contra Dios, y devastará a sus semejantes y a la tierra entera para escapar al conflicto que le opone a sí mismo y que devasta y desertiza su ser.

 

  1. El Sentido – o el Ojo

(14 y 15 de julio) En las dos secciones precedentes, he hablado de dos aspectos de mi mensaje íntimamente ligados: promover con el ejemplo del testimonio una actitud de descubrimiento de uno mismo y “en la estela”, un conocimiento vivo y matizado de la psique y de la aventura espiritual humana; e iluminar la verdadera naturaleza de Eros como la gran fuerza creadora que actúa en la psique y en todos los planos de la existencia que no alcanzan el nivel propiamente espiritual.

En el apartado anterior AG, cuando acaba de reconocer su entrega a la obra espiritual de descubrir y ser fiel a su misión, necesita separarse de quien confunde espiritualidad con negación del Eros, de los deseos humanos carnales. Volverá sobre ello más adelante y verá en Légaut una excepción. Pero lo interesante es que rápidamente ve cómo el Eros y el deseo no pueden determinar fines y ser fundamento de moral, distinción entre bien y mal. Sus explicaciones son tremenda sencillas e intelegebles, hasta parecer un predicador clásico, pero hay mucho y mu actual detrás de este apartado.  AD. 

Tal vez fuera más exacto ver el impulso de Eros como el motor que proporciona la energía y el impulso (llamado “deseo”) de la actividad creadora, subrayando que esa energía y ese impulso son ciegos por ellos mismos. Eros nos hace penetrar y recibir la substancia de las cosas en que invertimos nuestro deseo, pero ignora su sentido en nuestra existencia humana, y el sentido y el alcance del acto por el que asentimos a tal deseo, le damos satisfacción (sea creador o sólo gratificante), lo invertimos en tal ser o tal cosa o tal actividad. Ese sentido es inseparable de una comprensión del carácter “benéfico” o “maléfico” de nuestros actos y de nuestras actividades en su relación a un Todo. Pero discernir un sentido, o el “bien” y el “mal” que comportan nuestros actos referidos a un Todo, es una actividad propiamente espiritual, que escapa al radio de acción de Eros.

Por no citar más que un ejemplo entre mil que fluyen al momento: la bomba atómica es ¡ay! una auténtica creación intelectual (colectiva es cierto), seguramente de admirable ingeniosidad y de delicada precisión para sacar “provecho” de principios físicos de una generalidad extrema. Pero no por eso es menos una abominación, y una vergüenza y una maldición para nuestra especie, tan actuales hoy como nunca lo fueron. Todos los que de cerca o de lejos participaron a sabiendas en esa creación funesta, igual que los que después han participado o participan en su “perfeccionamiento” (!) y en su “rentabilización” (!!!) (y sin duda las iniciativas “geniales” técnicas o políticas no han faltado…), animados por la aprobación o la indiferencia de la mayoría, han cargado con una pesada responsabilidad por su participación en una empresa propiamente criminal. Ningún código penal los persigue, muy al contrario – pero eso no impide que tengan, sin duda, que rendir cuentas muy pesadas.

Esto para precisar hasta qué punto la distinción entre el plano de la realidad espiritual y los planos inferiores no es una vana sutileza de filósofo o teólogo. Para quien tenga dos ojos para ver, se deja sentir con una agudeza explosiva, aunque sea ignorada por todos, en cada paso y en cada acto consciente o inconsciente de una existencia humana, de la más anónima a la más ilustre. Es en la inconsciencia más o menos total como se llena hasta el borde la copa del karma de cada uno y la del género humano – una copa que Dios ha previsto inmensa, a la medida de esa prodigiosa inconsciencia – y que ahora está a punto de rebosar…

No basta que un vehículo esté provisto de un potente motor y se lance a toda velocidad, para que su acción sea benéfica, ¡se necesita mucho más! Para evitar las catástrofes aún se necesita un conductor. El conductor es el ojo que le falta al motor ciego. Cuanto más potente es el motor, más importa que el ojo esté alerta y el conductor vigilante. Y que no se acuse al motor, que es lo que debe ser y una maravilla. Más bien hay que emprenderla con el amo del vehículo por su ausencia o por su falta de vigilancia.

En casi todos los casos, cuando el conductor no está más o menos desfallecido, es “el intendente” alias “el patrón”[17] 133, “el yo” o “el ego”, quien hace las funciones de conductor, en lugar del amo ausente. Pero el yo es por naturaleza incapaz de captar, en estrecha simbiosis con Dios al que en realidad ignora, el sentido de las cosas. Animado de un amor propio tenaz, y de una fuerza de otra naturaleza pero no menor que la del impulso de Eros, es ante todo (e incluso cuando se muestra reacio) una réplica servil de las ideas y usos que se llevan a su alrededor, producto industrial y engranaje de la sociedad, ciega como él, que lo ha moldeado para su uso. Cuando es él quien sujeta el volante, es como un coche que estuviera conducido no por una persona provista de reflejos y de capacidad de juicio, sino por un sistema electrónico convenientemente programado. Y es más que raro que no se confunda la vida espiritual con la selección de un programa más o menos perfeccionado, y con el buen funcionamiento del servomecanismo así programado (además siempre más o menos descuajeringado, puesto a dura prueba por las sacudidas y por las trepidaciones de un motor muy revolucionado…). Los resultados están en consonancia…

¿Cuál es por tanto ese “Todo” que engloba al individuo y cuya presencia silenciosa da (aunque sea sin saberlo) sentido y valor a sus actos y a su vida? ¿La Totalidad de lo que está afectado de cerca o de lejos por los actos y la vida de los hombres? Es lo que podría llamarse “el Universo”, o “el Universo humano”. Nadie podría decir hasta dónde se extiende. Es infinitamente más vasto de lo que imaginamos, seguramente, infinitamente más profundo de lo que el espíritu humano puede concebir. No es solamente el Universo “en bruto”, regido por la ciega regulación de leyes físicas, biológicas, psíquicas, sociológicas.  Por ella misma, y en la visión mecanicista y pretendidamente “objetiva” que nos propone “la Ciencia”, esa regulación no nos revela ni sugiere ningún sentido. Durante los pasados cuatro siglos, la ciencia se ha desarrollado en reacción contra el asfixiante dominio de las Iglesias sobre el pensamiento humano, haciendo profesión de ignorar o de negar la dimensión espiritual de los seres y de las cosas – la única dimensión que les da un sentido. Se ha constituido en una Nueva Iglesia, tan llena de suficiencia y aún más ciega y a menudo más criminal que las Iglesias que tan radicalmente ha suplantado. Durante estas últimas generaciones, ese espíritu ha terminado por llevar a la vida humana hacia un sin sentido más y más delirante, débil y demencial a la vez. La humanidad entera está a punto de hundirse en él a ojos ciegas, devastadora y devastada, dejando tras de sí bajo las chillonas luces de neón, en lugar del paraíso terrestre que le fue confiado, un planeta–basurero destripado, apestado y muerto.

Sin embargo sé que el Universo es algo más que un mecanismo imbricado, que en el planeta tierra desgraciadamente se hubiera embalado; incluso algo más que el ciego impulso de Eros en celo que busca satisfacción sin preocuparse de si crea o si aplasta y destruye. Más allá del azar, de los mecanismos, de los impulsos, el Universo es Espíritu. En él se manifiesta en todas partes y en todo tiempo, secretamente e incansablemente, una libertad creadora y clarividente, un misterioso propósito, una discreta y paciente intención. Él es Sentido – un sentido tan indeciblemente rico, tan libre en su movimiento sin fin y tan intemporal en su inmutable esencia, tan delicado y secreto – como una voz que murmura en la sombra, como un soplo imperceptible que pasa, como una tímida chispa que surge en la espesa noche – y sin embargo manifiesto y fulgurante como la insostenible claridad de mil soles… – que nadie de nosotros puede captarlo en su plenitud, todo lo más presentirlo o entreverlo, bajo el sesgo y la iluminación únicos que a cada uno proporciona su propia existencia.

 

  1. La visión

Más importante que decretar o profesar tal “sentido” detallado o tal otro, incluso más importante que intentar delimitar con palabras lo que realmente es presentido y entrevisto, es encontrar el contacto vivo con ese conocimiento: que nuestra existencia tiene a pesar de todo un sentido que la liga al Todo. Ese conocimiento, a menudo ignorado, despreciado, ridiculizado, negado, seguramente está presente en las profundidades de cada ser igual que está presente en mí. Se descubre en el silencio, y a menudo en el fondo del desamparo, cuando el ruido que nos vuelve extraños a nosotros mismos se calla y el ser se reencuentra, desnudo, frente a sí mismo. Reencontrar ese conocimiento desnudo, perdido tal vez durante una larga vida, y volverlo activo al añadirle fe – con un acto de fe sin palabras que se cumple en lo secreto de nuestro ser y se renueva durante toda la vida, día tras día…

Creo que ese conocimiento y esa fe jamás estuvieron totalmente ausentes en mi vida, desde que puedo recordar. Más o menos presentes y activos según las etapas de mi camino, ya no me dejaron después del gran viraje de 1970, cuando, sacudiéndome un largo sopor espiritual, comencé (sin saber bien lo que hacía ni a dónde iba) a seguir la llamada interior y a encontrar el camino de mi misión[18] 134. La profundización interior que se ha realizado en mí durante los diecisiete años que han pasado y hasta en estos últimos meses e incluso en estas últimas semanas[19] 135, es inseparable de la profundización de ese conocimiento y de esa fe.

En mi caminar, ahora llego al punto en que esa profundización de un “Sentido”, para que prosiga y dé todos sus frutos, necesita expresarse por un trabajo de investigación consciente, con ayuda del poderoso medio de la escritura. Siento en mí la llamada a dejar crecer y desplegarse una visión del “Todo”, por limitada y parcial que sea, a la medida de mis medios (tal y como son ahora, y como surgirán y se desplegarán mediante el trabajo mismo…), y bajo la luz particular que me proporciona mi propia existencia. Una visión del Mundo y de su historia, y del Sentido que para mí se desprende, a partir de lo que conozco y de lo que no dejaré de aprender al caminar. Incluso este libro que estoy escribiendo en respuesta a la experiencia aún fresca de la acción de Dios en mí, libro que voy descubriendo al escribirlo, desde ahora me parece como el principio y el saque de centro de ese trabajo de amplia envergadura, seguramente digno de consagrarle toda una vida.

Esa experiencia es la que también me ha revelado mi misión, y la que claramente me llama a ese trabajo, que de otro modo me habría parecido insensato ¡de tan improbable que parece que encuentre resonancia en alguien además de mí mismo! Aunque sólo fuera por esa orientación totalmente nueva, recibida como un verdadero don de Dios, don chiflado de tan desesperada que parece esa orientación (aunque ejerciendo sobre mí una poderosa atracción…), mi vida ha cambiado mucho.

Pero sobre todo es el sentido mismo de mi vida el que se ha transformado en unos días, como por una repentina e impensable metamorfosis – igual que de una larva informe y patosa se libera en el capullo a la sombra, oscuramente, una forma perfecta, increíble – ¡luminosa y alada! Y el sentido del Todo y el de la existencia humana han aparecido de repente, ellos también, en una luz totalmente nueva. Lo quiera o no, el Sentido de la existencia, el Sentido creador actuando en mi vida igual que en el Mundo y en su historia, ya no lo puedo ver más que en Dios, como emanando de Dios. Ese Sentido, ese Tao, para mí no es otra cosa más que el Designio de Dios. Es el Designio original y eterno, presente desde antes de la creación del Mundo, Inspiración maestra de la Obra aún por nacer, incluso antes de que el Espíritu se preocupase de los medios y de la manera, torneara sus herramientas y reuniese su materia. E igualmente es el Designio vivo actuando en cada momento, en cada lugar de la Obra viva que aflora de la mano del Creador. Designio infinito, inexpresable, Presencia silenciosa y activa en cada instante y desde toda la eternidad, discreta y clarividente, impregnando y aclarando todo en todos los planos de la existencia…

Ese Designio innombrable, inasequible y omnipresente es el que a cada uno le pertenece descubrir ¿o “crear” o tal vez inventar? Cada uno según sus propios límites (que reculan a medida que se avanza…), cada uno con su propia luz, tal y como brota del conocimiento de su grandeza y de su miseria, de sus fidelidades y de sus fallos, de sus instantes de verdad y de sus largas complacencias, de la humilde y silenciosa perseverancia de la fe y del fácil confort de sus conformismos y de sus negaciones. Cuando llega el tiempo de la Cosecha, incluso las noches realzan con su profundidad la claridad de los días, y la cizaña que ahogaba los trigales se torna grano bajo la hoz del segador.

Para captar ese Designio, esa misteriosa Presencia, los famosos “datos científicos” (de los que algunos están tan orgullosos) me parecen de bien magra ayuda. No es la ciencia humana, tal y como se practica en nuestros días, la que podría aclararnos verdaderamente los Designios de Dios, que se expresan en un plano muy distinto y la trascienden infinitamente. Más bien es a la inversa: la apertura del espíritu a la dimensión espiritual que impregna todas las cosas, incluyendo las que la ciencia se ha (a menudo tan mal) dedicado a sondear (cuando no las fracturaba), y la humildad ante la maravilla de la Creación, tanto en lo conocible como en lo Incognoscible, y también una firme voluntad de colaborar en los Designios de Dios aunque permanezcan misteriosos[20] 136 – he ahí las cualidades espirituales, hoy rechazadas y despreciadas, que nos harán encontrar la vía hacia la ciencia de mañana.  Ésta, más por el espíritu que animará el trabajo del científico y su relación con sus colegas, con sus alumnos y con la comunidad científica, que por los temas, que también se renovarán profundamente por ese mismo cambio de espíritu[21] 137, se parecerá muy poco a la ciencia delirante y verdaderamente sub-humana de hoy en día…

Para alimentar mi propia búsqueda de una visión de conjunto del Mundo que me dé cuenta de un Sentido, que me permita seguir en él los arcanos de un Designio coherente, desde ahora mi olfato me señala como esenciales las siguientes tres grandes fuentes:

  • Mi experiencia de mi propia psique, y la de la acción de Dios en mí. En ella ocupan un lugar crucial mis sueños, y entre éstos, los sueños metafísicos y los sueños proféticos que me han llegado desde enero hasta marzo de este año, verdadera mina de revelaciones personales con la que Dios me ha favorecido.
  • El testimonio de otros seres para los que el conocimiento de sí, o la profundización espiritual (vivida a menudo como la progresión de una relación viva con Dios actuando en su ser), ha sido el centro de su vida. Los únicos que conozco son los místicos del pasado y del presente[22] 138. En la mayoría, pero no en todos, su relación con Dios se sitúa en el marco conceptual y afectivo de una religión particular y está más o menos fuertemente impregnada y (me parece) a menudo en cierta medida falseada[23] 139, por ese marco y por el ambiente particular de su medio (a menudo un medio religioso) y de su tiempo.
  • La historia de las religiones y de las creencias desde los orígenes hasta nuestros días, y lo que nos es conocido de los grandes Innovadores espirituales de la humanidad. Entre estos, me parece que Jesús tiene un lugar totalmente aparte, y esto más por su vida y por su muerte, que por lo que nos ha llegado de su mensaje.

A decir verdad, bien me daba cuenta de que el sentido profundo de esa vida y sobre todo de esa muerte, y el alma de su mensaje, se me escapaban. Por otra parte nunca me sentí incitado a confrontarme seriamente con ellos, antes del “viraje religioso” que mi vida ha dado últimamente. Los libros de Marcel Légaut, y muy particularmente su libro sobre la Comprensión del cristianismo, acaban de aportarme providencialmente[24] 140 una clave irremplazable para la comprensión que me faltaba. Tanto por el testimonio de una vida auténticamente religiosa, vivida en la fidelidad a sí mismo y a su misión, como por su pensamiento vigoroso y profundo, que se inspira en la extraordinaria obra espiritual del mismo Jesús más allá de aquello en que dos mil años de tradición doctrinal lo han petrificado, su obra me aparece como una llamada de una calidad de presencia y de un alcance únicos en nuestro tiempo. Si hay una voz que tenga calidad para reanimar la vida de un cristianismo moribundo y hacerle reencontrar la fuente escondida de su creatividad espiritual, seguramente es la que nos interpela a través de esa obra intensa y sin complacencias, rigurosa en su itinerario y visionaria en su inspiración. Si hay una nueva levadura para subir una masa endurecida y de una pesadez inmensa, ahí está. Una levadura de calidad a la medida de la amplitud, no sólo de la crisis del cristianismo, sino de la crisis sin precedentes que afronta sin verla la humanidad entera.

¡Vaya panegírico sobre Légaut! Semejantes a otros dos de insignes teólogos españoles: “Légaut es el mayor maestro espiritual de Occidente en el siglo XX” (J.I. González Faus) o “Légaut es el mejor teólogo actual” (Andrés Torres Queiruga). Pero no creo que ni Légaut ni Grothendieck salten de sus difíciles y secretadas obras a titulares mediáticos. Aunque algunos pocos sigan encontrado en ello buen alimento. AD. 

Por mi parte, en el trabajo que actualmente veo ante mí y entre todas las aportaciones externas que entreveo para la eclosión de una visión que aún se busca, esa obra y ese testimonio me aparecen como la fuente de inspiración más rica y más fecunda, la que me parece corresponder más íntimamente a mis propios interrogantes y a las necesidades espirituales de nuestro tiempo.

 

  1. Hoy la visión innovadora es ante todo testimonio

(16 y 17 de julio) Ayer me detuve en la evocación de las fuentes que en este momento entreveo para alimentar una naciente visión del Mundo y de la existencia. Entre éstas, es mi experiencia personal de mi psique y de la acción de Dios en mí la que, por íntima necesidad, es y permanecerá la verdadera madre nutricia de la reflexión, ya iniciada en el presente libro. También es ella la que debe ser mi “suelo” de referencia constante – aquél en el que se arraiga mi conocimiento de las cosas – para aprehender, interpretar, situar lo mejor que pueda las “informaciones” de todo tipo que me llegan “del exterior”, sea por el testimonio de otro (y más particularmente por el de los “espirituales” y los místicos), por la historia de las religiones y lo que ella nos hace entrever de sus Fundadores, o por toda otra vía que se presente.

El trabajo sobre el libro que estoy escribiendo y que toma forma bajo mis manos día tras día, se revela a la vez como un trabajo de profundización interior, por el afinamiento de mi percepción de mí mismo, de mi vida, y de ciertas cosas a las que me veo íntimamente ligado[25] 141. Sin duda que el trabajo mucho más vasto que está ante mí también será inseparable de un trabajo que prosiga en capas más profundas de la psique, trabajo que no es obra sólo del pensamiento ni siquiera es solamente obra mía. Ese trabajo subterráneo da al trabajo visible sus raíces profundas, su impulso interior y su sentido. Lo convierte en algo más que un bello vuelo del espíritu, que una obra sólo del intelecto. Por él la obra adquiere una realidad espiritual arraigada en el ser que la cumple, se une a la misión de la que es verdaderamente fruto.

Si me lanzo sin reservas a un trabajo de esa amplitud, no es, como fue antes el caso de mi trabajo de meditación, con la perspectiva de hacerlo para mi único beneficio, sea para satisfacer la curiosidad de un espíritu ardiente ávido de conocer, sea a partir de la necesidad más esencial que empuja al ser en la vía de su profundización interior. Si me lanzo a él con tal alegría, con una confianza total, es por haber sido llamado – y en esa llamada se oía claramente que ese trabajo se haría a la intención de todos; de todos aquellos, al menos, que un día se interesen en conocerlo. Inseparable de mi testimonio personal y testimonio él mismo, ese “trabajo para todos” ahora parece casi confundirse con mi misión, o por lo menos con su “vertiente exterior” vuelta hacia el Mundo, hacia mis semejantes – en secreto acuerdo con la “vertiente interior” vuelta hacia mi propio ser y hacia Dios. Seguramente ese trabajo, que me llama y me empuja hacia delante, también se corresponde de modo perfecto con mis medios, aún en devenir, y con mis propias aspiraciones profundas, que ignoraba hasta el momento en que la llamada de Dios me las reveló, revelándome así a mí mismo. Por eso, seguramente, acogí la llamada con tal exultación interior, con tal gratitud jubilosa, e hice mío de forma tan total ese trabajo que se me proponía. Más que una iniciativa personal surgida de aspiraciones que yo mismo ignoraba y que me hubiera lanzado a una empresa verdaderamente insensata en términos de mi sano juicio humano, esa misión a mí confiada me aparece como un don inesperado que viene de Dios, como una tarea asignada a mí; “asignada” ciertamente no como un deber austero, sino como una vía de mi propio devenir. A la vez está bien claro que por su misma naturaleza, esa tarea tan particular tiene un sentido que sobrepasa a mi propia persona. En ella se revela una intención que no viene de mí y que no sólo atañe a mi persona, sino “al Todo”. Es ese sentido, esa intención (o ese “Designio”) el que ahora quisiera intentar sondear.

En primer lugar, la tentación que he de ver claramente, a fin de evitar mejor caer en ella (¡y no sería el primero!), es creer que he sido llamado a llevar a un Mundo a la deriva la ideología religiosa (o la “visión” espiritual, o como quiera que se llame) que tanto necesita, o aunque sólo sea una visión global “mejor”, más “verdadera” o más “justa” o más “exacta”, que las que ha habido hasta hoy; o bien que estaría llamada a reemplazarlas, aunque sólo fuera en una minoría de hombres iluminados. Mi visión del mundo, en continua evolución desde hace unos veinte años, no es menos parcelaria ni está menos condicionada, menos ligada a un temperamento y una experiencia (a saber los míos), a un “lugar cultural” y a un tiempo, que cualquier otra, y principalmente las que nos proponen las grandes religiones que reclaman una tradición milenaria (35). Tampoco tengo la pretensión de creer que “lo universal” de mi mensaje sea más extenso o más profundo que el que nos han legado los grandes Fundadores de religiones (36). Algunos de ellos, hay que decirlo, son de una estatura espiritual que supera con mucho a mi modesta persona subiendo a trompicones como puedo y con la discreta ayuda de Dios el escarpado camino del devenir espiritual. Por otra parte no es seguro y nada me induce a pensar que vivan entre nosotros seres que hayan llegado a esa última etapa de la andadura humana en que el hombre, todo lo falible y limitado que esté por la condición humana que aún comparte con nosotros, llega a adherirse de modo tan perfecto a la presencia de Dios en él, que su voluntad y su acción parecen confundirse (quizás incluso a los ojos de Dios Mismo) con la voluntad y la acción de Dios[26] 142.

Nuestro papel de hombres, depositario cada uno del poder de crear, no es el de remitirnos pasivamente a la letra de las enseñanzas de alguien más grande que nosotros, aunque sea un Igual de Dios, sino (sin perjuicio tal vez de inspirarnos en el espíritu que lo animó) el de usar nuestra propia creatividad implicándonos por completo: “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro pensamiento”[27] 143. Y en este espíritu de libertad me parece no sólo posible sino urgente que ciertos hombres, si son llamados y su vida interior les prepara para ello, desarrollen una visión más o menos vasta pero tocando lo esencial (necesariamente de naturaleza espiritual) del Mundo en que vivimos hoy en día[28] 144.  Una visión que, por la llamada misma que la ha suscitado, viene en respuesta a las necesidades de nuestro tiempo, en este momento crucial entre todos de la historia de los hombres. Por ello el mensaje que lleva tendrá cualidad de levadura en la imposible renovación espiritual que ha de cumplirse bajo el empuje de Dios y con la colaboración creadora de los hombres.

Tal respuesta a una necesidad imperiosa, a la llamada de una invisible mutación futura, hoy en oscura gestación, no tiene nada en común con la simple satisfacción de “necesidades”, aunque fueran necesidades religiosas, apresuradamente bautizadas como “espirituales”. Tampoco sabría presentarse como una verdad absoluta y una certeza última, garantizada por la autoridad de un “Maestro” considerado “perfecto” e infalible, o por Dios Mismo que se supone que se expresa para toda la eternidad por la inspirada boca del Maestro[29] 145. Tal actitud surge de la inercia espiritual de los hombres, de su sempiterna voracidad de certezas y seguridades, del instinto de rebaño en busca del pastor. Ignora, y en verdad reprime, la creatividad espiritual que duerme en cada ser, esperando la llamada que la despierte (cuando llegue el tiempo de oírla y de seguirla…). La actual profusión de “Gurús” de toda índole que ofrecen a sus fieles las certezas últimas[30] 146, si bien es señal elocuente de una necesidad religiosa mucho tiempo reprimida tomándose al fin la revancha, y de un desarrollo espiritual que busca un exutorio fácil, no tiene nada que ver con la “necesidad” y con la “mutación” a las que he aludido. La necesidad primordial, la que dirige a todas las demás, es la renovación espiritual. Tal renovación no es una realidad de orden sociológico, como es la nueva ola de Gurús, de sectas y de ideologías religiosas. Es el fruto madurado en el silencio de un laborioso y oscuro trabajo, jamás acabado y retomado sin cesar, que se cumple en lo más secreto del hombre solo, frente a sí mismo, en la silenciosa presencia de Dios.

Para apreciar toda la diferencia, basta comparar los “happening” espectaculares y costosos (por lo demás a menudo “simpáticos”, según los ecos que me llegan), en que millares de fervientes discípulos se apresuran a “llenar el depósito” con lo que toman por “espiritual”, con la forma en que Légaut se expresa sobre la “obra espiritual”[31] 147, como reflejo y discreto testimonio de su humilde y exigente ministerio. Igualmente, qué contraste entre la pretenciosa indigencia del pensamiento de esos Gurús dando cien vueltas a los mismos clichés desgastados (y que sin embargo siguen dando resultado), y el pensamiento sin complacencias de un hombre que va directo a lo esencial, sin preocuparse de ser seguido ni de “instruir” poniéndose al alcance de muchos, sino solamente de ser verdadero, con una rigurosa fidelidad a sí mismo.

Hoy la visión innovadora, la que tiene cualidad de levadura y no de ruido sobreponiéndose al ruido, no es la que se presenta adornada con las galas perentorias de las certezas finales. Ante todo es y quiere ser testimonio. Testimonio de una maduración personal por uno de los frutos visibles de esa maduración, ofrecido como lo que es:  obra humana, con las limitaciones inherentes a toda obra humana y sin embargo obra en la plenitud del término, pues el hombre se involucró en ella por completo, y creció al crearla. Sólo entonces la obra no será programa ni dogma ni doctrina, sino levadura; entonces tendrá cualidad creadora. Los que la hagan suya, recreándola de acuerdo con lo que ellos mismos son, crecerán con ese trabajo. Tal obra es una llamada a cada uno, no para venir a engrosar las filas, sino para encontrarse a través del testimonio de otro, y al encontrarse, transformarse y crecer, igual que se transformó y creció aquél que les precedió sin pretender sobrepasarlos.

 

  1. El alma del mensaje – o las labores a plena luz

(19 de julio) Así, mi voz no será “la” voz ¡afortunadamente! sino una voz entre muchas otras igual de auténticas, cada una expresión igualmente fiel de una misión única e irreemplazable, cada una llamada a tocar a ciertos seres (y no a otros que permanecerán ajenos), y a ciertas cuerdas interiores que quizás sólo ella sepa hacer vibrar.

Visto y dicho esto, ¿dónde se encuentra la razón de ser de mi mensaje? ¿cuál es esa “intención” que no proviene de mí y me lleva a crearlo y a anunciarlo? ¿En qué se distingue de otros mensajes de otros seres que, como yo, ven la Crisis y sienten la cercanía de la Tempestad y la promesa de la Renovación? ¿Cuál es su alma propia, diferente de la de cualquier otro mensaje?

No hay duda de que mi status de “sabio”, con una obra imponente[32] 148, proporciona a mi mensaje una audiencia que muchos dudarían en concederle por sus propios méritos. (De lo raros que son los que saben distinguir al peso, y no por el color, el oro del hierro blanco…) No conozco otro caso en que un creador científico testimonie (como yo hago en Cosechas y Siembras) sobre el modo en que practica y vive su arte, sobre las fuentes y las vías de la creatividad, sobre la interferencia de éstas por las torpezas y la voracidad del yo y especialmente por el engreimiento vanidoso, y en fin (marca elocuente de los tiempos) sobre la degradación insidiosa de la probidad científica hasta la apoteosis del nepotismo sin freno y de una desvergonzada corrupción que hoy vemos extenderse por todas partes, ante la indiferencia general. Mi salida sin retorno del medio científico en 1970[33] 149 como reacción contra ciertos síntomas de mala ley[34] 150, comprometiéndome entonces en una acción militante provocada por la Crisis de Civilización de la que entonces comencé a tomar conciencia claramente, fue sentida por muchos como una señal. Esa señal inquietó, sembrando un malestar e incluso una mala conciencia que no dice su nombre, pero sin suscitar entre los que fueron mis amigos o mis alumnos una respuesta creadora[35] 151. El giro religioso que acaba de dar mi vida y la llamada de Dios que ahora testimonio es otra señal en el mismo sentido, pero aún más clara y más fuerte, para aquél que tenga ojos y se preocupe de usarlos para ver. Una señal entre otras del gran Cambio de los Tiempos que se prepara, no en los gabinetes de los Ministerios ni en los despachos y los laboratorios de los tecnócratas y de los sabios, sino en un plano totalmente distinto…

¡Y heme aquí de nuevo en el meollo de mis sueños proféticos! Igual que el extraño curso de mi propia vida, igual que la existencia de un Légaut y seguramente la de muchos otros seres que ahora ignoro, esos sueños llevan el mensaje del Cambio, pero esta vez con una claridad fulgurante. Y ésa es ciertamente una tarea importante asignada a mí, la de anunciar lo que me ha sido revelado a la intención de todos – de anunciar la Tempestad y el Chaparrón que sigue a la Tempestad, primicias de la gran Mutación. ¡Los que tengan oídos para oír que oigan!

Sin embargo no es ahí, en esas revelaciones proféticas, donde se encuentra lo esencial, el “alma” del mensaje que llevo. Creo que más bien es a la inversa: si Dios ha elegido favorecerme con revelaciones de un alcance tan prodigioso, a mí que no me conozco una vocación de profeta ni de vidente, en ello veo más bien como una “moción de confianza”, una señal tácita de crédito, para el mensaje que estoy llamado a anunciar al haberlo madurado en mí durante toda una vida; un medio de darle retroactivamente un repentino aumento de audiencia, por la sacudida de los sucesos futuros[36] 152. Seguramente el alma del mensaje no reside en un simple “status”, ni el de ilustre sabio, ni el de profeta del Fin de los Tiempos. Ni siquiera en el papel de esqueleto profeta y músico que baila y que al son de la percusión canta el último cuarto de hora de la Edad del Rebaño, a punto de acabar en Edad de la Masacre…

¡¿De dónde me viene pues ese crédito, casi ese “cheque en blanco” que Dios me da, a mí el más falible de los mortales, muy lejos de ser Santo ni Gigante, un simple particular en suma que no pedía tanto?! Pero quizás sea ésa precisamente la razón – que hasta tal punto estoy, por propia confesión y por mi detallado testimonio muchas veces reiterado[37] 153, alejado de la imagen que nos hacemos del Profeta que se levanta, impulsado por el gran Viento del Espíritu, o del Autor sagrado retirado en el sacrosanto del Templo que, entre dos largas oraciones, escribe bajo el imperioso dictado de Dios los venerados textos que instruyen y legislan para toda la eternidad. Me atrevo a decir, sí, que este texto que escribo está “inspirado”, hasta donde se alargue, porque sería bien incapaz de escribirlo sólo con mis modestos medios. No sé si algún día se hará con él un breviario, pero lo que sí sé, es que para escribirlo sudo sangre y agua[38] 154. Dios ayuda, es un hecho, pero en modo alguno para masticarme las tareas, ¡muy al contrario! Seguramente Él me sopla esto y aquello, como si nada, después se diría que se va, ya no queda nadie – ¡arréglatelas como puedas! Sin embargo no pediría más que servirle de Escriba, corriendo la pluma sobre el papel al soplo poderoso de la inspiración divina. El “escriba de Dios” (alias el Profeta) eso no me disgustaría, incluso un gran honor y así al menos estoy tranquilo: no pongo nada, es Dios en Persona el que habla por mi muy humilde pluma – nada que añadir ni que quitar, sólo hay que inclinarse, igual que hago yo…

Sin embargo he terminado por comprender, muy a mi pesar, que Dios respeta demasiado mi modesta persona como para darme tal papel un poco demasiado confortable, por más relevante que sea. Sin embargo la hora es grave, no es necesario decirlo (Tempestad, Mutación y todo eso…), y si Él no tiene cuidado, me arriesgo a escribir las peores gilipolleces por descuido, mezclando la cizaña de mis ilusiones y mis inadvertencias con el grano de la divina Providencia ¡Dios no lo quiera! O, siguiendo mi inclinación natural, a jactarme como no está permitido hacerlo (sobre todo cuando se es profeta). Y bien, ¡tanto peor para mí y tanto peor para el breviario! Y tanto peor para los que tomasen este testimonio, ciertamente inspirado y al que me dedico por completo, como palabra de breviario. Harán el tonto por su cuenta y riesgo al entonar mis alabanzas, y peor aún que hacer el tonto, se estancarán, quizás toda su vida, recitando benditamente en vez de inspirarse de lo mejor de la obra para usar mejor sus medios, sus propias luces. Pero para el que está en estado creador, incluso sus errores y los errores de los que le precedieron son los escalones de su acercamiento sin fin a la verdad.

El que me lea con alguna atención se dará cuenta de que lo que yo veía con cierta mirada en la página tantos, a menudo lo veo con mirada muy distinta cincuenta páginas después, cuando no en la página siguiente. ¿Hay por qué inquietarse? Algo ha pasado entre tanto, algo que no he intentado borrar ni ocultar, y que atestiguan las páginas que me han llevado de una vista a la otra. Es la cosa más simple del mundo a decir verdad, y a la vez la más delicada; una progresión o un aprendizaje, una profundización, o por el contrario una escalada (hacia alturas entrevistas y jamás alcanzadas…), o cualquier otro nombre que se le dé. Algo de lo que no tengo la exclusiva, ni de lejos. Todos estamos llamados a ello, aunque aún sean tan raros los que siguen la llamada. Es el fruto de un trabajo, a menudo tanteando, siempre laborioso y hasta penoso y a veces una cagada, empapado con el sudor de una marcha lenta y tenaz. Rompiendo con la costumbre, dejo que este trabajo se despliegue a plena luz, cual un obrero que se esfuerza en su obra en un taller abierto en plena calle, en vez de encerrarse en la trastienda y no sacar la obra hasta que esté terminada y lista – como si hubiera brotado tal cual, inmutable y perfecta, de las inmaculadas manos del creador…(46)

Quizás es por ese estilo o ese espíritu por lo que mi testimonio es diferente del de los demás: en cada página aparece no una porción de una obra acabada, sino un “momento” particular de una obra haciéndose y que, por su misma naturaleza, jamás estará acabada, sino siempre por retomar, siempre por perfeccionar y por superar. Hay ese trabajo a plena luz, y hay ese “algo” que por él nace a lo largo de las páginas y toma forma y crece y se despliega, dando rodeos a veces imprevisibles y extraños… Ese “algo que pasa” en esas páginas es, seguramente, el “alma” del mensaje, que me disponía a captar. Por ese algo imperceptible y sin embargo manifiesto, íntimamente personal y a la vez lo más universal, soy semejante a Dios. Sin duda también es precisamente a causa de ese algo por lo que Dios no soporta que escriba al dictado, ni siquiera al Suyo, y me muestra un respeto infinitamente más grande y más delicado, seguramente, que el tengo por Él o por mí mismo. Ese respeto de Dios por eso que hay en mí que me vuelve semejante a Él, por más limitado y a veces miserable o lamentable que yo sea, no es menor (tengo la íntima convicción) que Su respeto por los Grandes entre los grandes de nosotros, o por los Autores de los textos sagrados legados por la tradición, preciosas fuentes de inspiración (muy a menudo rebajados al papel de breviarios…). Y ese respeto que Dios me muestra no es mayor que el que Él muestra al más humilde y más despreciado de nosotros, e incluso al que pareciera a los ojos del mundo el más “Pecador”.

Pero aquél que es “agradable a Dios” y actúa (sin saberlo quizás) según Sus Designios, es el que en lo más profundo de su ser tiene por precioso ese algo que lleva en él y lo deja desplegarse y actuar en su vida, con la ayuda discreta y amante del Huésped invisible.

 

  1. El hombre es creador – o el poder y el miedo a crear

(20 y 21 de julio) Ayer al fin terminé por rozar, creo, la “razón de ser”, el alma del mensaje, lo esencial para lo cual el resto es sobre todo medio. Al menos lo he evocado, sin intentar nombrarlo. Con seguridad el fondo del mensaje atañe a la creación. Intenta decir y hacer sentir, de todas las maneras posibles, que por naturaleza y por vocación el hombre es creador. No el hombre en general, el Hombre–abstracción con mayúsculas, sino que todo hombre, por el mero hecho de ser hombre, tiene en él poder y vocación de crear. Pero raramente lo sabe, y si lo supo un día, lo ha olvidado. Lo ha olvidado y no tiene, además, la menor gana de acordarse. Ese poder ignorado en él le da miedo. Ya he tenido amplia ocasión, en este libro y en otra parte[39] 155, de hablar de ese extraño miedo de innumerables rostros – el miedo a crear, y por eso mismo a ser realmente y plenamente uno mismo.

El hombre es creador por esencia – y sin embargo el miedo a crear está tan profundamente anclado y parece tan universal, que pudiera creerse que es inseparable de la condición humana. Hay tan pocos seres que creen (39) ¡aunque sólo sea unos momentos! E incluso cuando crean, tímidamente, es tan raro que sea una creación plena, que comprometa a todo el ser y no sólo tal capacidad limitada del cuerpo o del entendimiento, sobre la que han apostado y que explotan a fondo. Incluso entre esos, a menudo colmados de dones desde el nacimiento, muy a menudo se diría que se agarran con temer, como con innumerables manos que sin embargo tienen el poder de crear, a lo “bien conocido”, a lo razonable, a lo habitual, a lo permitido – a lo que todo el mundo sabe y dice y piensa, a lo que todo el mundo a hecho siempre – hay muy pocos que verdaderamente se lanzan, que saben que tienen alas y están hechas para volar…

Fiándose de las apariencias (¡y quién se preocupa de ir más allá!), diríase que el poder de crear es privativo de unos pocos agraciados de los Cielos, el privilegio de unos dones maravillosos, que exámenes escolares detectan y que diplomas, títulos y fama sancionan. Y cuando además no es dado ver un poco de cerca la vida de algunos aureolados de gloria, y de sentir todo el vacío y toda la miseria desconocida de esas vidas envidiadas y (al menos en apariencia) colmadas, pudiera dudarse con razón de que en la existencia humana exista algo como una “creación” verdadera que ensanche al ser (aunque sea en el dolor…), que le haga encontrar su profundidad y con ello le haga crecer, en vez de que se seque en la árida voracidad de elevarse por encima de los demás. Una creación que sea algo más que una incesante proeza transformada en una segunda naturaleza, repitiéndose sin cesar para superarse sin cesar en el ejercicio de tal facultad del cuerpo o del espíritu o de tal otra. Y el hecho mismo de que tales dudas o tales cuestiones, y aún más a menudo afirmaciones bien tajantes sobre la nulidad de la mayoría y sobre el mérito de los meritorios (entre los cuales, hay que decirlo, nos colocamos tácitamente…) – el hecho de que esas dudas, cuestiones, afirmaciones parezcan imponerse con tal fuerza, está ya cargado de sentido por sí mismo y es de un inmenso alcance – al menos para el que sepa (Dios sabe cómo…) que más allá de todas esas aplastantes apariencias, el hombre en su esencia de hombre es creador, indestructiblemente (48). Que en verdad no es plenamente hombre más que en los raros momentos en que, fiel a su naturaleza profunda, crea. Y este extraño hecho: que esa fidelidad del hombre a su naturaleza sea algo tan raro (y ahora más que nunca) que estemos autorizados incluso a preguntarnos si la creación existe en la existencia humana o si es algo más que un rarísimo y por eso escandaloso accidente – ese hecho juzga a nuestra civilización febril y orgullosa, al final de su carrera y a punto de zozobrar.

Y esa impensable Mutación que anuncio no es otra, seguramente, que el paso de una humanidad–rebaño formada por seres que ignoran y reniegan de su naturaleza íntima y la temen, a una humanidad “humana” – una comunidad de seres todos de la misma esencia, cada uno consciente de que es creador, y por eso mismo creando ya, transformándose, por eso fieles ya (¡al fin!) a la llamada de su propio devenir. O al menos, quizás en un primer tiempo, una humanidad en que la presencia de aquellos (aunque aún fueran poco numerosos) que han franqueado ese paso por esa toma de conciencia de su verdadera naturaleza, sea suficientemente fuerte e impregne el ambiente cultural, para que sea percibida por todos como una llamada a ser, como una invitación discreta y persistente a despertarse.  El hombre se despertará y se pondrá en marcha, llegará a ser creador en acción, de acuerdo con su naturaleza íntima, mucho antes de que comience a entrever las oscuras fuerzas que lo habían inmovilizado, y que todavía seguirán (con éxito parcial) obstaculizando mucho tiempo su progresión. A decir verdad, dentro de pocas generaciones ya, los tiempos “de antes” parecerán a todos de una demencia tal y de una barbarie tal, que en adelante les parecerán propiamente “impensables” e “imposibles”, ¡tanto sobrepasarán las capacidades de la imaginación más temeraria! La famosa “edad de las cavernas” será considerada un encantador idilio bucólico al lado de las aberraciones de la edad programadora y del electrón…

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¿De dónde viene pues ese gran miedo a crear, a ser creador, tan profundamente arraigado desde siempre en la psique del hombre? ¿Cuál es su naturaleza y dónde hunde sus raíces?

Ciertamente, el hombre ha olvidado que puede crear, incluso ha olvidado (si alguna vez lo supo) qué es la creación. Y sin embargo el impulso creador vive en sus profundidades, aunque sólo sea en sus formas más frustradas, y busca expresión, para chocarse con un despiadado muro, mucho antes de haber encontrado el camino hasta el conocimiento consciente. Seguramente, un oscuro instinto nos advierte que la vía en la que nos empuja ese inoportuno impulso es una vía solitaria, que con lo que vivimos y hacemos al seguir esa voz dentro de nosotros tan baja (¡felizmente!) y tan inconveniente, nos encontramos de repente radicalmente diferentes de todo lo que se dice y lo que se hace y lo que se enseña, de todo lo que se recomienda y aprueba. A menos de pararse a medio camino de la creación, en el “deporte” aprobado y homologado y con sus reglas consideradas inmutables – aquí nada de “buenas notas” ni alabanzas ni cumplidos, ni medallas ni títulos ni distinciones, ni siquiera un salario para llenar la olla, ni la menor gratificación del apremiante amor propio – ¡una verdadera miseria!

Pero sobre todo, la vía creadora es vía solitaria. Ahí está lo que asusta. Y ese gran miedo a crear, ese gran miedo a ser uno mismo, no es otro que el miedo de estar sólo ante todos, en un mundo donde sólo es aceptado el que se integra en el rebaño o el que lo representa. Es bajo esa forma insidiosa y ¡oh cuán poderosa! como he sentido todo el peso de ese “mundo” aplastándome para hacerme renunciar a lo que sin embargo sabía, por un conocimiento muy secreto y muy delicado, que era lo más preciado que hay en mí. No en mi trabajo matemático, que no involucraba más que una parte de mi ser; en él me importaba poco, en el fondo, ser el único que me interesaba en lo que hacía y en proseguirlo tenazmente a pesar de todos[40] 156. Pero ese peso es mucho más penoso de llevar, incluso con una fe en uno mismo sólidamente anclada, cuando lo que está cuestionado, expuesto a la incomprensión total y al desprecio de todos, es el modo mismo en que vemos y sentimos las cosas que nos parecen las más importantes y que nos tocan más íntimamente. Entonces es el ser mismo, en lo que realmente es y en lo más íntimo, el que se siente cuestionado y poderosamente requerido, incluso por los amigos, incluso por los más cercanos, a abdicar, a alinearse, a integrarse en la masa. Aquí, la tensión que se crea entre el ser y su entorno (que es reflejo fiel de la sociedad y encarna su sempiterna exigencia de adhesión a sus principales clichés y mitos…) de entrada tiene, por el lugar mismo en que se deja sentir, una dimensión espiritual. Nadie está allí para avalarnos contra el mundo entero – y si hubiera uno que (por alguna razón que ignoramos y que no nos preocupamos de conocer…) hiciera como que nos aprobase, esa aparente “seguridad” que con eso nos da (o nos presta…) sería ilusoria y una simple escapatoria, que retrasa un plazo sin anularlo: el de asumir en su desnudez, aunque sea “solo contra todos”, la realidad de una soledad fundamental, irreducible, una con lo que somos en lo más profundo de nosotros mismos.

Esa soledad fundamental es, en verdad, indistinguible de la naturaleza creadora del hombre, al menos cuando ésta se toma en sentido pleno, incluyendo la dimensión espiritual de la creación. Esa soledad del ser es el lugar mismo donde arraiga y crece y se despliega en el hombre la actividad plenamente creadora. Ahí está, en la virginal desnudez del alba de los días, el inviolable lugar de trabajo del creador.

 

  1. Creación y represión – o la cuerda floja

Durante mucho tiempo me pareció que ese gran miedo a crear, a ser simple y audazmente uno mismo, no era innato en el hombre, que no existía en el niño pequeño, sino que sólo era un resultado del condicionamiento, del “adiestramiento”. Después de uno de mis sueños “metafísicos”, ahora estoy menos seguro (40). Por el contrario, lo que es seguro es que desde la noche de los tiempos hay una presión de la sociedad de fuerza prodigiosa, que se ejerce sobre cada uno desde el nacimiento, para moldear el ser a su imagen. Esa presión se ejerce avergonzándonos de lo que realmente somos, forzándonos a “alinearnos”, a renunciar de nosotros, como precio a pagar para ser aceptados por poco que sea. Dicho de otro modo: la singularidad fundamental del ser es negada con toda la inmensa fuerza coercitiva de que dispone el Grupo, que se esfuerza en nivelarla a cualquier precio (“¡te pliegas o revientas!”…), en erradicar toda traza suya. Jamás lo consigue, más que en apariencia, pues esa singularidad que constituye la esencia misma del alma humana, indistinguible de su naturaleza creadora, es en verdad indestructible y eterna, igual que el alma misma es indestructible y eterna. Sólo consigue bloquear, la mayoría de las veces de manera casi–total y definitiva durante una existencia terrestre, toda manifestación reconocible de esa singularidad, de esa cualidad creadora del ser, lo que es decir también de su libertad.

¿Cuál es la razón de ser, cuál es el sentido de esa represión niveladora aparentemente universal, común a todas las sociedades humanas, presión más o menos suave o más o menos tiránica y feroz de una sociedad a otra[41] 157? Tal vez sea éste el mayor misterio que plantea la existencia humana (41). Desde el alba de los tiempos hasta hoy mismo, la condición humana ha sido inseparable de esa presión insidiosa e incesante, tanto más eficaz cuanto que permanece invisible de tan interiorizada que está en cada uno, de cuánto todo lo que “se sale del molde” es sentido por el propio culpable como algo sin contestación posible e inaceptable con toda justicia. Es alrededor de esa tensión entre dos exigencias de distinta naturaleza e incompatibles, la de la autenticidad creadora movida por Dios, y la de la obediencia ciega y de la renuncia de sí impuestas por el Grupo, donde se anuda el conflicto del hombre desde la noche de los tiempos hasta hoy mismo. Esa tensión es la cuerda floja en la que se juega de nacimiento en nacimiento su aventura espiritual. Puede ser que ese “sentido” misterioso esté ahí – en esa perpetua y temible prueba del alma; el precio que debe pagar por su nobleza de ser libre y creadora a imagen de Dios (ser solicitada sin cesar y seducida por la abdicación de sí misma y por la impotencia…), y por el cumplimiento último de su naturaleza divina que la espera al final de una larguísima y peligrosa marcha, en una cuerda floja sin red…

La censura del Grupo no se limita en modo alguno al nivel del hacer, no se limita a prohibir y a impedir tales o tales actos o comportamientos juzgados impropios, inadmisibles, contrarios al orden establecido. Por el contrario, de entrada se sitúa por completo al nivel del ser: es inaceptable y por eso mismo vergonzoso tener siquiera el deseo o el pensamiento del acto prohibido[42] 158; y además, no sólo vergonzoso sino propiamente impensable tener reservas (deberían permanecer inexpresadas para siempre) sobre esas prohibiciones y otros imperativos explícitos o tácitos, inscritos en las leyes (consideradas absolutas e inmutables) y (además) en los consensos que imperan. Aquí la diferencia no es de grado, sino de esencia. Es con  esa  negación  categórica  del  impulso  prohibido,  negación  que  crea  verdaderamente  “el  Mal” forzando al ser a negar ante sí mismo (y en contra de lo que sin embargo sabe de primera mano) al que secretamente es – es con esa negación y no con un necesario control de los actos y los comportamientos[43] 159 como el Grupo talla y nivela los seres y hace añicos en el cascarón la creatividad de cada uno; salvo todo lo más dejando subsistir las formas, catalogadas como “útiles”[44] 160, que se dejan canalizar en las vías previstas por él para servir a sus fines. En ningún caso encuentra gracia a sus ojos la creatividad plena, espiritual, que establece al hombre en su singularidad esencial frente al Grupo; solo en su autonomía de ser libre y creador, único responsable de sus actos, incluso de aquellos que le exige el Grupo y él asiente como también de los que rechaza – solo al asumir, en su fragilidad y en sus incertidumbres fundamentales, sin garantía ni garante ni testigo (parece) siquiera – solo frente a todos, ante la invisible y silenciosa presencia de Dios.

Si (lo que no dudo) la Mutación que se avecina consiste en atravesar un umbral decisivo, dando acceso a la humanidad en su conjunto a un estado de creatividad efectiva y no sólo potencial, eso implica necesariamente que el “molde social” inmemorial, que pretende la nivelación sin piedad del ser y no sólo un control más o menos estrecho del hacer, debe desaparecer. Seguramente no de un día para otro, como si jamás hubiera existido – algo más impensable aún que la impensable Mutación misma, cuando se piensa hasta qué punto la psique de cada uno sin excepción ha sido impregnada desde tiempos inmemoriales por esa realidad básica de la represión social y de su interiorización. Pero seguramente de un día para otro y bajo el empuje de Dios se desencadenará (sólo Dios sabe cómo…) el inicio de un poderoso movimiento creador en los hombres (44), que los llevará a ellos mismos, durante las siguientes generaciones y a fuerza de trabajo espiritual intenso y perseverante, a reabsorber poco a poco y a hacer desaparecer finalmente esa “represión del ser”. Sin duda eso significa ni más ni menos que durante esas generaciones de transición proseguirá, al menos en ciertos seres, un trabajo de profundización personal de resplandor suficiente (según evoqué hace poco[45] 161) para que poco a poco el ambiente social se impregne de él y relaje su presión en sus formas “castrantes”[46] 162. Podemos concebir así que progresivamente sea menos y menos hostil a la singularidad fundamental de cada uno y a la búsqueda que le es propia (si es que ya se ha puesto en marcha…), con todos los tanteos y todos los errores (¡aunque estén vistos como “aberraciones” por la mayoría!) que eso pueda e incluso no pueda dejar de comportar.

 

  1. Libertad creadora y obra interior

(27 de julio) Hace cinco días que día tras día soy incapaz de terminar el presente capítulo, arrastrado por una mini–cascada de notas sucesivas[47] 163. No me lamento, ¡muy al contrario! Tengo la impresión de haber progresado más en esa sucesión de “digresiones” que se injertan en las dos secciones precedentes y se engendran mutuamente, que en todo el resto del presente capítulo, que sin embargo es sustancioso. (El cual por otra parte se presenta él mismo como una “digresión” en el sempiterno “hilo” de la reflexión[48] 164.) Con esos sucesivos esfuerzos de formulación, siento que he llegado a dar forma a intuiciones aún informes y a ver más claro en varias cuestiones cuya comprensión permanecía confusa hasta ahora: la naturaleza de la creatividad en el niño pequeño; la doble naturaleza del misterio fundamental del hombre en su relación con Dios por una parte, y con el Grupo de la otra; la doble naturaleza y el origen del “Mal”, y su carácter de “enfermedad infantil” de la humanidad; y en fin la naturaleza de la Mutación espiritual que se avecina y del proceso que debe iniciar a largo plazo. En cuanto a esta última cuestión constato que actualmente, a fuerza de frotarme con ella desde hace dos meses y con ayuda de la decisiva reflexión de estos últimos días, esa Mutación ha dejado de parecerme tan “impensable” e “imposible” como decía. El mero hecho de vincularla a algo también “impensable” e “imposible” y que a pesar de todo tuvo lugar, a saber los “sucesos” de Mayo del 68, de repente ha hecho caer, creo, mis reticencias incluso a imaginarme los “Sucesos” en perspectiva, reticencias que se parecían a un verdadero bloqueo. En cuanto a saber si este libro tendrá tal efecto de “desbloqueo” al menos sobre ciertos lectores, ésa es otra historia…

En las dos secciones precedentes, he hablado de la creación y de los obstáculos a la creación, dando a entender que el mensaje que llevo tiene algo que ver con la creación. Esto es un eufemismo. Dudo que haya una sola de las secciones y notas ya escritas del presente libro (¡sin contar las que aún vendrán!) que no ataña de modo más o menos directo a la actividad creadora y a la creatividad humana. Este mismo tema–maestro recorre, con la misma insistencia, todas las partes de Cosechas y Siembras, como una insistente llamada a aquellos a los que, ante todo, me dirigía entonces[49] 165. Si hay diferencia al respecto, es de acento y no de espíritu: en el presente libro, sobre todo insisto sobre la creatividad en el plano espiritual, mientras que en Cosechas y Siembras, que pretende ser un “testimonio sobre un “pasado de matemático”, es la creación intelectual la que a menudo está en el primer plano de la atención[50] 166. No es que ignorase que existe una creatividad en un plano diferente, cuando en los diez años anteriores había pasado por sucesivos periodos de aprendizaje espiritual a menudo intensos. Pero tenía tendencia a ver más lo que era común al trabajo científico creador y a la profundización espiritual que realizaba con la meditación y el trabajo sobre mis sueños, que a detenerme sobre las diferencias. Sin embargo, a lo largo de la agitada escritura de Cosechas y Siembras, tuve amplia ocasión de darme cuenta hasta qué punto es humanamente esterilizante y nefasta una producción intelectual, incluso auténticamente creadora a ese nivel, que esté completamente separada (como ocurre hoy casi por todas partes) de la vida espiritual, y de las disposiciones y sentimientos de honestidad y decencia (aunque sólo sea en el plano estrictamente intelectual) que se derivan de ella[51] 167.

A decir verdad y por extraño que parezca, aún no me he detenido nunca sobre la cuestión de las relaciones entre esos dos planos de creatividad, el plano espiritual y el de la creación intelectual o artística; sin contar un tercer plano, que tendemos a ignorar tanto como el plano espiritual, a saber el plano del conocimiento “carnal” o “sensorial”[52]  168, aquél pues que está más directa y más visiblemente subordinado al impulso erótico. Ahora o nunca sería el momento de intentar clarificar las intuiciones dispersas y a veces contradictorias que se han formado en mí a lo largo de los años. En nuestro tiempo de desespiritualización y de deshumanización a ultranza del conocimiento y de su producción, tal reflexión me parece más urgente que nunca[53] 169.

La creación se distingue de una simple producción por el hecho de que además de la “obra exterior” (la única que se tiene en cuenta comúnmente) se acompaña de una “obra interior” que constituye su aspecto esencial[54] 170. El acto creador, o el proceso o el trabajo creador, es aquél que transforma al ser que lo realiza o en el que se realiza – con más precisión aquél que lo transforma en el sentido de un devenir en potencia, de un crecimiento que no sea del yo (y que es algo muy distinto de una acumulación de “conocimiento” o de “saber–hacer”), de una madurez[55] 171. Para apreciar la cualidad creadora de un acto o de una actividad, la naturaleza de la obra exterior (es decir del efecto y de la traza de ese acto o actividad sobre el mundo exterior) es totalmente accesoria. En el límite tal obra incluso pude estar ausente. Tal es el caso precisamente de la actividad creadora del niño pequeño (45).

Hasta donde alcanzo a ver, la transformación creadora del ser consiste siempre en la aparición en él de un conocimiento nuevo[56] 172, o en la profundización o en la renovación de un conocimiento ya presente. El conocimiento en cuestión no está necesariamente formulado, ni siquiera es formulable[57] 173. El trabajo de formulación o de reformulación de una intuición que permanecía informulada, o cuya formulación dejaba en nosotros un indefinible sentimiento de insatisfacción (cuando no aparecía ya como visiblemente insuficiente), está en el corazón de toda actividad creadora intelectual. Tal trabajo es parecido al que hace subir un conocimiento presente en las capas profundas de la psique hacia capas menos alejadas de la superficie, y que (cuando las condiciones son propicias y el trabajo se realiza hasta el final) puede concluir en la aparición de ese conocimiento incluso en el campo de la consciencia – ¡momento vivido como una repentina iluminación! Ese tipo de trabajo, de formulación o de “conscientización”, siempre es creador. Incluso puede pensarse que todo trabajo creador es de esa naturaleza[58] 174. Lo cierto es que estas observaciones muestran que el “conocimiento” que se crea o se transforma en todo trabajo creador no se reduce al conocimiento consciente, ni de lejos. Más bien, el proceso o el acto creador es aquél que modifica de manera irreversible[59] 175  (igual que la maduración del fruto también es irreversible) “el estado de conocimiento” de la psique en su conjunto, y esto, además, de modo que implique al menos a sus capas profundas. El origen o el “lugar” (en la psique) de la actividad creadora se sitúa en todo caso al nivel de las capas más profundas, totalmente fuera del alcance de la mirada consciente. Es posible que “lo que ocurre” exactamente en el Inconsciente profundo cuando el ser crea, y que “es” la creación, deba escapar para siempre al conocimiento humano.

Según la naturaleza del conocimiento que se forma o se transforma es como se pueden distinguir los tres planos de creación: carnal, mental[60] 176, espiritual, cuyas relaciones mutuas habría que comprender.

Otra de las numerosas maneras de captar el acto o la actividad creadores por uno de sus aspectos esenciales, es decir que son la obra y llevan la marca de un estado de libertad de la psique. La cualidad creadora es tanto más elevada cuanto más completo es el estado de libertad, lo que es decir también que el acto o la actividad le debe menos a los “mecanismos psíquicos” (debidos ante todo al condicionamiento[61] 177), y más particularmente, a los mecanismos de imitación, de reproducción, de repetición. Por esta razón, todo acto creador en el pleno sentido del término es único y diferente de cualquier otro en la historia del Universo desde su creación. Es ese carácter de unicidad el que permite (al igual que el de libertad) medir la cualidad creadora de un acto. Incluso cuando un saber-hacer y un saber adquirido jueguen en él cierto papel (que puede ser importante e incluso absolutamente indispensable desde un punto de vista técnico), y que por ese rodeo, y por otros más ocultos (y que, a menudo, escapan casi totalmente al conocimiento humano), otros actos creadores de él mismo o de otros lo hayan preparado y hayan contribuido a él[62] 178, el acto plenamente creador no se reduce sin embargo a la “suma total” de los ingredientes que concurren en él de algún modo, sino que les aporta además algo nuevo y enteramente imprevisible; imprevisible tanto para aquél en que se cumple el acto como para los testigos[63] 179. Uno de los rasgos más llamativos de todo trabajo creador, es la sorpresa siempre renovada del que crea ante la obra que toma forma entre sus manos, milagrosamente nueva e imprevista en cada instante. Es ese carácter de lo totalmente imprevisto e imprevisible, carácter de naturaleza enteramente diferente a todo capricho y todo propósito deliberado de “originalidad” (que no son más que imitación y pose), sino por el contrario movido en todo momento por una necesidad interior que surge de las profundidades, el que es la marca propia de la libertad creadora.

 

NOTAS.

[1] 117 Como recuerdo más adelante, eso ocurrió, de la “manera clara y perentoria” que digo, a primeros de enero de este año, hace por tanto seis meses.

[2] 118 Con más precisión: alguien me trajo por casualidad libros de “espiritualidad”, porque se suponía que me interesaban, entre los cuales “El hombre en busca de su humanidad” de Légaut. Me apresuré a pedir todos los libros de Légaut, y el primero que llegó, unos diez días más tarde, fue el libro-golpe-fulminante sobre el cristianismo.

[3] 119 Si considerase el “gran viraje” de 1970 (que se trata en la sección “El viraje – o el fin de un sopor”, no 33), cuando dejé el medio matemático, como el momento en que “comienzo a entrar en mi misión”, haría 17 años en vez de doce. Pero en ese momento aún no estaba involucrado en un camino que ahora llamaría “espiritual”– solamente fue un primer paso en esa dirección. El primer paso en ese camino se da en 1974, y aludo a él en la sección “La llamada y el rechazo” (no 32) y en la siguiente, y aún volveré sobre él. Pero el paso decisivo e irreversible en la vía espiritual se logra en octubre de 1976, con el descubrimiento de la meditación y con los “reencuentros conmigo mismo”, que se tratan varias veces en el Capítulo I.

[4] 120 Cuando hablo de “esterilidad total”, se trata del aspecto externo de la misión, en tanto que mensaje para los demás. Por el contrario, bien sabía que el trabajo de descubrimiento de mí mismo al que me lancé esporádicamente, desde octubre de 1976, era un poderoso agente de transformación interior, de maduración espiritual. Pero me desconcertaba comprobar siempre que sólo yo avanzaba, y que toda la gente que conocía, mis amigos y allegados y el mundo entero, permanecía en su sitio por así decir ¡como troncos! Escribir mi experiencia espiritual parecía carente de sentido – no comprobar siempre que sólo yo avanzaba, y que toda la gente que conocía, mis amigos y allegados y el mundo entero, permanecía en su sitio por así decir ¡como troncos! Escribir mi experiencia espiritual parecía carente de sentido – no conocía a nadie en el mundo de quien tuviera buenas razones para creer que estaría en disposición de sacar algo valioso, de ser estimulado en su caminar, cuando claramente nadie tenía ganas de moverse.

Ese sentimiento de aislamiento con respecto a los demás hombres llegó a ser penoso de llevar, era un freno insidioso y poderoso en mi ascensión. Sin embargo desde agosto de 1986 sabía que tenía la compañía y la ayuda del Soñador en esa ascensión – pero en ese momento y hasta hace bien poco aún, el Soñador no era sentido como un lazo de unión con los otros hombres y con la humanidad. La situación ha cambiado totalmente desde que el Soñador se me ha dado a conocer como Dios, y que, además, he tenido una clara confirmación de mi misión por Dios mismo. En el momento presente la aparente imposibilidad o “esterilidad” de mi misión respecto de los hombres ya no me perturba en absoluto – no me toca a mí sino al buen Dios, procurar que converja lo que con toda evidencia diverge a tope, y que ninguna potencia del mundo salvo Él podría impedir que continuase así hasta el final…

[5] 121Ése fue uno de los primeros capítulos que leí. Leí los capítulos en orden disperso, sin tener claro al principio si leería todo el libro. A menudo soy reticente a dedicar mi tiempo a la lectura. Pero éste por supuesto que terminé por leerlo entero.

[6] 122Aquí exagero, pues Jesús no ha sido el único ni siquiera el primero en tener visiones apocalípticas.  En nuestros días, aunque sean relativamente raros, no faltan seres que presienten que un cambio de era es inminente. Llegué a esa convicción a principios de los años 1970, no por intuición visionaria, sino por el mero ejercicio de mi sana razón. (Véase la sección “El viraje – o el fin de un sopor”, no 33.) Desde entonces, el sentimiento de un final radical e ineluctable no me ha dejado, a pesar del soporífero ronron de la “vida que continúa”. Tengo la impresión de que incluso entre los que presienten conmociones inminentes, raros son los que se hacen alguna idea de la brutalidad cataclísmica con la que esas conmociones van a desencadenarse sobre nosotros. Estoy convencido de que si Dios Mismo no velase, la humanidad entera se quedaría en la estacada, y tal vez incluso con todo el resto. (Compárese con la nota “Mi amigo el buen Dios – o Providencia y fe”, no 22.)

[7] 123Cada ser sin excepción tiene la misión de conocerse a sí mismo y de conocerse profundamente – eso es algo que es común a todas las misiones humanas. Esa tarea espiritual, seguramente la más universal de todas, también es la más íntimamente personal: cada uno está llamado a conocerse, a descubrirse – y ese ser en devenir que sin cesar debe descubrir y conocer es por sí mismo vasto como el Universo, y algo único – un ser distinto de cualquier otro ser del mundo. Nadie está llamado a sondear ese mundo más que él mismo, y ningún otro podría hacerlo en su lugar. Y esa tarea, por extraño que pueda parecer, “no es extraña al Todo y a los designios de Dios sobre la humanidad entera” (como escribo en las siguientes líneas, en el caso de mi propia persona). Así, nada de lo que digo aquí a propósito de mi misión, y por lo que puede parecer que me vanaglorio, es realmente particular de mi persona. Lo que es particular, parece, son ciertos aspectos de mi misión “hacia el exterior”, que se tratarán en las siguientes secciones.

[8] 124No es raro afirmar a la ligera tales convergencias. Por ejemplo hace ya mucho que es de buen tono decir (sin pensárselo dos veces) que “todas las grandes religiones en el fondo enseñan lo mismo”. Lo más frecuente es que eso sea la manifestación de un optimismo a flor de piel o de un propósito ideológico deliberado, más que el fruto de un examen atento de los hechos.

[9] 125Ese “hilo” consiste en el relato más o menos cronológico de mi relación con Dios a lo largo de mi vida. Lo he proseguido hasta la nota “La muerte interpela – o la infidelidad (2)” (no 35).

[10] 126La primera vez que me sentí llamado testificar públicamente fue en los años 1970–72, justo después del gran viraje de 1970, con ocasión de mi acción militante en el grupo Sobrevivir y Vivir. (Véase al respecto la sección “El viraje – o el fin de un sopor”, no 33.) Sobre todo en discusiones públicas, a menudo encrespadas, de las que quedan pocas trazas escritas. En cambio, Cosechas y Siembras, escrito entre 1984 y 1986, puede verse como un largo testimonio sobre mi pasado matemático, acentuando el lugar de ese pasado en mi aventura espiritual. Pero, ni en esa reflexión ni en la del presente libro sobre los sueños, escribo con el espíritu de una autobiografía. Es un género que nunca he abordado, e ignoro si algún día me concederé el tiempo para emprenderlo.

[11] 127Me explico al respecto de manera bastante detallada en la nota “Experiencia mística y conocimiento de sí – o la ganga y el oro”, no 9. Parece ser que como regla general, el “espiritual” no se interesa en su psique por ella misma, como algo que le intriga y le atrae por su propia belleza (y hasta en sus miserias más extremas…), por los misterios que siente en ella (algunos ciertamente temibles…), que en modo alguno es atraído por ella como el esposo es atraído al cuerpo de la esposa. Más bien, la espesura de la psique le impacienta, como algo que se interpondría entre el alma y la realidad espiritual, que es lo único que quisiera conocer, que quisiera desposar. Así, la conoce más como un obstáculo a su amor que como algo amado por sí mismo – con impaciencia, y lo justo para impedirle (hasta donde es posible) que sea obstáculo. Y cuando su pasión es grande y pura al final, con ayuda de Dios, el “obstáculo” desaparece, sin haber sido ni conocido ni amado.

Mi vía ha sido muy distinta. Ni pensaba en una realidad “espiritual”, ni en Dios. Pero sentía todo el peso y todas las rigideces de la psique, que me entorpecían y paralizaban mi vida, y también sabía que en mí había algo además de pesadez y rigidez. Y quise, no sólo liberarme de lo que me encadenaba (en la medida en que se pueda…), sino también conocerlo – conocer a uno y otro, al pesado y al ligero, al inerte y al vivo, inextricablemente enmarañados en mi ser. Pero quien desea conoce, y quien conoce ama. He amado la psique tal cual es, en su grosería y en su delicadeza, en su impecable superficie y en sus trastornos profundos, en sus descaradas estafas y en la humilde verdad que revelan… De día me alentaba una voz interior, y de noche mis sueños. No me cansé, y sin preguntarme jamás quién me hablaba así, en el fondo bien sabía que ésa era mi tarea más íntimamente mía. Por más que la dejase, cual un amante infiel, siempre volvía a ella, sin agotar jamás su misterio. Ella ha sido un pozo vasto y muy profundo que debía sondear, sin saber a dónde iba. Es ese pozo el que ha sido mi vía hacia Dios.

[12] 128No quisiera contentarme con hablar de refilón de la “psique en general”, al margen de un testimonio o una reflexión metafísica, sino que espero consagrarle una reflexión sistemática en los próximos años. El lector encontrará un primer intento en ese sentido en la nota “La pequeña familia y su Huésped” (no 1), y en las cuatro notas siguientes.

[13] 129Cuando digo “con una óptica espiritual”, en modo alguno es para limitar mi tema, sino por el contrario para darle a la realidad psíquica la dimensión que le pertenece y le da todo su sentido.  Compárese con los comentarios de la antepenúltima nota a pie de página.

[14] 130Véanse al respecto los comentarios en la nota a pie de página citada en la anterior.

[15] 131Por supuesto, esa actitud no está limitada a los “espirituales”, ni en nuestros días ni en el pasado. Sin embargo, parece que hoy está más interiorizada en los espirituales que en el común de los mortales (donde tiende a suavizarse considerablemente durante las últimas generaciones). No obstante, entre las excepciones notables a esta regla citaría a Gandhi y Légaut. Krishnamurti se contenta con ignorar prácticamente el impulso amoroso. No obstante, en el único pasaje suyo que he leído en que lo trata, brevemente y de pasada, subraya, sin ninguna veleidad de distanciamiento moralizador, la extraordinaria potencia de la vivencia amorosa. Por el contrario, en él hay un discurso sobre el “proceso del deseo” (en general), sin distinguir entre el “deseo” que proviene del yo (y sobre todo de la vanidad), y el que brota de Eros, que sin embargo son de naturaleza totalmente diferente. Según la tendencia general en los medios que se proclaman espirituales, mete todos los deseos en un mismo saco, y los considera como un impedimento a la profundización espiritual. Sin embargo supera los clichés “espirituales” corrientes, reconociendo claramente que el deseo de librarse del deseo, de deshacerse de él, se inscribe en ese mismo “proceso del deseo”, como reflejo de la voracidad de grandeza del yo.

[16] 132He escrito estas líneas sopesando mis palabras, y no tengo nada que quitar, pero he de precisar mi pensamiento: el hombre que no sabe vivir en armonía con el impulso de Eros en él, y más particularmente con el impulso del sexo, es un hombre profundamente dividido contra sí mismo. En ese sentido escribo que “aún no es plenamente hombre”, pues no está en la naturaleza del hombre el estar así en guerra contra sí mismo. Al contrario, parte de sus principales tareas, y una de las más arduas, es superar ese estado de guerra interior; guerra sin esperanza de triunfo si no es con la muerte, pues “el enemigo” Eros ¡no es otro que el mismo impulso de vida! Dejamos de ser un “animal enfermo”, llegamos a ser plenamente humanos, cuando se cumplen esas tareas, y vivimos en armonía con nosotros mismos.

[17] 133Para precisiones sobre este personaje, reenvío a la nota “La pequeña familia y su Huésped” (no 1).

[18] 134Ese viraje se trata en la sección “El viraje – o el fin de un sopor” (no 33) y también en la nota “Mi amigo el buen Dios – o Providencia y fe” (no 22).

[19] 135Como testimonio escrito de esa “profundización” que ha tenido lugar aún en estas últimas semanas, en paralelo y en estrecha simbiosis con la reflexión escrita realizada día a día en este libro, señalo las doce notas (no s 20 a 31) suscitadas por el encuentro con el pensamiento de Marcel Légaut, en las que me enfrento precisamente a ciertas cuestiones delicadas sobre “la Providencia”, es decir los Designios de Dios.

[20] 136Pero esa misma voluntad y el deseo de colaborar en esos Designios nos abren a una inteligencia de esos Designios, y nos permiten actuar en ellos, sin que por eso cesen de permanecer misteriosos. Ahí verá una paradoja solamente aquél que, prisionero de una lógica tajante, ignore las vías y la naturaleza de todo trabajo creador, aunque sea el del matemático, considerado el más “preciso”, el más “riguroso” de todos. Pues el “designio” que guía nuestra mano, en todo trabajo que no copia sino que crea, es invisible y propiamente “misterioso” – brota y se aloja y se transforma en la noche completa de las capas más profundas de la psique, inaccesibles por siempre a la mirada consciente. Sólo es durante el trabajo y por el trabajo como ese designio latente, informe, desconocido e incognoscible, oscuro embrión de la creación a punto de lograrse, se encarna y toma forma en el campo consciente. Pero lo que así se manifiesta no es lo que lo ha originado y que, transformándose él mismo a medida que el trabajo prosigue y que la obra manifiesta se crea, siempre permanece latente, siempre hurtado a la mirada, en la profunda noche escondido en el hueco de la Mano de Dios…

[21] 137He aquí algunos de los temas de gran alcance que entreveo, que escapan totalmente y por su misma naturaleza a la ciencia tal y como es practicada en el presente: estudio de las vías de acción de los agentes homeopáticos, de las de la arcilla como agente terapéutico, de la sensibilidad de las plantas. Desarrollo de una física teórica que tenga en cuenta (aunque sea reservándole unos “márgenes” convenientes) la presencia y la inserción de una intención activa (aunque sea mediante la intervención humana ¡innegable incluso para el materialista más obtuso!). Hago algunos comentarios en ese sentido en CyS 0, “Paseo a través de una obra”, en la nota a pie de página más larga de la sección “Vistazo a los vecinos de enfrente” (no 20).

En fin, un tema que me parece más crucial que cualquier otro es el de los sueños, abordado al fin en la dimensión espiritual que le conviene, y liberado de toda la ganga pseudo-científica con que ha sido recargado y que durante mucho tiempo ha obstaculizado una verdadera inteligencia de los sueños y de la naturaleza de los sueños.

[22] 138Entiendo por “místico” el ser animado, por no decir poseído, por una pasión exclusiva de Dios, verdadero “loco de Dios” para el que la búsqueda del contacto con Dios prima y casi borra los demás intereses en su vida. En un sentido menos estricto, el místico sería aquél para el que Dios está en el centro de su vida, tanto a nivel consciente como inconsciente, y que mantiene contactos con Dios más o menos regulares y conscientemente vividos como tales. En ese sentido más amplio, puedo considerarme como “místico”. El único contemporáneo vivo del que tengo conocimiento (pero seguramente hay muchos otros) es Marcel Légaut. En el texto principal, es en este sentido amplio en el que hay que tomar el término “místico” (¡y esto tanto más cuanto el que me ha inspirado más que cualquier otro es Légaut!).

[23] 139Lo que a veces me ha parecido “falseado” en esa relación, en los testimonios de los que he tenido conocimiento, no es la experiencia misma de la acción de Dios en su ser, pues en los momentos fuertes de la acción de Dios y conscientemente vividos como tales, los condicionamientos quedan en suspenso. Es más bien la interpretación dada después a esa experiencia, la forma de situarla, y la relación con esa experiencia, las que pueden ser falseadas por el condicionamiento. Por otra parte parece ser que Dios no se molesta en absoluto – al menos puede constatarse que eso no Le disuade en modo alguno de renovar Sus extraordinarios favores…

[24] 140Sobre esa aportación “providencial”, ver la sección “La convergencia imposible” (no 37) que abre el capítulo IV de este libro.

[25] 141Ya hice esta misma constatación con ocasión de la escritura de Cosechas y Siembras, sobre todo de las partes I y III (“Vanidad y Renovación” y “La Clave del yin y el yang”). También son aquellas en que la parte del testimonio es más importante, y donde por momentos éste me implica del modo más neurálgico.

[26] 142Véase el final de la nota “Misión y karma – o el aprendiz y el Maestro” (24).

(19 de julio) Al expresar la duda de que “vivan entre nosotros tales seres…” no pensaba en los “niños en el espíritu”, de los que se habla en la sección “Rudi y Rudi – o los indiscernibles” (29) y en la nota “El niño y el místico” (17). No dudo que debe haber “niños en el espíritu” entre nosotros, igual que yo conocí uno en mi infancia. Pero esas humildes existencias que la historia ignora, al revés que los grandes Innovadores espirituales, no influencian los destinos del género humano de modo aparente. No tienen la misión de proponer a los hombres una visión del mundo, sino que actúan directamente y en secreto con su brillo propio, dentro de un radio de acción limitado únicamente a los contactos personales.

[27] 143Esta formulación está inspirada en el texto evangélico (Mateo 22, 37–40) en que Jesús cita “el primer y mayor mandamiento” como: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu pensamiento”; siendo el segundo (que “es semejante”): “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

(Compárese con una nota al pie de la página 393 en la nota 28.) No tengo ninguna duda de que la sola y única manera de corresponder al “primer y mayor mandamiento” es justamente usar plenamente nuestra creatividad espiritual. Seguramente no hay ninguna diferencia entre el acto de amor frente a Dios (y entonces poco importa que se Le conozca por Su nombre), y un acto espiritualmente creador; ni entre un estado de amor a Dios, y un estado creador en el sentido espiritual será el caso tanto más, creo, cuanto más grande sea su creatividad espiritual, de modo que sus visiones serán más personales y estarán menos influenciadas por (por no decir alineadas con) una ideología ambiente común.

[28] 144Además creo que a partir de cierto nivel de madurez espiritual, cada uno de nosotros está llamado a desarrollar así, aunque sea sin un propósito deliberado, una visión del Mundo en una óptica espiritual, y de su lugar en el Mundo. Dos de tales visiones, proviniendo de dos seres diferentes, no podrán ser más que diferentes. Ése será el caso tanto más, creo, cuanto más grande sea su creatividad espiritual, de modo que sus visiones serán más personales y estarán menos influenciadas por (por no decir alineadas con) una ideología ambiente común.

[29] 145Aquí es necesario subrayar que, si bien se expresaron con la autoridad inherente al que ve con sus propios ojos y sabe por sus propias luces, los grandes Innovadores a que nos hemos referido anteriormente eran ajenos al espíritu al que nos referimos aquí, Éste no es en modo alguno el fruto de una madurez, sino el signo de una ignorancia espiritual y de una incontrolada vanidad, inconscientemente mantenidas por la adulación de la que esos hombres son objeto y que ellos animan con complacencia.

[30] 146Además Jesús predijo que al acercarse el final de los Tiempos, “vendrán muchos en mi Nombre, y dirán “Yo soy el Cristo”; y extraviarán a muchos” (Mateo 24, 5), y “Y entonces se levantarán muchos falsos profetas que extraviarán a muchos” (Mateo 24, 11).

[31] 147Véase por ejemplo el último capítulo del libro de Légaut sobre la Comprensión del cristianismo.

[32] 148Intento dar una idea de esa obra, a un lector que no sea necesariamente matemático, en CyS 0 “Paseo por una obra”. Por otra parte, a lo largo de Cosechas y Siembras sigo la pista de las extrañas vicisitudes de esa obra a manos de mis ex–alumnos y bajo la tierna mirada de mis antiguos amigos en el mundo matemático que abandoné…

[33] 149Véase al respecto la sección “El viraje – o el fin de un sopor” (no 33).

[34] 150Se trata de la colusión de los medios científicos con los aparatos militares. Dejé la institución en que trabajaba (El Instituto de Altos Estudios Científicos en Bures sur Yvette) en 1970, cuando supe que recibía subvenciones del Ministerio del Ejército. Véase al respecto una nota al pie de la página 170 en la sección no 33 citada en la anterior nota a pie de página.

[35] 151Sin embargo he de exceptuar a Claude Chevalley (que no me esperó para distanciarse del medio que nos había sido común) y Pierre Samuel. Conocí a ambos en el grupo Bourbaki (del que se habla no poco en CyS I). Justo después de mi salida, Samuel se comprometió con el movimiento ecológico, en el que aún hoy sigue militando (en los Amigos de la Tierra). Por otra parte le costó comprender que yo dejase por las buenas de ser militante al cabo de dos o tres años, mientras que la situación ecológica es, ciertamente, más crítica que nunca. Debió vivirlo como una defección por mi parte, un poco como mis amigos del mundo matemático vivieron mi salida del medio común, en 1970. Desde entonces y hasta hoy mismo, no habría dejado de desconcertar a mis amigos, en los sucesivos medios que no he hecho más que atravesar…

En 1970 Chevalley, Samuel y yo nos juntamos los tres en el grupo “Sobrevivir y Vivir”, que se ha tratado de pasada en la sección (no 33) ya citada (véase una nota al pie de la página 116).

[36] 152Compárese con las reflexiones en ese sentido en la sección “La nueva tabla de multiplicar” (no 26).

[37] 153Pienso aquí no sólo en los episodios de “infidelidad” que “testifico” en el capítulo precedente (y más particularmente en las secciones 32 a 35), sino también en el largo testimonio de Cosechas y Siembras sobre mi pasado de matemático, en que no me trato bien igual que no trato bien a los demás. La parte CyS I, “Vanidad y Renovación”, es la que me parece más significativa al respecto.

[38] 154Para sorpresa mía, el trabajo sobre La Llave de los Sueños está resultando mucho más laborioso que el de Cosechas y Siembras. Tengo que teclearlo dos veces, una primera escritura, a menudo patosa y mal limada, que he de retomar por completo para hacer un texto “soportable”, antes de volverla a pasar en limpio (a menudo al día siguiente). Además nunca literalmente, sino puliendo aún el texto emborronado a medida que lo rescribo. Esto me da una velocidad de crucero de unas cuatro páginas por día, a razón de dos o tres horas de apretado trabajo por página, sin domingos ni sábados (estoy “pouce” ¡pues es para el Buen Dios!) ni días feriados – ¡pues todos los días es fiesta! (N. del T.: “pouce” es una interjección que usan los niños franceses, con la mano cerrada y el pulgar levantado, para indicar que momentáneamente salen del juego.)

[39] 155“En otra parte”, es decir en Cosechas y Siembras donde, al igual que en el presente libro, casi a cada paso me encuentro confrontado de nuevo a ese miedo, o a algunos de sus “innumerables rostros”.

[40] 156Tengo ocasión de comentarlo aquí y allá en Cosechas y Siembras, y más particularmente en el “Paseo a través de una obra” (CyS 0), por ejemplo en las dos primeras secciones “La magia de las cosas” y “La importancia de estar solo”. De las cosas que he hecho en matemáticas y que actualmente forman parte del A.B.C. en diversas partes vigorosamente vivas de la matemática, la mayoría fueron concebidas y desarrolladas por mí en contra de una indiferencia total (pero sin matiz hostil, es cierto) de mis congéneres matemáticos (con la excepción ocasional sólo de J. P. Serre).

[41] 157(27 de julio) Y también muy diferente, en ciertos aspectos secundarios, de un medio (e incluso de una familia) a otro.

[42] 158El nervio de la represión en todas las sociedades es la represión interiorizada al nivel de la relación con el cuerpo y el sexo. Esa “represión sexual” se ejerce desde la más tierna edad, para implantar de manera casi imposible de arrancar una relación de ambigüedad con el cuerpo, dominada por sentimientos y reflejos de vergüenza frente a algunas de sus funciones e impulsos. Ésa es una de las principales y más turbadoras características de la especie humana en relación a las especies animales, ¡y no es a nuestro favor! Incluso en nuestra sociedad de consumo en que el laxismo “pin up” ha llegado a ser un ingrediente inseparable del ambiente de “consumo”, aún son más que raros los seres cuya relación al sexo y al amor no está profundamente falseada por esa insidiosa represión que se transmite de generación en generación, esencialmente igual a sí misma a través de los siglos y los milenios, mientras que los imperios, las civilizaciones e incluso las Iglesias pasan…

[43] 159Ese “control necesario” del Grupo debería concernir exclusivamente a los desbordamientos intempestivos de los impulsos provenientes de Eros (y más particularmente del impulso sexual) o del “yo” y de su incorregible voracidad de autoagrandamiento. ¿Quizás era necesario, en la sociedad original, dar prioridad al control de los desbordamientos del impulso sexual, para garantizar a la institución familiar una estabilidad necesaria para la educación de los hijos? Lo que es seguro, es que en todas las sociedades conocidas, la represión sexual va mucho más allá de tal objetivo, alcanzando éste a un precio verdaderamente exorbitante, al envenenar y esterilizar la fuente misma de la creatividad en el hombre.

[44] 160Por ejemplo ciertas actividades artísticas y científicas, a condición de que éstas se inserten convenientemente en las normas de la época. Los grandes avances innovadores, tanto en el plano espiritual como en el intelectual o artístico, siempre se hacen en contra de la inercia “visceral” del Grupo, que se opone por instinto a todo lo que viene a trastornar el orden inmutable de las ideas y los usos recibidos. Por el contrario, entre las actividades (consideradas como “creadoras”) que en nuestros días tienen un lugar de honor entre las que son “catalogadas útiles” y gozan de la consideración general, están las innumerables investigaciones para la invención y puesta a punto de armas ultraperfeccionadas, a la altura de los progresos de la Ciencia – armas tanto “clásicas” como químicas o bacteriológicas o nucleares, o para el desarrollo de centrales nucleares, en inseparable simbiosis con el desarrollo del arsenal de armas nucleares, orgullo de las naciones llamadas “avanzadas”. Con todos esos progresos útiles e incluso indispensables, ¡vengan los mañanas que ya cantan!

[45] 161En la sección precedente “El hombre es creador – o el poder y el miedo a crear” (no 44), página 167.

[46] 162Utilizo con cierta reticencia los términos “castrante” o “castración” tomados del psicoanálisis. Dan en el clavo, pero con una violencia que puede ir en contra del fin perseguido, si se quiere superar o ayudar a superar ciertos condicionamientos inveterados y con eso, liberarse. Sobre todo, ese término tiene una connotación de mutilación irreversible, definitiva, que no corresponde más que parcialmente a la realidad, y puede hundir en un sentimiento de impotencia irremediable al ser que se sienta “víctima” de presiones “castrantes”, en vez de provocar en él un salto liberador. A pesar de las apariencias, en el ser humano la creatividad es un atributo inseparable de su alma e indestructible igual que ella. Si en tal vida parece ausente, no es que esté destruida y que el ser esté mutilado para siempre, sino que está bloqueada toda la vida por ese mismo ser. La causa no es sólo la represión sufrida por él, sino también su asentimiento a esa represión, retomado por su cuenta día a día, él mismo es su propio castrador siempre renovado. La represión sufrida (y todos nosotros la hemos sufrido) es la ocasión dada al alma de aprender superándola, de ejercer creativamente su capacidad de libre elección. Es ella en última instancia, y no la sociedad que la somete a presiones y a pruebas más o menos fuertes e incluso implacables y a veces destructivas, quien es única responsable y única dueña de su destino.

[47] 163Se trata de las notas no s 39 a 44, del 22 al 25 de julio.

[48] 164Recuerdo que ese “hilo” era la historia de mi itinerario espiritual. Fue dejado en suspenso después de la nota “La muerte interpela – o la infidelidad (2)” (no 35) del 24 y 25 de junio, hace cinco semanas.

[49] 165Me dirigía en primer lugar a los que habían sido mis amigos o mis alumnos en el medio matemático, antes del viraje de 1970 cuando abandoné ese medio.

[50] 166Mi primera obra escrita destinada a publicarse y de naturaleza filosófica (y poética) y no matemática, se remonta a 1979. Es el “Elogio del Incesto”, del que hablo de pasada aquí y allá en Cosechas y Siembras, y especialmente en la nota “El Acto” (CyS III no 113). Ahí es donde me familiarizo por primera vez con el dinamismo de los esponsales de las cualidades “femeninas” y “masculinas” en todas las cosas (antes de conocer los nombres chinos consagrados “yin” y “yang”). Ese texto puede ser visto también, cosa interesante, como una larga reflexión sobre la creatividad en el hombre y en el Universo, pero esta vez con un acento muy claro (incluso excesivo, a veces hasta el punto de ser hiriente…) sobre la comprensión “carnal”.

[51] 167Veo dos niveles claramente diferenciados en la irresponsabilidad colectiva de los medios científicos, compartida por casi todos sus miembros. El primero no es de hoy, y no es particular del medio científico o intelectual, sino que se observa en todos los medios sin excepción: es la indiferencia total ante las implicaciones sociales del trabajo que se hace tanto colectivamente como individualmente, y más generalmente de los actos, comportamientos y actitudes. (Por ejemplo frente a la invención, producción, venta y utilización de armamentos, frente a la guerra, el ejército y otros aspectos y excrecencias maléficas, destructores y fundamentalmente inmorales, de la sociedad, consagrados por el uso.) Desde el momento en que se tiene una buena situación y el trabajo se encuentra placentero (aunque sea el de fabricar o inventar bombas de fragmentación o nuevos defoliantes), ¡todo es para lo mejor en el mejor de los mundos!

Por el contrario el segundo nivel es nuevo: es el de la corrupción generalizada en el interior mismo del ejercicio de su oficio y en la relación entre colegas. Ésa es una verdadera descomposición de los valores tradicionales de probidad intelectual, en el oficio de científico. Además tuve amplia ocasión de comprobar que esa descomposición no se limita al medio científico, sino que forma parte de una deformación general de las mentalidades, a nivel de toda la sociedad. Es un fenómeno que me parece sin precedentes en la historia, al menos a escala planetaria, como es el caso hoy en día.

[52] 168Menciono esos tres planos de realidad y de conocimiento en la sección “El Concierto – o el ritmo de la Creación” (no  11).

[53] 69Pienso por ejemplo que durante toda mi actividad enseñante de matemáticas, me empeñé en “hacer pasar la chispa” de la creación matemática, concediendo de entrada crédito de creatividad a los alumnos que confiaban en mí al venir a aprender conmigo, y esforzándome en transmitirles algo más valioso que un saber–hacer y un oficio. He de constatar que esa enseñanza ha sido un fracaso en toda línea, aunque algunos de mis alumnos han llegado a ser célebres matemáticos. Y me doy cuenta de que mi fallo, como el de todos los que fueron mis alumnos sin excepción, en modo alguno se sitúa al nivel intelectual, sino al nivel espiritual. Es la situación que no dejo de descubrir y sondear en todas sus facetas a lo largo de Cosechas y Siembras. En cuanto a esa “chispa” que no supe transmitir a ninguno, bien sé que no es de naturaleza intelectual, que no reside ni en una vivacidad ni en una potencia, ni en dones extraordinarios ni en un método irresistible, sino que es, ella también, de esencia espiritual.

[54] 170Ese aspecto de la creación (como por otra parte prácticamente todos sus aspectos esenciales) es ignorado por casi todos. La primera vez que oí hablar de creación sin “producto” fue a principios de los años 70, en un libro de Krishnamurti, ¡entre muchas otras cosas igualmente importantes que entonces me llegaron como una repentina revelación! Por lo que sé, Krishnamurti ha sido el primero, si no en ver que la creación no está subordinada a un “producto” (algo que los “Innovadores espirituales” como Buda, Lao–Tse, Jesús no podían dejar de saber intuitivamente…), al menos en expresarlo claramente.

[55] 171Compárese con los comentarios de una nota al pie de la página 112, en la sección “La llamada y el rechazo” (no 32).

[56] 172Hay que evitar confundir la aparición de un conocimiento en la psique con la “adquisición de conocimientos”. En un caso se trata de un conocimiento de primera mano, en el otro de conocimientos que forman un “bagaje” cultural o una panoplia técnica, apoyando un status social o cultural o fundamentando una competencia. El conocimiento es del orden de la madurez, del “ser”. Los conocimientos son del orden de la eficacia o del parecer, del “saber” y del “hacer”. Véase también la nota “Verdad y conocimiento” (no 13).

[57] 173Ese carácter “informulable” es propio de todo conocimiento carnal. Más adelante me expreso al respecto, al principio de la sección “El conocimiento espiritual (2): la belleza de las cosas” (no 48). Al ciego de nacimiento no podríamos comunicarle, hacerle “captar”, dar a conocer con el lenguaje, la vista de un árbol, del cielo, del sol. Igual que no se conoce el sabor de un alimento, como la leche, más que por haberlo probado, y de ninguna otra manera. Incluso el que lo conoce sólo sabría expresarlo con una tautología: “el sabor a leche”. De hecho, la experiencia carnal y el conocimiento carnal que proporciona preceden al lenguaje, que echa sus raíces en ellos. Por el contrario, parece que todo conocimiento puede ser expresado, y que no hay conocimiento que no se exprese. Pero sólo excepcionalmente la expresión se hace mediante la palabra. (Compárese con las observaciones del final de la reflexión del 4 de junio (página 317) en la nota “La pequeña familia y su Huésped”.) A menudo la expresión más adecuada (y la única) del conocimiento que se forma y se profundiza con un trabajo creador, se encuentra en la obra creada. Por ejemplo, mientras un pintor pinta un paisaje, una naturaleza muerta o un retrato, y por efecto de su trabajo y en estrecha simbiosis con él, se profundiza y se afina su conocimiento de lo que es pintado. Ni él ni siquiera Dios en persona, que participa plenamente de ese conocimiento, podrían “formularlo” con palabras. Sólo la obra creada puede expresar plenamente ese conocimiento, sin deformarlo o transformarlo. Y era sólo con la creación de esa obra como éste podía aparecer y profundizarse y llegar a ser lo que es, en su total singularidad, en su unicidad.

[58] 174Puede decirse que el Inconsciente profundo, aunque sólo sea por la presencia del Huésped que ha elegido ahí su domicilio, “sabe” (con ciencia segura…) y “conoce”. Pero (me parece) ése es un saber y un conocimiento que están presentes bajo una forma “difusa”, “informe”, “inexpresada”. Lo propio del proceso creador es darle forma, expresarlo, sea con el lenguaje o de cualquier otra manera. Parece ser que tal proceso que da forma, que expresa, que pone de manifiesto, ha de ser visto a la vez como un movimiento que sale de las profundas capas creadoras “que saben y conocen” y sube hasta la periferia. Sin embargo creo poder decir que con ese proceso “Dios Mismo aprende”, es decir, que Su propio conocimiento de las cosas expresadas (o el conocimiento del Inconsciente profundo, que sería incapaz de distinguir del de Dios) se transforma por el trabajo creador que lo expresa, y en el que Él mismo participa.

Ésta es una concepción “dinámica” de la “omnisciencia” divina, en contraste con la concepción estática legada por la tradición, en la que “Dios sabe todo” y “todo” estaría fijado, atado y cerrado de una vez por todas y desde toda la eternidad…

[59] 175“Irreversible” al menos cuando el proceso creador ha llegado a término, o cuando al menos cierto “umbral” (aunque sea provisional) haya sido franqueado. Véase al respecto el final de la sección “Trabajo y concepción – o la doble cebolla” (no 10).

[60] 176El término “plano mental” (de realidad, de conocimiento o de creación) me parece más apropiado que el término (que tomé un poco como para salir del paso en la sección “El Concierto – o el ritmo de la creación” (no  11)) “intelectual y artístico”.

[61] 177Esos mecanismos no son el producto únicamente del condicionamiento, sino el producto común de ese condicionamiento y de las reacciones de la psique frente a éste, muy particularmente durante la infancia (cuando se forman los mecanismos principales que dominarán la psique del adulto). Aún hay que añadir el autocondicionamiento, que es el gran escollo del ser que ya esté muy avanzado en el camino de su devenir espiritual: el auténtico descubrimiento espiritual de ayer, si no es regado y renovado todos los días por una vitalidad espiritual vigilante, en un santiamén se transforma, por la insidiosa acción del yo, en cómodo cojín y bisutería de calidad. Los mecanismos de repetición y de reproducción no son menos estériles cuando lo que se repite o reproduce es uno mismo.

[62] 179Según la intuición visionaria de un Marcel Légaut, además de los actos creadores del pasado que contribuyen a “preparar” un acto o un proceso creador, habría que tener en cuenta la totalidad de los actos creadores futuros que éste hará posibles y que a su vez contribuye a preparar, y que (aunque aún no nacidos y no determinados) actuarían sobre él y lo suscitarían a la manera de una “llamada”, llamada inseparable del sentido global y del pleno alcance del acto. Así se encontrarían misteriosamente ligados, en el plano de una realidad espiritual que no podremos jamás más que presentir y que sólo Dios puede plenamente contemplar y contener, los actos creadores del pasado ya cumplido, los de un presente a punto de cumplirse, y en fin los de un futuro que se busca a tientas y llega a través de esos esbozos embrionarios del “mañana”.

[63] 180 Imprevisible no sólo por accidente, sino por esencia – no sólo para el hombre, a causa de las limitaciones inherentes a la condición humana, sino incluso para Dios omnisciente y todopoderoso.

 

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