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 Caminos hacia la Felicidad

        Terminaba mi último artículo planteando un tema fundamental, el tema de la felicidad. La búsqueda de una alternativa al engañoso camino que propone el capitalismo: a la felicidad por la riqueza y el consumo. Frente a este camino, el catedrático de Ética y Sociología en la Universidad de Madrid, López Aranguren, entra en profundidad  y nos da una respuesta contundente: La capacidad apetitiva del hombre es infinita, sólo con el infinito puede colmarse. Y evidentemente el infinito no está en venta. Esta postura de Aranguren es compartida por una multitud de pensadores que han reflexionado sobre la felicidad humana. Y cualquier persona con la suficiente madurez y sensibilidad, aunque no sea intelectual ni filósofo, se llega a dar cuenta de la quimera que es pretender llenar toda la profundidad de las aspiraciones humanas con una serie de objetos materiales, por muy larga y lujosa que sea la serie.

        ¿Hay otros caminos? ¿Podemos acercarnos a la felicidad sin pasar por el consumo desaforado? Vemos que un punto de coincidencia entre los estudiosos del tema es que la felicidad tiene mucho que ver con la autorrealización de la persona. Labramos nuestra felicidad cuando nos acercamos a la plenitud de nuestras posibilidades en cuanto a nuestra calidad humana. Cuando llegamos a ser lo que podemos ser. Erich Fromm insiste en este ser, en contraposición al simple tener. Tener, es algo que queda fuera de nosotros, ser, afecta al fondo de la persona, ahí es donde puede residir la felicidad.

        Nos acercamos, pues, a la felicidad cuando nos desarrollamos como personas completas y equilibradas. El polo opuesto al hombre unidimensional que retrata Marcuse, para el cual sólo lo económico es realmente importante, un hombre que tiene atrofiados aspectos fundamentales como persona humana. Vamos hacia nuestra felicidad cuando cultivamos nuestra inteligencia y alcanzamos un pensamiento propio, crítico y sólido a la vez, no manipulado desde fuera. Cuando desarrollamos nuestra sensibilidad ante la belleza y el arte. Cuando desplegamos nuestra capacidad creadora en una actividad positiva, que pueda dar sentido a una vida humana. Nos acercamos a una existencia feliz cuando diseñamos nuestro propio proyecto vital, en una decisión de nuestra libertad, con sensatez y responsabilidad. Cuando actuamos como seres sociales, conscientes de la importancia de las relaciones humanas en nuestra vida, en nuestro bienestar. Cuando potenciamos nuestras cualidades más positivas, como el amor, la generosidad, el sentido de justicia y la rectitud ética. Cuando procuramos una psicología sana, liberada de miedos y obsesiones.

        Sobre la actual obsesión por lo económico escribe Manuel Nieto-Sampedro, neurobiólogo: «Nuestro problema fundamental va a ser controlar esa deformación patológica del instinto de conservación que es el ansia de beneficio económico a cualquier precio». Esta deformación patológica del instinto de conservación no es más que miedo a la vida, y el intento de protegernos con el dinero y con mil objetos y diversiones que nos defiendan de nuestra inseguridad. Mal camino éste para lograr la felicidad, cuando la felicidad lo que nos pide es que le demos sentido a nuestra vida, un sentido coherente con nuestra condición de seres humanos, seres espirituales, libres y con responsabilidad moral.

        Creo que por este camino tendríamos que avanzar para presentar un modelo de bienestar que hiciera atractiva la renuncia al consumismo

5 comentarios

  • Santiago

    Nos aproximamos -solamente es una aproximación como implica Zugasti- cuando queremos desarrollarnos como “personas completas y equilibradas” a la felicidad, que es la forma constante del comportamiento humano pues la felicidad constituye el fin último del ser humano aunque secundario y relativo. No podemos renunciar a la felicidad.

    Es claro que el “consumismo” desordenado no va a constituir nuestra felicidad ni siquiera relativamente, como tampoco la consecución de bienes externos como la riqueza, o el honor, ni los internos como salud, el placer de los sentidos, ni la ciencia, ni siquiera la virtud…porque nunca llegaremos a la absoluta perfección en esta vida..

    Pero el ser humano es fundamentalmente espiritual y ha sido elevado a un fin trascendente..que rebasa todo lo que es material…Por tanto, la felicidad perpetua es a lo que en realidad aspiramos  porque debe ser suprema sin desear otro género de bien, y que excluya todo mal, que nos sacie totalmente y definitivamente, y que no podamos perderla una vez adquirida.

    Pero los bienes de este mundo no reúnen ninguna de estas condiciones y nuestros deseos son -en este sentido- inalcanzables.

    Sólo podremos aspirar a  l a  paz y tranquilidad de conciencia y al desarrollo de la virtud de la fe y de la caridad, y de nuestras mejores cualidades, sabiendo que si trabajamos en el orden encontraremos sosiego y nos uniremos en la otra vida a Dios, suprema felicidad plenamente saciativa. Por eso Agustín hablaba del único reposo real que es Dios y Teresa repetía que “sólo Dios basta”

    Pero nosotros cambiamos el bien verdadero por el mal creyendo que el mal es nuestra última felicidad sin serlo. Abandonando a Dios renunciamos a ser felices para siempre

    Un saludo cordial

    Santiago Hernández

     

     

     

  • Antonio Llaguno

    El otro día leí, no se donde y no se de quien, que el problema reside en confundir la felicidad con la satisfacción.

    Una está regulada por la serotonina y la otra por la dopamina, la serotonina calma reuce las neuronas que se implican en el proceso y hace bien, la dopamina, crea adicción, cada vez emplea más terminales de las neuronas y cada vez por lo tanto necesita más neuronas hasta que ¡¡Zas!! pteas y llega el mono y la adicción.

    En el fondo la ciencia tiene fácil marcarnos el camino. Todo aquello que precise sserotonina nos hace bien y lo que necesite dopamina nos hace mal.

    Yo que tuve un padre con el cerebro incapaz de procesar la dopamina por culpa del Parkinson se lo cabron que es el cerebro cuando la necesita y no la tiene. Acorrdaros de JPII en sus útlimos días, a eso es a lo que nos lleva el exceso de dopamina (Que se traduce en incapacidad de procesarla).

    Es solo un apunte, un poco pedante pero que completa lo leido, creo.

  • Isidoro García

    Comentar en este artículo, es una gran tentación y un gran reto. El artículo en sí, es magnífico: lo mejor que le he leído a Zugasti. Y ya no digamos los comentarios anteriores, de Ana y George, magníficos también, y que engrandecen más aún al artículo.

    Todos hacen honor a la grandeza del tema. Muchas veces nos perdemos en temas menores y accesorios, cuando en realidad, el único deber del humano y la única meta de su vida es ser auténticamente felices. Que no es tan sencillo.

    El mismo Aranguren, que cita Zugasti, contestó a una periodista sobre si era feliz: “Mujer, feliz, lo que se dice feliz, no; dejémoslo en que a veces estoy contento”.

    Es tan importante el tema, que es la clave contra tanto moralismo imperante y agobiante, hoy día. Dice Antoni Bolinches, algo en lo que muchos no han caído en la cuenta, y se nota mucho: “El hombre no es infeliz porque es malo, sino que es malo porque es infeliz”.

    Zugasti habla de Maslow y la auto realización, pero quizás ese sea un razonamiento circular. Porque Maslow explicó, los frutos, las consecuencias de la felicidad: todos los valores, (las cosas convenientes y deseables al humano), de las que necesitamos disponer para ser felices. Pero ¿qué es ser felices?.

    Para ello, precisamos subir un escalón más en la perspectiva, y contemplar nuestra realidad.

    La felicidad es como una carta a los Reyes Magos. Aparentemente, podemos pedir cualquier cosa que se nos ocurra en nuestra imaginación. Pero a los niños, enseguida les enseñamos los escaparates de las tiendas, para que vean, qué cosas pueden pedir, y cuales no, porque no existen.

    La felicidad no es algo que imaginar. Ya tiene un contenido fijo del que no podemos salirnos. La felicidad de todo ser del Universo, es cumplir con la naturaleza que le ha marcado dicho Universo. Ni más, ni menos.

     

    Tradicionalmente, se ha contemplado, al ser humano, como componente del Universo, y sujeto a sus leyes físicas y biológicas, con las que tenemos que batallar, mediante la cultura, para cumplir el objetivo fundamental del humano, durante la primera fase de su existencia como especie: la supervivencia física.

    Pero en esta segunda, y se supone, etapa final de la existencia del “homo”, una vez superado el primer reto de la supervivencia, nos aparece el segundo reto: encontrar un sentido a nuestra vida, la felicidad.

    Ante este segundo reto, el humano, está solo, sin guía, ni dirección a seguir. Pero posiblemente no es así.

    El Universo no es un continente inerte y fijo, sino que tiene su propia dinámica interna evolutiva, con la que va desplegando su naturaleza completa, y la naturaleza de sus integrantes.

    Y esta dinámica del Universo, primero establece el determinismo de las leyes físicas, luego ha añadido el determinismo biológico sobre la vida, y con nuestra llegada, (como pioneros de la inteligencia a nivel conciencia personal, en la Tierra), ha añadido un determinismo psíquico o espiritual, igual de poderoso y contundente que las leyes físicas y biológica.

    Igual que el humano es miembro del Universo material, con sus fuerzas y materias, y luego es miembro integrante de la Biosfera, con su software ecológico que lo dirige, también está llamado a pertenecer a la esfera de la inteligencia del Cosmos, la Conciencia Cósmica, en la que estamos en vías de integrarnos.

    Por eso la felicidad no es hacer o tener, esto o lo otro, sino simplemente, conectar con el Universo, a través de la Conciencia Cósmica. Así de sencillo.

     

    Como dice el gran Arregui: “Ser feliz es muy sencillo, lo difícil es ser sencillo”. O sea lo difícil es “conectar”. Y aquí entra la ciencia de la “conexión”, que es la espiritualidad, que tiene un nombre muy rimbombante, pero no es ni mas ni menos, que aprender, yendo a la biblioteca, o apagar la sed de felicidad, esa “insaciable necesidad de consuelo que tiene el ser humano”, bebiendo en la fuente de agua clara, como decía Jesús.

    Y para eso solo necesitamos saber, que disponemos de una conexión con la fuente, a través del “espíritu” personal de cada uno, y luego simplemente beber. Y la sed desaparecerá poco a poco.

     

    Porque tampoco nos creamos que todo es coser y cantar. Conocer la dirección buena del camino a seguir, y el método eficaz, no es garantía de éxito fácil e inmediato. Requiere cultivar, como dice George, “la Esperanza, una actitud que requiere renunciar a las certidumbres y abandonarse de manera incondicional a lo que ocurrirá, sea lo que sea”. 

    Cuando estemos plenamente integrados en la Conciencia Global, sí será fácil y natural ser feliz, pero estamos en el camino de la conexión.

    Vivimos como en una casa en obras, lo que nos promete la esperanza de un futuro “niquelado”, pero con un presente, lleno de carencias y conflictos, entre otras cosas con nuestro equilibrio psicológico, siempre tambaleante.

  • George R Porta

    Copio un texto de Stig Dagerman, quien se suicidó a la edad 31 años. Cada vez que lo leo me siento conmovido y me parece un texto crucial para comprender la infelicidad humana: 

    «Estoy desprovisto de fe y no puedo, pues, nunca ser dichoso, ya que un hombre dichoso nunca llegará a temer que su vida sea un errar sin sentido hacia una muerte cierta. No me ha sido dado en herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual pode llamar la atención de Dios; ni he heredado tampoco el furor disimulado del escéptico, ni las astucias del racionalista, ni el a r diente candor del ateo. Por eso no me atrevo a tirar la piedra ni a quien cree en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra la duda como si esta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mí mismo ya que de una cosa estoy convencido: La necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.» (Cf. Stig Dagerman, «Nuestra necesidad de consuelo es insaciable…» (Logroño, Ed. Pepitas de Calabaza, 2007, página 7).  

    Comienzo por citar a Dagerman, porque escojo la Esperanza, una actitud que requiere renunciar a las certidumbres y abandonarse de manera incondicional a lo que ocurrirá, sea lo que sea, un poco en la línea de Charles de Foucauld, pero solo un poco. 

    No creo que la felicidad sea alcanzable ni por mi propio esfuerzo ni por ningún otro medio, pero ello no justificaría el suicidio a mi modo de ver. He lidiado profesionalmente con muchas personas con ideas y planes de suicidio, incluyéndome cuando estaba bajo la mirilla de la policía secreta de Castro en Cuba. Me parece que algo que fue común a todas esas personas fueran la ira y el fracaso en hacerse sentir mejor de manea autónoma.  

    Creer con certidumbre incuestionada en un ente creador ajeno a nuestro universo, me parece que con facilidad un pensar o un sentir grandioso y soberbio. Desear que exista una tal divinidad—incluso si existiera como proyección de nuestras necesidades de consuelo o de nuestra «angustia existencial»— no lo es.  

    Imaginar que el ser humano pueda haber sido creado a imagen y semejanza de su creador o que hubiera sido creado para satisfacer alguna necesidad de su creador de disponer de alguien a quien amar, pudiera serlo aún más.  

    ¿Qué puede haber de malo en sentirse al mismo nivel del resto del Universo? Dudo que nadie pueda ser más libre que las fieras que defienden a dentelladas el territorio que necesitan para sobrevivir o para proteger a su progenie; ni que cante mejor que tantas aves; o que vista con mayor opulencia o mejor, (robando la metáfora del evangelio de Mateo 6, 29) que los lirios del campo; ni que pueda acumular más belleza que muchos minerales.  

    ¿Para qué querrá el ser humano superioridad extrema, como ilustra la leyenda de Génesis, tanto como si fuera Dios mismo? 

    En cambio, yo creo que se puede ser como las florecillas del campo sin envidiar ni descartar a nadie. Eso desde luego solo aliviará la necesidad de consuelo de momento, pero cuanto más y mejor servidor se sea e injustificadamente despreocupado de sí, tanto menos infeliz se sentirá la persona.

  • ana rodrigo

    Cada época ha tenido sus patologías, algunas se naturalizaron por muchos siglos que pasaran, como ha sido la marginación de la mujer en todos los campos sociales, políticos, culturales, religiosos, científicos, a pesar de las miles de mujeres científicas que ha habido, nunca reconocidas, en las religiones, ni existimos ni nos quieren (véase Vaticano y quienes lo habitan). Y han tenido que pasar siglos para que la reivindicación de justicia con nosotras haya salido a la «calle», pues los hombres lo reforzaban y lo refuerzan en nombre de Dios o de lo que sea, de manera interesada, hasta que las mujeres nos hemos convertido en sujetos de nuestras reivindicaciones. Y si no nos quieren peor para ellos y para la humanidad, porque a nosotras no nos van a parar.

    Otra gran patología, desde siempre, ha sido la riqueza asociada al poder y viceversa, que aún persiste. Después ha venido el consumismo sin límites, la crueldad con el medio ambiente hasta poner en peligro la vida y el planeta Tierra, etc.

    En este momento estamos pasando por un cambio de era, con el agravante de que existen unos medios de comunicación que mezclan información verdadera con la falsa, las fake news, la IA, las redes sociales, la televisión basura, los realities, el populismo político y agresivo,  el neofascismo y un sin fin de novedades que hacen mucho más difícil el sosiego interior y la reflexión profunda de los porqués y los para qués «».

    Y todo esto se mete en nuestras casas, en las nuevas tecnologías de nuestros niños y de nuestras niñas, de la juventud, hace mucho ruido y puede convertirse en lo único,  mayoritario e impositivo en la sociedad.

    También existe, sin ruidos, tanta gente y tantos colectivos dedicados a hacer el bien y a luchar por una sociedad justa con calidad de vida para todo el mundo. Debemos colaborar en ello sin desaliento.

    La felicidad es una cosa muy personal, que cada cual la busca conforme se ajuste a sus parámetros vitales.

    Educación, educación y educación, si queremos una buena sociedad, un sano cambio de época.

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