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El programa de Jesús (8)

VIII. LA LEALTAD FRENTE A LA LEY

A. Fraternidad frente a hostilidad y discordia

1. Mateo se dirige a su comunidad de judíos

          Por la forma en que Mateo estructuró y elaboró su evangelio, la comunidad receptora de su texto, compuesta en su mayoría por judíos, tuvo fácil percibir que la enseñanza de Jesús les afectaba como destinatarios directos. Ellos se habían decantado por él, adhiriéndose a su Programa Alternativo. Su lealtad al Nuevo Pacto debía, por consiguiente, superar la estricta fidelidad de los letrados a la letra de la Ley.

          Resulta evidente que, desde la cumbre, el Galileo se dirige con su enseñanza al colectivo de los discípulos. Las multitudes no se han movido de la escena. Permanecen apostados en la falda del monte. El texto hace suponer con ingenuidad que pueden oír la enseñanza desde tan lejos. Sin embargo, su distanciamiento y la ausencia de toda referencia directa o indirecta de Jesús a ellos parece indicar que vacilan ante su Programa. Necesitarán reflexionar antes de tomar una decisión.

          Los que conforman la comunidad del denominado entonces reino de Dios han modificado, por el contrario, su forma de pensar. Se han sacudido de una vez por todas el atosigamiento de un abultado código de preceptos, establecido para ser cumplido obligatoriamente a rajatabla un día tras otro. Sus vidas han cambiado de forma radical. Son otros. Han logrado salir por fin de una etapa infantil que les tenía atenazados y recluidos en una constante dependencia (https://www.atrio.org/2020/09/el-proyecto-de-jesus-madurando-en-el-tiempo-3/). Ahora disfrutan de autonomía. No necesitan tener sobre sus cabezas un cúmulo desproporcionado de leyes a acatar de todas todas. La vida en la nueva sociedad ha superado la Ley. Mateo expone en una serie de cinco ejemplos la actitud que pide Jesús a los comprometidos con su Programa. El primero de ellos comienza del siguiente modo:

“21 Os han enseñado que se mandó a los antiguos: <<No matarás (Ex
20,13), y si uno mata será condenado por el tribunal>>.
22 Pues yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será condenado por el tribunal; el que lo insulte será condenado por el Consejo; el que lo llame renegado será condenado al fuego del quemadero”.

 

2. Estilo de la narración: la contraposición

          Con una simple mirada podemos observar que este ejemplo está construido sobre la base de una contraposición. Los demás seguirán este mismo esquema. En todos los casos, salvo cuando emplea una fórmula breve (v.31), que corresponde a la segunda parte de un nuevo paradigma, los dos componentes confrontados repiten unos mismos términos: “Os han enseñado que se mandó” (Ἠκούσατε ὅτι ἐρρέθη τοῖς ἀρχαίοις) y “pues yo os digo” (ἐγὼ δὲ λέγω ὑμιν). Este constante patrón deja entrever un tono de clara controversia y oposición de Jesús respecto a la tradición. En este y en el penúltimo se añade además un elemento describiendo a los destinatarios de estos mandatos; dice: a los antiguos” (τοῖς ἀρχαίοις). El dato contiene un matiz a no despreciar.

          Dicho formato permite percibir a todas luces la mano de Mateo. El verbo griego ἀκούω (‘escuchar’), expresado en singular (ἠκούσατε: ‘escuchaste’), aunque con significación extensiva a una totalidad, está dirigido a los integrantes del colectivo de discípulos presentes en la escena y a los de la comunidad destinataria del evangelio. Este primer elemento apunta directamente a la enseñanza oficial impartida por los maestros de la Ley y asimilada por el conjunto del pueblo judío. De ahí la traducción: “Os han enseñado”.

          Jesús habla de una ley de obligado cumplimiento, pero evita mencionar su carácter sagrado y su supuesta procedencia. Ni siquiera alude a Moisés o al pueblo que la aceptó. Indica intencionadamente que esa ley fue ordenada “a los antiguos”. El término griego ἀρχαῖος (‘antiguo’, ‘anciano’, ‘anticuado’) sugiere que se trata de un remoto precepto establecido para gente de un tiempo pretérito. De manera indirecta está proclamando la llegada de una nueva época. La expresión repetida en todos los ejemplos: “pues yo os digo”, al tiempo que asegura que la ley de referencia está pasada, abre la enseñanza correspondiente a los actuales momentos y circunstancias.

3. Jesús hablará de las respuestas a todo tipo de hostilidad y discordia

          La ley citada en este primer caso: “No matarás” recoge al pie de la letra el texto griego de los LXX (“Οὐ φονεύσεις) de Ex 20,13 y Dt 5,17). El evangelio de Mateo no distingue entre asesinato y homicidio voluntario o involuntario (ver Nüm 35,9ss); sí añade, en cambio, que el delito conlleva la reprobación y la pena: “y si uno mata será condenado por el tribunal”. Pero en la comunidad del Nuevo Pacto matar es inconcebible. Quienes son identificados por su trabajo en favor de la paz se caracterizan por una actitud leal hacia los demás salida de su libertad y una apuesta decidida a favor de unas relaciones humanas donde la violencia ha quedado descartada. Esa comunidad se distingue por el florecimiento de una vida nacida de la fraternidad. La simple discordia supone originar una brecha en dicha vida. Mateo utiliza el participio sustantivado ὁ ὀρχιζόμενος (‘el que está irritado’, ‘el que se enfada’) del verbo ὀργίζομαι (‘estar irritado) para señalar que la indignación ya genera desunión entre los miembros de la comunidad.

          El evangelista no habla de cualquier enfado, sino del que causa herida en la fraternidad. La precisión aparece con el empleo del término ἀδελφός (‘hermano’): “Todo el que esté peleado con su hermano” (πᾶς ὁ ὀρψιζόμενος τῷ ἀδελφῷ αὐτοῦ). El texto confirma que no se trata, pues, de actitudes de ética en general, sino de fisuras en la comunidad a detener sin demora. La gravedad de estas actuaciones que causan división requieren ser vetadas por la comunidad. Para subrayarlo, el evangelio utiliza la misma fórmula de condena usada con anterioridad al mencionar la ley contra el homicidio: “será condenado por el tribunal” (ἔνοχος ἔσται τῇ κρίσει). El vocablo griego κρίσις, traducido por ‘tribunal’, no alude a un órgano jurisdiccional determinado, sino a la capacidad del conjunto de la comunidad de juzgar actitudes y, llegado el caso, dictar resoluciones.

          El Galileo advierte que una fisura en el grupo puede convertirse en fractura. Se presentan, por eso, otros dos casos aún más dañinos. El siguiente habla de la ofensa que distancia: “el que lo insulte será condenado por el Consejo”. El texto griego precisa el insulto usando una voz desdeñosa en hebreo y arameo: Ῥακά’ (‘estúpido’), expresión de odio, rechazo y división. El insulto aborrece a quien está dirigido. Para mencionar al destinatario del agravio, el texto original repite la expresión: τῷ ἀδελφῷ αὐτοῦ (“a su hermano”), recogida en la traducción por el pronombre ‘lo’; “LO insulte”. Los sujetos siguen siendo personas del entorno de la comunidad. La mayor gravedad de este caso se reconoce al presentar como consecuencia de la discordia una reprobación salida de un supuesto órgano jurisdiccional supremo. Para referirse a él se acude a la denominación de la más alta institución judía: el Sanedrín (συνέδριον). La indicación de que el insulto es susceptible de ser juzgado al máximo nivel de autoridad es la manera de calificar el gran peligro de esa actitud a los destinatarios judios del evangelio de Mateo.

          El caso que engendra mayor amenaza para la vida de la comunidad es aquel que produce la ruptura total entre sus miembros y destruye la fraternidad. El texto lo expresa mediante la fórmula: “el que lo llame renegado…”. El pronombre personal neutro: “lo” persiste en la relación de fraternidad entre los sujetos. Llamar a alguien de determinada manera supera el carácter puramente nominal; equivale a considerarlo y reconocerlo en la práctica por aquello que se afirma de esa persona. El término griego μῶρος, usado aquí con el sentido de ‘irreligioso’, ‘renegado’, implica anular la relación y marginar al hermano. La actuación que arruina la fraternidad se hace merecedora de la pena de exclusión de la comunidad. Quien actúa así se condena él mismo. Su artífice rebaja su propia condición humana a puro desperdicio. El texto lo certifica afirmando que: “…será condenado al fuego del quemadero”. El original griego cita un lugar concreto: γέεννα, voz proveniente del hebreo (גיא הנם; ‘ge-Hinnón’), forma abreviada de Ben-Hinnón (hijo de Hinnón), que significa: ‘Valle de Hinnon’, un espacio próximo al sur de Jerusalen (Jos 15,8; 18,16; Neh 11,30) donde, al parecer, tiempo atrás se ofrecieron niños en sacrificio al dios Moloch:

“Profanó el crematorio del valle de Ben-Hinnón, para que nadie quemase a su hijo o su hija en honor de Moloc” (II Re 23,10).

          Jeremías lo recordará más tarde como hecho abominable:

“Levantaron ermitas al Horno en el valle de Ben Hinnón para pasar por el fuego a hijos e hijas” (Jer 7,31)

          De ahí que se considerara lugar aborrecible y se dedicara a basurero de la ciudad donde se tiraban los desechos y cadáveres de animales, permanentemente consumidos por fuego. La mención de dicho emplazamiento como lugar idóneo para quien provoca la fractura de la comunidad indica su exclusión de la misma como miembro inservible y sobrante.

4. Priorizando el gesto humano sobre la rigidez religiosa

          El antiguo precepto: “No matarás” tenía como objetivo poner coto a la violencia destructora de un pueblo recìén salido a la libertad. La enseñanza del Galileo, en cambio, pretendía ampliar sin límite el horizonte de la fraternidad. De los casos narrados se extrae una lección para quienes con su manera de actuar generan grietas en la comunidad. El texto lo expresa así:

 “23 En consecuencia, si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda”.

          La apertura del texto adelanta que su contenido viene a ser resultado de los tres casos mencionados con anterioridad: ἐὰν οὖν (“si por consiguiente”). Se trata de una consecuencia que se abre con una acción presentada en forma condicional. Podría haber sido elegido un hecho cualquiera, sin embargo se ha escogido uno de especial significación. La enseñanza se expone, pues, mediante la representación de una escena habitual en la época. El caso seleccionado viene de perlas a los miembros judíos de la comunidad de Mateo. La pedagogía es directa. Se dirige a cada uno de los integrantes de ese colectivo. El verbo que da comienzo a la acción: προσ-φέρω (‘llevar hacia’) denota un movimiento con el que todos están familiarizados. Indica que se va de camino, decidido hacia un objetivo. Si el punto de partida de la marcha se encuentra en Galilea, el viaje supone días de arduo camino. El interés que mueve a ponerse en marcha se descubre con los datos complementarios del desplazamiento. Se lleva una ofrenda (δῶρον) al altar de los sacrificios (Θυσιαστήριον): “Si yendo a presentar tu ofrenda al altar”. Este término griego deriva del verbo θυσιάζω (‘sacrificar’). Se trata del altar del Templo de Jerusalén. Los sacrificios allí ocupaban toda la jornada y durante todo el año. Eran ejecutados en servicios de mañana y tarde por sacerdotes que actuaban en veinticuatro turnos que se cambiaban cada sábado. El sacrificio oficial público ordinario era tan importante que en el año setenta de nuestra era, avanzado el asedio romano a Jerusalén y en medio de una hambruna general de los judíos sitiados, se siguieron ofreciendo estos sacrificios.

          Los siete primeros capítulos del libro del Levítico ofrecen al detalle los cinco tipos de sacrificios realizados a instancia individual. En la práctica, sin embargo, se reducían a tres:

    1. Holocaustos, en los que la víctima se quemaba entera sobre el altar.
    2. De expiación y penitencia, en los cuales se quemaba solo la grasa. quedándose la carne en manos del sacerdote.
    3. De comunión u ofrenda pacífica. En estos se quemaba también solo la grasa y la carne era usada por el sujeto que presentaba la ofrenda en una celebración.

          De todos modos, el texto de Mateo no especifíca el tipo de sacrificio a realizar por el oferente. No es lo que importa. Se queda en que acude en dirección al Templo a presentar una ofrenda. Tal iniciativa está motivada por la religiosidad. Sobresale la creencia. La presentación de la ofrenda apunta a una decidida voluntad de reconciliarse con Dios. El sujeto en cuestión ha puesto en Él toda la confianza pretendiendo atraer su singular benevolencia. El altar es centro de operaciones y foco de atracción religiosa. Todo encaja con la más pura actitud de fidelidad a la institución y sus reglas litúrgicas.

          Pero, siguiendo el hilo de la narración, el ejemplo alerta respecto a algo ocurrido en la mente de quien tiene a Dios en el centro de su vida. El tema tiene que ver con la mención, otra vez por dos veces, del término ‘hermano’ (ἀδελφός). La hermandad entra de nuevo en juego. De camino hacia Jerusalén y llegado ante el altar al individuo le surge el recuerdo de la discordia y su desunión con el hermano: “te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti”. La enseñanza no sale del círculo de la comunidad de discípulos. Todos los situados dentro de esa órbita concentran su atención en la instrucción a punto de dar por el Galileo. En ella encontramos la clave del relato. De entrada, propondrá detener en seco el movimiento hacia la presentación de la ofrenda: “…deja tu ofrenda allí, ante el altar…”. La conciencia de una hermandad fracturada en la comunidad de seguidores debe paralizar cualquier movimiento, incluso el tenido por esencial, el más religioso, para cambiar el rumbo en dirección al hermano: “…y ve primero a reconciliarte con tu hermano”. La concordia exige salir del individualismo y el propio interés para encaminarse en busca del hermano. Mientras la fraternidad permanezca desgarrada, su reconstrucción tiene absoluta prioridad (πρῶτος: ‘primero’).

          ¡Hay algo más importante que el altar! La praxis religiosa queda en un lugar muy secundario. El evangelio y su principal protagonista, Jesús el de Nazaret, empiezan a entenderse cuando se ha tomado conciencia de que a la fraternidad le corresponde el primer plano y el lugar principal. Las vueltas y vueltas obsesivas sobre Dios desde garitas individuales, desplazando al olvido la entrega total y apasionada en favor de la hermandad, son muestra clara de un particular sentido religioso, pero evidencian el propio desatino y la distancia respecto a la enseñanza de Jesús. El rezo, la devoción, el culto, la liturgia, el recogimiento, la ascética, la mística quedan desplazados estando la fraternidad por recomponer. Lo esencial no es el Templo ni el altar, sino cada hermano ocupando su sitio.

          Resulta cuando menos curioso que, ¡por dos veces! en el evangelio de Mateo, Jesús cite el mismo texto del profeta Oseas (Os 6,6) invitando a esforzarse por comprenderlo:

“Id mejor a aprender lo que significa: <<misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13).

“Si comprendiérais lo que significa: <<misericordia quiero y no sacrificios>>” (Mt 12,7).

          Amós no tiene reparo en descalificar con contundencia el culto al completo con todo los rituales del Templo:

“Detesto y rehúso vuestras fiestas,
no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas;
por muchos holocaustos y ofrendas que me traigáis,
no los aceptaré ni miraré vuestras víctimas cebadas.

Retirad de mi presencia el barullo de los cantos,
no quiero oír la música de la cítara;
que fluya como agua el derecho
y la justicia como arroyo perenne”
(Am 5, 21-24).

          Jeremías dejó claro que la salida a la libertad y la constitución del pueblo no tuvo como objetivo el establecimiento del culto religioso:

“Añadid vuestros de holocaustos a vuestros sacrificios”
y coméos la carne;
pues cuando saqué a vuestros padres de Egipto
no les ordené ni hablé de holocaustos ni sacrificios”
(Jer 7,21-22).

          Los profetas hicieron público el engaño oculto tras el culto, denunciando que la religiosidad se utilizaba para enmascarar la injusticia.De ese modo se bloqueaba el auténtico objetivo como pueblo: mostrar al resto de naciones el resplandor de la libertad, la igualdad y la justicia. Jesús recogió el empeño de los profetas por reconducir al pueblo a su cauce original y dio cumplimiento a sus anhelos y promesas, como hemos expuesto con anterioridad: “No penséis que he venido a echar abajo la Ley ni los profetas. No he venido a echar abajo, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17).

          El Galileo cumplió sobradamente las expectativas de los profetas inaugurando una nueva sociedad, el llamado reino de Dios, donde la lealtad prevaleciera sobre la Ley y la justicia fuera superada por la fraternidad.

          Una vez logrado el restablecimiento de la fraternidad, el evangelio añade una indicación: “vuelve ENTONCES (τότε) y presenta tu ofrenda”. Destaca el adverbio “entonces” confirmando la prioridad de reconstruir la hermandad. El sentido de la frase se asemeja al de aquella otra que encontramos en Mt 8,4 en la escena del leproso marginado por la Ley:

“…ve a presentarte al sacerdote y ofrece el donativo que mandó Moisés como prueba contra ellos”.

          El regreso al altar no se orienta como necesidad o para cumplir una obligación religiosa, sino como manifestación pública de un compromiso realizado con lealtad en toda regla: el de restaurar la fraternidad y la unidad de la comunidad. ¡Esa es la ofrenda auténtica!

          El evangelio de Mateo deja suponer que las multitudes de simpatizantes oyen la enseñanza de Jesús desde la falda del monte, sin embargo no hay la más mínima indicación de que ninguno de sus integrantes aceptara el planteamiento del Galileo y tomara la iniciativa de incorporarse al grupo de los discípulos. ¿No ocurre lo mismo en la actualidad? ¿No hay multitudes de simpatizantes y pocos comprometidos con el Nuevo Pacto?

          El déficit de hermandad en la sociedad alternativa (el llamado reino de Dios) supone una imputación grave contra quienes provocan y mantienen la escisión. Resulta vital ¡y URGENTE! dedicar el máximo esfuerzo a recuperar la fraternidad desbaratada. No valen subterfugios. Las actividades religiosas no solventan la ruptura entre hermanos. Y la renuncia a rehacer la solidaridad y el amor leal puede convertirse en testigo acusador de quienes se refugian en la inacción. La pasividad supone descabalgarse de la vida que propone el Galileo. La pérdida de la felicidad que otorga la vida de la comunidad de hermanos (“Dichosos”) se convierte en fracaso existencial sin posibilidad de recurso. Este es el sentido expuesto con el simbolismo del ejemplo que sigue:

“25 Busca un arreglo con el que te pone pleito, cuanto antes, mientras vais todavía de camino; no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y te metan en la cárcel.

26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no pagues el último cuarto”.

          Los discípulos entendieron sin duda la enseñanza del Maestro. Mateo la dejó escrita usando matices salidos de su mano. El Lector, siguiendo su texto, pudo explicarlo a la comunidad con todo lujo de detalles.

          Tal vez habló del tiempo como una llamada continua y urgente a romper hostilidades y optar por la fraternidad. El traje de la lealtad y la fraternidad exigidos por el Nuevo Pacto resulta imprescindibles en la fiesta de la comunidad. No basta estar invitado, el convite exige ir preparado. Mateo lo explicó con el mensaje de una parábola:

“Cuando entró el rey a ver a los comensales, reparó en uno que no iba vestido de fiesta, y le dijo:

      • Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?” (Mt 22,11-12a).

 

Un comentario

  • mª pilar

    Copio:

    …Sus vidas han cambiado de forma radical. Son otros. Han logrado salir por fin de una etapa infantil que les tenía atenazados y recluidos en una constante dependencia…

    Después de “optar” por seguir la nueva Alternativa que Jesús proclamó. ¿Qué es necesario? Un cambio firme y fidelidad al nuevo caminar, y el resultado lo percibimos en que nuestra vida:

    ¡Cambia!

    Gracias Salvador una y otra vez por ayudarnos a ese necesario madurar, despertar, de las ensoñaciones y reglas que los Profetas con tanto afán denunciaron.

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