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El ‘infarto teológico’ de la sinodalidad

Señalaba yo ayer en un comentario al post de Gonzalo y contestando a José Mª Valderas, que había un problema teológico a aclarar si no queríamos que lo de la sinodalidad quedara en sueño irrealizable. Y señalaba que la participación de todos los bautizados en el sacerdocio y realeza de Cristo que proclamaba el Vaticano II se encontraba con frenos, incluso dogmáticos, que se podían y debían superar. ¡Claro que la letra y contenido de dogmas o dogmatoides (como lo de no ordenación de las mujeres) se deben reinterpretar y cambiar! Este artículo de infarto que ha escrito Jesús, basándose en el citado por JMV padre Congar, aclara dónde está hoy la cuestión.  No pretendemos con Francisco destruir la Iglesia católica, sino hacerla más católica-universal-sinodal. AD. 

          Según Antonio Piñero (“La primacía eclesial de Pedro”, Religión Digital, 23.VII.2021), en la introducción que Xabier Pikaza hace del libro de E. Trocmé (“La infancia del cristianismo”, Trotta, Madrid, 2021), la figura de Pedro en Mateo aparece, tras el fracaso judío de la Primera Gran Guerra contra Roma el año 70, “como centro de referencia de todas las iglesias” ya que “proyecta una iglesia universal, unida en torno” a su figura. Tras indicar que ve “algunos problemas en estas palabras-resumen de Pikaza”, analiza otros pasajes neotestamentarios para concluir que no le “queda nada clara” dicha centralidad de Pedro. “Tiene que haber otra explicación”.

No soy exégeta. Por eso, no puedo entrar en este debate entre especialistas que, sin embargo, sigo, desde hace tiempo, con particular interés. Pero, leyendo esta crítica me he acordado de lo que, hace ya un tiempo, dijo al respecto Y. – M. Congar y que he recogido antes de ahora. Creo que merece la pena volver a recordarlo porque ayuda a contextualizar y entender la cuestión del primado de Pedro; una clarificación que, en mi opinión, no se va a alcanzar (si alguna vez hay acuerdo al respecto) por argumentos estrictamente exegéticos, por importantes que sean.

          Pero sucede que al recordarlo me he percatado de que ya estamos inmersos, al menos teológicamente, en un tiempo de preparación sinodal sobre el “caminar juntos”; una tarea que también se encuentra íntimamente relacionada con la comprensión y ejercicio del primado de Pedro y, por supuesto, con lo que Francisco felizmente llama “la conversión del papado”. E, igualmente, con la corresponsabilidad de todos los bautizados no solo en la evangelización y celebración, sino también y, sobre todo, en el gobierno y magisterio de la Iglesia. Y esto último es algo que no encuentro, hoy por hoy, presente en las aportaciones teológicas que vengo leyendo en la fase previa al inicio del proceso sinodal que se abrió en octubre de 2021 y que, llevando a celebrar sínodos en las iglesias locales y en otras realidades particulares (octubre 2021-abril 2022), desembocará en una fase continental (septiembre 2022-marzo 2023) y en la llamada “fase de la Iglesia universal” (octubre de 2023).

 

Las dos interpretaciones del primado de Pedro

          El 20 de marzo de 1955, Y. – M. Congar se quejaba amargamente en su diario del trato que le estaba dando el Santo Oficio: “quieren reducir a la nada a un hombre que no es su lacayo” (“Diario de un teólogo (1944-1956)”, Madrid 2004, pp. 404-405). Y explicaba que la causa de tales padecimientos se encontraba en su decantamiento a favor de una de las dos interpretaciones enfrentadas de Mateo 16, 19: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos”.

          Para los Santos Padres, sostenía el teólogo francés, lo que se funda en Pedro es la Iglesia. Por eso, los poderes conferidos a Pedro pasan de él a la Iglesia. Este es el contenido y sentido fundamentales del pasaje, en cuyo marco, proseguía Y. – M. Congar, algunos de los Padres (sobre todo, occidentales) admitían la existencia de una primacía canónica –es decir, sólo jurídica– del obispo de Roma dentro de la Iglesia.

          Sin embargo, la comprensión patrística de este pasaje evangélico empieza a ser alterada –a partir, tal vez, del siglo II– cuando Roma cree ver en Mateo 16,19 su propia institución. Según esta interpretación, los poderes de Cristo no pasan de Pedro a la Iglesia, sino de Pedro a la sede romana. La consecuencia de semejante exégesis es clara: la Iglesia “no se forma solamente a partir de Cristo, vía Pedro, sino a partir del Papa”. Ello quiere decir que la consistencia y vida de la Iglesia descansan –al estar construidas sobre Pedro– en el Papa y en sus sucesores, cabeza de la comunidad cristiana y, por esto, residencia de la plena potestad (“plenitudo potestatis”).

          Toda la historia de la eclesiología es, proseguía el teólogo dominico, la permanente actualización de un conflicto (unas veces, latente y pacífico y otras, vivo y sin tapujos) entre estas dos concepciones del papado y del gobierno eclesial: la que sostiene que el poder de Cristo alcanza a toda la Iglesia vía Pedro y la que defiende que el poder de Cristo pasa a Pedro y de Pedro a Roma. Es un conflicto que llega hasta nuestros días y que no ha finalizado, a pesar de los esfuerzos desplegados por la misma Roma para extender su interpretación al resto de la Iglesia.

          Afortunadamente, se dan excepciones notables que indican que Roma no ha logrado su objetivo y que, sobre todo, muestran la persistencia de la comprensión patrística del primado de Pedro, y, por ello, también del gobierno eclesial.

          Por ejemplo, la Iglesia en Oriente ha mantenido la posición de los Santos Padres (cierto que despojándola de lo más positivo que tenía). También la Iglesia de África (desaparecida por causa del Islam) ha permanecido fiel a la interpretación patrística de Mt 16, 19. E, igualmente, las comunidades que se unieron a la Reforma. Incluso, en la misma Iglesia Católica nunca ha dejado de existir una cierta resistencia a dicha comprensión romana.

          “Nuestra tarea (mi tarea) consiste –sentenciaba el teólogo dominico– en hacer que esta verdad no quede sofocada”. Por eso, “es necesario que, cuando llegue un Papa razonable o cuando aparezca el Pastor Soberano, encuentre todavía a la Iglesia en clamor, como dice Pascal”. Y proseguía, casi proféticamente, al paso que van las cosas, “se puede prever cuál será la próxima etapa de la eclesiología papista”: “consistirá en afirmar que las congregaciones romanas forman parte del magisterio ordinario; que son la parte superior de este magisterio, el cual, por su parte, reside en el gobierno pontificio”.

 

Implementación y frenazo de la colegialidad episcopal

          Afortunadamente, el Concilio Vaticano II superó la tesis, insostenible, de que los obispos recibían su jurisdicción (“iure divino”) directamente del Papa, tal y como la ratificó Pío XII en su día (Encíclica “Ad signarum gentes”, 1954).

          La constitución Dogmática “Lumen Gentium” recupera el fundamento cristológico del episcopado (los obispos son “vicarios y delegados de Cristo”, no del Papa), así como la colegialidad en el gobierno eclesial e invalida la separación entre el “poder de orden” y el “poder de jurisdicción” al recordar que la autoridad de los obispos no es concedida por el Papa, sino derivada del sacramento del Orden.

          Pablo VI reconoce, mediante la carta apostólica “De episcoporum muneribus” (1966), que la autoridad de los obispos es “propia, ordinaria e inmediata” en sus iglesias locales. Además, erige, mediante el “Motu Proprio” “Apostolica sollicitudo” (1965) el Sínodo de obispos para ayudar al papado en su solicitud por la iglesia universal e instituye las Conferencias Episcopales, dotándolas de cierta capacidad jurídica y magisterial. Son decisiones que le acreditan –recurriendo a la expresión propuesta por Y. – M. Congar– como un “Papa bastante razonable”.

          Pero hay otras que lo cuestionan: la “reserva” a la sede primada de toda una serie de cuestiones teológicas y pastorales de enorme calado y actualidad (entre ellas, la posibilidad de ordenación de las mujeres); el sometimiento del Sínodo de obispos a la autoridad “directa e inmediata” del Romano Pontífice y sus enormes dificultades para imaginar (y articular) un gobierno realmente colegial con la colaboración de las Conferencias Episcopales o, cuando menos, de sus presidentes.

          El pontificado de Juan Pablo II es, comparativamente, “bastante menos razonable” que el de Pablo VI. Es cierto que pide ayuda en la encíclica “Ut unum sint” (1995) para repensar el ejercicio del primado y la forma de gobernar la Iglesia. También lo es que, incluso, abre el debate sobre la oportunidad o no de regresar al modelo de los patriarcados, vigente en el primer milenio; un debate que la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por J. Ratzinger, intenta cerrar rápidamente convocando un seminario “ad hoc” con expertos contrarios a tal posibilidad.

          Sin embargo, el suyo es un papado en el que se regresa, de hecho, a la separación preconciliar entre el “poder de orden” y el “poder de jurisdicción”; se refuerza el papel de la Curia vaticana en el gobierno eclesial –al precio de la sacramentalidad y de la colegialidad episcopal– (“Pastor Bonus”, 1988) y se reduce –hasta casi desaparecer– la capacidad legislativa y magisterial de las Conferencias Episcopales (“Apostolos suos”, 2004).

 

El “boom” de la sinodalidad ¿sin corresponsabilidad bautismal?

          Francisco, a diferencia de sus predecesores, ha ido bastante más lejos. Y ha ido porque ha fijado consultar, antes de cada Sínodo de obispos, al pueblo de Dios. Es más, ha urgido a determinadas Conferencias Episcopales (por ejemplo, la italiana) a abrir procesos sinodales. Y, sobre todo, ha revisado el estatuto de los sínodos de obispos ((“Episcopalis Communio”, 2018) abriendo la posibilidad de celebrar Sínodos Extraordinarios (1 & 2.3) o Especiales y deliberativos (Ibid., 18 & 2). Todo un reseñable avance al que hay que sumar la convocatoria de un singular proceso sinodal que culminará –como he indicado más arriba– con la celebración de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los obispos en octubre de 2023.

          Sin embargo, no veo que –acompañando estas decisiones– se estén abordando –al menos, en la comunidad teológica– dos asuntos que me parecen capitales: uno, de orden teológico y dogmático y otro, jurídico y organizativo. Veremos si aparecen en el “Documento preparatorio” que, acompañado de un Cuestionario y un “Vademécum” con propuestas para realizar la consulta en cada diócesis, tiene que enviar la Secretaría General del Sínodo, como muy tarde, en octubre de 2021.

          La cuestión teológica o dogmática pasa por superar la actual dependencia clericalista y paternalista –propia de una teología y eclesiología jerárquicas– en beneficio de otra en la que sea realmente posible una participación conjunta y corresponsable de todos los bautizados en la triple función de la celebración, de la enseñanza y, sobre todo, del gobierno. Por tanto, insisto en ello, no solo de la santificación o del anuncio –como se ha venido promoviendo, por cierto, de manera muy modesta, hasta el presente– sino también en la dirección de la Iglesia gracias a la participación de todos los bautizados en el sacerdocio de Cristo (LG 10), no en el del ministerio ordenado.

          Quien se tome la molestia de repasar el capítulo cuarto de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”, dedicado a los laicos, podrá comprobar cómo su participación en el sacerdocio común y en la función profética es tratada en sí misma y por sí misma, es decir, gracias a su fundamento en Cristo por el bautismo (LG 34 y 35). Y cómo su intervención en el servicio del gobierno es abordada en términos de obediencia a la jerarquía (LG 36 y 37). E, igualmente, podrá comprobar cómo se recomienda a los pastores promover, en el cuadro de esta obediencia, la responsabilidad de los bautizados porque la dirección de la Iglesia es un asunto de los pastores con “la ayuda de la experiencia de los laicos” (LG 37). A esta referencia, en términos de “colaboración” o “participación” del ministerio ordenado –y no en el sacerdocio de Cristo por el bautismo– sucede un lamentable comentario sobre el “amor paternal” con el que los pastores han de atender y tratar a los laicos: un discurso paternalista que no se encuentra en los números anteriores. En la misma onda teológica se mueve el Decreto “Apostolicam actuositatem” en su número 10.

          Es evidente, me he dicho más de una vez, que un Sínodo sobre la sinodalidad y en contra del clericalismo que no aborde este “infarto teológico y dogmático” o, al menos “cortocircuito”, entre los números 10 y 36-37 de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia tiene todos los boletos para acabar generando una enorme frustración. Y más, si las expectativas son tan altas como las que se pueden percibir en muchos ámbitos de la Iglesia. El problema del autoritarismo no deriva de la teología del laicado, sino de la del sacramento del Orden. Es esa la que hay que revisar, sometiendo a una profunda revisión la apropiación del fundamento cristológico por parte del ministerio ordenado.

          Una aportación realmente sinodal sería aquella que especificara –intentado superar realmente el clericalismo– qué quiere decir, como sostuvieron los padres conciliares, que “el sacerdocio ministerial o jerárquico” es “diferente esencialmente y no solo en grado” del laical, sin dejar de estar ordenados el uno al otro ya que “ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo”. Y que lo hiciera sin descuidar la matriz cristológica (y no solo pneumatológica) de la ministerialidad laical y también de su participación en el gobierno eclesial.

          Cada día que pasa me reafirmo en la convicción que, si se abordara esta cuestión intentando superar el clericalismo, es muy probable que nos evitásemos, por ejemplo, la demolición de muchas comunidades en que viene finalizando la apuesta por las llamadas “unidades pastorales”.

          Pero he indicado que, además del teológico y dogmático, hay otro asunto de orden jurídico y organizativo (canónico) que también me parece urgente abordar: imaginar y debatir posibles modalidades de “Sínodos de todo el pueblo de Dios” en el que estén presentes no solo representantes de los obispos, sino también de los presbíteros y diáconos, así como de los religiosos y religiosas y, por supuesto, de los laicos y de las laicas. La recuperación de los Sínodos de obispos por Pablo VI fue un paso importante, pero creo que ha llegado la hora de recuperar, igualmente, una sinodalidad que recoja el sentir –al menos, el mayoritario– de todo el pueblo de Dios; no solo el de los obispos. El Sínodo de 2023 es una magnífica ocasión para tratar este asunto y formular propuestas que lo hagan posible.

          He aquí la segunda cuestión que me parece capital y que, si se abordara, permitiría calificar el pontificado de Francisco, después de diecisiete siglos de clericalismo, como “excepcionalmente razonable”; o, en términos académicos, merecedor de una matrícula de honor.

 

Las utopías de hoy, evidencias de mañana

          Supongo (aunque no falten quienes digan que es mucho suponer) que abordando estas dos cuestiones, además de recuperar la dignidad cristológica de todos los bautizados, poner al laicado en el sitio que le corresponde y empezar a dejar en la cuneta de la historia el autoritarismo, estaríamos recreando –de manera, a la vez, imaginativa y tradicional– la fundación de la Iglesia y de sus poderes, tal y como sostenía Y. – M. Congar, en sintonía con la interpretación de los Santos Padres. Y supongo que podríamos asistir a una renovada comprensión del primado de Pedro y, en particular, de su responsabilidad por la unidad de la fe y la comunión eclesial, sin que desmerezca el debate al respecto entre los exégetas.

          Hoy por hoy, no veo otra manera de prevenir el “infarto teológico y dogmático” que ronda a la sinodalidad. O, si se prefiere, el “cortocircuito” entre fundamento cristológico y sometimiento laical al ministerio ordenado (aunque pretenda ser suavizado recurriendo a términos tales como “colaboración” o “cooperación”) que, presente en Lumen Gentium 36-37, es la raíz del clericalismo.

          Aunque todo esto pueda quedar en agua de borrajas, creo que somos bastantes las personas conscientes de que, de la misma manera que los pragmatismos actuales son los pecados de un futuro no muy lejano, las utopías de hoy son las evidencias de mañana. Y creo que también somos muchas las que, en caso de que esto no salga adelante, seguiremos “participando” del consuelo que le quedaba a Y. – M. Congar: que cuando llegue el “Pastor Soberano” nos encuentre “clamando” por una sinodalidad fundada en la corresponsabilidad bautismal. Y formulando propuestas que, por imposibles que puedan parecer, la hagan creíble.

24 comentarios

  • Santiago

    Siguiendo vuestros interesantes comentarios sobre el artículo que nos concierne, sin duda, la fuente principal del poder es el de Cristo que lo concede a Pedro y al resto del Colegio Apostólico pero de diferente “manera”:

    Cristo concedió solamente a Pedro “las llaves del reino de los cielos”…”TU eres Kefás, piedra, y sobre ella edificaré Mi Iglesia” (Mt 16,18-19) y “le constituyó Pastor de toda Su grey” (Juan 21, 15 y sig.) pero el poder de “atar y desatar se lo dio a Pedro y también al Colegio de los Apóstoles unidos con Su Cabeza. (Mateo 18, 18 y también Mt 28, 16-20)

    El Colegio de los Obispos  no puede funcionar sin Su Cabeza que es el Primado de Pedro y sus sucesores..Por eso, el poder de Cristo de orden y de jurisdicción se transmite a toda la Iglesia por medio del Colegio Apostólico siendo Supremo en Pedro y sus sucesores. El Papa “es el principio y fundamento visible de la unidad universal de la Iglesia” como “cada obispo es el principio y fundamento visible de la unidad de su Iglesia particular”. “Cada obispo…ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se le ha confiado”

    Esta doctrina está bien explicada en el Vaticano II Lumen Gentium número 22 y 23 de donde he entresacado las citas de arriba.

    Un saludo cordial

    Santiago Hernández

     

    • Román Díaz Ayala

      Santiago:

      Lo tuyo es un buen seguimiento. “La fuente principal de poder es el de Cristo”.

      Aquí  se plantean varias cuestiones. Aun reduciendo la iniciativa, la preparación y el desarrollo  del Sínodo de  octubre de 2023, viniendo de la Santa Sede, no se pueden dar una serie de instrucciones sin estar acompañadas de un soporte de doctrina ad hoc. Corresponde al Magisterio unas instrucciones doctrinales, que son las que  aquí se reclaman. Se pide “teología”. Máxime cuando se ha deslizado la inquietud, o tal vez hasta la acusación, de que  la retórica sobre la sinodalidad  está empañada de protestantismo, o que se puede interpretar así por la ausencia de una fundamentación teológica firme.

      Jesús Martínez Gordo se adentra sobre la función y legitimidad del Papado en base a que “los poderes conferidos a Pedro pasan de él a la Iglesia”. Pero yo veo que son al menos tres los principios doctrinales que están en cuestión: El sacerdocio del Pueblo de Dios, el sacerdocio ministerial en la nueva Economía de la Gracia y la función del Primado. La Reforma abordó estos puntos doctrinales suprimiendo los dos últimos.

      La mayor dificultad que encuentro  para dar a conocer una fórmula explicativa basada en las Escrituras, y por ello me estoy retrayendo, tiene que ver con el concepto que se está dando al poder con su connotación de dominio y ascendencia sobre las personas. Veo retórica en los planteamientos, lo mismo que la veo en los manuales en uso cuando se habla del “servicio”. Jesús Martínez Gordo apunta muy bien cuando en la entrevista dice que  “igualmente existen estructuras jerárquicas en la forma democrática de convivencia”.

      Por eso, te ruego me excuses que no me adentre en las citas, muy bien traídas, de los evangelios, porque nos veríamos en un diálogo de sólo dos.

      • Santiago

        Gracias Román por tu acertado comentario en un tema de por si difícil y controversial..Perdona si sólo expreso una última opinión, aunque sea un monólogo, puesto que creo que el Vaticano II plantea la cuestión de la “c o l e g i a l I d a d” apostólica con suma claridad…

        Lo central como tu recalcas ES que el  “poder” de orden y de jurisdicción proviene directamente de Cristo y se extiende de manera diferente a toda la Iglesia..Es la Iglesia como Pueblo de Dios la que recibe el beneficio a través del sacerdocio ministerial  y del sacerdocio común de los fieles que es el instrumento ordinario de salvación querido por Dios desde el principio.

        La jurisdicción que emana de Cristo mismo es ilimitada y universal en el sucesor de Pedro que abarca la Iglesia en su totalidad pero es limitada y local en los obispos que comprende sólo a sus diócesis.

        Al sucesor de Pedro “en virtud de las llaves” le compete la interpretación y definición de las verdades de la fe plenamente y por si mismo…En el caso de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, en virtud del poder de “atar y desatar” dado a los Once, esta facultad sólo puede ejercerse dentro del Colegio y nunca sin Su Cabeza de manera que cuando en comunión   con el Papa concuerdan en una doctrina de fe o costumbres que pertenece a la fe de la Iglesia, proclaman entonces que esa verdad es  definitiva y debe ser creída ya que siempre estuvo dentro de la Revelación divina.

        Ni menos dedica el Concilio al capítulo de “Los Laicos”. El sacerdocio común de los fieles -el nuestro- es muy relevante y actualísimo. Ya Pablo nos indica que NO es necesario ser todos “ministros” sino qué hay muchos oficios diferentes que el Espíritu promueve y por el que se nos llama “a servir”…en el Pueblo de Dios. Pero en la Iglesia no sólo es importante “el ministerio ordenado” sino la oración, el sacrificio, las obras de beneficencia, el servicio a la liturgia y a los sacramentos, el servicio a la administración de la diócesis y a las parroquias etc etc y es ahí donde la importancia de “los laicos” reside. Por mi sacerdocio común otorgado en el bautismo me ofrezco “como hostia viva” laical para la mayor gloria de Dios. Junto con los clérigos los laicos formamos  parte de ese camino hacia la santidad. No debe existir antagonismo. La UNIDAD deseada por Cristo lo requiere.

        Román, sabrás disculparme el abuso por esta extensión de lo anterior  que no ha sido mi original intención.

        Un abrazo

        Santiago Hernández

         

  • Isabel

    Gracias a ti, Román, que me ayudas también a entender esta otra “guerra”.

  • Antonio Duato

    De verdad, quisiera tener la facilidad de Carmen para escribir en media hora tres comentarios en este hilo en que se afronta un nudo central en la teología sobre la Iglesia que ha dominado en más de qince siglos y que está implicando un serio problema para que pueda reformarse y ser un buen referentes para muchas comunidades cristianas en el universo entero. Tal vez yo no seré nunca un buen bloger o un comunicador audible en el mundo de hoy. ¿Necesitará ATRIO otro moderador más ágil? Ya me diréis.

    Entre tanto, Carmen -a quien pensaba felicitar por como estaba dialogando con JM Valderas, lo mismo que durante mucho tiempo había hecho con Santiago- me enseña que exponga sin más en qué momento me encuentro esta mañana del jueves.

    Me acosté con el testimonio en hora veintcinco de la SER de Alejandro Palomas y, esta mañana, con su nueva intervención en el programa de Angels Barceló. Supongo que conocéis el tema. Ha confesado con detalles cómo sufrió violencia sexual en un colegio de la salle por el hermano L, como tardó en poder confiarselo tras largo llandt a su madre, cómo en el colegio les recmendaron a sus padres “discreción” -una palabra que él recuerda porque no sabía entonces qué significaba-, cómo desde enlondes el hermano L no le molestó más pero continuó como tutor y aprovechó todas las ocasiones para humillarlo ante los compañeros, cómo a partir de entonces la idea de acabar con su vida y la total desconfianza a todas las personas le ha acompañado, cómo no es suficiente “que esto no se vuelva a repeir” sino que se haga justicia a las víctimas que son millares y están moralmente sepultados en cunetas de la historia, cómo Alejandro ha pedido una conversación con el presidente del gobierno y cómo cree que el PSOE debería apoyar una comisión de investigación sobre el tema, ya que la Iglesia en España no es proactiva en una investigación como lo ha sido en Francia y Alemania…

    Y esto, que he empezado como un comentario en el hilo del “infarto teológico” de Jesús Martínez Gordo, tras los dos de Carmen, lo elevo también a la columna central, para empezar un nuevo diálogo sobre este tema de los abusos sexuales en la Iglesia española. No os olvidéis de informaros de los artículos aparecidos en torno al reciente testimonio de Alejandro Palomas y este artículo en El País de hoy de Eduardo Madina  . 

  • carmen

    Porque claro, se me dice muchas veces que no entienden como no me gusta este Papa. No digo aquí. Digo en mi vida normal. Y siempre digo lo mismo, es que no ha tocado una sola coma. Habla muy bien, piensa muy bien a nivel de obispo o de sacerdote o de persona normal de iglesia, pero es que eso de nada vale. Porque qué va a suceder cuando llegue otro diferente, con su pensamiento acerca de todo y en su derecho estará?

    No sé. Dicen que está dando pasitos. Pero por favor, ha vuelto a hace cincuenta años. Y la vida ya no es igual. Pues nada. Por lo visto lo que tengo es una antipatía personal hacia él. Y no es cierto. La tuve, sí, me parecía un teatrero pero al menos me gusta la obra que representa.

    En fin.

    Me voy a pasear. Con un poco de suerte paso una temporada sin tener nada raro. Uuuuuufffffff.

     

     

  • carmen

    A ver si logro explicar lo que pienso, difícil porque tampoco lo tengo claro.

    Digo que todo esto de la sinodalidad está muy bien, supongo, pero también pienso que un acuerdo de mínimos habrá que tener porque si no el jaleeeeeeo va a ser monumental. Lo he intuido al leer este artículo. Por lo visto un grupo de obispos han decidido que ellos bendicen matrimonios homosexuales, creo que ha sido en EEUU. Ya no aguantan más al sector conservador, dicen. Debe de haber por allí una lucha pero de trincheras.

    Pero claro, entonces? Habrá que hacer turismo de boda para que bendigan tu unión? Pues no sé yo eso…

    Porque lo que dicen los que se oponen a esa bendición es que la iglesia bendice únicamente uniones cuya finalidad sea la procreación y obviamente las parejas homosexuales pues hijos naturales, pues no.

    Claro, para solucionar esto habría que redefinir el santo matrimonio, todo un sacramento y además base de la sociedad. Si esto no es teølogia pura, díganme entonces qué es teølogia.

    Van entendido un poco el porqué insisto en una renovación teológica? Pero claro, como se empiece a tirar de un solo hilo, como se mueva una sola carta del castillo de naipes, todo el castillo va a caer. Ese es el problema. O se hace una renovación profunda o no se puede tocar nada. Absolutamente nada. Y eso hay personas que lo tienen clarísimo. Otras creen que eso de la teología ya no se vale. Pues bueno. Pues no sé qué entienden por teølogia. Porque es que la causa de que la iglesia oficial tenga los problemas que tiene es que la gente ya no entiende nada. Ya no de qué es o no es Dios, sino de todo lo que se ha derivado de saber exactamente qué es Dios, lo que le gusta, lo que no…y claro, es de hace muuuuuchos siglos. Muchos. Y la realidad ha cambiado. Y lo que antes valía ya no se vale.

    Pero bueno. Los obispos sabrán.

    Buen día.

  • carmen

    Ay, Dios. Soy un desastre.

    He estado buscando el nombre y el artículo en el que un señor preguntaba algo sobre la homosexualidad, pues nada, ni he encontrado el artículo ni me acuerdo del nombre. Sorry.

    Solamente le quiero decir que entre a El País, hay un artículo dedicado a lo que dice el Papa sobre los homosexuales y la posición oficial de la Iglesia. Es muy interesante para las personas a las que les interese este tema. Así que si lees esto, quizás te interese el artículo.

    Perdón por no recordar tu nombre, pero te prometo que soy un desastre para eso. Solamente tengo dos hijos y me confundo siempre y ahora que ha ingresado otro en la familia, desastre total. Con la única que acierto siempre es con mi nuera y con mi nieta, se llaman igual. Con mi nieto, otro desastre, como lleva el nombre de su padre y el de su padre lo confundo con el de mi otro hijo, pues el jaleo es inevitable.

    Un saludo.

  • Santiago

    Tenemos que “volver” a la Iglesia de Nuevo Testamento que tiene su centro unitario en la Persona de Cristo…para entender de que manera podemos participar en el sacerdocio de Cristo…puesto que ES el mismo Cristo el que quiso acercarnos a Él efectivamente, y más a los que reciben Su Palabra y “la ponen en práctica”..

    Ya Pablo nos dice que NO todos podemos ser apóstoles, ni profetas, ni maestros…pero es el mismo Espíritu el que nos guía por el camino de la santidad..y cada cual recibió una vocación diferente para la gloria de Dios.

    Por eso tanto clérigos o laicos recibimos la misma Revelación. No se puede negar ni cambiar el sacramento del orden pues consta en la vida de la Iglesia que existe un “ministerio ordenado” manifestado desde el principio por la “imposición de las manos” del Obispo y ….tampoco que por medio del bautismo los laicos  nos “iniciamos” en la fe que nos da acceso “al sacerdocio común” de los fieles por el cual nos consagramos a Cristo para que,participando de Su vida, colaboremos en su obra redentora.

    Por eso, no hay contradicción entre estas 2 formas de participar en el “sacerdocio eterno” del Señor…Cristo quiso llamar a los Doce para una misión universal esencialmente distinta de la de los “no ordenados” . Misión de “enseñar la Verdad y ser instrumentos de la gracia sacramental específica.

    Los laicos de otra manera somos también portadores de la gracia operante por medio de lo que “recibimos” sacramentalmente, por la oración, por el ejemplo, por nuestra acción, por nuestra oblación diaria y ordinaria, y por nuestra presta colaboración al servicio de la Iglesia ministerial.

    Es por eso que el Concilio Vaticano II afirma que “el sacerdocio común de los fieles” y el “sacerdocio ministerial” se ordenan el uno para el otro, “aunque cada cual participa de forma peculiar del “único sacerdocio de Cristo”. No ha de existir contradicción en este No 10 de Lumen Gentium y los números 36 y 37 que expresan ambas convergencias y diferencias.

    Una sinodalidad católica correcta ha de tomar en cuenta esta característica esencial y diferencial del Pueblo de Dios tal y cómo está expresada en todos los siglos de la historia.

    Un saludo cordial

    Santiago Hernández

     

  • carmen

    Un abrazo, señor Valderas.

  • carmen

    Y le voy a contar un secreto a voces. He hablado con muchas personas de iglesia que no están para nada convencidas de que Jesús sea el mismo Dios. Se asombraría del número. Todas mis conversaciones sobre este tema acaban igual, con una pregunta clave: de acuerdo, pero es Dios? Hay todo tipo de evasivas. Sé sorprendería. Pero quién se atreve a decirlo? Pues claramente personas como yo que nada les une a la institución de la Iglesia. Nada tengo que perder. En absoluto. Si acaso que Antonio me diga: ya está bien.

    Pero eso no me asusta. No tengo arte ni parte en esta guerra, por eso me siento libre como el viento. Y, mientras que me dejen, seguiré diciendo lo mismo. Es mi forma de colaborar en todo esto del cambio en la iglesia. Aunque crean que soy una diabla roja indocumentada , que no entiendo nada y que no saben qué hago dentro de la iglesia. Otros sí entienden. Y callan. Porque la iglesia hay que salvaguardarla y no tiene otra salida que defender su base teológica. No puede aceptar según qué cosas. Y usted sabe que tengo razón. Apenas se puede tocar nada. También lo sé. Pero…

    Se preguntará, y qué ganas con eso? Pues le contestaría lo mismo que el zorro al principito. Ganó por el color del trigo, siempre que vea el trigo me acordaré de ti.

    Y otros que hablen de obispos.

    Y ya, me callo.

     

    • Hay en sus palabras desgarradas más teología que en el escrito protestante que nos han querido vender como programa de trabajo del Sínodo. No voy a analizarlas, ni a juzgarlas, ni polemizar con usted. Tal vez, si me permite, decirle que la idea de Iglesia que usted manifiesta no es la que tengo yo, la que he recibido de Pablo en la segunda carta a Timoteo que leíamos esta mañana, idea de Iglesia que al discípulo le vino mediada por su madre, como recuerda el apóstol.

      Mi iglesia no busca el número, ni quiere un cierre de filas prieto. Me gusta Chesterton cuando dice que al entrar en el templo nos quitamos el sombrero, pero no la cabeza. Mi Iglesia es prolongación de Cristo, su Cuerpo Místico, en la que todos los miembros cumplan funciones salvíficas, tantas como atributos, o gracias que se llamaban entonces, o carismas. Mi Iglesia es Pueblo de Dios.

      ¿Y mi Dios? Una vez a la semana en invierno suelo dar un paseo por la orilla del mar en el lugar donde retozaban García Lorca y Dalí. Había una placa conmemorativa en el lugar, pero los separatistas la han roto porque, ¿cómo iba a estar García Lorca en el puerto griego de Ampurias? Si recuerda la entrada de la llama olímpica en el 92, allí mismo. Me encanta el mar. Me acuerdo de Machado. Sabe usted que la metáfora del mar es la de Dios para Machado. Es el sentido de la famosa saeta que cantan en algunas procesiones de Semana Santa con música de Serrat. (Yo la he oído un viernes santo en Granada.) Cristo anduvo en el mar. Machado no era católico. Supongo que bautizado, sí. Buscaba a Dios. Lo vio en el mar. ¿Por qué, me pregunto cuando rompen furiosas las olas en días de tramuntana? Y asocio esa mar a la barquilla de Lope, entre peñascos rota. Mi Iglesia.

  • carmen

    Señor Valderas.

    Le entiendo perfectamente. Le aseguro que le envidio. Y también al señor Revuelta. Y a otros que hablan con esa convicción. Pero no a todos.

    Haga un esfuerzo por entenderme. Es muy sencillo, toda mi alma me dice que nada es como me lo cuentan. No creo que Jesús fuese Dios. Puedo decir que sí, pero no es cierto. Creo que Dios va de algo que no sé de qué va. Mi sentimiento es otro. Y sí por eso no me puedo llamar cristiana, pues no lo seré. Pero no por eso lo que pienso de Jesús de Nazaret, la imagen que me he construido de él va a variar un solo milímetro. Y si no me puedo llamar cristiana, ya le digo, mala suerte. El problema es que hay muchas personas como yo. Problema para la iglesia, claro, porque para Jesús cero problema. Ha sido lo que ha sido y es uno de esos personajes que no va a morir nunca. El fue lo que fue y nada importa lo que piensen los demás. ni lo que se haga en su nombre. Eso es asunto nuestro.

    Sé que no comparte lo que digo. Sé que le gustaría ayudarme a que pensase de otra manera, pero esto no es cuestión de lógica. Es cuestión de sentimientos. Hay cosas que no se pueden decidir. Por supuesto que se pueden decidir las posturas a defender, pero no estoy hablando de posturas.

    Y, si, me encanta el motete cerca de ti señor desde siempre. Y lo del Titanic fue emocionante. Creo que es lo que me hubiera gustado a mí escuchar.

    En fin.

    Gracias.

    Un abrazo.

  • Román Díaz Ayala

    Un buen ensayo, o tentativa de fundamentación teológica que debe ir acompañado de una misma fundamentación exegética, o sea, escriturística, que sirvan ambos para abordar los problemas que se presentan con la sinodalidad. Es una lástima que quienes, realizan estudios exegéticos, son los menos, vayan a su aire creando sus escuelas particulares,  alejándose de esa muy abundante masa dedicada a los estudios teológicos. Al menos, es lo que asoma aquí en Atrio y puede que mi apreciación esté errada.

    La propuesta se me hace que cada vez lo veo  más enorme, pero al mismo tiempo imprescindible que nos dediquemos a la tarea. Tenemos algo menos de dos años por delante.

    ¡Änimo!

  • Isabel

    https://unassemillitas.com/tag/jesus-martinez-gordo/

    Encontré este otro artículo de Martínez Gordo que me ha sido muy útil para complementar el de aquí y entender sus propuestas. Unas propuestas muy complejas de llevar a cabo, como ejercer el poder en la Iglesia entre todos y todas, no solo por el rechazo a eso de quienes tienen el poder en sus manos sino por nosotras y nosotros mismos, debido al grado de implicación personal y consecución de acuerdos que supone. Una utopía, sin que signifique algo imposible.

    • Román Díaz Ayala

      Gracias, Isabel

      Además de sus propuestas que tu señalas, nuestro teólogo se lo ha currado bien en ese plazo de tiempo que dista desde el artículo que analizamos y esta reciente entrevista. Si ha tenido que repensar el asunto desde sus planteamientos iniciales es señal de que no ha habido ningún avance teológico-escriturístico, que le ayudasen a resolver sus dudas anteriores, ni tampoco en  el documento preparatorio (octubre 2021)

      Yo destacaría su tesis de que el Papa Francisco pretende poner las bases para una Iglesia distinta a la actual, entendiéndose “cambiada”, pero no “otra Iglesia”, es decir fiel y en continuidad con Jesús cuando dio a Pedro el poder de atar  y desatar  fundando en Pedro la Iglesia, la comunidad escatológica que comenzará en la tierra con una sociedad organizada, poniendo a Pedro por jefe.

      Lo anterior le da pie a Jesús Martínez Gordo a considerar que los poderes conferidos a Pedro pasan de él a la Iglesia. Pero a continuación ve una dificultad, pues también considera que hay otra comprensión de la escena cuando los poderes se entienden que pasan de Pedro al Papa y con él a los obispos y a la curia vaticana. Y sigue considerando que es el mismo Papa Francisco quien intenta abrir, dar lugar, a la primera interpretación ( De Pedro a la Iglesia) frente al otro modelo.

      Yo no lo entiendo así, porque  se sigue haciendo una reducción muy grande a un más amplio entendimiento de este pasaje. Pedro es jefe del colegio apostólico, y todo él recibe una serie de poderes, y no es la mera sucesión del papado, sino la sucesión apostólica lo que configura a la Iglesia con Pedro  a la cabeza.

      Pero ahora no es momento para exégesis, aunque se hace necesaria y habrá que abordarla.

  • Román Díaz Ayala

    UNA PREGUNTA DE URGENCIA:

    El autor  dice esperar con respecto a la comunidad teológica si dos asuntos claves como son los de orden teológico y dogmático  y de orden jurídico y organizativo,  a ver sise  “abordarían” en el “Documento preparatorio” que vendría acompañado del Cuestionario y Vademecum  “octubre de 2021″, prueba evidente de que Jesús Martínez Gordo escribió este trabajo con mucha anterioridad a su publicación de hoy en Atrio.

    Y yo me pregunto: ¿Se cumplieron las expecttivas? ¿Hay alguien que lo pueda constatar?

  • carmen

    Si. Conozco las bodas de Luis Alonso, claro. Mis padres nacieron en 1906 y en 1907. Se oía mucho en mi casa esa música.

    Supongo que se refiere a las primeras bandas sonoras de películas que llegaron a España de Ennio Morricone. El bueno, el feo y el malo. La muerte tenía un precio y por un puñado de dólares. Esas películas no hubieran sido lo que fueron sin su banda sonora. Espectacular. En realidad las películas eran tres factores: Almería, Clint Eastwood y Ennio Morricone. Pero en los sesenta parecía de tontos decir algo bueno de ese tipo de cine, aunque fuese que la música era impresionante. Pues ahí sigue Clint Eastwood, Ennio Morricone y Almería.

    La banda que más me gusta es la de cinema paradiso. Aunque tiene otras preciosas también, como la de érase una vez en América.

    Si se aburre busque en Youtube conciertos dirigidos por él en sus últimos años. Hay uno en el que lo termina con el coro de los esclavos de Nabuco y la gente en pie aplaudiendo que es sobrecogedor.

    Empecé a aprender algo de piano a los cincuenta y muchos años. Una antigua alumna mía tiene una academia al lado de mi colegio. La muy cabezona me hizo estudiar cuatro años de solfeo y esas cosas. Y solamente después me permitió asistir únicamente a clases de piano. Tú me enseñaste matemáticas y ciencias a tu aire, pues ahora esto se hace al mío. Jolín con la nenica. Ya soy capaz de leer partituras , sobre todo toco lo que me gusta y que sea sencillo. Es muy muy relajante , me entretiene y me ayuda a tener la cabeza bien. No quiero descuidar la.

    Gracias por contestar. Estoy bien. Lo que sucede es que mi organismo nunca ha sido para tirar cohetes, pero a lo tonto, tonto salgo de todo. Cuestión de cabezonería.

    Gracias.

    Un abrazo.

     

    • A propósito de la música, permitáseme vincular esa emoción de los sentidos con la sinodalidad. Suele hablarse en distintas disciplinas del método bottom-up, proceder de abajo arriba o de los componentes al todo. Cita usted Carmen el Va pensiero, de la ópera de Verdi. Bajo la batuta de Riccardo Muti, toda la sala se puso en pie, llorando y aplaudiendo cuando llegaron a la estrofa “O mia patria, si bella e perduta! porque eran tiempos en que el escándalo Berlusconi estaba avergonzando a Italia, más que casi como Jonnson a UK hoy. Todos hicieron suyo el mensaje. El mensaje y la música, cantada a coro por todos, les unía y avivaba su sentido patriótico.

      Ese sentido de comunión entre las distintas Iglesias tiene su elemento de cementación en la música. Incluso entre hombres y mujeres sin confesión ninguna. Piense en la pieza que los violines de la orquesta del Titanic tocaron cuando se hundía el trasatlántico. Era un canto religioso que, en la versión católica, es un motete de comunión conocido por “Cerca de Tí, Señor, quiero yo estar…” En los encuentros de Taizé también existe esa suerte de comunión entre los grupos de diversa adscripción o sin ninguna adscripción a través de los cantos.

      Pero son preámbulos de la fe. Muy alejados todavía de la confesión del Dios vivo a través de su Hijo, que murió por nuestros pecados. Sería un gran error, desde mi punto de vista, convertir ese terreno común en el impulsor de la evangelización, de la misión. La Palabra es, por supuesto, muy importante. Con la música que le acompaña. Pero lo central es Cristo, Palabra y Cuerpo. Un Cuerpo que está siempre con nosotros a través de sacramento eucarístico, que no es símbolo sólo, sino presencia real, vivificante.

      En otros términos, al método bottom-up, el católico lo complementa con el método top-down, de arriba abajo, de Cristo a los fieles en su Iglesia, mediante su Palabra revelada recogida en el Credo de los Apóstoles y la Tradición, los sacramentos y la propia vida de la Iglesia.

  • carmen

    Perdón, Ludovico

    Para mí es usted una persona fascinante. Tiene una fuerza de esas que te dejan dudando si entrar o no porque además tiene un conocimiento apabullante. Ya se ha dado cuenta de que voy de por libre y por pura intuición. Me escribo el guión de mi película y lo defiendo a muerte. Si filmásemos una película con mi guión y con  usted de asesor histórico, sencillamente el director enloquecería.

    Permítame, por fa, que le haga una pregunta. Por qué eligió el nombre Ludovico? Por el rey Godo anterior a Carlomagno? Esa es mi apuesta. Pero seguro que pierdo. Si tiene un ratito, quiere salir de su soledad, no le parece una impertinencia y le apetece, me contesta y si no, pues no.

    Un saludo cordial

     

    • Querida Carmen, cuando dirigía la revista de ciencia, labor que me absorbió casi cuarenta años de mi vida laboral, tenía muy claro que los juicios que había de emitir en las reseñas, por ejemplo, tenía que quedar claro que mi opinión era mía, no de la revista. Para evitar confusiones, usé el seudónimo de Luis Alonso, que usted podrá leer en el último número de la edición en papel de Investigación y Ciencia, diciembre de 2021. ¿Por las bodas del personaje? No lo sé. Fue lo primero que se me vino a la mente. Soy un apasionado de la música clásica, en la que incluyo zarzuela, bandas municipales (Liria se lleva la palma) y bandas sonoras. Ahora todo el mundo habla de Elio Morricone. Pero en mi juventud, era el único en la peña que lo defendía y ponderaba. Luis, en latín, se dice Aloysius y Ludovicus. Aloysius me parecía propio de gente aristócrata. El del vulgo, sentía yo, era Ludovicus. No hay ninguna razón para esa clasificación. La razón histórica es otra. Pero estamos hablando de por qué lo escogí. No, no fue por Ludovico Pio. La fuente de inspiración era más mostrenca. O no, si usted es melómana. Cuídese, que leo que está delicada.

  • I´m afraid, I´m very sorry. Por esas inercias, que en informática llaman por defecto, y por ese cruce de cables, que en neurología se conocen por sinapsis fallidas, he firmado como Ludovico en vez de mi nombre de pila, y he atribuido a Fray Luis lo que es de Lope.

  • carmen

    Uf. Esto lo tengo que leer diez veces . Parece interesante pero es denso denso denso. A lo mejor logro entender algo. Este señor Congar me suena pero a algo de Biblia, buscaré a ver quién es. Como estoy de virus varios, me entretendré. Ya habrán notado que vuelvo a hablar, pero no se preocupen, pasará. Y lo que aprendo aquí? Eso no tiene precio.

    Ya se que mis comentarios no son de nivel, pero si quieren eso que llaman sinodalidad, váyanse acostumbrado. Yo me parto.

    Buen día.

  • Ludovico

    Antonio, la entradilla al artículo de Martinez es una invitación y recojo el guante.

    Me alegra que el texto se ciña a las fuentes que señalé: Yves-Marie Congar y la Lumen Gentium.

    Conocí personalmente al padre Congar cuando yo tenía unos quince o dieciséis años (nací en 1945). Una conferencia preconciliar sobre la “foi d´Abraham”. No sabía yo que Abraham tenia tanta fe, y menos en aquella edad en que a uno le interesaba curiosamente lo de la legítima y la esclava, es decir, el bígamo. De su boca, de la de Congar, oí cómo sintió la llamada al ecumenismo cuando, de niño y siendo acólito, en la Primera Guerra Mundial, el cura de su pueblo dejó el templo al pastor protestante al que le habían tumbado su centro de culto. Congar seducía con ese candor infantil, el punto de tristeza de sus ojos azules, y su tez sonrosada, como de vergüenza perenne. Ejerciendo ya profesionalmente, por entonces en una editorial extranjera, aproveché las vacaciones del verano de 1970 para ir a París y, si me era factible, acudir a Le Saulchoir, donde me habían dicho estaba Congar. Allí residía, en silla de ruedas. No era todavía cardenal. Fue la última vez que le ví y apenas si pude cambiar alguna frase de cortesía con él. No era ya el viejo león conciliar. (Guardaba un ligero parecido físico con Ilya Prigogine, aunque se trataba de dos personas completamente distintas en el trato, el fraile manso, el Nobel de química irritable y orgulloso. Pero los dos sumamente brillantes.)

    En la biblioteca tengo varias obras de Congar. Para entenderlo en perspectiva, hay que leer a Jaki y su historia de la eclesiología. Para conocer su pensamiento, a Tillard, a quien cité el otro día. Jaki, que es un físico robusto, es hoy más famoso por su trabajo sobre teología y mecánica cuántica. Como no tiene uno tiempo para todo, a veces no me queda más remedio que refugiarme en los resúmenes. Por ejemplo en la aportación de Congar al libro “Théologie d´auourdhui et de demain” (Les Editions Du Cerf, 1967). El título de su trabajo es “Religion et institution” (pp.81-97) y dedica el último apartado al “le sacerdoce ministeriel”, donde se lee: “Il est bien vrai que le plus foncier et le plus propre des puvoirs et des actes du sacerdocehiérarchique est de consacrer l´Eucharistie…” (sigue en un texto que no tiene desperdicio.

    La sinodalidad, lo apuntó Román, se predica sobre todo de los obispos. En el libro mencionado (que firman, entre otros, De Lubac, Daniélou, Rahner, Schillebeebeckx, etc.) se explica la función de éstos. Incluso hay un trabajo sobre la tarea de la teología protestante. Porque en los obispos y la colegialidad es donde convergen esas dos interpretaciones de la función petrina. Lo mismo que en la naturaleza de la Iglesia converge la doctrina del Cuerpo Místico y la del Pueblo de Dios. En teología, muchos enfrentamientos son forzados. Pero, no me confundan con los bizcochables. Siempre, dentro del rigor. Decía, y termino, que cada vez me gusta menos Gregorianum. ¿Por qué? Vean el último número y la justificación de una teoría del todo que los jesuitas atribuyen a Francisco. Pero es una teoría del todo que nada tiene que ver, salvo los términos, con lo que en física se llama teoría del todo. En catalán decimos “embolica que fa fort”, es decir, líala parda.

    Un saludo y vuelvo, como fray Luis, a mis soledades.

     

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