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Jesús como espacio de encuentro y experiencias

Fernando JiménezHoy celebra la Liturgia la Epifanía –’Manifestación’– de Jesús con el relato de simbólico de Mateo que quería resaltar con lo de los magos cómo en Jesús se cumplió la escritura de que vendrían de oriente y occidente a conocer al Mesías–Enviado de Dios. Pues el artículo existencial que nos llega hoy del psicoterapeuta  Fernando Jiménez  (ver otro artículo suyo en ATRIO), vale como invitación a un encuentro personal y moderno con Jesús de Galilea. ¡Gracias por hacernos hoy de estrella en este lugar de encuentro, Fernando! AD.

Cada persona es para las demás personas con quienes interactúa un espacio de experiencias. El encuentro interpersonal conlleva siempre una experiencia cognitiva, sensitiva y emocional, debida a las innumerables estimulaciones cruzadas que movilizan reacciones neuronales en el sistema límbico y en los sistemas prefrontales de cada sujeto humano en interacción. El artículo ha sido abreviado en la redacción de ATRIO para acomodarlo más al estilo de blog. Recuerdo casi exactamente las palabras de Ernest Jünger en su Diario de París: El encuentro con un ser humano es siempre una aventura espeleológica, o como la de atravesar el Amazonas, el Himalaya o el Ganjes, que después de un largo recorrido vuelve uno lleno de riquezas y tesoros encontrados. También nos dice Jünger que, igual que el joyero graba en sus alhajas su sello, de la misma manera cualquier persona, en cuyo espacio de intimidad entramos, deja en nosotros su señal.

El filósofo existencial Gabriel Marcel nos dejó, en su Diario Metafísico, un excelente análisis de estas impregnaciones experienciales en nuestros encuentros interhumanos, analizando las relaciones y encuentros entre un Tú y un Yo.

Aportaré también el testimonio del filósofo austriaco Martín Buber, cuando afirmó que el hecho fundamental de la existencia no es el hombre (el individuo, la persona) ni tampoco el conjunto de los individuos (la Humanidad), sino que lo que le da fundamento y dinamismo a la existencia es “el hombre­ con el hombre”. Es decir: la experiencia existencial de nuestro encuentro auto­realizador en un Nosotros.

Y añado lo que, en una ocasión, me confesó un amigo: que la importancia de una persona no está en lo que es, ni siquiera en lo que dice, sino en lo que transmite, en como impregne nuestra relación con valores y emociones positivas, y con experiencias nutrientes para funciones cognitivas y afectivas de nuestra mente.

Y en este contexto de encuentro con un tú y de experiencias básicas de mi vida, me he hecho muchas veces y en distintas etapas y circunstancias de mi vida, esta pregunta:

¿Conozco a Jesús?

A esta pregunta –expresión de una profundamente humana inquietud existencial– he logrado darme tres respuestas:

1º­ La primera respuesta la recojo de los Evangelios con una convicción inquívoca: Jesús soy yo mismo cuando vivo penetrado por las Bienaventuranzas, y cuando me fusiono y me amaso por la misericordia con cualquier Tú, dándole respuesta a sus necesidades, reconociendo la identidad de Jesús en mi Yo y en su Tú, y reificándonos (término tomado de la filosofía de Anna Arent) en un NOSOTROS, que lo hace permanentemente presente en nuestras vidas. “Donde estéis dos o más reunidos en mi nombre, yo me hago presente en vosotros”.

Jesús somos todos nosotros, cada uno de nosotros, cuando vivimos y transmitimos esa experiencia vital en nuestras interrelaciones: al dar compañía a quien está en soledad, y amparo al desamparado, y alimento material o espiritual a quien lo hambrea, y asistencia al desprotegido… Cuando impregnamos nuestros espacios de relación humana con experiencias de protección, ayuda, amparo, caridad, solidaridad, comprensión, misericordia, estamos “vistiendo” de Jesús a nuestro Yo y convirtiendo en Jesús al Tú que participa conmigo en nuestro espacio existencial (“Con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura”, que cantó san Juan de la Cruz)

Segunda respuesta: Desde una consideración histórica y antropológica, y desde las luces naturales de la razón, Jesús de Nazaret, fue un hombre como yo, con un organismo psico­somático en desarrollo por las diversas etapas del crecimiento, dotado de las mismas funciones fisiológicas, con una identidad personal reconocible, ubicado en un tiempo, una raza y en una geografía determinable, igual que yo mismo…

A mí me enseñaron desde niño –o mismo que también sabia de sí el hombre Jesús de Nazaret– que yo había sido creado “a imagen y semejanza de Dios” y que mi alma es divina, tal como lo enseña la religión católica. Pero ese hombre (hombre como yo) llamado Jesús interiorizó de un modo especial y privilegiado la autoconsciencia de su divinidad, tanto que asumió la responsabilidad de identificarla con su personalidad, así como la urgente misión de trasmitirla, utilizando la metáfora de Dios Padre y de Hijo de Dios… Y fue tan fiel a ese Ideal supremo desde su condición humana que, para testimoniarlo, entregó su vida, en la más dolorosa y absoluta identificación con la esencia terrenal de lo humano.

Ese es el ideal y modelo de realización humana y espiritual que he decidido seguir, con una progresiva autoconsciencia de mi filiación divina y mi condición espiritual (entendiendo dimensión espiritual, no como un añadido a lo humano sino como la expresión más completa y plena de lo humano).

Me considero “Hijo de Dios” –como se autodefinió el mismo Jesús– con el constante y acuciante sentimiento –humilde y autocrítico– de “responsabilidad” no cumplida. Porque sé que al mundo lo estamos creando permanentemente entre nosotros todos y que lo bueno o lo malo que nos sucede, y que pasa en cualquier parte del mundo, lo provocamos y lo decidimos nosotros los habitantes del planeta. Que no hay otro “dios” a quien echarle en cara responsabilidades, más que nosotros mismos…

Es por lo que, “revestido de Jesús”, he decidido responsabilizarme en alargar su presencia a través de mis actos y mis palabras, intentando ser –dentro del ámbito experiencial de mi pequeña vida– una prolongación eficaz de su proyecto y de sus manos… Y aunque sea muy poco lo que lo que piense que puedo lograr por mí mismo, quiero ser consciente de que el leve aleteo de una mariposa puede desencadenar tempestades en alguna lejana parte del mundo.

3º­ Tercera respuesta: Jesús es para mí un espacio vital de experiencias: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”, dijo de sí mismo. Y estas tres metáforas me proporcionan un espacio de experiencias que responden a esas tres necesidades vitales que he descrito como absolutamente ineludibles para la supervivencia mental de cualquier persona, y para el desarrollo, mantenimiento, expansión y realización de sus potencialidades psico­evolutivas: la necesidad de Reconocimiento, la Necesidad de Producción y la Necesidad de Significación.

  • 1º Jesús es Vida, plenificada en el Amor, que me proporciona la experiencia del Amor Supremo en cada espacio de encuentro con cualquier persona, en quien yo reconozco su presencia y a quien extiendo –con mis actos y mis actitudes– su acción bienhechora.
  • 2º Jesús es Camino: Con su vida, sus parábolas y sus bienaventuranzas me abre senderos de valores para mi propia realización personal y madurez humano­espiritual, motivando mi esfuerzo, mi trabajo y mis “talentos” hacia una productividad solidaria, como buena semilla fructificadora, para la permanente construcción solidaria de la humanidad.
  • 3º­ Jesús es Verdad: Con su ejemplo, su palabra y su doctrina, impregna de consistencia y significación todos los aconteceres de mi vida, devolviendo sentido a la experiencia de fehaciente desprotección existencial por la frustrante constatación de mis radicales limitaciones y ante la consciencia, cada día acrecentada y aceptada, de mi transcendencia a la muerte.

Así es mi espacio de encuentro y mis experiencias con Jesús, y esto es lo que Jesús me transmite.

9 comentarios

  • Santiago

    Coincido con Martín Buber y con Gabriel Marcel, y por supuesto, con el autor de este artículo, por el interés en el enfoque existencial del ser humano…en cuanto a la dinámica del ser…pero también “somos”..y, además, primariamente “existentes” y “pensantes”…con la capacidad de relación, en  una inter-relación que nos encuentra con “otro”. Somos y al mismo tiempo tenemos la capacidad de comunicarnos que enriquece nuestra humanidad…Nuestra humanidad ha sido adquirida, nos ha sido dada…y la hemos recibido y aceptado como un don…Por eso, no poseemos la vida en si, estamos simplemente “en tránsito”, estamos pasando…somos contingentes…pudimos venir o no a la existencia…somos dependientes…y no hay nada inmutable en la vida..pues de la vida terrestre, el cambio es la norma…

    Por eso, en nosotros, por Jesús y en Jesús, existe la gran experiencia del amor….hay definitivamente una apertura de mi vida para mi “realización personal” siguiendo Su palabra que es capaz de iluminar mi vida con la verdad..En Jesús pues la metáfora no es simple comparación, ni traslación de conceptos sino  que El mismo con sus propias palabras expresa una realidad trascendental existente…porque Él es la Vida en si misma y Su amor es infinito….El no es sólo un camino, sino el único Camino hacia la plenitud….ya que ella no se encuentra en nosotros…El es Verdad absoluta y total que nos enfrenta con nuestras imperfecciones y nos conduce a la búsqueda y encuentro de la verdadera trascendencia en un salto hasta la vida eterna..Por eso dice la letanía que “de Su plenitud, todos hemos recibido”

    Un saludo cordial

    Santiago Hernández

  • un saludo, fernando, te reencuentro al cabio delos siglos,aunque mi espacio de encuentro es distante.Un abrazo   mmunoz.2@ono.com

  • re reencuentro, fernando, al cabo de los siglos, aunque mi espacio de encuentro es otro. Un abrazo   mmumoz.2@ono.com

  • George R Porta

     
    No deseo contraponerme a nada de lo que narra el artículo del hilo que de hecho agradezco porque me ha obligado a reexaminar mi propia experiencia de psicoterapeuta. Gracias al Dr. Jiménez por su artículo.
     
    La experiencia de ser encontrado por alguien que desea y de hecho pide que le ayuden, narrada tantas veces en los Sinópticos y algunas veces en Juan, es muy válida.
     
    Como terapeuta desde hace unos treinta y ocho años+, me ha ganado, poco a poco, al punto de sentirme en deuda de gratitud con mis pacientes. En efecto, si el terapeuta es cristiano de carne y hueso como me sé, a pesar y precisamente por mis propias carencias y tendencias neuróticas, puede encontrar meditando cada uno de aquellos encuentros atribuidos a Jesús en los evangelios, un buen lugar donde echar rodilla a tierra y acogerse con humildad o, por el contrario, si es otro tipo de cristiano, que los hay y quizás alguna vez he sido, volverse muy grandioso y sentirse muy importante.
     
    Si estos “encuentros” son ocasión de empatía pueden causar en el terapeuta una profunda sensación de humildad, cada vez que alguien llegue hasta él o ella a desnudarse ý mostrar su vida como más le duele o más bochorno le causa, con sus deformidades expuestas, no pocas pensando que el terapeuta por el contrario debe ser perfecto. (La hipótesis freudiana de la significancia y del valor terapéutico de la transferencia y la contratransferencia aún es debatida).
     
    A menudo quien viene a encontrarse con el terapeuta viene con una inmensa sensación de miseria o de carencia —no importa si viene vistiendo la máscara narcisista de la superioridad y la arrogancia— porque si busca ayuda es porque, con toda certeza, más o menos conscientemente,  ha olvidado los recursos que posee y le queda un poco de esperanza de que el terapeuta arroje sobre su andar un poco de luz, para poder reconocer el camino que ha venido haciendo y hace pero no puede reconocer adónde le lleva ni si realmente le conduce a salir del callejón sin salida en el que se imagina (o se encuentra).
     
    Una cosa es importante en estos encuentros. Quien viene sobrecogido, anonadado, a tumbos con su carga no sabe que el terapeuta más bien tendrá que agradecerle el privilegio de acogerle en su sufrimiento porque en hacerlo el terapeuta será redimido de su propia tontera existencial. Si no tuviese ante sí alguien que le arranca su compasión empáticamente, posiblemente estuviese frustrado leyendo y engullendo chocolates, o revisando los reportes del gestor o contable, para volver a confirmar que el estudio marcha productivamente, hasta que la secretaria o la alarma del teléfono le recuerde que sea hora de recibir otro visitante.
     
    Si uno sigue el consejo de Ignacio de Loyola y hace composición de lugar, ahora en retrospectiva, y entra en el relato que le trae el paciente, sobre todo durante la primera visita, con el ánimo de escuchar de veras el dolor de esta persona que le visita solamente porque siente dolor o vergüenza o se siente al borde del colapso emocional (si fuera feliz probablemente no viniera), es posible que el terapeuta sienta algo en la línea de lo que sentía Jesús cuando Bartimeo le pidió la visión, pero con una diferencia. La diferencia es que, si el terapeuta realmente sabe lo que se trae entre manos, también tiene el sentido del enorme peso de tener que poder ayudar y, todavía, a diferencia de Jesús, posiblemente no sabe si le vendrá la fuerza de ayudar o, como puede muy fácilmente ocurrir, saberse en su propia existencia personal, tan ciego como Bartimeo.
     
    Quizás el único valor que tiene el sufrimiento ajeno ese de redimirnos de los encajonamientos propios, el de sacarnos de nuestra miseria egocéntrica y movilizarnos hacia la compasión vía la empatía, la cual Edith Stein creía que fuese como una especie de pre-conocimiento del otro que de repente se despierta en uno, o que no se despierta, pero que en el primer caso el terapeuta no sabía que tenía, pero que en clínica no se la puede deslindar de la identificación.
     
    Claro está que puede ser que el terapeuta esté tan quemado de trabajar y escuchar patología, que por el contrario se frustre y más bien necesite de un supervisor clínico que le acoja a él como él debe acoger a sus pacientes.

  • ana rodrigo

     
    “Jesús como espacio de encuentro y experiencias”, título a tener en cuenta tanto al hablar de Jesús como de otros encuentros, con todas las matizaciones que podamos añadir tanto en un caso como en otro, como lo ha hecho George.
     
    Es cierto que Jesús, como fuente de espiritualidad-religiosa y de ejemplo de humanidad, ha sido y sigue siendo un referente importante en la vida de muchísimas personas. Pero es necesario ir desescombrando el camino hacia su encuentro, no vaya a ser que busquemos a la persona equivocada que está ahí, al final del camino.
     
    Me ha resultado muy interesante el comentario de George, sin molestar a nadie que piense de otra manera y tenga sus propias experiencias.
     
    Como dice Fernando Jiménez, desde nuestra infancia nos han adoctrinado sobre el personaje de Jesús, no tanto sobre su persona, de la que ninguna historia (en sentido científico) se escribió.
     
    Por eso es tan importante utilizar unas claves basadas en una exégesis que nos haga más cercano y creíble el personaje Jesús.
     
    No deberíamos olvidar, sin entrar a fondo en la exégesis moderna, que Jesús simbolizó al Mesías que el pueblo judío esperaba, que muchos relatos se hacen para hacerlos coincidir con lo que los profetas habían dicho sobre el Mesías, que fueron judíos los que crearon una teología apoyada en los escritos veterotestamentarios, como es el caso del pecado de la humanidad, a partir del cual, se creó la teología de la salvación, del Dios infinitamente ofendido, de la redención por su Hijo encarnado para aplacar la ira que Dios acumulaba desde la desobediencia de Adam y Eva, etc. etc.
     
    De aquí se han creado unas frases huecas de contenido como, Dios omnipotente y todopoderoso, Dios ha salvado al mundo, Dios nos ha redimido del pecado, Dios ha quitado el pecado del mundo, etc. etc., que sustentan unas creencias populares y unos dogmas imposibles, que hacen inútil una religión que, como decía Castillo el otros día, lo divino anula lo humano, incluso históricamente la religión ha sacrificado lo humano en pro de lo divino.
     
    A la sociedad moderna, laica, racional e instruida, le va a resultar difícil aceptar a medio o largo plazo este tipo de fe. Quedan un par de generaciones intentando mantener la candela encendida de la antigua fe. Si, a pesar de ver una juventud alejándose de este tipo de fe, miramos para otro lado, es como tirar piedras contra el propio tejado.
     
    En una ocasión, hace más de 25 años, hablando con un grupo de alumnos y alumnas de mi forma de entender el cristianismo, me preguntaban, y ¿dónde encontramos esta religión tan humana y que nos sirve para nuestra vida? Desgraciadamente, no pude remitirlos a ningún lugar o grupo, o parroquia, porque en aquella época, quienes pensábamos así éramos unos auténticos herejes. Pienso que ahora, ni se lo preguntan, directamente no les interesa. Siempre hay excepciones, pero el fluir del desinterés por la religión está a la vista.
    O somos valientes y estudiamos un poco más sobre las ciencias sociales que nos ayuden a discernir el mensaje y el personaje de Jesús, o el cristianismo se irá empequeñeciendo, no sólo a nivel cuantitativo, sino empobreciendo su mensaje.
    El Papa Francisco gusta a ateos, indiferentes y laicistas, por humanizar el mensaje.
     

  • George R Porta

     

    Leo: 1. “Y añado lo que, en una ocasión, me confesó un amigo: que la importancia de una persona no está en lo que es, ni siquiera en lo que dice, sino en lo que transmite, en como impregne nuestra relación con valores y emociones positivas, y con experiencias nutrientes para funciones cognitivas y afectivas de nuestra mente.”
    Comentario: ¿No fuera injusto restar importancia a alguien a causa de incapacidad receptiva? ¿No depende la transmisión que efectúe alguien que quiere comunicarme algo de la recepción de ello que yo sea capaz de efectuar? Me parece que el hecho de que, como resultado de daño neurológico o de malformaciones genéticas una persona no pueda comunicarse, no puede restarle importancia como ser humano. Que alguien cometa un crimen y sea convicto de ello, no le puede quitar la importancia que como persona tiene.
    Leo 2. “A mí me enseñaron desde niño –o mismo que también sabia de sí el hombre Jesús de Nazaret– que yo había sido creado “a imagen y semejanza de Dios” y que mi alma es divina, tal como lo enseña la religión católica. Pero ese hombre (hombre como yo) llamado Jesús…”
    Comentario: Por un lado, coincido en que la humanidad de Jesús haya podido ser como la de cualquier otro hijo de vecino: morfológica, étnica, antropológicamente.
    Por otro, la noción de humanidad que enseña la religión católica tiene tantas deficiencias y está tan viciada ideológicamente de los problemas de sus “maestros” que no sé cómo poder afirmar que Jesús se auto-comprendiera en esos mismos términos y que además se auto-atribuyera la condición divina sin que le hubiesen enviado al desierto por loco tan pronto se le ocurriera comenzar a actuar públicamente en consecuencia.
    Leo 3. “…interiorizó de un modo especial y privilegiado la autoconsciencia de su divinidad, tanto que asumió la responsabilidad de identificarla con su personalidad, así como la urgente misión de trasmitirla, utilizando la metáfora de Dios Padre y de Hijo de Dios…”
    Comentario: Desde luego que respeto el derecho de cada persona a formular sus creencias como las conciba, pero afirmar que Jesús fuera capaz de efectuar una interiorización especial y privilegiada de la autoconsciencia de su divinidad, y en tal medida que se le motivó a la urgente necesidad de trasmitirla utilizando la metáfora de Dios Padre y de Hijo de Dios me parece una afirmación carente de fundamento
    No olvido que según atribuye la narración de Marcos (3, 20-21) su madre y sus hermanos en al menos una ocasión le tildaron explícitamente de loco. Pero es tan fácil llegar a la comprensión de no ser divino como tratar de vadear un arroyo, resbalarse y levantarse empapado hasta los calzones. Es grave esto de atribuir a alguien, a dos mil años de distancia haber sido la única persona que pudiera tener autoconsciencia de su divinidad. Incluso, no sé como cualquier otra persona pudiera reconocer que eso es lo que ocurra sin tener ella misma una experiencia semejante o al menos, como ocurrió a la madre y a los hermanos de Jesús según Marcos, de haber visto cómo se comporte un loco. No hay que tener cáncer para diagnosticarlo. Ni hay que poder parir para imaginarse que los dolores pueden ser realmente fuertes. Pero esto de poder reconocer la divinidad en otra persona es realmente fuerte. Además, parte de la creencia religiosa católica es la afirmación de Pablo en sentido contrario (Filipenses 2, 6-8) de que Jesús se despojó de su condición divina.
    4. Leo: “…Y fue tan fiel a ese Ideal supremo desde su condición humana que, para testimoniarlo, entregó su vida, en la más dolorosa y absoluta identificación con la esencia terrenal de lo humano”.
    Creo tener que coincidir con el autor al menos en esto y lo hago con la mayor sinceridad: En ningún otro momento de la narración de su pasión y muerte es Jesús representado más en su profunda humanidad que en el de su muerte cuando expresa para morir el reproche a su Dios, al que se le atribuye haber considerado su “Abba”.
    Insisto en que respeto las creencias que cada persona tenga si coinciden o si difieren de las mías. Solo deseo comentar mi reacción al artículo. Jesús no creo que haya entregado su vida, porque entonces para que andaba escondiéndose hasta que ya no quedara más remedio que se efectuara su prendimiento y asesinato. Yo creo que a Jesús le asesinaron los poderes de su tiempo.
    La lectura sacrificial Anselmiana de la encarnación y la pasión y muerte de Jesús está fundada en la idea de que la severidad de la ofensa sea proporcional a la dignidad del ofendido que se opone radicalmente a la prédica atribuida a Jesús de que las relaciones humanas deban ser fundadas en el amor y que el perdón por parte del ofendido sea obligatorio (como se deduce de Mateo 18, 22) aunque no lo sea la reconciliación con su ofensor (como se comprende de Mateo 5, 23-24).
    La expresión “esencia terrenal de lo humano” me parece redundante y filosóficamente imposible de comprender, aunque solo sea por mi ignorancia. Lo humano, el propio Teilhard de Chardin lo atribuía a algo que brotaba de la Tierra cuando se refería al relato genesíaco de la creación a partir del lodo o el barro.
    El himno de Laudes en la Liturgia de las Horas que lleva el título de “Alfarero del hombre” lo dice bellamente:  

    Alfarero del hombre, mano trabajadora
    que, de los hondos limos iniciales,
    convocas a los pájaros a la primera aurora,
    al pasto, los primeros animales.
     
    De mañana te busco, hecho de luz concreta,
    de espacio puro y tierra amanecida.
    De mañana te encuentro,
    Vigor, Origen, Meta
    de los sonoros ríos de la vida.
     
    El árbol toma cuerpo, y el agua melodía,
    tus manos son recientes en la rosa;
    se espesa la abundancia
    del mundo a mediodía,
    y estás de corazón en cada cosa.
     
    No hay brisa, si no alientas,
    monte, si nos estás dentro,
    ni soledad en que no te hagas fuerte.
    Todo es presencia y gracia.
     
    Vivir es ese encuentro:
    Tú, por la luz; el hombre, por la muerte.
    ¡Que se acabe el pecado!
    ¡Mira que es desdecirte
    dejar tanta hermosura en tanta guerra!
    Que el hombre no te obligue,
    Señor, a arrepentirte
    de haberle dado un día las llaves de la tierra.

  • mª pilar

    Muy bien expuesto, hasta puede parecer en algunos momentos esperanzador…

    Pero llega la “divinización” y todo lo complica; cambia por completo la esencia del Proyecto de Jesús.

    Y quizá, un tanto individualista… “mis obras y acciones las realizo como Jesús… y me siento Él”…

    Complicado, Jesús, solo tenía su mirada puesta en los demás con nombres y “apellidos” … no eran acciones al aire, era concreto, directo. Desde esa manera de actuar, hace posible que sirva y fortalezca a cada persona sea creyente o no, en sus cuitas diarias.

    En algunas lineas, me ha llamado la atención… pero luego se desvanece al divinizarlo y tenerlo todo tan seguro y concreto.

    mª pilar

  • ana rodrigo

     
    Cuando he leído este artículo he sacado varias conclusiones:
     
    Una es que está muy bien escrito, cosa lógica, por otra parte, ya que tuvo por tío-abuelo Juan Ramón Jiménez. Además de bien escrito, está bien argumentado.
     
    Dos, al terminar la lectura, una tiene la impresión de encontrarse ante un buen creyente, en el sentido de que no se conforma con lo enseñado y aprendido desde pequeño, sino en dar sentido y contenido a la doctrina, e incluso a las palabras del evangelio.
     
    Tres, se siente tan identificado con lo que cree, que dice ponerlo en práctica ante el prójimo al estilo de Jesús.
     
    Pero, como dice Oscar, queda todo demasiado etéreo, quizá demasiado teórico y, con perdón, hasta descarnado.
     

  • oscar varela

    Hola!

    Ya saben que soy argentino de Buenos Aires, pero va yendo para 5 años que resido en Chile con Olguita.

    Me cuasó gracia la reacción de mi nuera (Violeta) cuando les dije que me iba a Chile por motivos de “Encuentro”(con Olguita). Me dijo: -“¡Te la fuiste a buscar un poco lejos, no?”-

    ………………

    Viene el cuento a que Don Fernando me ganó la plaza. Porque “¡se lo fue a buscar más lejos aun el Encuentro, ¿no?!”-

    En todo el Artículo no menciona ningún Encuentro con los que tiene “trato”. P.e.:

    * con Clorinda (que lo quiere bien),

    * con Robustiano (que le arregla el auto)

    * con Anatolia (que le envía ojerazos)

    * con Ichigualasto (que le manda unos link “de película”)

    * con Antonio (que lo convenció de “destilar” el Artíclo)

    * con … ¡sgalo usted!

    ¡Algo huele mal en Dinamarca!

    ¿Vamos todavía? – Óscar.

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