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La espiritualidad del hombre normal: la sabiduría

Isidoro

1. El conocimiento es teoría. La sabiduría es práctica.

2. Nuestra escala de valores.

3. Tenemos que encontrar nuestro camino.

4. Necesidad de adoptar un marco mítico coherente con nuestras características psicológicas.

5. Tenemos que elegir un buen destino para nuestro camino.

*

  • 1. El conocimiento es teoría. La sabiduría es práctica.

Se quejaba T.S. Eliot: “¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?. ¿Dónde la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?.

Platón, 2.300 años antes ya ponía el dedo en la llaga en su “Protágoras”: “Explícame qué opinas del sabio. (…) porque cuando alguno posee el conocimiento, lo que predomina en él no es éste, sino unas veces la pasión, otras el placer, a veces el dolor, algunas el amor, muchas el miedo (…). El saber es un esclavo arrollado por todo lo demás”.

Y es que una cosa es tener información, que la guardamos allá en el rincón cerebral con todo el batiburrillo de cosas de las que nos hemos enterado, otra cosa es tener conocimiento, que lo guardamos un poco más  cerca, con las ideas abstractas que hemos elaborado de la información recibida.

Y otra muy distinta es la “sabiduría”, que guardamos al ladito de nuestros dos yoes, el operativo consciente y el ocurrente subconsciente, en terminología de Marina, y que está compuesto de esas ideas que por una u otra razón hemos decidido (la mayor parte de las veces inconscientemente), que se transformen en “convicciones” que nos sirvan de pauta y guía de actuación.

Estas convicciones entre las que se encuentran nuestras reglas morales tienen un estatus similar al de los postulados en matemáticas. Son ideas indemostrables que se asumen per se, sobre las que luego se construye un universo lógico.

Por poner un ejemplo. La información sería el libro o el periódico en bruto. El conocimiento, esas frases del libro que hemos subrayado, o esos trozos de periódico interesantes para nosotros que hemos recortado. Y la sabiduría sería esas pocas ideas-fuerza, o frases cortas, que hemos escrito o recortado y las hemos puesto en nuestra pared o nuestro tablón para que estén permanentemente a nuestra vista.

La labor de elaborar conocimiento de la información, es una labor intelectual consciente, de análisis y síntesis. Pero la labor de elaborar convicciones y sabiduría del conocimiento, es una labor en la que el subconsciente tiene mucha intervención.

Toda terapia psicológica del tipo que sea, tiene como objetivo, conseguir incorporar a esa zona ejecutiva de la mente, de donde fluye nuestro comportamiento, principios rectores interesantes para nosotros y nuestra felicidad.

Porque como reconocía el pensador Wittgenstein “de la lógica no se sigue lógicamente una ética. No hay premisas lógicas de la felicidad”. Una cosa es el conocimiento consciente que tenemos y otra el conjunto de nuestro saber operativo, el que esculpe nuestro sistema de comportamiento y en el que nuestro subconsciente tiene voz y voto.

Todos tenemos nuestro tarrito de sabiduría. Pero como en todas las cosas, la hay de oro y la hay de chapalata. Como decía Cernuda: “Ahora la estupidez sucede al crimen”. Y es que desde que Caín ha sido absuelto por la moderna psiquiatría, diagnosticándole de pobre loco, la humanidad ha descubierto su verdadero pecado: la estupidez.

Pero también con la estupidez pasa lo mismo que con el colesterol, que la hay de dos clases: la “buena” y la “mala”. La “buena” sería la estupidez natural, la que proviene de nuestras limitaciones congénitas naturales, de nuestra erraticidad mental, que hoy piensa una cosa y mañana quizás otra.

Esa estupidez que hasta puede llevarnos a hacer cosas sublimes como el hacernos creer libres, cuando en realidad como decía Bob Dylan, “hasta los pájaros están encadenados al cielo”. Esa estupidez es innata y por tal inevitable, salvo salto evolutivo genético, natural o artificial, y por ello debemos llevarla con dignidad y resignación.

Pero la estupidez peor es la “mala”, la evitable, y consiste en equivocarnos por pereza o error de discernimiento, y equivocarnos dando importancia a cosas que no la tienen y viceversa. En colocar unas ideas en una caja o en otra. Y se da cuando preferimos un billete de 55 euros, a uno de 20. Y eso nos sucede mucho en el mundo de las ideas.

  • 2. Nuestra escala de valores

La gran mayoría de la población, sufrimos de una serie de disfunciones como complejos, traumas y demás, pero además  una de las mayores fuentes de problemas y sufrimiento es la inadecuación de nuestra superestructura cultural, que está en la caja fuerte de nuestra sabiduría, donde archivamos ese saber no-científico que no busca demostración pero que es tan próximo e intuitivo que para nosotros es verdadero y que se manifiesta en esa clase de axiomas que llamamos creencias, algo que siempre mantenemos en el silencio de lo no verificable por la ciencia.

Lo malo es que en ese conjunto de creencias hay un porcentaje mayor o menor de “falsas creencias”. Nos enseña Francisco Traver que “la idea de falsa creencia fue acuñada por el Albert Ellis”, y se basa en la teoría de que todos los seres humanos reciben a lo largo de su ontogenia (evolución de vida), información parcializada e indemostrable.

Esto provoca reacciones emocionales inapropiadas o exageradas, que pueden mermar nuestro objetivo de sobrevivir primero y ser feliz en nuestra vida cotidiana. Las más  de las veces se construyen por mimetismo social, simplemente damos por buenas las definiciones que nos llegan de los medios, la política, la televisión, la ciencia, la religión, la economía o de cualquier otra autoridad social. Podemos llegar a creer cualquier mentira siempre y cuando sea una mentira compartida por muchos”.

Basados en ese esquema de creencias, adoptamos una serie o conjunto de ideas de cosas o situaciones que creemos deseables o indeseables para cada uno: lo que se suele llamar nuestro esquema de valores.

Así el hombre sigue esclavo de sus estructuras arcaicas, y como no lo vea no podrá empezar a vivir con ese nuevo YO, que es el auténtico.

Está de moda entre algunos la tan cacareada crisis de valores, que en realidad es la crisis de “sus” valores e intereses.

Porque hay que andar con cuidadito cuando oigamos proclamas de moralina, con crisis de valores y demás. Cuando oigamos hablar indignados de “crisis de valores”, échense la mano a la cartera. Por eso Emerson contaba la lección que aprendió de un viejo mayordomo: “Cuanto más  y más  alto oíamos en la mesa hablar de honorabilidad y respeto, más  prisa nos dábamos en contar los cubiertos, y siempre faltaba alguno”.

Pero constantemente debemos hacer un esfuerzo de limpieza de nuestra caja fuerte de valores y revisar y tirar lo que se haya convertido en un trasto so pena de sufrir síndrome de Diógenes y almacenar toda la quincalla vieja o nueva. Porque la morralla que almacenamos suele estar constituída  o por cosas antiguas que ya no tienen ningún interés o por toda esa serie de cosas nuevas que hemos comprado a lo tonto o nos han regalado y que no sabemos donde ponerlas porque no sirven para nada. Pues con las ideas pasa lo mismo.

Advierte Emilio Lledó que en la actualidad, lo más  abundante es “olvidar los viejos conceptos de educación, justicia, fraternidad, racionalidad, igualdad, etc., y sustituirlo por un escurridizo discurso de un lenguaje pastoso e insustancial, lo que sería el primer paso para un creciente proceso de estupidización colectiva, donde solo actuase la dureza, monotonía y crueldad, de un lenguaje construído sobre el modelo de los medios de comunicación de masas”.

Hay que revisar si nuestro arsenal de ideas-fuerza o valores es un conjunto de creencias e ideales de vida y del mundo, chato y miserable como denuncia Lledó, o por contra es irreal y excesivo, lo que nos generará un exceso de expectativas en la vida, que también se traduce en una gran frustración personal.

En este proceso no se trata en general de eliminar de raíz alguno de nuestros “valores”, sino más  bien de variar su importancia relativa en nosotros. Los valores últimos como igualdad, libertad, justicia, compasión, belleza, placer, honestidad, responsabilidad, lealtad, etc. no coexisten en nosotros de forma armónica, produciéndose así múltiples contradicciones dentro de nuestra persona.

Nos recuerda Savater como Isaiah Berlin decía que “los valores mejores suelen ser irreconciliables entre sí”, o como decía Weber, “los grandes dioses son incompatibles”.

Constantemente tenemos que elegir y sacrificar unos valores y sacrificar otros, y esa es una tragedia permanente en la naturaleza humana. Como igualmente señala Isaiah Berlin, no es posible encontrar un principio rector universal que los ordene. Por eso hay gente muy honesta de izquierdas, y gente igualmente honesta de derechas.

Se pueden determinar unos valores humanos verdaderos, universales y permanentes, pero no su orden jerárquico de preferencia. No se puede encontrar un principio ordenador universal que permita escoger de forma racional entre ellos. Y esto no solo vale para cada persona, sino también para una misma persona a lo largo de la vida.

Debemos hacer un esfuerzo para eliminar valores inútiles e innecesarios, pero no para sustituirlos definitivamente por otros mejores. Constantemente debemos estar recolocándonos. Es como conducir un coche. Si nos desviamos hacia la derecha, moveremos el volante hacia la izquierda, pero solo lo necesario y no definitivamente. De nuevo y de acuerdo con la carretera, volveremos a mover el volante hacia donde sea necesario.

Un padre no debe ser blando, ni duro con su hijo. Deberá ser blando, cuando convenga ser blando, y duro, cuando convenga ser duro. Esto que suena a tautología, es el ABC de la sabiduría.  Es la actitud que Confucio enseñaba cuando decía: “Las cuatro cosas de las que el Maestro está exento son: carece de ideas preconcebidas, de reglas necesarias a cumplir de antemano, de posición fija, y de yo predeterminado”.

Aquí nos topamos con uno de los grandes equívocos que se han transmitido de la sabiduría oriental a la occidental: el de la destrucción del ego, que nosotros muchas veces interpretamos como la anulación del yo consciente, (que al fin y al cabo es lo único que tenemos, aunque sea una ficción psicológica), y cuando además  todos los psicólogos coinciden en aconsejar la mejora de nuestra autoestima.

Lo que quieren decir los chinos muy acertadamente, es que debemos destruir el pensamiento anquilosado, cristalizado, inmóvil, para así tener las manos libres para decidir lo conveniente en cada caso. Como cuando conducimos. Esto es cansado y no podemos conducir ni conducirnos medio dormidos, y por eso el hombre sabio debe ser primero un hombre “despierto”.

El fundamentalismo, o sea el tener un pensamiento petrificado, sin posibilidad de cambio es una infantilización. Como enseña Joan Garriga,  “la ciega vehemencia, los fundamentalismos, las ideologías petrificadas, se sostienen en arcaicas e infantiles cuerdas emocionales que nos mantienen pequeños. Son asuntos de niños grandes que trazan fronteras en su corazón entre lo que es digno de ser amado (lo propio) y lo que tiene que ser rechazado (lo ajeno)”.

Esta flexibilidad mental o no significa irracionalismo o relativismo. Significa un relativismo “relativo”. O sea no todo es igual y todo es relativo. Una vez que hemos establecido el grupo de valores humanos deseables, dentro de ellos, cada uno debe encontrar su “mix” personal, y negociarlo en cada caso y según las circunstancias con sus tendencias personales casi siempre inconscientes.

Todo este esfuerzo de reequilibrio psicológico que debemos emprender, debería desembocar en un proceso de ir acercándose a un estado de felicidad cotidiana, que podríamos denominar ataraxia griega, o serenidad personal.

Eso incluye el famoso y tan cacareado encontrar el sentido de la vida, del que habrá que hablar más.

Ese estado ideal de equilibrio psicológico y de pleno sentido de la vida es lo que también llamamos sabiduría que es el supremo logro a que podemos aspirar como hombres.

Ese estado es ideal y nunca se llega a él plenamente, a excepción de cuatro “iluminados” en la historia, y que además  no han tenido una plena comprobación de su autenticidad. Se suele tender a hablar de ese estado beatífico como algo accesible cuando a lo más  que podemos aspirar es a acercarnos lo más  posible a él.

Ricardo Vidal discípulo de Antonio Blay, decía en una entrevista: “Los atributos de alguien realizado es una vivencia interior de autenticidad (una libertad interior), que no tenga las limitaciones psicológicas constantes que tenemos en nuestra vida cotidiana. También supone que el exterior no nos afecte a nivel psicológico. Si hay algo que nos aleja de la paz interior, es porque no tenemos una plena experiencia de vivencia profunda”.

Es lo mismo que cuando Chuang Tzu, o Lao Tse hablan de las cualidades del hombre del Tao. Nos parece como que lo están viendo, pero en realidad lo están imaginando. Es algo similar al estado de “santidad” del catolicismo, que es un ideal, por lo que no nos tenemos que escandalizar porque seres posiblemente muy perfeccionados, den muestras a veces de reacciones “demasiado humanas”.

Por ejemplo Herman Hesse veía la eterna contradicción que atenaza a todo gran líder religioso. Y así de Rudolph Steiner dice: “Toda su personalidad, (viajes, conferencias, propaganda abrumadora, fundaciones financieras, culto a su persona, etc.) contradecía total y fundamentalmente a lo que todas las religiones del mundo consideran como el tipo del santo y del hombre perfecto. Steiner es lo contrario de un santo, un ambicioso genial.

  • 3. Tenemos que encontrar nuestro camino

El abanico terapéutico nos facilita el cambio, pero la dirección en que se dirige ese cambio la tenemos que decidir nosotros. En la antigua Grecia, el ciudadano que quería aprender cómo enfocar su vida, acudía a las Academias de Sócrates o de Platón, al Jardín de Epicuro, o a la casa de otro maestro filósofo.

En la actualidad esa formación hay que buscarla en la cultura en general y especialmente en la sapiencial. Y más  concretamente en los libros y en algunos círculos que nos propongan modelos de vida facilitadores de esa felicidad. Donde la mayoría no podemos acudir es a las instituciones tradicionales, (Iglesias, Universidades, etc.), que salvo excepciones están totalmente obsoletas y ancladas en el pasado.

El filósofo francés Paul Ricoeur señalaba la gran crisis de las instituciones integradoras: Es aterradora la debilidad de todas las instituciones integradoras, tales como la familia, la escuela, la Iglesia, los sindicatos, (los partidos políticos, añado yo), es decir de todo aquello que constituye la institucionalización de la sociedad civil. Y así dichas instituciones pierden cada vez más  su importancia en tanto que creadoras de cultura”.

Esta circunstancia tiene como muy positivo el que ya no nos pueden adoctrinar tan fácilmente con modelos de vida que defendían los espúreos intereses de los que han ostentado toda la vida el poder y la riqueza. Pero a cambio cada uno tiene que hacer el esfuerzo de conseguirse los modelos de vida más  convenientes para conseguir el objetivo deseado: la felicidad.

Hubo dentro del catolicismo un ejemplo, que muchos debían tener en cuenta. Fué el de John Wu, un fino intelectual chino, del siglo XX, al que muchos han parangonado con Chesterton. Wu se convirtió del metodismo protestante al catolicismo. Su proceso de conversión intelectual fue ejemplar.

Él desde su libertad e “individualismo” protestante, comprendió, gracias al “minimalismo filotaoísta” de Teresita de Lisieux, que el catolicismo de ésta, era la religión que le gustaba y la que iba con su pensamiento.

Pero Wu era un individualista y es incómodo pensar, que si a Wu, desde la niñez le hubieran comido el coco los teólogos católicos, es muy posible que si en su madurez hubiera descubierto un enfoque cristiano no ortodoxamente católico, no hubiera tenido la libertad de cambiar de religión, como hizo Wu, simplemente un hombre libre.

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Una de los aspectos más  curiosos de la llamada psicología y espiritualidad Nueva Era, es la ausencia clamorosa de todo llamamiento ético. Esta llamativa carencia, es una de las razones por las que a veces muy justificadamente se acusa a la espiritualidad de escapista y lo que es peor de solipsista: otra manera más  de contemplar y meditar pausadamente sobre la pelusilla de nuestro ombligo.

Y es que muchas veces se pasa directamente y de un salto espectacular, de la introspección personal y del afán de mejora y equilibrio personal, a los cielos de la espiritualidad, sin echar ni una mínima mirada al resto del mundo que nos rodea. Y sin embargo el criterio de la sabiduría, es la felicidad, ananda, charis, beatitudo o bienaventuranza.

Sólo el budismo, se salva de este “curioso” olvido, con sus constantes apelaciones a la compasión a los demás, como camino a nuestra felicidad personal. El taoísmo, como las éticas occidentales, da por supuesto que un hombre del Tao, será un buen ciudadano, y hace hincapié más  bien, en que no nos pasemos de buenos, pues puede ser contraproducente.

Es verdad que el cristianismo, tiene a la “caridad” como una virtud, pero el acartonamiento que le han producido mil quinientos años de complicidad con los poderes factuales, y el hecho de la relativización de la importancia de la pobreza y la injusticia, que produce la creencia de que esta vida es solo una triste noche en una triste posada, devalúan bastante su mensaje caritativo. Independientemente de que haya entre sus filas gentes muy solidarias y comprometidas que han comprendido que ese es el único punto que justifica y da cierto sentido a su fé.

El hecho es que en todo el mundo del crecimiento personal y de la expansión de la conciencia, no es fácil encontrar ninguna apelación a la necesidad de un afianzamiento de nuestra ética personal ciudadana. Hasta el punto que es mucho más  fácil oír justas y razonables proclamas en defensa de árboles o animalitos, que del indigente que duerme tirado en unos cartones en la calle.

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Cuando se llega  a ese estado ideal de conocimiento de nuestro interior y del mundo que nos rodea, se está lleno de esa sabiduría  que es el culmen de la “vida interior” del hombre normal. Es su espiritualidad buscada, que no necesita para nada de ningún tipo de experiencias trascendentes fuera del cuerpo, ni sensaciones oceánicas, ni menos aún  contactos con divinidades ni seres angélicos.

  • 4. Necesidad de adoptar un marco mítico coherente con nuestras características psicológicas.

Nuestra cosmovisión propia o mito personal, es una hipótesis o conjetura global, sobre el papel que nosotros y la humanidad en general tenemos en el entorno del cosmos que nos rodea. Este mito resitúa el centro de nuestro mapa mental general a un nuevo lugar, y a partir de ahí todo se ve con otra perspectiva.

Se adopta con un fuerte nivel de convicción y coherencia interna, asumiendo el que (por el momento) no se ha encontrado otro modelo en el que encajen mejor todas las piezas de nuestro puzzle cultural-religioso.

Se podrá argüir que el hecho de plantear una hipótesis sobre nuestra posible historia cósmica, que en sí no es más  que el mito o la gnosis personal del autor, no tiene ningún interés práctico más  allá de la inútil curiosidad de imaginar detalles de escasa importancia práctica. Nada más  lejos de la realidad.

Thomas Merton nos advertía de que “nos engañamos creyendo que somos extremadamente científicos y razonables, que no tenemos mitos. Pero ése es precisamente uno de nuestros grandes mitos. Pensamos que somos gente objetiva y lógica, pero vivimos inmersos en una enorme cantidad de mitología”.

Toda persona creyente asume el mito originario de esa religión, que le han transmitido con su formación religiosa. Incluso los más estrictamente ateos, también asumen su propio mito, que es su creencia en una cosmogénesis sin intervención divina o semidivina de ninguna especie.

Y tener un “centro de gravedad permanente”, que decía Franco Battiato, nos vacuna ante las tentaciones de escapismo delirante que tanto nuestra fantasía, como las fantasías de los demás, nos van a presentar.

Te da una sensación de saber dónde están las cosas. Como le pasaba al Guerra, que toreando en Bilbao, le preguntó un periodista: “Maestro ¿cómo se siente por aquí, con lo lejos que está Sevilla?. Y el maestro le respondió: “Sevilla está donde tiene que estar. Lo que está lejos es esto”.

Decía Angelus Silesius, que “quien ha escogido el centro por morada, ve de una ojeada lo que está en la periferia“. El que está situado en el centro de la rueda que gira, contempla fácil y rápidamente todos y cada uno de los puntos de la circunferencia de la rueda, que van pasando delante de sus ojos. El que está situado en un punto de la rueda, va dando tumbos y solo ve, y con mucha dificultad el punto donde está.

Hace más  de sesenta años Mircea Eliade escribía en su Diario: “A medida que el hombre de las sociedades modernas se vuelve a encontrar a sí mismo, en el símbolo arcaico antropocósmico, encuentra una nueva dimensión existencial”.

Nos sitúa, ya tranquilos, como atentos discípulos a los pies de los grandes maestros del pasado. Y como sigue enseñando el mismo Mircea Eliade: “Buda, Zaratustra, los profetas judíos, son nuestros contemporáneos, en el sentido de que los problemas planteados por ellos, son todavía los nuestros. Cuando se estudian estas religiones, no se hace erudición, sino que se afrontan los problemas de la filosofía de hoy”.

Es lo mismo que nos dice el maestro Dokusho Villalba cuando nos enseña que “la trascendencia en el zen consiste en pasar de un estado de conciencia egocéntrico a un estado de conciencia cosmocéntrico; o de una conciencia individual a una consciencia cósmica, podríamos decir, o global.

Y con Rollo May, uno de los grandes psicoterapeutas de nuestra época, podemos afirmar que la conexión con los auténticos mitos es un “proceso esencial para la adquisición de la salud mental” y que “el nacimiento y el desarrollo de la psicoterapia en nuestra era contemporánea han tenido su origen en la desintegración de nuestros mitos”.

Como señala Patrick Harpur, “el mundo que vemos siempre corresponde al mito en el que estamos”, porque sólo es posible asumir el mundo a través de una perspectiva imaginativa o mito. Pero no vale cualquier cosmovisión, pues ésta debe tener un grado mínimo de acierto en nuestra descripción de la realidad.

Señala Francis Crick que “para construir un “nuevo sistema del mundo”, necesitamos inspiración e imaginación, pero si éste está cimentado en unos cimientos defectuosos, terminará más  tarde o temprano por no satisfacernos. Por soñadores que seamos, la realidad llama sin para a nuestra puerta. E incluso aceptando que la realidad es básicamente un constructo de nuestro cerebro, debe concordar con el mundo real o terminaremos cansándonos de ella”.

Pero esa labor es muy difícil. Para comprender la realidad es requisito imprescindible esquematizarla en cierto nivel, pues si no lo hacemos, la complejidad de la realidad nos bloquea.

Si un conjunto grande de árboles, lo describimos como un árbol con hojas verdes, otro árbol sin hojas, otro árbol pequeñito, etc., seguro que acabamos bloqueados. Si lo denominamos “un bosque”, comprendemos esa realidad, aunque inevitablemente perdemos riqueza descriptiva, y según vamos haciendo esquematizaciones sucesivas aumenta el peligro de que acabemos distorsionando el modelo.

Por ello tenemos el problema de que muchas veces mantenemos un esquema global que no nos convence de verdad. Creemos que creemos, pero en realidad queremos creer. Nuestra mente consciente nos empuja a aceptar unos esquemas culturales heredados, con la intención de asegurarnos la pertenencia a un grupo social, pero nuestra mente inconsciente se niega, porque no le convence.

Y no hay que olvidar que las ideas generales, especialmente las morales, impresas en nosotros desde niños, suelen enraizarse muy profundamente en nuestro cerebro y resultan muy difícil de cambiar. Por ello decía Francis Bacon que “no es la mentira que cruza por la mente la que causa daño, sino la que echa raíces allí”.

Porque la mente humana tiene horror al vacío, lo que se traduce en que preferimos tener una explicación a un fenómeno por muy absurda que esta pueda ser, a no tener ninguna.

Señala Francis Crick, que esto proviene del hecho de que nuestros cerebros se desarrollaron en nuestra época de cazadores-recolectores, y hubo una fuerte presión selectiva para lograr una necesaria fuerte cohesión interna cooperativa entre los miembros de nuestro grupo. Y un conjunto de creencias generales refuerza los vínculos entre los miembros de la tribu. Y así no es necesario que esas creencias compartidas sean en su totalidad correctas, basta con que todos las crean. Y de ahí procede nuestra ilimitada capacidad para autoengañarnos.

Y esta situación se detecta muy fácilmente con la prueba del algodón, que no engaña: si nos cuesta Dios y ayuda en la práctica, realizar lo que nos indica nuestro esquema de creencias, y nos exige un ímprobo esfuerzo de voluntad y una y otra vez estamos confesándonos de los mismos pecados, es señal evidente de que no nos creemos en realidad lo que creemos creer.

Es como subir por una soga. Si tenemos que subirla a puro biceps es que no lo estamos haciendo bien y no sabemos subirla y hay algo que falla.

Tener un sentido de la vida, que “de verdad” nos lo creamos es como estar enamorado. Cuando alguien dice: no se si estoy o no estoy enamorado de fulanito/a: es que no lo estás. Cuando estás enamorado lo sabes de sobra.

Y cuando dispones de una cosmovisión –mito– “sentido de la vida”, que auténticamente te convence, vuelas, y no te cuesta ser coherente con tus ideas. Exagerando un poco, diría que hasta darías la vida por tus ideas sin más  importancia.

Lo que pasa es que hasta que no asumimos otro modelo propio y coherente con nuestros conocimientos y personalidad, no seremos capaces de arrancar de nosotros esos modelos incoherentes (para nosotros), que nuestra cultura nos han inculcado.

Pero exige un esfuerzo. Porque según Wolfgang Köhler, pionero de la psicología de la Gestalt “la transición a un espacio mental más  amplio, es a costa de un proceso sumamente doloroso, incluso terrorífico, que consiste en socavar las propias creencias y teorías. Y es doloroso porque nuestra vida mental se apoya, consciente o inconscientemente, sobre teorías que a veces se encuentran sitiadas por la fuerza de la ideología o de la ilusión. Se produce una competencia intelectual y personal que nos obliga a enfrentarnos tanto a las anomalías, como a ideologías profundamente arraigadas”.

Porque como ya predijo Thomas S. Khun, el cambio de paradigma no se realiza sin traumas, sin dolor. Es similar a una intervención quirúrgica, que es sanadora a medio plazo pero que a corto plazo siempre viene acompañada de dolor.

Reflexionaba el psiquiatra junguiano, James Hillman, sobre los efectos perversos que la terapia de los individuos tiene en su responsabilidad política. Viene a decir que mediante la terapia aprendemos a llevar calma y equilibrio a nuestras vidas personales, pero eso se traduce en un anestesiamiento general ante las disfuncionalidades del mundo que nos rodea.

Se repite por ahí, que la única manera de hacer un mundo mejor, es mejorándonos uno a uno las personas integrantes del mismo. Pero ese es un reduccionismo individualista, que ha venido a suceder en la historia al reduccionismo fascisto-marxista contrario: que ordenando una sociedad de individuos infantilizados, mediante un estado fuerte, llegaríamos a la sociedad ideal.

La pura realidad es que necesitamos las dos cosas al tiempo. Necesitamos individuos maduros y felices que además se preocupen y trabajen por ordenar su sociedad. Porque aunque creamos que con la terapia y el autoperfeccionamiento personal resolvemos nuestros problemas, y en parte es así, el consentir el deterioro del mundo que nos rodea, repercute inevitablemente en nuestro ansiado y buscado equilibrio personal.

Y es que aquí entramos en el superconocido problema de la bicicleta. Todos cuando estamos aprendiendo a montar aprendemos dos cosas para no caernos: una que hay que dar pedales, y la otra es que hay que poner la mirada en un punto delante al que dirigirnos.

Si solo nos ejercitamos en dar bien pedales, eliminando los bloqueos, las pasiones negativas, etc. Solo cumplimos la mitad de la fórmula. Es fundamental tener una cosmovisión  (mezcla de conocimiento y de mitología), delante de nuestros ojos, para así tener claro, que de nada sirve que uno intente salvar su culo, si a tu alrededor cunde el desorden, la injusticia, el abuso de los poderosos y el caos.

La ciencia actual va avanzando, pero no puede dar respuestas actualmente a todas nuestros interrogantes. Y mientras no tengamos el círculo cerrado, estaremos paralizados, y no sabremos con mucha claridad cómo hacer un mundo mejor, más  que con eslóganes miopes de corto alcance y frasecillas de medio pelo, buenistas, ecologista y con moralina, mucha moralina, para que al final, los listos de siempre, que ellos sí que tienen muy claro que lo que quieren es llenarse el bolsillo, nos roban la cartera, mientras nos agradecen farisaicamente el voto que les damos en las urnas.

Y para resolver esta situación es preciso que tengamos muy claro el tema, que siempre está en el candelero de disponer de una cosmovisión, un plano general donde quede claro nuestra situación en la vida, lo que podemos esperar de ella, y lo que no, y lo que podemos hacer para en dos palabras dar un sentido a nuestra vida.

Y es que el hombre moderno ha pasado en  muy pocas generaciones de “ser hijo de Dios y heredero del cielo”, a ser un mono recauchutado y un poco mejorado, que como el que dice acabamos de bajar de los árboles, y vamos por ahí coléricos y agresivos dándonos gritos los unos a los otros, a donde nuestras hormonas nos dirigen.

El gran problema del hombre moderno es que tiene que hacer el gran esfuerzo de lograr la coherencia interna entre una insoslayable concepción moderna del mundo y “algo más”

Jung decía en 1909: “Entre los pacientes de nuestros días denominados neuróticos, existen no pocos que en épocas más antiguas no se hubieran vuelto neuróticos, es decir, en desacuerdo consigo mismos.

Si hubieran vivido en un tiempo y en un ambiente en que el hombre estaba vinculado, a través del mito, con el mundo del misterio, y por éste, con la naturaleza viva y no meramente contemplada desde fuera, se hubieran ahorrado la desavenencia consigo mismos.

Se trata de hombres que no soportan la pérdida del mito, y no hallan el camino a un mundo meramente externo, es decir, a la concepción de las ciencias o de la naturaleza, ni puede satisfacerles el fantástico juego de palabras intelectuales que nada tienen que ver con la sabiduría”.

Y la imposibilidad o renuncia a asumir un mito o gnosis personal, tiene efectos devastadores en nuestra psique. Porque nos conduce al escepticismo. Y del escepticismo, al privarnos de una perspectiva, y al no encontrar algo que creer que nos convenza, se pasa muy fácilmente al nihilismo, al creer que no existe ninguna explicación que convenza realmente.

Señalaba Antonio Machado: “Cuando el hombre deja de creer en lo absoluto, ya no cree en nada. Porque toda creencia es creencia en lo absoluto. A todo lo demás  se le llama pensar”.

Lo malo del nihilismo es que va paralizando poco a poco como el curare de las flechas de los indios o como el veneno de las serpientes. Cada vez que sentimos que un tema no vale la pena, que todo es una bobada, una ficción que hacemos para no volvernos locos en este desierto, vamos quitándonos uno a uno los escudos que nos protegen, hasta quedar inermes ante una realidad que es como un tren que se nos echa encima a toda pastilla.

La política, ¡una estafa!…; la religión, ¡una ficción!…; la vida sentimental, ¡una trampa infantiloide y mortal de necesidad!…; la cultura, ¡una forma de matar el rato y no tirarse al metro!; el fútbol, ¡…! Y así no nos queda otra cosa que esperar a que llegue nuestro turno.

Y por eso a pesar de que en “El gran Lewosky”, lo dicen en plan de chiste, ser nihilista es una cosa que cansa mucho y corroe como el vitriolo nuestro interés natural por el conocimiento, y nos instala en un depresivo desinterés vital que nos disminuye e incapacita para afrontar la vida con los bríos necesarios para ello, y lo que es peor, tiene el efecto perverso de que nos empuja, como compensación interna a ese vacío existencial a meternos en una serie de actividades muy negativas para nuestra felicidad y equilibrio personal. (¿Porque en cuántos líos nos metemos por no saber estarnos tranquilitos en nuestra casa?.)

Por eso el mito antropo-cósmico como decía Eliade es el gran antídoto antinihilismo. Dice el maestro: “(Mediante él), encuentra, en consecuencia, un nuevo modo de ser auténtico y mayor, que le protege contra el nihilismo historicista, sin expulsarlo de la “Historia”. Podría incluso ser que la Historia revelase así su verdadero sentido: como una epifanía de una condición humana “gloriosa””.

Y como ya decía Edith Stein “He aprendido a amar la vida desde que sé para qué vivo”. Y por todo ello desde aquí reivindico el interés de que cada uno interiorice su propio mito personal, que sea para él coherente y razonable.

  • 5.  Tenemos que elegir un buen destino para nuestro camino

Es muy llamativo que en el mundo de la “mejora personal”, haya tanta oferta de terapias para arreglar nuestro coche y tan pocas para ofrecernos destinos interesantes. En el viaje no solo hay que tener el coche a punto, sino sobre todo hay que saber dónde tenemos que ir.

Muchas veces todos los esfuerzos de automejora personal, son un remedo del entrenamiento del atleta: forjarse un cuerpo o una personalidad psicológica sana, fuerte y equilibrada, para ir… a no sabemos dónde. Nos quedamos tan agotados después del esfuerzo del entrenamiento, que no nos quedan ganas de reflexionar, hacia donde queremos ir.

Esta parte de nuestros problemas es lo que podríamos definir como nuestro problema cultural. Hoy en día ya no nos interrogamos con el de dónde venimos y a donde vamos más allá de la vida. Sino que nos preguntamos: ¿a dónde vamos en esta vida?.

Y a esa pregunta solo se le puede dar una respuesta desde uno de los sistemas ético-filosóficos que más se adapte a nuestra personalidad. No hay que olvidar que como dicen los chinos, el método correcto en el hombre inadecuado, actúa incorrectamente. Por ello una sola ley para el buey y el león, es corrupción, como decía Blake.

Hay muchos sistemas éticos-filosóficos, y cada uno debe escoger el que más  le llene, pero para mí, el que mejor se adapta a nuestra realidad personal y mental, es el taoísmo, así como su versión occidental, el estoicismo y epicureísmo, pues se adaptan a nuestra auténtica realidad humana siempre a caballo y en lucha perpetua entre una libertad parcial de la voluntad consciente, y un determinismo fatal radicado en nuestro “carácter” subconsciente.

Así cuando están diciendo que el hombre debe hacer aquello que le fluya de dentro, (el “wu wei”), lo que está diciendo es que no podemos dejarnos influir por algunos ideales que la sociedad nos ha ido grabando desde pequeñitos, en los que deberíamos hacer esto o lo otro, y ser esto y lo otro, para conseguir ser unos triunfadores y unos hombres de provecho.

El taoísmo nos advierte de que algunos de esos “valores” aprendidos nos van a generar unos conflictos internos muy grandes que nos van a causar paralización y dolor, y que deberíamos reconstruirnos unos principios rectores en nuestra conciencia, que en vez de paralizarnos, fomenten nuestra creatividad y sobre todo nuestra felicidad real… y de rebote e indirectamente nuestro triunfo en la vida.

Uno de los efectos de la iluminación es la comprensión perfecta de los mecanismos de nuestro comportamiento, que conduce al primer resultado: el perdonarse a sí mismo de nuestras duras críticas interiores. El segundo efecto es el de perdonar a los demás y el logro de cierto nivel de paz interior.

Por eso las meditaciones zen o de otro tipo, o el yoga, o cualquier otra ascesis serán exitosas no si nos proporcionan unas experiencias más  o menos oceánicas o unitivas, en sí, sino si nos sirven para tener más  serenidad, más  sosiego, mejor criterio para negociar nuestras relaciones, más  agudeza y mejor comprensión para dirigir nuestra vida y aumentar nuestra felicidad.

Lo otro no es más  que escapismo inútil, es agacharse para recoger una moneda de cinco céntimos y con ello perder la cartera con todo dentro. O sea el negocio de Roberto con las cabras, que cuantas más vendía más  perdía.

Uno de los efectos indeseados de nuestra permanente búsqueda, es el tan de moda el sincretismo. El sincretismo es una herramienta facilona de reestructuración de nuestro pensamiento rector consciente. Consiste en ir haciendo un acopio de distintas ideas de los diferentes sistemas culturales, en función de nuestro criterio. Pero este método que todos utilizamos muchas veces, contiene un grave error.

Si nosotros tenemos diez coches y de cada uno de ellos escogemos los componentes que aisladamente son superiores y con ellos montamos un coche nuevo, posiblemente ese coche aunque esté hecho de grandes componentes sufra de problemas estructurales y de coordinación de dichos componentes.

Por ello es necesario hacer un esfuerzo de sistematización y de coherencia personal. Y ese es el gran papel que tiene la cultura en el futuro. Una cultura, que deje de mirarse al ombligo y empiece a pensar en cómo ayudarnos a la gente que tanto lo necesitamos.

Carl Jung, hace sesenta años señalaba que vivíamos en ese momento, (y hoy la situación se ha agudizado), una situación similar a la de la antigua Roma, y así “cunde una desorientación tal que cada cual, ansía una verdad simple o unas ideas generales, que no hablen solo a la cabeza sino también al corazón (el subconsciente), que den claridad al espíritu que las contempla y paz al inquieto empuje de los sentimientos. Y por eso al igual que Roma, importamos todas las supersticiones exóticas con la esperanza de descubrir en ellas el remedio correcto para nuestra enfermedad”.

Y no es que Jung estuviera en contra de la sabiduría oriental, con sus Upanishads, su Tao y su Buda, todo lo contrario. Él fue uno de sus mayores valedores en el mundo cultural occidental. Pero es que lo que para la mente preparada es valiosísima medicina del alma, para la que no lo está, (que somos la mayoría), es puro veneno de confusión y alienación.

Esa ansiedad da lugar a la proliferación de múltiples propuestas donde inevitablemente conviven honrados buscadores del camino, con falsarios y mercachifles que lo único que buscan es fama y dinero. Aprender a distinguir las voces de los ecos es nuestra primera misión en el proceso de mejora personal.

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21 comentarios

  • Asun Poudereux

    Gracias, Isidoro, por el enlace que incluyes y que ayuda tanto a quitar envoltorios que encubren  y desvían del Jesús  humano  y cercano que todos llevamos dentro y somos.

  • Isidoro García

    Amiga Asun y todos: Hablando de Enrique Martínez Lozano, coloco enlace de un artículo iluminador suyo, sobre la figura de Jesús: http://www.feadulta.com/es/art2col2.html.
     
     
     

  • Asun Poudereux

    Muchas gracias, Isidoro, por esta valiosísima reflexión, que hoy, por fin,  me he regalado en una segunda lectura pausada.  Hay tanta riqueza que no me puedo desentender de ninguna de las citas, porque en cada una está lo común a todas ellas, el  todo y la nada que somos.
     
    Desde luego que llevamos las gafas puestas condicionantes de nuestra visión que creemos liberada, y percibirlo,  más que saberlo,  quita mucho hierro y fijación.  
     
    Estoy contigo, que estamos tan solo empezando a descubrir con la ciencia lo que siempre el ser humano ha intuido y ha reflejado en diferentes mitos, que como símbolos que son,  la reinterpretación les da vigencia, y nos vuelven a sorprender.
     
    Y como si viniera a visitarnos  esta otra reflexión,  que adjunto,  a partir de la lectura del Evangelio de Juan 1,35-42, espero que la disfrutes junto a todos los atrieros. Un gran abrazo.
     
    En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo:
     Este es el cordero de Dios.
                    Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó:
     ¿Qué buscáis?
    Ellos le contestaron:
     Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?
    Él les dijo:
     Venid y lo veréis.
    Entonces fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
    Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo:
     Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).
    Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
     Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).
     
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    BUSCADORES 
     
    El ser humano ha sido definido como un “buscador”. Así lo entiende también el cuarto evangelio. Y parece que todos empezamos desde ahí: buscando…
    Al principio, sin saber bien qué, buscamos “estar bien”, “sentirnos mejor”. Y proyectamos la búsqueda “fuera”, en aquellos objetos, personas, títulos, ocupaciones…, que percibimos podrían satisfacer nuestra sensación de carencia.
    Antes o después, la vida nos mostrará que nada de fuera es capaz de “completarnos”, haciéndonos sospechar que tenemos que dirigir la mirada hacia nuestro interior.
    La búsqueda solo acabará cuando lleguemos al reconocimiento de nuestra verdadera identidad. Mientras estemos identificados con el yo, nos percibiremos como seres carenciados y nos sentiremos compelidos a una búsqueda ansiosa de aquello que supuestamente podría completarnos. Cuando, por el contrario, nos reconocemos como plenitud –pura consciencia-, la búsqueda cesa. Habremos descubierto que, como en un juego de espejos, el buscador es lo buscado.
    No solo eso. Venimos a descubrir que el buscador es un adicto al futuro, es decir, a huir del momento presente.
    Cualquier adicción nace del hecho de que percibimos el momento presente como “incompleto”. Y buscamos, por todos los medios, escapar de él. Este comportamiento nos introduce en una noria de insatisfacción y sufrimiento, de la que no saldremos, paradójicamente, hasta que no abracemos el momento presente tal como es.
    Lo que anhelamos no es la sustancia o la actividad, tampoco la huida a ninguna parte, sino la aceptación profunda del momento presente. La comunión que de verdad buscamos es la comunión con la Vida misma. Lo que de verdad anhelamos es una profunda intimidad con la experiencia del momento presente, la más profunda aceptación de todo lo que aparece en nosotros.
    Porque no somos un ser carenciado e incompleto, sino la espaciosidad consciente y perfecta, en la que todo ocurre, aparece y desaparece.
    Como enseñara Ramana Maharshi, “el único obstáculo a la Realización es la creencia de no estar realizado”.
    “Venid y lo veréis”, les dice Jesús a aquellos dos buscadores. “Entrad”, venid a “Casa”, reconoceos en la Vida que sois…; a partir de ahí, la Vida se seguirá desplegando, pero habréis dejado de buscar.
     
    http://www.enriquemartinezlozano.com

  • Santiago

    Mis felicitaciones Isidoro por tu interesante, documentado y detallado ensayo. No hay duda ninguna de que todos vivimos a fondo nuestra realidad humana….Como dices, los axiomas han caído. lo que no va a caer…lo que va a susbsistir no es lo puramente material….que se gasta y es efímero….en el crecimiento de la entropía…..sino lo que esta informado por el espíritu….en su interacción con lo biológico….De ahí aquello de que “vita mutator”…. no se acaba….sino que se transforma  “y disuelta la casa de nustra terrena morada, adquirimos eterna habitación en los cielos”…..La trascendencia que le falta a “las filosofías” solo se encuentra en el mismo Jesus de Nazaret…..Y eso es lo que ha perdurado…y va a persistir….

     

     

    Un abrazo   de Santiago Hernández

  • Pascual

    Cuando el sentido común es “sentido”, la lógica es la linea maestra que a manera de film de culto va deletreando, presentado, las secuencias y escenas con rigor y amabilidad. Tal es el artículo que hoy me ha permitido leer y disfrutar este familiar colaborador de Atrio, a quien doy las gracias porque, quieras que no, hay que organizar conceptos y desarrollarlos con la claridad con la que él lo hace.-Muchas gracias.

  • George R Porta

    Amigo Isidoro: Gracias por tu consideración delicadeza al aclararle a Antonio pero me alegra decirte que pudiera suscribir sin dificultades lo que afirmas. Un abrazo.

  • Isidoro García

    Amigo Antonio Vicedo. Del párrafo citado, solo es de George la primera frase (“la raíz del ser humano haya una como continuidad universal con el resto de la naturaleza”). Lo señalo porque es posible que George no esté de acuerdo con el resto del párrafo citado, que es de mi exclusiva responsabilidad.
     
    Lo que vengo a decir es que la trayectoria de la humanidad, (la especie homo sapiens sapiens),  en la historia, no puede desarrollarse más que dentro de las Leyes Generales que rigen el Universo, “como el resto de la naturaleza”.
     
    Y que por eso es inevitable que la trayectoria histórica de nuestra especie, vaya en el sentido de ir prosiguiendo su evolución hacia una Superhumanidad, una nueva especie inteligente, en la que cada humano, como nosotros, además del perfeccionamiento de nuestras deficiencias de diseño y de las circunstanciales personales de cada uno, estemos coordinados, imbricados e integrados en una organización común, que produzca una sinergia espectacular, de tal manera que el conjunto sea mucho más que la suma de sus integrantes individuales, (que es lo mismo que viene sucediendo en la naturaleza, con todas las integraciones de elementos individuales).
     
    Y estas especulaciones científicas, que pueden ser más o menos acertadas y lúcidas, parece que vienen confirmadas con lo que se puede interpretar de la teosofía esotérica de Pablo, con sus referencias al Cristo Cósmico = Cuerpo místico de Cristo.  (Pablo debió recibir unas buenas lecciones sobre el tema en las apariciones de Jesús que tuvo, pues si no, no se explica de donde lo sacó).
     
    La ciencia está en las puertas de lanzar un enorme chorro de luz sobre todas esas frases paulinas, otorgándoles una credibilidad, que ahora solo estaba reservada como acto de fé personal. Hasta ahora científicamente hablando, “No hay conciencia sin base biológica”. Pero ya se anuncia que en no más de treinta años, (¡¡30!!), este axioma caerá, como cayó, lo de que la Tierra era plana, o que era el centro sobre el que giraba el Universo.
     
    Cuando caiga este nuevo “muro de Berlín”, todo lo veremos de otra manera. La existencia de conciencia en base silicio u otro soporte material, abrirá el camino hacia la cuasi inmortalidad de la mente humana, y hacia la posibilidad de que el Mundo espiritual, sea algo más tangible de lo que ahora creemos, incluso los creyentes.
     
    Dice Pablo en II Corintios, 5, 1-7. “Sabemos que si nuestra casa terrestre que es una tienda, (el cuerpo humano), se destruye, tenemos un edificio que es obra de Dios, una casa eterna en los cielos, no hecha por manos del hombre. (…)”.
     
    Esa “casa eterna en los cielos”, sería una segunda residencia de nuestra mente humana, (el llamado “espíritu”), sobre un soporte indestructible, y radicado “en los cielos”, y “no hecha por manos del hombre”. Imaginaos con un poco de imaginación, lo que podría hacer un buen informático con todos esos “archivos”, conteniendo en cada uno una mente humana inteligente creativa, mediante un potente software integrativo y cooperativo: un auténtico maquinón, una Supermente, llamada “Cristo”, dentro de la cual nosotros existiríamos creativamente, como lo hacen cada una de las células del cuerpo de un ser vivo pluricelular.
     
    Sé que para muchos, (sobre todo los mayorcitos), esto es demasiado. Y sé también que publicando esto, pierdo ya definitivamente el poco prestigio que le pueda quedar a mi salud mental en este foro. Pero me gustaría que releyerais de nuevo el “¿Vida eterna?” del tan de actualidad Hans Küng, y veréis como estoy menos loco de lo que parece. O al menos de que no soy el único.
     

  • Antonio Vicedo

     
    Isidoro y George, al proponer: -(en “la raíz del ser humano haya una como continuidad universal con el resto de la naturaleza”; y para los cristianos, esa es la fórmula para realizar la travesía histórica de la construcción del Reino de Dios = la nueva especie de superhumanos – “divinos”; y a los cristianos no nos debe asustar usar este adjetivo, pues ya creemos que Jesús es un anticipo en el tiempo, de ese futuro final, y por eso creemos que Jesús es “Dios” )
    ¿Habéis tenido en cuenta lo que siguió siendo Jesús durante el intermedio, desde el momento de su muerte, al de su resurrección?
    ¿Cómo encajar esa situación con lo que exponéis de futuro o futurible para todos los seres humanos?
    ¿O la ciencia nos acompaña hasta el momento de la “muerte” y la fe ya está acompañándonos, explicita o implícitamente, en la dimensión humana que se prolonga desde el momento (por ahora indeterminado) de la real concepción humana de nuestro ser, hasta la vida eterna que concluirá, como la de Jesús, ahora, en la universal resurrección humana?
     
    Interesante esto para encajar la evolución de la energía en su proceso de materialización hsta la PLENITUD implicada en aquello de Pablo: Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos, siendo siempre de Él imágenes y semejanzas consideradas por Él, ABBA, permanentemente HIJ*S por adopción.
     
    Y según esto, la búsqueda y realización de SU REINO por SU JUSTICIA, quedaría en la práctica coherencia de nuestros comportamientos y actitudes a nuestra específica condición de seres racionales libres y responsables, en condición de SUJETOS inalienables, en plenitud de VIDA y AMOR.
     
    Porque a mi me parece, desde la ciencia y la fe referidas a lo mas claro del testimonio y mensaje de Jesús, que desde esa coherencia práctica a lo que somos igualmente l*s human*s, la vida de la Humanidad alcanzaría aquel grado de perfección y plenitud progresiva para la que está dotada de capacidad; capacidad que queda bloqueada o desviada por la falsedad con que concebimos CUALIFICABLE DESIGUALMENTE la REALIDAD de LOS SERES HUMANOS.
     
    O sea, que el inhumanismo de la Humanidad es consecuencia de la falsedad con que ,por afán de poder competencial relacional, y falta de verdadera y real HERMANDAD, consideramos a los SERES HUMANOS DESIGUALES y como DESIGUALES, práctica e injustamente, nos tratamos

  • Blas F. Lara

    Isidoro
    Muy contento de leerte. Y muchos comentarios que hacer. Estoy muy apretado  de tiempo, y preparaando un viaje. Pero te  comentaré.

  • George R Porta

    Gracias por tu Amistad, Amigo Isidoro. Yo soy cristiano o me considero tal. Solo tengo la esperanza muy acendrada de que las promesas atribuidas a Jesús en los Evangelios se cumplirán y la esperanza, por tanto, de que Jesús sea auto-revelación de la Divinidad y que ésta exista. Pero te escucho con gusto y gratitud hablar desde tu fe. Te ofrezco un abrazo cordial.

  • Isidoro García

    Amigo George: Escribes tu intuición de que en “la raíz del ser humano haya una como continuidad universal con el resto de la naturaleza”. Esa es la base-clave de la filosofía evolucionaria-teilhardiana.
     
     
    La idea es, que como no tenemos otras referencias mejores, ni más claras, para discernir sobre los temas humanos, (incluidas para los creyentes, la revelación, que trata fundamentalmente de la historia y situación del humano respecto al resto del Cosmos, y por ello es de naturaleza simbólico-dogmático, pero no ético-moral), necesitamos discernir esa ética humana apoyándonos en esa “continuidad universal con el resto de la naturaleza”, que tú señalas.
     
    Considerando que somos unos integrantes más del Universo, y que por tanto rigen en nosotros las mismas Leyes generales del Universo, estudiando en detalle dichas Leyes, encontraremos una guía estable y fuerte en la que basar nuestra ética. Pues todo lo que se construye contra natura, más tarde o más temprano no prevalece: no se puede estar constantemente luchando contra la corriente. Esa es la filosofía que está detrás, (creo) del artículo reciente de Blas Lara, y los comentarios al mismo.
     
    Y al mismo tiempo, esa filosofía es totalmente compatible con la Ciencia y el mundo moderno, pues antepone siempre, (como no podía ser de otra manera), la Ciencia a la Revelación religiosa, no porque esta se demuestre falsa, sino porque se estima que cuando se contrapone a la Ciencia, o la hemos malinterpretado, o ha habido algún  error en la cadena de transcripciones desde su origen primitivo.
     
    Por eso el cristianismo del futuro, al igual que el resto de las religiones, deberían estar dirigidos no por teólogos, sino por científicos. Porque en el final de los tiempos, los objetos de la religión y los de la ciencia coincidirán. No creeremos, conoceremos, (ya lo decía San Pablo con otras palabras), y la religión se estudiará en la Historia científica del Cosmos. Y la historia de las religiones será un capítulo de la historia de la Ciencia, como ahora están Hipócrates, o Paracelso, en la historia de la Medicina.
     
    Y además estudiando la historia de la evolución en el Universo, comprobamos, (con alegría y satisfacción), que la tendencia general es la de la cohesión y la cooperación de elementos del Universo, para formar elementos más complejos y desarrollados, (ejemplos de átomos-moléculas, seres unicelulares-pluricelulares, etc.). Toda complejización viene producida por la integración y cooperación de elementos anteriores más sencillos.
     
    Lo cual parece indicarnos que el camino hacia la evolución de la especie humana actual a otra más perfeccionada y compleja, pasa inevitablemente por la cooperación y la solidaridad mutua. Lo cual por otra parte es lo que han dicho los grandes maestros religiosos y filosóficos de la humanidad, y para los cristianos, esa es la fórmula para realizar la travesía histórica de la construcción del Reino de Dios = la nueva especie de superhumanos – “divinos”. (Y a los cristianos no nos debe asustar usar este adjetivo, pues ya creemos que Jesús es un anticipo en el tiempo, de ese futuro final, y por eso creemos que Jesús es “Dios”).
     

  • George R Porta

    Primero que toda otra cosa, Isidoro, es agradecerte de corazón por este artículo que me ha sido y es de gran ayuda. Desempolvas algunos nombres y sus dichos que he ido olvidando un tanto injustamente por lo mucho que les debo. Arrojas luz sobre otros a los que nunca les presté atención o a quienes no conocí a tiempo por falta de acceso durante los veinte cruciales años de mi juventud en los que estuve restringido a unas pocas ideas y filosofías.
     
    Copio un texto de tu artículo que deseo comentar: “Se pueden determinar unos valores humanos verdaderos, universales y permanentes, pero no su orden jerárquico de preferencia. No se puede encontrar un principio ordenador universal que permita escoger de forma racional entre ellos. Y esto no solo vale para cada persona, sino también para una misma persona a lo largo de la vida”.
     
    No pudiera estar más de acuerdo contigo en que pueda haber unos valores humanos universales y permanentes. Tal fuera el caso de aquellos valores que motivan (propósitos u objetivos) a conductas que nadie en su sano juicio rechazaría, por ejemplo la Bondad y sus frutos. Es muy difícil preferir a la Maldad y sus engendros. No es ésta cosa cultural. Los animales y las plantas y los minerales, cada uno a su manera, agradecen y disfrutan del trato bondadoso y del mismo modo quizás rechacen el mal trato.
     
    Humanamente hablando, solo en el contexto de las desviaciones y la patología (moral, psicológica, filosófica) hay quien disfrute del dolor o de lo sádico/masoquista. El cobre, por ejemplo que no puede competir en la joyería con el oro o la plata, también parece agradecer un masaje cuidadoso que le dé lustre resaltando sus colores, a menudo realmente bellos. En mi imaginación una excelente metáfora de la gratitud.
     
    Es este modo de sentir y pensar el que me hace imaginar que pueda haber una especie de base mínima de valores que no se puede separar por su carácter radical. Me refiero a la Bondad (se la puede llamar de otras formas) y a la Belleza. Son como los elementos más simples de una posible escala de valores teleológicos.
     
    Son comparables a los átomos en Química, para utilizar una metáfora que me es cercana y de su combinación íntima pueden surgir otros valores quizás de creciente complejidad: La Compasión, la Justicia, el Servicio, la Mansedumbre, etc. (del predominio de la Bondad); y la Verdad, la Libertad, la Parsimonia, la Humildad, etc. (del lado de la Belleza).
     
    Quizás sea arbitrario, pero me parece que a la raíz del ser humano haya una como continuidad universal con el resto de la naturaleza que se puede reconocer en la diada Bondad-Belleza que origina una creciente complejidad ético-moral y que obliga al continuo discernimiento de las motivaciones entendidas no como causa sino como propósitos.

  • Javier Pelaez

    Honorio,y dale con el respeto….Yo me he metido con Podemos,no con Luther King.Ah,no que Pablo Iglesias es negro,como el tizón….

  • h.cadarso

    Pues sí, amigo Peláez y amigos todos, este tema de Isidoro es un extraordinario regalo de Reyes. No te preocupes, Isidoro, por su largura; a mí de entrada me dió la impresión de que no iba a aguantar hasta el final, pero lo leí de un tirón y cada vez más apasionado por su contenido. Gracias, muchas gracias. Unido a lo de Blas Lara y a los comentarios a ambos temas es un compendio de sabiduría y humanismo, y me atrevería también a añadirle el tema de Arregui sobre los Inocentes…
    Tendré que leerlo varias veces más, y digerirlo hasta donde sea capaz. De momento pienso que me equivoco cuando critico a Atrio por contenidos demasiado teológicos o de sacristía. Porque en este caso los tres, Lara, Isidor, Arregui, y los comentarios, os habéis mantenido en ese territorio que yo diría es común al cielo y la tierra, en el que espíritu y materia parecen ser un todo indivisible…
    Esa llamada que se desprende de los tres hilos a hacer nuestra lectura de los libros sagrados, de las enseñanzas de la vida, y nuestra propia síntesis de todo ello, y a desistir de una vez de asimilar los textos que nos son dados como puras cotorras repetidoras, como recetas prefabricadas y curativas “ex opere operato”, me parece la conclusión definitiva de todo lo que nos decís.
    Sí al evangelio, sí a la Escritura, pero solo tras una lectura  profunda y una asimilación de lo leído en la sustancia de nuestro ser espiritual y temporal.
    Me falta añadir a los tres, Isidoro, Lara, Arregui, al artículo de Tamayo sobre el machismo imperante en las estructuras eclesiales. Me da un poco de miedo que entre los cuatro casi casi nos dejáis sin Iglesia y sin Credo, pero me confortan testimonios como los de Ana, Pilar, mi paisana Olga Larrazabal y muchos de vosotros a los cuales estos escritos de Atrio os ayudan a encontrar el camino al final del cual se encuentra a Jesús-Dios con nosotros.
    La verdad, amigo Pelaez, yo creo que esta iglesia que definen estos textos de Atrio y parecen vivir nuestros amigos atrieros se merece realmente, si no nuestra adhesión, al menos nuestros respetos.
    Esa iglesia rebelde y honesta que busca el Reino de Dios a lo Bartolomé de las Casas, a lo Ignacio Ellacuría, a lo José Bergamín, a lo Dietrich Bonhoeffer, a lo Luther King y tantos otros, que desde luego son un diminuto grano de mostaza al lado de tanta morralla como efectivamente se disfraza de Iglesia de Jesús y le traiciona cada dos por tres.
    Y perdonen los disparates que pueda contener mi alegato.

  • olga larrazabal

    Nada de perdones, Isidoro, te doy las gracias, ya que lo que tu planteas es lo que lleva revolviéndome el seso hace rato, digamos que a partir de los 6 años de edad….Y tu has sido capaz de agarrar el tema, ponerlo en simple, redondearlo, y regalarlo para que otros lo mediten.
    Mi última chifladura fue buscar donde comenzó el mito que nos tiene agarrados a 2/3 de la Humanidad, Judíos, Cristianos y Musulmanes.  Descubrí que fue Zoroastro el gran inventor, o por lo menos divulgador de las nociones de Un solo Dios Omnipotente y Espiritual, Cielo, Infierno, Alma Inmortal, Premio y Castigo Final, Jerarquías angélicas y ángeles de la guarda, Satanás, purezas rituales,ritos purificadores, y una ética proveniente de este dios omnipotente que vive lejos en los cielos. etc, etc
    Y esto lo hizo, según la experta en el tema Mary Boyce, por lo menos 1000 años AC y se extendió por el Medio Oriente con la invasión de Medos y Persas de donde pasó al Judaismo y a la fiosofía griega y floreció como religión en el Mitraismo de los primeros siglos del Cristianismo donde persistió en el Maniqueismo y quedó enterrado en el mundo cristiano, judío y musulmán.
    Y aunque nos declaremos ateos, agnósticos o indiferentes, este gran mito nos envuelve porque está contenido en el lenguaje, en las fiestas de la comunidad y en los ritos de paso de la vida humana.  Y claro, para muchos el mito no satisface, pero es el que hay, y es difícil visualizar otra cosa.
    De todos modos tu artículo es punto de partida para una reflexión profunda y honesta, lo que se te agradece.
     

  • ana rodrigo

    Mi querido Isidoro, unas  cositas: enhorabuena por este tratado más que artículo, sobre un tema, para mí,  tan apasionante.
     
    Ciertamente la extensión del mismo hace difícil centrarse en un  comentario dado el interés de tantos aspectos como tratas.
     
    Y, finalmente te pongo una pega, que puedes imaginártela, el uso y abuso del tèrmino hombre referido al ser humano.
     
    En otro momento haré un comentario sobre lo sustancial del post.

  • Isidoro García

    Por cierto Román. Ese Wu, (John C. H.), no era el cardenal, sino un intelectual chino de 1899-1986, que incluso fué embajador en la Santa Sede de 1948-49, y colaboró con Thomas Merton, (este le escribió prólogos de algunos libros), y al que en su libro “El Camino de Chuang Tzu”, le señala como su gran maestro en la cultura china, al igual que Suzuki lo fué para el zen.

  • Isidoro García

    Amigos compañeros: ha habido un lamentable error, e involuntariamente os he traído un regalo de Reyes, demasiado largo, y sin acabar de “afinar”. Si os fijais bien, yo huyo de lo excesivamente largo, porque se que a partir de un límite, hasta el pastel más exquisito, cansa. Se lo mandé a Antonio, de cara a fraccionarlo en un futuro, pero nos lo ha puesto todo de golpe. Así que os pido paciencia. Perdonad el “rollo”. Gracias.

  • Román Díaz Ayala.

    Precioso regalo de Reyes,
    que he leído con fruición aunque abrumado por las citas.
    Este John Wu, ¿no será el cardenal chino fallecido en 2.002?

  • Javier Pelaez

    Artículo trabajadísimo e inteligente…

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