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 La discreta realidad

Tal vez alguien agradezca que cerremos temporalmente hechos y opiniones sobre cuestiones debatidas hoy en España y elevarse a cumbres filosóficas. Eso hacemos hoy con dos artículos. El de Mariano, aquí, más largo, sobre persona y creencias como creadores básicos de realidad. El segundo de Carlos Díaz que esta vez no se reduce a humor sino a rflexionar sobre el infinto. Realidad e infinito. ¡Vaya temazoz! AD.

        Si la claridad es la cortesía del filósofo como solía decir Ortega, deberíamos añadir a continuación que la discreción debería ser la cortesía del científico, pero tengo para mí la sensación de que ésta no es la norma genérica en ambos casos, y aún menos cuando nos trasladamos al ámbito de la vida social e institucional donde la confusión y la impudorosa indiscreción cabalgan a sus anchas.

        Ambos conceptos (claridad y discreción), son principio de racionalidad no solamente en ambas disciplinas, también lo deberían ser para toda relación personal que busque el encuentro con la realidad y la verdad de dicha realidad en su vivir cotidiano, porque verdad y realidad en la persona se reclaman mutuamente. No hay otra pregunta más importante que ésta, sobre todo para la vida personal que la de preguntarse por la razón de su propia realidad, de su propia existencia a través del principio de razón suficiente. ¿Cómo alcanzaríamos a saber que alguna realidad pudiera existir con una existencia verdadera si no hubiera, al menos para nosotros, una razón suficiente o una causa para que dicha realidad fuera así y no de otro modo?

        Tanto en el filósofo como en el científico, ambas palabras son metafóricas, es decir apuntan más allá de lo que dicen, precisamente porque lo que quieren alcanzar es inobjetivable e inobjetable y por tanto innombrable. La verdad y la realidad siempre han sido y siguen siendo objeto de muchas discusiones no ya filosóficas y científicas siendo ambas las palabras más usadas y nombradas en nuestra praxis cotidiana. Son palabras domésticas, pero no domesticables. Palabras que a la vez que se resisten a ser enclaustradas por otras palabras, y que nos enseñan machaconamente, poco a poco, con claridad y discreción, sin obligarnos, sin forzarnos, algo que nosotros también machaconamente y constantemente reusamos por nuestra petulante altanería de querer situarnos por encima de ellas.

        Si en la cumbre de la actual razón científica, la física cuántica, y en su hija causal, la mecánica cuántica, que es quien corrobora experimentalmente a dicha teoría, se afirma rotundamente que toda realidad tanto material como energética e inmaterial es discreta, es decir, se guarda para sí su más íntima intimidad poniendo ante nuestra razón y precisamente gracias a ella, un muro de contención insalvable bajo el calificativo de muro de Planck, perdiéndose a partir del mismo toda noción de realidad dejándonos sin palabra alguna (asombrados), y si por otra parte, en la razón filosófica, la epistemología, que se ocupa de la trastienda de la razón científica, de los fundamentos de veracidad de dicha razón, acaba por asumir el carácter eminentemente “convencional” de los axiomas matemáticos y de los principios de las teorías físicas más ampliamente aceptadas como científicas; es decir que la verdad, la auténtica verdad que busca la razón para dejar de ser una mera opinión y pasar a ser un conocimiento absolutamente cierto, se fundamenta en un consenso, en un acuerdo de mayorías frente a otros desacuerdos en minorías, como por ejemplo acontece con la interpretación de Copenhague en este caso de la física cuántica. Sinceramente creo que no hacían falta tantas alforjas para un trayecto tan corto.

        ¿Se podría agradecer la vida simplemente con el principio de gratuidad, como un regalo, como un don, sin filosofías, sin razones científicas, sin pruebas experimentales que la corroboren, es decir sin tener que acudir a un análisis desmenuzándola en partes en las que se acaba perdiendo el propio sentido de realidad, acudiendo al principio de “Persona necesaria y suficiente” en vez de ese otro principio racional del que toda persona es portadora, siendo la razón consecuencia y no causa de su existir, puesto que la persona es la unidad nuclear desde la que toda realidad toma vigencia, y cuyo sentido se desplegase al final de nuestras existencias.?

        La persona no es un “qué”, es un “quién” que demanda a un Quién necesario y suficiente. Toda cosa demanda una causa previa a la cosa, desapareciendo ésta en un límite de causas sin fin.Porque lo cierto es que sublimando toda cosa hasta su última determinación llega un instante en que la ciencia acaba sin acabar la cosa”. Realidad y sentido « ATRIO

        De igual forma si no queremos degradar a cosa la realidad persona, hemos de afirmar que toda persona demanda una causa homogénea a su ser que sea su única causa suficiente y por tanto necesaria, es decir su razón suficiente de ser persona y que al igual que en la cosa no reside la causa de sí, en la persona tampoco reside en sí su razón de sí.

        En este punto último, la mecánica cuántica, en contra de la mecánica clásica, concluye categóricamente que, en el mundo natural no siempre existe una realidad detrás de cada acontecimiento a no ser que estemos dispuestos a admitir un pandeterminismo universal. ¿Qué hacer entonces? ¿Con qué carta nos quedamos? ¿Con el realismo a toda costa asumiendo dicho pandeterminismo universal, o a medias, unas veces si y otras no, o mejor dicho, nos quedamos con un mundo donde hay ciertas carencias de realidad como fundamento de la misma o al menos como fundamento ontológico? A partir de este punto, debería quedar claro que la mecánica cuántica, exponente máximo actual de la razón científica, no puede ser completada con ningún tipo de realismo, ni local ni no local; con ningún tipo de realismo a secas. (Quien se interese por la veracidad de esta afirmación, que se asome a la demostración de la violación reiteradamente observada de las desigualdades de Bell, lo tiene fácil solo con asomarse a internet encontrará la interpretación sin necesidad de ser un experto en la materia).

        Esta realidad que nos presentan la ciencia matemática y las ciencias físicas si bien son una representación magnífica del mundo se quedan en eso, en una representación, al igual que un cuadro del hiperrealismo no alcanzan a sustituir a la realidad que está representando, o como la escultura del David tampoco es el David en persona.

        En resumen, todo conocimiento científico a pesar de su indudable relación con los fenómenos observables, más pronto que tarde nos conducen a situaciones paradójicas. Las ideas matemáticas son así como una metáfora de la verdad y las de la física como otra metáfora de la realidad. A las profundidades esenciales de ambas solo nos aproximamos metafóricamente.

        Si la existencia es el lugar desde el que narramos la vida, la negación de la vida sería el mayor error de nuestras existencias. La negación de la vida es la propia negación del principio de realidad, del principio de racionalidad, del principio de razón suficiente, y esta negación nos llevaría al escepticismo extremo y al absurdo de una existencia irracional, cosa que aparentemente hoy en día nos está aconteciendo sin que lo percibamos y que sería digno de una reflexión a fondo.

        Si después de esta tosca y mutilada reflexión se me hace la pregunta que la ha motivado, “de si es posible que una computadora pueda acabar teniendo conciencia”, estoy seguro querido lector que su confusión habrá llegado al límite, preguntándose qué tiene que ver todo esto con tal pregunta. Precisamente en uno de los encuentros que he tenido este més de agosto pasado con un grupo de amigos en los que es habitual de cuando en cuando preparar reuniones animadas entre otros aspectos por un coloquio sobre temas de actualidad, se me invitó a que sometiese mi opinión al respecto y que abriese un diálogo participativo.

        Es evidente que no lo empecé como aquí lo acabo de hacer, pues me fui directamente a los argumentos científicos a favor y en contra, repletos de teorías y citas, pero pronto observé el grado de saturación comprensiva de algunos muchos, percibiendo que estaba perdiendo el tiempo empleando los mismos argumentos científicos que la propia filosofía de la ciencia cuestiona, modulando entonces mis argumentos y que posteriormente en el coloquio se fue desplegando por otros derroteros menos científicos, más domésticos (pragmáticos), y más creíbles en los que se evidenció que la realidad y su verdad se asienta fundamentalmente en las creencias y no en las razones científicas, confirmando la expresión de Laín Entralgo de que las creencias son el hábito esencial de la existencia humana, su hábitat, coincidiendo con Ortega en aquella expresión de que “Las ideas se tienen pero en las creencias se está”.

        Pedro Laín en su libro: “Creer, Esperar, Amar”, desarrolla una teoría general de la creencia, en la que afirma que la necesidad de creer es innata en la persona, es decir no es algo contingente y sobrevenido posteriormente, forma parte intrínseca de su ser existencial, es condición necesaria de la existencia personal, es como el “gen de su existencia biológica”, pero en este caso sería el “gen de su existencia biográfica”, ya que como hemos dicho: la existencia personal es el lugar desde donde se narra la vida. Si con el primero se condiciona y determina su fenotipo y todas sus patologías, con el segundo se condiciona y determina su biografía, también con todas sus patologías (errores), su forma de ser, estar, ver y construir el mundo.

        En el coloquio se evidenció la situación paradójica antes anunciada en la que los argumentos expuestos por los participantes chocaban muchas veces frontalmente con las descripciones y afirmaciones científicas, y en muchos otros casos al sintetizarlas en forma de creencias habiendo sido previamente incapaces de analizar y entender racionalmente sus desarrollos teóricos, evidenciándose que en el fondo de su psiquismo mandan las creencias, su punto de apoyo siempre es la creencia. No podemos evitarlo, siempre empezamos diciendo: Yo creo en.…, Yo creo a…., Yo creo que…

        Es común la facilidad con que nos tragamos las denominadas verdades científicas sin la más mínima crítica simplemente porque ponemos nuestra confianza en quien las dice, pues solo la creencia nos da el sentido de realidad, corroborando así el carácter innato de la misma en la persona.

        La persona en la profundidad más intima de su ser, en sus entrañas, en su inconsciente, late la necesidad de creer. Su vivir es un vivir de crédito continuo atenido a sus creencias. J. Marías también se suma a los nombres ya citados anteriormente manifestando en este contexto que en la persona al vivir fatalmente cercada de incertidumbres tiene que vérselas con lo que no le es presente ni dado, siendo por necesidad existencial la creencia el lugar de la realidad o, mejor dicho: el punto de apoyo de su realidad, de su seguridad.

        Que el estrato más profundo del ser humano sea la creencia, no impide que en la realidad exista un fondo metafísico al que ni siquiera nuestras creencias puedan alcanzar, como añadiría Ortega. En este punto también añadía que la duda no es lo opuesto a la creencia, sino un modo distinto de creer, en la que pugnan dos creencias pues en el fondo creemos en nuestra duda…

        Tanto esfuerzo en buscar la realidad y su verdad en la razón, cuando al final en nuestra praxis cotidiana, en nuestras relaciones personales, en nuestras decisiones domésticas, predominan fundamentalmente nuestras creencias. La propia ciencia psicológica nos ayuda a entrar en este mundo del subconsciente, aún con muchos espacios por descifrar.

        ¿Para qué queremos un ordenador con conciencia si ya lo tenemos en nosotros mismos?, ¿para que nos haga la competencia y ampliemos el ámbito de conflictos?, ¿acabarían ellos desarrollando sus propias creencias y sus propios interese?, ¿o somos tan ingenuos de creernos capaces de elaborar finalmente un software en el que el bien eliminase al mal…?

        Este intento es semejante al que inventó la mantequilla, pues ya la naturaleza se encarga de forma aparentemente espontánea tras la fecundación, la gestación y la crianza el poner un ser con conciencia en la realidad. Este intento no es nada nuevo, es el eco del deseo primigenio del ser humano, sus ansias, no de ser como Dios, sino de ser el propio dios y que, al no poder serlo en persona, lo quiere crear artificialmente para utópicamente tener poder sobre él. No quiere matarlo como decía Nietzsche a todos los existencialistas del nihilismo, quiere dominarlo para demostrar su supremacía. Inconscientemente el hombre no puede prescindir de Dios, aunque conscientemente lo niegue, lo que en sí es otra evidencia de su creencia en él.

        Dejo abierta esta reflexión para que quien quiera opinar sobre la cuestión que muchos aquí en Atrio también han sugerido sobre la posibilidad o no de que un ordenador, computadora o artefacto con la llamada I.A pueda llegar a tener conciencia, no sobre los argumentos aquí expuesto y sí sobre la pregunta en cuestión bajo sus propias creencias. Esta pregunta abre colateralmente muchas otras preguntas y es el caso que las respuestas que demos condicionan y determinan la praxis con la que consumimos nuestras energías vitales. No es nada trivial la cuestión.

        Hay un dicho popular que afirma que: No hay mal que por bien no venga. ¿Será preciso realizar la travesía del mal para que alcancemos el bien y se cumpla ese otro dicho también popular de que, “cuanto peor mejor”?

        Acabo mi reflexión, por aquello de darle a todo lo expuesto un cierto aire de misterio, que es el motor que activa nuestras neuronas, afirmando que la mente humana contempla a la realidad y al fondo de sus esencias como un enigma racionalizable, pero sin dejar de ser enigma.

        Si el saber humano comienza por un asombro que conduce a la pregunta y termina en una pregunta que nuevamente le conduce al asombro, nos incita a penetrar racionalmente en él, pero no debiendo perder de vista que nunca dejará de serlo y que la única razón de su razón está en sus creencias, creencias que tampoco agotan la realidad y nos llevan a la pregunta ya enunciada al principio de esta reflexión, para poder aceptar como razón necesaria y suficiente de nuestras existencias y de toda existencia, a la Persona necesaria y suficiente como don gratuito y cuyo sentido se desplegará ante su presencia.

        ¿En qué o en quién pone querido lector las credenciales de la realidad de su existencia y de todas las realidades que le circundan.

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