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Un lenguaje coherente con un testimonio eclesial creíble


De Colombia nos llegan hoy dos noticias positivas. El pacto de paz con el último movimiento guerrillero que seguía activo. Y el encuentro de los cuatro niños perdidos en la selva desde un accidente de aviación hace 40 días. Pero también un artículo como este de Olga que desmonta la manipulación del lenguaje que usan los ultraonservadores (“indietristas” les llama Francisco) para para detener la  compresión compasiva ante personas hasta ahora denigradas, como las muejres en general. AD.

En estos tiempos se ha tomado conciencia de la importancia del lenguaje porque este no es neutro. El lenguaje crea realidad y modela nuestro mundo, nuestra vida. La fuerza del patriarcado ha estado también en el lenguaje masculino que lo sostiene. Por eso, una de las luchas actuales es por un lenguaje “inclusivo”, es decir, que incluya a las mujeres, las visibilice, normalizando que hablar en femenino es tan normal como hablar en masculino. Por poner un ejemplo, si en una sala hay pocas mujeres y muchos varones se dice “nosotros” y es aceptado tranquilamente pero cuando hay pocos varones y muchas mujeres y se dice “nosotras”, hay una sensación de que se ha ofendido a los pocos varones allí presentes, y se hace rápidamente la corrección: nosotras y nosotros.

Por eso, aunque a muchas personas les parece innecesaria esta reflexión sobre el lenguaje, en realidad, es imprescindible, también para derrocar al patriarcado y para acostumbrarnos a oír que hay “teólogas” (y no sólo teólogos), “presidentas” (y no solo presidentes), juezas (y no solo jueces) y así, sucesivamente, tantas profesiones y tantos espacios que son ejercidos por mujeres, pero que, al no nombrarlas, seguimos invisibilizando todo este mundo femenino, ya presente en las esferas que tradicionalmente solo habían sido ocupadas por varones.

Sobre el lenguaje inclusivo se han escrito muchas cosas y no faltan los que, invocando a la Real Academia de la Lengua, se oponen a tal lenguaje porque creen que daña el idioma y que no hace falta. Parece que el idioma es propiedad de tal entidad y olvidan que el lenguaje es algo vivo que expresa la vida concreta y por eso cambia, como cambian las personas, los contextos, las situaciones.

Pero este aspecto del lenguaje inclusivo no es el único que vale la pena comentar. También es bueno revisar el lenguaje que se usa en los ámbitos eclesiales, preguntándonos si, realmente es el más adecuado. Cabe anotar que en la iglesia como, en la sociedad, existen protocolos que “obligan” a seguirlos, so pena de cometer faltas contra lo establecido y no ser bien visto. Ahora bien, todo protocolo es fruto de decisiones humanas que por circunstancias concretas se estableció para garantizar cierto orden y jerarquía, tal vez necesario para mantener las relaciones sociales. Sin embargo, mirándolo desde el punto de vista del testimonio, se pueden hacer preguntas legítimas. En verdad ¿es necesario usar títulos nobiliarios como excelencia, eminencia, santidad, monseñor, etc., para relacionarnos en los ámbitos eclesiales? ¿no sería más del evangelio dejar el uso de títulos nobiliarios para ámbitos civiles (aunque también sería bueno erradicarlos), pero no usarlos en los espacios eclesiales, donde se pretende vivir la igualdad fundamental de todos los bautizados? aquello de no ser servido sino servir, ¿puede entenderse con esa manera de nombrar a los ministros ordenados? Sinceramente cada vez resulta más contrario al evangelio seguir manteniendo dichos títulos, en estos tiempos donde la gente se aleja de la iglesia, por muchas causas, pero también por ese estilo tan clerical, clasista, elitista, que muchos clérigos exigen. No puede ser normal que la mamá de un jerarca ya no llame a su hijo por el nombre, una vez que es ordenado -como lo he visto en algunas diócesis- o que después de años de tratar a un seminarista por su nombre propio, haya que comenzar a usar dichos títulos, cuando recibe el ministerio ordenado, porque lo exige y se ofende si no se le llama de esa forma.

La iglesia no debería olvidar que el seguimiento de Jesús implica que “ya no hay que dejase llamar Rabbi, porque solo uno es el Maestro y todos son hermanos y hermanas; ni llamar a nadie Padre porque solo uno es el Padre, el del cielo (Mt 23, 8.9). Conviene, por lo menos, pensar todo esto, para que el lenguaje no traicione lo que se pretende testimoniar.

Siguiendo con esto del lenguaje en los ámbitos eclesiales, también hay otros títulos que se usan en la vida religiosa tales como, madre superiora, responsable, madre maestra, superior, reverenda madre o reverendo padre, etc., que también podrían revisarse. Hay comunidades que ya lo han hecho y se tratan con mucha naturalidad, pero todavía faltan muchas otras. Fuera de crear esas jerarquías entre quienes deberían ser hermanos y hermanas -comunidad de Jesús-, esos títulos oídos desde el ámbito civil resultan bastante llamativos. Pareciera que se le quita la autonomía que debería tener toda persona -incluidos los religiosos y religiosas- cuando invocan la voluntad de sus superiores para no poder tomar una determinada decisión en asuntos cotidianos o cuando incluso los invocan para justificar las decisiones sobre su vida en el futuro inmediato. Aunque se hacen esfuerzos en la vida religiosa por practicar el discernimiento y la llamada “obediencia responsable”, el lenguaje muestra, muchas veces, que las decisiones son de arriba para abajo y que el sujeto que las aplica se siente realmente mandado, dirigido, obligado.

En conclusión, como dijimos al principio, el lenguaje no es neutro y configura nuestra vida y nuestras instituciones. Si la Iglesia quiere dar testimonio de sinodalidad, de fraternidad/sororidad, de servicio y sencillez, no puede dejar de revisar su lenguaje, buscando que exprese mejor la coherencia con lo que ella aspira a ser.

 

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