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Votaciones: letanía de improperios y academia de intolerancia

          En plena tarea nacional de preparar cuanto se relaciona con las votaciones, vaya apresuradamente por delante la proclamación de que, pese a todo, nadie se exima de hacerlo. Hay que votar. Es deber y derecho cívico. Se es y se ejerce de ciudadano consciente, con la papeleta a punto de su ubicación en la urna del municipio, distrito, local, sección y mesa que nos correspondan.

          Pero, ¿qué es eso de “improperios” y de “academia de intolerancia”?

          Es lo que hay. Tal vez por aquello de la “fragilidad humana” y porque somos así, el hecho es que, hoy por hoy, no hay otra cosa, y quiera Dios que nos limitemos a corregir -remendar y remediar- lo que hay, sin aventuras dictatoriales ni procedimientos a ellas cercanos.

          De todas maneras, por legales que sean y son las votaciones, tal y como la mayoría de ellas se preparan, reclaman y justifican variedad de reflexiones, con firmes propósitos de enmienda. Por ejemplo, ni siquiera es legal dedicarle todo el tiempo -semanas y meses- que a sus responsables les convenga o les plazca. Ciudadanos y ciudadanas hemos de consagrar nuestro trabajo, tiempo y preocupación en menesteres distintos al de emitir el voto.

          Con el convencimiento de que los elegidos en las legislaturas anteriores se comportaron de idéntica manera, despreciando normas y leyes, les asisten a los nuevos votantes sobradas razones para cuestionar severamente cualquier actividad relacionada con la democracia.

           La primera exigencia a los mitineros para que hagan creíbles sus palabras es que sean respetuosos con ellas, yendo siempre con la verdad por delante. Con mentiras es imposible la construcción de un programa de vida, de progreso y de convivencia. La relación política –políticos– con la verdad, está ya tan deteriorada y proscrita que hundió a la mayoría de sus predicadores y abanderados mitineros en nauseabundas charcas de detritus y de la corrupción.

          Lamentablemente hay que reconocer que las promesas contenidas en los programas políticos de las elecciones ya próximas son copia de las anteriores, con los leves cambios aconsejados por las circunstancias nuevas de lugar y de tiempo, y anécdotas tan infantiles como “los martes, cines de balde para los mayores,” o el mágico regalo del osito para los recién nacidos avecindados en Madrid, a los que bien pronto se les dotará del acogedor madroño, por demandarlo así la ecología.

          La falta de respeto al pueblo que conlleva la mentira, por “política” que sea, sería suficiente como para suspender a perpetuidad a quienes hasta alardean de servir al pueblo, y no la de servirse de él, entre otras poderosas razones, porque a lo largo de sus vidas no se dedicaron a otra profesión u oficio.

          Además de que los políticos recitan siempre las mismas mentiras, la asistencia a sus mítines carece de sentido y de contenido. Prevalentemente asisten a ellos los convencidos, bien acondicionadas sus manos para regalar cuantos aplausos sean sugeridos por el maestro -o maestra- de turno y de sueldo.

          En los mítines no se aprende nada nuevo. No son academia de palabras, de gestos o comportamientos. Tampoco, y sobre todo, son ejercicio de convivencia cívica y civilizada. El diálogo es, por definición, inexistente. Los políticos hablan mal. Rematadamente mal. No hablan. Gritan. No son aplaudidos por lo que dicen, sino por cómo lo dicen, y contra quien –o quienes– lo dicen. Son aplaudidos por el tono de voz que acompaña cuanto articulan o profieren, sin temor alguno a que los decibelios puedan ser referencia punitiva para eximirse de las multas establecidas por las corporaciones municipales competentes, sin excusa ni pretexto, y tal y como mandan los cánones. Todo ello, por supuesto, avalado por la convicción de que la naturaleza, como tal, es y será, merecedora de atenciones sagradas

          La preparación para las elecciones le supone al erario público notable cantidad de dinero y este no siempre está presupuestado ni evaluable, pese a las normas democráticamente establecidas. Para no pocos responsables y ejecutivos de las mismas, las votaciones son otros tantos días de fiestas y en ellas no sobran razones para que se escatimen los gastos, por generosos que sean.

           “Letanías de improperios”. ¡Lo que dicen unos de otros y además cómo lo dicen ¡. “Academia de intolerancia”. Educados en mítines, por su contenido y sus formas, la convivencia resulta inviable.

          Esto no obstante, ¡todos a votar ¡. Es deber cívico y, por tanto, cristiano.

         

Un comentario

  • Antonio Llaguno

    Iba a haber escrito esto como comentario al artículo de Zugasti, pero es bastante probable que sea aquí donde está mejor.

    Ayer, domingo día 21 de mayo, en plena campaña electoral, un joven maleducado y grosero de Valdemorillo (Mi pueblo), militante y supongo que votante de PODEMOS, en medio de la plaza del pueblo insultó a voz en grito a un grupo de candidatos del PP, asignándoles epítetos innombrables entre los cuales “corruptos” y “ladrones” son los menos ofensivos.

    Inmediatamente, el macho alfa del grupo de candidatos, reclamó a dos de sus sicarios más próximos, varones y bien musculados ambos, y recordando las épocas en que el Homo Neardentalensis vagaba por los páramos europeos, se acercó al joven podemita y le asestó un  puñetazo en la boca y acompañado de sus dos esbirros (Qué acudían presurosos, como buenos cristianos, en auxilio del más fuerte), le sacaron de la plaza con el poderoso y convincente argumento de “Te vamos a dar un par de hostias”

    Esta es la campaña electoral que estamos teniendo. Esta es la política que tenemos.

    Y es en los pueblos más pequeños, como el mío, dónde se encuentran las expresiones más parecidas al famoso cuadro de Goya de 2 españoles dándose para el pelo mientras sus piernas están enterradas en la tierra.

    Triste.

    Pero es lo que hay

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