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Adiós a la contrarreforma litúrgica

A propósito de la Carta Apostólica “Desiderio desideravi” de Francisco (29 de junio, 2022)

En la Carta Apostólica “Desiderio desideravi” -un documento que recoge y reelabora de forma original las Proposiciones resultantes de la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (12-15 de febrero de 2019) sobre el mismo tema- se puede apreciar, con bastante claridad, la mano del Papa Francisco en algunos pasajes, particularmente, en aquellos en los que se reivindican la reforma litúrgica del Vaticano II (frente a la contrarreforma que le ha antecedido) y la articulación entre eucaristía, evangelización y caridad y justicia (frente a las acentuaciones unilaterales de cada una de estas referencias capitales de la fe cristiana).

Pero, antes de desarrollar estas dos claves de lectura, me parece oportuno recordar la errática recepción a la que ha estado sometida la reforma litúrgica aprobada en el Vaticano II. Creo que así será posible percibir con mayor claridad el alcance y relevancia de la aportación de Francisco en esta Carta Apostólica. Y también, lo que entiendo que es su mayor limitación.

La reforma litúrgica de Pablo VI

En la prehistoria de la reforma litúrgica se encuentra el interés de los episcopados alemán, francés, belga y holandés por adaptar las diferentes celebraciones a la cultura y lengua de los diferentes pueblos, así como por dotar de una mayor participación a la comunidad cristiana, favorecer más la creatividad y la sobriedad y, sobre todo, subrayar la centralidad de la presencia de Cristo y de la Palabra de Dios.

La canalización de las anteriores inquietudes lleva a revisar la liturgia barroca y la piedad devocional de los siglos anteriores, algo que se plasma en la aprobación en 1963 del primer documento conciliar: la Constitución sobre la liturgia (“Sacrosanctum Concilium”), un texto en continuidad con la reforma realizada en su día por Pío X y Pío XII y nada revolucionario.

Los obispos del primer sínodo (1967), convocado después de la finalización del Concilio, alaban la reforma litúrgica en curso, subrayando, de manera particular, la mayor participación del pueblo de Dios, su sencillez, el empleo de las lenguas vernáculas, el sentido pastoral de la misma y expresan su conformidad con las rectificaciones de las nuevas plegarias. Alguna observación menor merece la reforma propuesta del breviario ya que se entiende que, al ser un tipo de oración originariamente monástica, ha de presentar una mayor adaptación al clero. Hay, sin embargo, una minoría de obispos que acusa a la reforma iniciada de ser demasiado experimentalista y de dejar en el camino el “sentido sacrificial” de la eucaristía.

Pablo VI promulga en 1970 un nuevo misal en el que subraya la centralidad del domingo, la importancia de la asamblea litúrgica y la participación ministerial del laicado. Su aprobación supone la anulación y prohibición del precedente, el romano, reelaborado por Pío V al acabar el concilio de Trento (1570). A esta decisión papal le suceden otras que afectan a casi todas las áreas de la vida litúrgica.

La contrarreforma y Benedicto XVI

Si bien es cierto que la reforma litúrgica es excelentemente recibida (como se constata en el sínodo episcopal al que me he referido), también lo es que empiezan a escucharse voces que la rechazan (el caso de Mons. M. Lefebvre) o que comienzan a criticarla con dureza. Concretamente, J. Ratzinger ve en ella -según escribe años después- el inicio de un proceso de autodestrucción de la misma liturgia: su aplicación, dice, “ha producido unos daños extremadamente graves” ya que, al romper radicalmente con la tradición, ha propiciado la impresión de que es posible una recreación de la misma “ex novo” (J. Ratzinger, ““Mi vida. Autobiografía”, Madrid, 2006, 105. 177).

A la luz de este diagnóstico, hay que enmarcar la decisión del Papa Benedicto XVI autorizando la celebración de la misa en latín e indicando la conveniencia de que las oraciones más conocidas se reciten, igualmente, en latín y que se utilicen, eventualmente, los cantos gregorianos (Exhortación postsinodal “Sacramentum caritatis”, febrero 2007).

A esta exhortación sucede, en julio del mismo año, la Carta Apostólica “Summorum Pontificum” por la que permite –cierto que extraordinariamente- el uso de la liturgia romana anterior a la reforma impulsada por Pablo VI en 1970.

Es muy elocuente que Monseñor Bernard Fellay, sucesor de Lefebvre como superior de la Fraternidad San Pío X (excomulgada en 1988 tras ordenar a cuatro obispos ignorando la autoridad del Papa), alabe la vuelta atrás de Benedicto XVI y considere dicha decisión como una muestra de buena voluntad para afrontar con serenidad los problemas doctrinales en cuestión, sin esconder, por ello, las dificultades que aún subsisten.

Además, a la luz del crítico diagnóstico de J. Ratzinger sobre la reforma litúrgica conciliar, se explica su voluntad de traer a la comunión católica a los lefebvrianos levantándoles la excomunión, así como la concesión de un estatuto jurídico análogo al de los fieles anglicanos que se han pasado a la confesión católica por rechazar la ordenación de mujeres. Pero también se explica la nota del Osservatore romano sobre la autoridad doctrinal del magisterio católico y, concretamente, del concilio Vaticano II (2 de diciembre de 2011).

Por ella, se tiene conocimiento de las dificultades que está teniendo el diálogo con los lefebvrianos y, concretamente, de su negativa a aceptar las actas conciliares; un rechazo que acabará siendo más decisivo que la voluntad de unidad, tal y como reconoce Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pio (octubre de 2020) en el 50º aniversario de su fundación: el diálogo con la Santa Sede está bloqueado porque sus “exigencias doctrinales son sencillamente inaceptables”.

Y lo son porque la Congregación para la Doctrina de la fe les había exigido en 2017 que aceptaran las enseñanzas del Concilio Vaticano II y reconocieran la legitimidad de la nueva misa, propuestas que -según declara- contradicen frontalmente “aquello a lo que se aferra con todas las fibras de su ser” esta comunidad. La vía de solución posible es la que pasa, concluye, por una corrección del Concilio en “todo lo que tiene de incompatible con la fe y la tradición de la Iglesia”.

Siendo ésta la situación, creo que no está de más recordar el acierto de lo que pensaba Pablo VI sobre una posible decisión (indudablemente, contrarreformista) como la adoptada, en su día, por Benedicto XVI. Cuando su amigo Jean Guitton le propuso que permitiera en Francia la misa de Pío V, el Papa Montini le respondió: “Eso, jamás (…). La llamada misa de san Pio V se ha convertido –como se puede constatar en Êcone- en el símbolo de la condena del Concilio. Esto es algo que yo no aceptaré nunca, en ninguna circunstancia (…). Si consintiera esta excepción, todo el Concilio quedaría cuestionado. Y, consecuentemente, su autoridad apostólica” (J. Guitton, “Paolo VI segreto”, San Paolo, Cinisello Balsamo, 1981, 144-145)

El adiós a la Contrarreforma

Como he indicado, la Carta Apostólica “Desiderio desideravi”, es un documento en el que ha intervenido, de manera considerable, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, pero en el que también se puede apreciar la mano de Francisco en unos cuantos pasajes que entiendo capitales porque facilitan, al menos, dos claves de lectura de la misma.

La primera, referida a reivindicar la validez de la reforma litúrgica aprobada en el Concilio y puesta en marcha por Pablo VI: “no podemos volver a esa forma ritual que los padres conciliares, ‘cum Petro et sub Petro’, (con y bajo Pedro) sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu Santo y siguiendo su conciencia como pastores, los principios de los que nació la reforma” (nº 61). Supongo, por lo que he reseñado, que no extrañará la centralidad de esta primera clave de lectura que Francisco vuelve a recordar cuando reitera que “pretendo ver restablecida (la unidad litúrgica) en toda la iglesia del rito romano” o cuando denuncia la incoherencia -detectable en muchos lugares de la Iglesia, incluidos los nuestros- de proclamar la importancia y validez del Concilio y, al mismo tiempo, no aceptar la reforma litúrgica allí nacida y aprobada (Cf. nº 31). Tal ha sido, prosigue, el fin primordial del Motu Proprio “Traditionis custodes”: continuar “en la búsqueda constante de la comunión eclesial en torno a la expresión única de la “lex orandi” del Rito Romano que se expresa en los libros de la reforma litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II”.

He aquí la primera clave de lectura de esta Carta Apostólica; la que sale al paso de la errática -y contrarreformista- recepción de la reforma litúrgica aprobada en el Vaticano II.

La segunda, creo encontrarla en su recordatorio de que “una celebración que no evangeliza no es auténtica, como no lo es un anuncio que no conduce al encuentro con el Resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como bronce que resuena o como címbalo que clama (cf. 1 Cor 13, 1)”. (nº 37). Y no es auténtica porque descuida -algo, por desgracia, muy frecuente- la articulación entre el encuentro con el Resucitado en la celebración eucarística y en la autopista de la vida (con los crucificados de cada época), así como en la creación, donde también se manifiesta el amor de Dios.

En el núcleo de esta segunda clave de lectura se encuentra, obviamente, el reconocimiento de la pluralidad que se funda en las acentuaciones legítimas de cada uno de los pilares fundamentales de la fe que se ponen en juego. Y, a la vez, el desmarque, contundente, de las extrapolaciones, que tan en boga siguen estando todavía entre nosotros (y no solo entre los lefebvrianos), cuando, por ejemplo, se absolutiza la adoración y se desprecia el encuentro con Dios en el mundo y en la historia y, concretamente, en los crucificados, así como en tantos chispazos o murmullos de eternidad y plenitud que se transparentan en el cosmos y en la existencia de cada día, además de en la eucaristía.

He aquí la segunda clave de lectura de la Carta Apostólica, la que sale al paso de estas y otras extrapolaciones, además del gnosticismo o espiritualismo subjetivista y “sin carne” o del neopelagianismo sin gratuidad, es decir, de la presunción de estar ganándose la salvación apoyado solo en las propias fuerzas (Cf. nº 17. 19. 20. 28. 48. 49).

 La urgencia de una reforma litúrgica a fondo

Pero he dicho que, además de los aciertos que presenta esta Carta Apostólica en las claves de lectura que acabo de indicar, conviene no perder de vista lo que entiendo que es la mayor limitación que presenta la liturgia actual en el rito latino: su creciente y, al parecer, imparable, insignificatividad.

Está bien llamar la atención sobre la importancia de asombrarse de la verdad y belleza eucarísticas o sobre la necesidad de una formación litúrgica seria y vital, además, por supuesto, de salir al paso de la contrarreforma y de reivindicar la articulación de experiencia, compromiso y discurso o cabeza, corazón, pies y manos, pero no podemos ignorar la grave crisis espiritual y eucarística en la que están sumidas la gran mayoría de nuestras comunidades, incluso las que vienen aplicando la actual reforma litúrgica, en sintonía, por supuesto, con Francisco.

No veo que se pueda salir de ella, si no se apuesta por una nueva reforma a fondo. Vista la actual correlación de fuerzas eclesiales y las urgencias en las que estamos sumidos, es muy probable que ésta, como tantas otras, sea una tarea para el próximo sucesor de Pedro. Y, de nuevo, es posible que cuando, por fin, se realice, sea ya mucha, demasiada, la gente que se haya quedado en las cunetas.

En síntesis, el lector tiene en sus manos un documento papal que, oportunamente contextualizado, puede ayudarle a percibir su relevancia eclesial. Pero ha de ser consciente de que, leyéndolo, no encontrará la necesaria e ineludible reforma litúrgica que está pidiendo a gritos, desde hace tiempo, el pueblo de Dios, aunque sí se topará con muchas y sesudas aportaciones de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, así como con las reivindicaciones reformistas de Francisco que, sospecho, le van a parecer necesarias y, a la vez, desmedidamente modestas y, por ello, alicortas.

9 comentarios

  • Santiago

    No fue intención de los Padres Conciliares reformar la Liturgia de la manera que se hizo. En la Constitución sobre la Liturgia aparece claro que “La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad” respecto a la Liturgia..(No 37) ni tampoco acabar con el latín: se conservarà el uso de la lengua latina en los ritos latinos (No 36) l..será de la incumbencia de la competente autoridad eclesiástica determinar si ha de usarse la lengua vernácula y en que extensión (36, 3)

    y tanto las oraciones litúrgicas y los sacramentos no fueron sujetos de reformas esenciales sino de “revísese el rito” para que aparezca más claramente su conexión con toda la vida cristiana..(66-78)

    Por eso se acusa al Concilio de  querer acabar con la música sacra, y por tanto por cualquier forma humana de devoción. Pero todo esto no está ordenado por los Padres Conciliares, todo lo contrario. No se pretendió mudar de sitio al  Smo Sacramento reservado en el centro del altar. Todo esto fue implementado en contra del Concilio por la autoridad dada a la Comisión postconciliar encargada de implementar la “llamada” reforma con Annibale Bugnini a la cabeza.

    Un saludo cordial

    Santiago Hernandez

     

  • carmen

    No sé. No creo que sea muy importante la forma de celebración de una misa. Que cada cual elija . El problema es mucho más profundo. Creo. Me parece. Opino. Es una cuestión de Forma. Ya saben lo que pienso. No lo voy a repetir.

    Se de personas que cuando oyen canto gregoriano suben al cielo. A mí me atemoriza. Me hace sentir un gusanico pequeño. No me gusta la sensación.  Pero es que no he conseguido escuchar más de cinco minutos seguidos el requiem de Mozart. O sea, terror. Sin embargo cuando aquella época en la que se me rompió el universo y cayeron los cristales a mí alrededor, la quinta y la sexta de Beethoven me ayudó a recogerlos. No sé. Es cuestión de sensibilidades.

    Quiero decir una cosa. Se ha hablado del obispo Óscar Romero. Quiero recordar que cambió su manera de entender todo cuando tomó contacto con la realidad que estaba sufriendo el pueblo. Eso sí es una renovación, una transformación. No sé si decía la misa en latín o en castellano. No creo que tuviese la más mínima importancia, pero menudas homilías en castellano. Aquella de la catedral fue una maravilla.

    La verdad es que no recuerdo ninguna homilía en latín. Las recuerdo en castellano desde todos los siempres.

    En cuanto a lo que he leído en un comentario anterior que ha dicho el Papa sobre el aborto, me ha llenado de estupor. No logro entender nada. Y me alegro mucho de que no haya negado nunca un sacramento a nadie, bien por él, se lo podría decir a sus sacerdotes. Porque con lo del matrimonio y el divorcio y la comunión, a las personas que son cristianas ortodoxas, uf. Pobrecicas. Tienen que anular el matrimonio para estar en orden con la iglesia. Hace unos años me quedé muda del asombro. Tuve a cuatro hermanos en clase a lo largo pues de años. Y como en mi colegio todos los conocíamos un compañero vigilando recreo me dijo:  el padre de estos hermanos se ha vuelto a casar. Imposible, dije. Es quico del todo. Sí, me contestó mi amigo, pero ha anulado el matrimonio. Anulado? Pregunté. Y se encogió de hombros. Cuatro hijos.

    A lo mejor ustedes entienden algo. Les aseguro que cada vez entiendo menos. Y me encanta.

    Buena noche a todos. A todas.

  • José María Valderas Gallardo

    He leído los sesenta y tantos puntos de Desiderio desideravi. Por cierto, el encabezamiento es una de las páginas más bellas de la Escritura, esas que en Semana Santa te conmueven porque crees entender los sentimientos del Señor en momentos tan cruciales como la Ultima Cena y comienzo de la Pasión.

    La admiración cesa muy pronto. No sé si ha habido mano o manaza de la Congregación del Culto y la de los Sacramentos, pero la influencia de Francisco se adivina de lejos. Acaba de decir, a propósito de la sentencia sobre el aborto, que, como no tiene suficientes conocimientos jurídicos, no puede manifestarse. No es que sea una salida jesuítica es que es un dislate y una falta de respeto a los fieles tremenda. Nadie le preguntaba por el aspecto jurídico, sino por el aspecto moral y su incidencia en el aborto.

    Si trasladamos esa salida por la tangente a la liturgia, cuando se trata de la eucaristía como fuente de vida y señal de identidad del cristiano, responde también por peteneras “Yo no he negado a nadie nunca la Eucaristía”. Podía haber añadido, no sé suficiente teología o suficiente Escritura. De ese tipo de simplezas no está exento el texto.

    Si el texto que le precedió era una réplica tosca a un documento magnífico de Ratzinger, viendo el embrollo que había causado ha pretendido levantar la gamba sin éxito.

    Porque es muy frívolo, alguien se lo habrá dicho, quizás Tucho “l´amoroso dei bacci”, andar por la vida con una serie de prejuicios sin fundamentos. Los partidarios de la la llamada misa tradicional no suelen negar la reforma litúrgica, asisten a las celebraciones coram populo, leen las lecturas de la Misa, comulgan de pie o con la mano y se encuentran cómodos con el recitado completo en la lengua vernácula. Los grandes teólogos del siglo XX fueron grandes conocedores de la Liturgia y redctaron el documento primero emanado del Concilio. Resulta de una ignorancia patética atribuir reticencias a Ratzinger de un acercamiento a las fuentes de la celebración para montar su teología. No sólo en su Biografía, su tesis doctoral y su magnífica obra sobre Jesús de Nazaret rezuma una atmósfera litúrgica. Toda comparación con lo que sale ahora de santa Marta es un insulto a la inteligencia.

    ¿Por qué perder lo que es vínculo de unión entre distintos puntos de un mismo país o entre distintos países? Pienso en la Misa de Angelis, el Tedeum, el Credo de los Apóstoles, los cantos de comunión, el Réquiem, cantados todos ellos en latín.

    Los textos que se reclaman están preñados de contenido y doctrina que, a menudo, se pierden en la versión. Hoy, en “”Música clásica” de Radio Nacional, emitían el “Media vita in morte sumus”, un canto de completas de los monjes que, se dice, hacía llorar a santo Tomás de Aquino. Sólo quien lo desconoce puede atreverse a lanzar dicterios y crear términos como si fuera el comunicador turolense. No, no se es carca por cantar el Tantum ergo, por cierto un resumen cabal de teología eucarística. Sencillamente es una riqueza que no quiere perder.

    Como diría León Felipe, ya vendrá un viento que nos lleve a nuestro sitio, que barra estos nubarrones terribles que están obscureciendo la Iglesia.

    PS, pido disculpas por el texto que apareció en mi postrera colaboración en el artículo sobre el aborto. No tenía el ordenador y lo escribí con el móvil, manipulación en la que soy un inepto.

  • Pero cual es, en concreto la reforma de la liturgia de la misa que plantea Francisco?…Puesto que seguimos escuchando en la misa el sentido sacrificial “ el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”….”Señor ten piedad de nosotros”…Cristo ten piedad de nosotros”….es que a Dios en algún momento le falta piedad para los hombres?….”Acuérdate Señor del alma de tal persona”…A qué Dios estamos orando?…a un Dios desmemoriado, olvidadizo que requiere que alguien le recuerde las cosas?, Etc. Etc. Etc. La liturgia actual de la misa es un absurdo…debería ser un encuentro entrañable con Cristo…contarle nuestras cosas  y decirle que aumente nuestra FE.

    • Es que Francisco no está imponiendo una “Nueva Liturgia”. Eso ya lo hizo Pablo VI.

      Lo único que está haciendo el Papa es frenar las involuciones carcólatras que desde ciertos estamentos eclesiales se están tratando de imponer contra el Concilio Vaticano II (CVII)

      El ultra talibanismo celrical católico, representado por organizaciones como Infovaticarca, Infocarcólica, y Adelante la Fe (en España), EWTN o Caballeros de Colón en gringolandia, La mitad de la Iglesia Francesa y algunos reconocidos cardenales y obispos (Burke, Sarah, Carcanasius Schneider, y otros) que buscan dinamitar ela ire fresco que trajo el CVII y destruirlo, usando para ello la grieta encontrada en la Nueva Liturgia de Pablo VI (la que los sursis ultra carcas llaman “Novus Ordo” por contrarestar el “Vetus Ordo” o viejo modo, que no es tan viejo puesto que es de 1500 y pico en el concilio de Trento).

      Y no es que la Liturgia de la misa sea un asunto que tengo un interés importante en las preocupaciones del pueblo católico, pero es la vía de entrada que tienen los inquisidores de vocaciñon para entrar a demoler el CVII.

      Por eso Francisco se limita a eliminar esos usos litúrgicos anticuados, a reprender a quienes los usan (en especial cuando los usan para artacar al CVII) y la complementa co actuaciones tajantes con algunas asociaciones  y organizaciones dizque católicas que se centran en esa liturgia como razón de existir, prohibiéndoles ordenar curas e incluso disolviéndolas (con especial interés en Francia y Argentina).

      Dudo mucho que Francisco, en los años finales de su papado, quiera ir más allá. Todas esas consideraciones sobre lo que es la eucaristía y el sentido celebrativo o sacrificial de la misma, para el Papa, los dejó zanjados el CVII y lo que hace  es blindar lo que el CVII estableció sobre el tema.

      Es lo que hay. No hay más.

      Reforma más profunda ni está ni se la espera y quien la quiera se verá abocado a la herejía (que no es tan mal sitio)

  • Carlos alejos

    Estos dos mensajes de monseñor Romero aún resuenan ante estos cambios litúrgicos:

     

    Religión de misa dominical pero de semanas injustas

    Buenas obras, corazones cristianos, verdadera justicia, caridad, eso es lo que busca Dios en la religión. Una religión de misa dominical pero de semanas injustas, no agrada al Señor. Una religión de mucho rezo pero con hipocresía en el corazón, no es cristiana. Una Iglesia que se instalara sólo para estar bien, para tener mucho dinero, mucha comodidad, pero que olvidara el reclamo de las injusticias, no sería la verdadera Iglesia de nuestro divino Redentor (Homilía 4 de diciembre de 1977, III pp. 25-26).

     

    ¿Qué Evangelio y es ése?

    Eso quiere la Iglesia: inquietar las conciencias, provocar crisis en la hora que vive. Una Iglesia que no provoca crisis, un Evangelio que no inquieta, una palabra de Dios que no levanta roncha -como decimos vulgarmente-, una palabra de Dios que no toca el pecado concreto de la sociedad en que está anunciándose, ¿qué evangelio es ése? Consideraciones piadosas muy bonitas que no molestan a nadie, y así quisieran muchos que fuera la predicación. Y aquellos predicadores que por no molestarse, por no tener conflictos y dificultades evitan toda cosa espinosa, no iluminan la realidad en que se vive, no tienen el valor de Pedro de decirle a aquella turba donde están todavía las manos manchadas de sangre que mataron a Cristo: «¡Ustedes lo mataron!». Aunque le iba a costar también la vida por esa denuncia, la proclama. Es el Evangelio valiente, es la buena nueva que vino a quitar los pecados del mundo (Homilía 16 de abril de 1978, IV pp. 162-163).

  • Carlos alejos

    El documento aprobado por Francisco para que llege a ir concretizandose y entrando en un proceso de cambio y renovación litúrgica es largo y a la vez corto. Es importante los pequeños cambios que puedan conquistarse apartir del documento así como tambien ir logrando como una cultura Eclesial de estos cambios a nivel más grande, más estructural. Aquellos que logremos hacer caminos desde este instrumento será una gracias de Dios que impulsará a tener una liturgia más humana, más encarnada. Aimemonos a ser aquellos que vitalicemos en la práctica y permanencia las huellas concretas dejadas por Francisco. Y venga quien venga mantengamos firmes hasta el final como está escrito profeticamente en el apocalipsis.

    Carlos Alejos.

    Callao, Perú.

    • Juan A. Vinagre

      Amigo Carlos: Esas dos citas que haces de mons. Romero, el santo, son para recordar siempre, porque rezuman un gran espíritu evangélico. Por eso se jugó la vida, como su Maestro.   Cuando leo palabras o posturas de aquél  -o de Pedro Casaldáliga, por ejemplo-  a veces parece que han sido inspiradas por el Espíritu de Dios.         Pasando ahora al formato -el canon, incluida la lengua- de las misas, con sus oraciones, cabe decir y repetir que necesitan una revisión a fondo. El modo de dirigirse a Dios en las oraciones manifiesta que éstas han sido elaboradas por una mente viejotestamentaria más que evangélica.  La redacción de algunas súplicas responden a un concepto de Dios precristiano…  El sentido “sacrificial” de la Eucaristía responde a un concepto viejotestamentario, insisto. (Lo que en parte se entiende: Entonces, con un concepto inmaduro de Dios, a veces no era fácil entender bien la esencia del Mensaje del Reino anunciado por Jesús. Jesús mismo comprobó que no le entendían bien. Por eso dijo que “el Espíritu os irá haciendo ver…”  Hoy somos capaces de entender mejor algunos pasajes de la Buena Nueva… del Señor.    Por eso la interpretación del sentido “sacrificial” de la Eucaristía, necesita revisión. Por ej., la invitación a decir: “ORAD, hermanos, para que este SACRIFICIO, mío y vuestro. sea AGRADABLE a Dios PADRE…” ¿es coherente, es asumible hoy? ¿No deforma gravemente el concepto y la imagen del Dios Padre de Jesús? ¿Es aceptable decir que Dios necesita sangre para sentirse bien? ¿Cabe una herejía  (y un disparate) mayor?  Repito que en aquel tiempo no resultaba fácil entender y explicar la muerte de Jesús,  y compaginarla con el Mensaje del Reino, pero hoy sí. Por eso son necesarias muchas revisiones, más acordes a la esencia del espíritu evangélico, y a la mentalidad de nuestro tiempo, capaz de entenderlo mejor.   Y no debería sorprendernos que necesitemos revisar nuestras interpetaciones-formulaciones humanas acerca de Dios.  Nuestras interpretaciones o formulaciones humanas sobre lo Divino siempre serán revisables y mejorables.      La epístola a los Hebreos dio un pasito en esa dirección, pero se impuso la mentalidad Viejo-T. tradicional. (Romper con algunas tradiciones -y más si están sacralizadas- es a par de muerte…)  Por eso los cambios son tan lentos, y las mentes tradicionales-conservadoras, fanatizadas, tan recalcitrantes. En nombre de la tradición creen hacer un bien enrocándose en ella, aunque se deforme gravemente el nombre de Dios, del Dios Padre de Jesús, y la esencia de su mensaje: la unidad en el amor (no en ritos o ideas.) ¿Quien se enroca en ideas propias, indiscutlbles, y no escucha, -y se separa- tiene idea de lo que significa Humildad, que es la vía de acceso a una mejor comprensión de Dios? Si pensamos que lo entendemos todo y solo mi verdad es la verdadera…,  ¿qué estamos manifestando?

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