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El miedo y la angustia

Casi la mitad de la población mundial ha manifestado angustia y miedo durante la última pandemia, cuya fenomenología es:

    1. ¿Por qué tenemos miedo? Porque el mundo es demasiado grande, no sólo el mundo exterior sino también el propio mundo interior. Todo nos viene grande porque somos los más grandes sobre la Tierra. Al pequeño, sin embargo, todas las cosas le resultan pequeñas, aunque magnifique su ego añadiendo cincuenta centímetros a su estatura.

  1. La imaginación, que es lo más caprichoso aunque pueda obedecer a leyes, desenfoca nuestras perspectivas. En efecto, todo lo real (pequeño o grande) lo ensancha –unas veces para bien y otras para mal– hasta convertirlo en lo posible, que no es lo real. Dicho de otro modo, lo posible agranda y desorbita a lo real, es la antítesis de la perspectiva con fundamento en la cosa. Como dijera Freud, nos sentimos muy mal remando en una barca en pleno océano sin tierra a la vista. El miedo te cambia todos los paisajes. La ausencia de tierra aterra y al mismo tiempo agranda nuestras lagunas y nuestros océanos. El miedo es la ausencia de tierra, un sin respaldo para cubrir nuestras espaldas.
  2. Guste o no, la medida de lo humano es inconmensurable. Nada es lo que es por siempre, a veces ajustamos nuestras vidas según la edad de nuestros ovarios o de nuestros testículos: la fantasía de ellos emanada desenfoca la realidad. El miedo está en las partes bajas.
  3. Esto no impide que existan miedos normales, objetivos, bien fundados, y otros desbordados y disparatados. Es lógico que nos dé miedo una casa en llamas, pero no lo es que me lo dé un ratoncillo o que me aturda una cucaracha. Las mismas personas que a unos dan miedo, a otros les causan risa. Nada hay más desconcertante, el miedo te cambia todos los paisajes, todas las perspectivas.
  4. Todos los temblores están como incrustados en nuestra subjetividad, que los crea, en la mente. La mente sana puede crear temores insanos, porque no hay mente sana que no puede alterarse y modificar al cuerpo que estaba sano. En cuanto que tal miedo, éste es idéntico cuando lo produce el ratón o el león, ambos se alojan en la esfera de la subjetividad y a pesar de todas las diferencias ontológicas. La mente humana es hipocondriacófaga. Por decirlo sin barbarismo, el miedo a que algo exista crea el miedo por lo que existe.
  5. No hay esfera de la vida humana en donde esta constante no se produzca. Las mentalidades religiosas pueden producir neoconversos traumatizados, pero también apóstatas asustados por lo que fueron, y a veces también por lo que pueden llegar a ser.
  6. Ni siquiera los miedos más escatológicos vienen sin la prosa de la vida. El miedo al infierno o al castigo eterno esconden frecuentemente el terror a que Dios descubra al morirnos las mentiras nunca destapadas.
  7. Tanto el miedo a Dios, como el miedo a los demás o a uno mismo son siempre relacionales. Cada edad tiene sus miedos; un joven no teme como el viejo atragantarse, o tropezar y partirse la cadera, como tampoco asustarse por el deterioro inexorable de su salud. Pero en el fondo se trata de una misma angustia, la de perder estatus, poder, presencia, protagonismo, o sea, morir de algún modo en medio de la soledad, el olvido. Son, repitamos, expresiones de una misma nictofobia: las luces se apagan. Y entonces ¿a dónde ir? Mejor no ir.
  8. Destructiva es la necesidad de aceptación ajena, que siempre responde al miedo no dar ante ellos la talla y que huele a falta de autoestima.
  9. La mayor parte de nuestra vida nos la pasamos llorando aquel rostro deprimido de nuestras madres o padres difuntos. Y qué difícil es reconocer en nosotros los miedos de nuestros muertos, y cuánto pavor sufre el cobarde para toda su vida, pese a odas sus compensaciones narcisistas al respecto. Este sufrimiento puede adquirir a veces el formato de un afrontamiento envalentonado de carácter suicida. Las falsas valentías, el o me mata el miedo, o lo mato yo a él, produce desoladoras derrotas, y entonces el tiro sale por la culata en forma de harakiri. A mayor envalentonamiento, más confusión. En el límite, suplantar la verdad significa entrar en el campo minado de las alucinaciones y de los trastornos graves de la personalidad.
  10. Habida cuenta de la dinamicidad y versatilidad de la mente humana, los campos fóbicos se extienden, se amplían, se multiplican ilimitadamente, un temor lleva a otro como en las metástasis cancerosas, dejando al sujeto que lo padece acuchillado con una cicatriz encimada sobre otra. Miedo de miedos y todo miedo, maraña de miedos. No se le pueden poner puertas al manto, el campo se mete por todos los intersticios de tu búnker.
  11. No ceder a la imaginación es inimaginable. Como la puerca lavada, vuelve al vómito. Para tener buen trato con la realidad necesitamos ser conscientes de nuestras angustias, en lugar de coquetear con ellas; no se debe fantasear con ellos, hay que cortar de raíz su perversa creatividad, pues nada hay más parecido al poder de la fantasía que el de una boa constrictora. El problema es quién le pone el cascabel al gato.
  12. Para superar una fantasía lesiva es necesario contraponerle una contrafantasía positiva. Sin embargo, las personas no experimentadas en estos contraataques pueden quemarse porque están jugando con fuego. Estas variaciones eidéticas, como las denominaba Edmund Husserl, o “dinámicas del como si”, posibilitan con su aparente salirse de lo real el regreso a lo real mismo.
  13. La persona incontrolablemente miedosa, que ya se ha entregado con armas y bagajes a su torturador, el miedo insuperable, huirá a otros lugares trasladándoles sus problemas. Qué difícil encerrar al miedo. Los barrotes del manicomio no se han hecho para él. Vuelve a su miedo mutando de miedo. Y la boa constrictora aprieta cada vez más.
  14. Aunque los beneficios secundarios no falten nunca en las patologías (que sirven de distractores para no afrontar la problemática realidad), resulta fundamental hablar de ellos para exorcizarlos. Hacer cosas y agotarse como activista no es de lo que se trata; esto no pasa de ser un intento neurótico de neutralizar nuestro horror al vacío.
  15. Nuestros miedos dicen mucho, casi todo, de nuestra personalidad. Una vez más, los amigos (si ellos tienen la suficiente madurez vital) son nuestros mejores terapeutas. Observar el miedo ajeno enseña mucho en la lucha contra el propio. Reflexionar sobre el miedo alienante ajeno libera, al menos da fuelle. Un buen ejercicio al respecto es el de comparar la escala de nuestros disparates.
  16. Cuando los amigos correctos no bastan al respecto, en caso de crisis no hacer mudanza; debemos consultar con un experto. Es imposible que éste te diga que no puedes luchar contra tu problema, si es un experto. Vete a su consulta antes de que te lleven.
  17. Tú necesitas aceptar (no sólo verbalmente) que puedes equivocarte en tu toma de decisiones y que en esa misma medida tienes que rectificar. No vaya a ser que el temor a rectificar sea causante de tu miedo en mayor medida que el miedo mismo. En muchas ocasiones es el miedo al miedo lo que tememos, más que el miedo a la realidad. Aunque a veces la realidad misma dé miedo.
  18. ¿Y si me da un infarto por afrontar ese miedo superior a mis fuerzas? Esta recidivante pregunta genera otra y ésta a su vez otras. La verdadera cuestión es: ¿conozco bien mis fuerzas y mis límites, o los deformo por exceso y por defecto? Reflexionar sobre lo que harías si no tuvieses miedo a tus límites supuestos es muy bueno al efecto. Del mismo modo, resulta muy útil ponderar las hipotéticas consecuencias de lo que temes. ¿Qué sería lo más grave que me podría suceder? Muchas veces el temor a lo hipotético es mayor que las consecuencias fácticas.
  19. Los miedos son relacionales, y sin que nos demos cuenta podemos temer que la violencia callejera nocturna acabe con la vida de un nieto, cuando en realidad estamos culpabilizándonos de no haberle cuidado o instruido. Detrás de un pelito hay un pelote.
  20. ¿Por qué tiene miedo quien tiene un Salvador? Toráh: In the beginning. “El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: ‘¿Dónde estás?’ Él contestó: ‘Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo y me escondí” [1]. Moisés en el Sinaí a su pueblo: “No temáis, pues Dios ha venido para probaros para que tengáis presente su temor y no pequéis”[2]. “No les tengas miedo; que, si no, seré yo quien te meteré miedo de ellos”[3]. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?, ¿quién me hará temblar?”[4]. Jesús a sus discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”[5]. (En la barca hundiéndose) “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”[6]. “No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor”[7]. “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el miedo, sino un Espíritu de hijos de adopción[8]. En Getsemaní Jesús siente cuatro emociones fuertes: espanto (ekthambeo)[9], angustia (ademoneo)[10], tristeza (perilypos) [11], y turbación (tarasso)[12], pero lo superó porque le esperaba Alguien mayor que el miedo. “. Decir tenemos todo lo que queremos es terrible cuando todo no incluye a Dios.

NOTAS: (Referencias bíblicas en el último párrafo)

[1] Gn 3, 8-10.
[2] Ex 19, 16-17.
[3] Jer 1, 17-19.
[4] Sal 27, 1.
[5] Mc 4, 40.
[6] Mc 6, 50.
[7] 1 Jn 4, 17.
[8] Rom 8, 14
[9] Mc, 19.
[10] Mt 26.
[11] Sal 6
[12] Jn 11, 33.

8 comentarios

  • El maestro Yoda resumió la mitad del artículo en una frase:

    “El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento.”

    y la otra mitad en otra frase:

    “Hazlo o no lo hagas. Pero no lo intentes.”

    Todos tenemos miedos. Yo mismo llevo toda mi vida luchando contra los míos que como la mayoría de los temores, las más de las veces son irracionales; pero que sean irracionales no los hace menos reales para quien los sufre.

    Los amigos, los terapeutas son muy útiles pero… al final al miedo se le vence entrando solo en la caverna y enfrentándose a Darth Vader, no hay otro remedio.

  • mariano alvarez

    El miedo es un existencial, tenemos miedo al nacer, miedos al vivir y miedo al morir y además son relacionales, compartidos, como muy bien dice su autor y como también muy bien dice que somos lo más grande de la Tierra, así también, nuestro miedos son los más grande sobre la Tierra.

    Los miedos son compartidos, en tanto que el miedo no, me refiero al miedo a la libertad, que es un miedo silencioso y muchas veces ignorado al igual que aquella. Este miedo sobrepasa el ámbito de lo psíquico y de lo orgánico o fisiológico, emerge de la dimensión más profunda del ser persona, de su dimensión espiritual, muy silenciada en la cultura actual y es por ello que carece de asistencia y suele ser ignorado, pero subyace irradiando sus efectos sobre las otras dos dimensiones existenciales, hasta tal punto que los demás miedos también son particulares, aunque la psicología quiera objetivarlos y tratarlos científicamente.

    El miedo a envejecer por ejemplo, no es igual en todas las personas, ni el miedo a la muerte etc., y por tanto no puede haber un método genérico para afrontarlos.

    El miedo a la libertad, es ese miedo silencioso que podríamos compararlo con la radiación de fondo existente en todo el Universo a consecuencia de ese acontecimiento primigenio con que la ciencia describe su origen, el Big Bang, pues es similar a este miedo silencioso que todos llevamos desde nuestro propio nacimiento y que al igual que aquel irradiará sus efectos en cada acto de nuestras vidas como mecanismo anticipador y avisador de las posibles consecuencias de los mismos. Así el miedo trastrueca su imagen negativa en positiva, nos avisa, nos pone en guardia frente a la consecuencia de nuestros actos, que son los elementos relaciones propios del ser Persona, pues en ellos la persona expresa su diferencia con respecto a cualquier ser vivo sobre la Tierra. La Persona  es “ser relacional” en su realidad medular más profunda.

    Este miedo “a” la libertad, el Hombre también lo afronta “desde” su libertad. El miedo y así los miedos no tienen la última palabra, es la persona individual y concreta quien decide sobre él y sobre ellos pero a condición de que ésta quiera ser libre, le cueste lo que le cueste, pues la libertad no tiene precio. Somos dueños de nuestros miedos y de nuestras angustias. Tremendo ¿verdad?.

  • ana rodrigo

    Tod@s sabemos que la muerte llegará sí o sí, nadie sabe lo que hay después de a misma, salvo quien cree y espera que algo o alguien nos espera.

    En cambio la vejez sí la tenemos al lado o dentro de nostr@s mism@s, en cambio es un tema que nos da miedo ¿? hablar de ella.

    Acabo de leer en RD una entrevista hecha por Jesús Bastante acerca de lo que el Papa ha dicho sobre las personas mayores y me ha dado que pensar.

    Yo siempre digo que me está costando mucho trabajo aprender a ser vieja porque es una etapa de la que no queremos hablar ya que creemos que eso es cosa de otros.

    ¿Alguien en atrio que sepa hacerlo (hay much@s) podría escribir un artículo para reflexionar, no sólo de la vejez personal, sino de una sociedad envejecida? Qué necesitamos, qué se nos nos da o se nos niega, qué sentido tiene para nostr@s y para l@s demás la existencia de la vejez, etc. etc. ¿Somos una carga, somos una riqueza, se valora nuestro pasado, estamos estorbando en una sociedad en la que se valora la productividad más que la propia existencia….?

    • ELOY

      Hola Ana gracias por tu oportuno comentario.

      Es de esperar que alguien tenga capacidad para dar satisfacción a tu requerimiento de información sobre la vejez, yo no tengo conocimientos bastantes.

      Lo único que puedo aportar es la experiencia de ser efectivamente “viejo”, si por tal se entiende una persona de 80 años, y en esta etapa yo no me siento en absoluto inútil sino en ocasiones simplemente físicamente limitado por problemas de salud.

      Además creo por lo que percibo a mi alrededor que las personas ancianas que conozco son muy importantes por lo que hacen, por lo que dicen , por lo que piensan en su ámbito familiar y fuera de él.

      Por lo que públicamente dicen escriben o hacen.

      En mi experiencia mi abuela materna , con la que conviví muchos años, toda mi vida hasta que falleció, tuvo una importancia muy grande en mi formación y criterios  y afectos y he observado como la presencia de los abuelos, suele modular  en general de forma positiva los vivencias y criterios de sus propios hijos en relación a los nietos.

      Pienso que hay que vivir con optimismo y esperanza la ancianidad, incrementando los conocimientos y llenándola de acción en lo que nos sea posible.

      Yo desde que me jubilé me dediqué a leer investigar y escribir de forma serena pero constante (aparte alguna que otra actividad), y eso me ha dado paz y satisfacción conmigo mismo. Un saludo.

  • Gonzalo Haya

    Agradezco a Carlos este artículo tan realista de nuestras complejidades psicológicas; quizás agudizadas a nuestra edad, más consciente de nuestra impotencia y con menos estímulos de  actividades urgentes, que nos satisfagan y distraigan.

  • ELOY

    Gracias por el artículo de Carlos Díaz y gracias  por el comentario de Isidoro García

    Habrá que reflexionar sobre lo expuesto por ambos.

    No sé hasta que punto cabe centrar las modalidades del miedo, del vacío y de lo simbólico en las distintas fases o en los distintos momentos de cada vida personal y sus concretas circunstancias.

    Pero sí pienso que hay un momento crucial a todos, un elemento crítico común que es el de la circunstancia de la muerte, de la muerte personal propia e irrepetible.

    Sobre ese momento “personal” pienso que actualmente la sociedad en general y muchas personas en particular no quieren hablar o lo abordan con eufemismos.

    La muerte es un dato fijo y puntual para todos, ¿que nos espera al final de la muerte? ¿Qué creemos que nos espera realmente tras la muerte? Nada ? , Algo? El mero recuerdo de los que quedan vivos? El recuerdo , siempre precario, de nuestras obras?

    Qué sabemos del más allá ? . Nos inquieta, nos perturba, nos da paz?

    Que querríamos saber o preguntar.?

    La creencia, más o menos firme, en la trascendencia  hasta donde nos ilumina ? o hasta donde nos abruma?.

    Sé que estas reflexiones no han de ser paralizantes, y ni siquiera sé si son aquí oportunas, pero pienso que son  humanas,  y quizá convenga reflexionar sobre ellas.

    Yo espero en la Gracia del Misterio tras la muerte, pero soy consciente por momentos de lo costoso que puede ser pensar en la muerte personal, reflexionar sobre ella, cuando el tiempo sabemos que se acorta y que la hora, más tarde o más temprano, llega.

     

  • Isidoro García

    Habla el amigo Carlos, de “los intentos neuróticos de neutralizar nuestro horror al vacío”.

    El vacío es una experiencia ontológica del ser humano, es la carencia de algo que no conocemos qué es, pero que intuimos fuertemente.

    El psiquiatra Francisco Traver lo describe como “un agujero negro que tratamos de rellenar con todo tipo de adicciones pero que ninguna de ellas puede rellenar o resolver. El vacío no puede rellenarse con cosas, el vacío solo puede rellenarse con símbolos.

           Y un símbolo es un intangible, una abstracción, aquello que representa a algo en su ausencia”.

    Sería algo como la sensación de sed, si no supiéramos que la causa la falta de agua. Es eso que como dice Ortega, nos pasa, pero no sabemos qué nos pasa.

    El símbolo, según Henry Corbin, “propone un plano de conciencia distinto, que no es el de la evidencia racional; es la “cifra” de un misterio, el único medio de expresar lo que no puede ser aprehendido de otra forma; nunca es “explicado” de una vez por todas, sino que debe ser continuamente descifrado”. 

    Cuando no somos conscientes de lo simbólico, uno de los tres registros distintos que rige nuestra mente, (porque no entramos en ese nuevo plano de conciencia), tratamos de suplirlo con los otros dos registros, o con cosas reales, (lo que percibimos interpretando la realidad), o imaginarias, (lo que imagina nuestra mente consciente), y esta situación nos hace cada vez más vulnerables a nuestras pulsiones.

    Hay que anudarse a algo simbólico, como lo que hay detrás de la maternidad/paternidad, la religión, el trabajo, el poder-dinero, el ansia de saber, el amor al prójimo, el deseo de perfección social, o cualquier otra actividad-valor que nos sirva como prótesis, y que usualmente conlleva también una parte de literalidad.

    Y así caemos en la neurosis, que es como un conjunto de frenitos o rozaduras en nuestra bicicleta, que dificulta nuestra marcha y hasta puede inmovilizarnos.

    Naturalmente, no todos los símbolos son igual de adecuados, y con ello las actividades que adoptamos en las que nos anudamos a lo simbólico.

    “Por ejemplo el dinero. El dinero es literal y es simbólico. Las personas que disponen de dinero disponen a su vez de la capacidad para gastarlo, es decir para ponerlo a disposición de sus pulsiones, al tiempo que pueden también aumentar su contractualidad social, su poder o su estatus. 

          No es de extrañar que el dinero sea perseguido de forma tan insistente, por aquellos que precisan de una prótesis externa, que venga a ejercer una suplencia de su carencia en la capacidad de anudarse a un símbolo adecuado. 

            El dinero puede ejercer de balsámico y puede impedir que una psicosis se desencadene, al tiempo que permite que un trastorno de personalidad grave se adapte mejor a su entorno”. (F. Traver).

    O sea que el afán por el dinero, no es una cuestión moral, es muchas veces un remedio desesperado e inconsciente de resolver problemas psicológicos que nos amenazan.

     

    (Todo cada vez es más complicado. ¡Qué bien vivíamos cuando solo había buenos y malos, y la cuestión se resumía en que había que estar con los buenos, y contra los malos!.

    Por eso nos gustaban tanto las películas de indios malos y vaqueros buenos, o de vaqueros malos y un sherif bueno, que al final se casaba con la chica guapa). (Atrio).

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