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El feminismo proletario de Pasionaria

Dolores Ibárruri, Pasionaria, en 1931, antes de su partida a Madrid.

Por sugerencia de un atriero y con el deseo de bajar el espíritu crítico a las realidades de cada día, reproducimos esta recensión de dos libros que nos acercan más a una mujer proletaria y luchadora de nuestro pueblo. AD.

La otra Pasionaria, feminista y defensora de la emancipación de la mujer

El centenario del PCE alumbra dos nuevas biografías de Dolores Ibárruri. Sus autores, Mario Amorós y Diego Díaz, trazan para ‘Público’ el perfil feminista de un icono que no se definió como tal, pues entendía que la lucha por los derechos femeninos estaban recogidos en el ideario comunista.

Dolores, mujer. Pasionaria, mito. La figura de una de las políticas más trascendentales en la España del siglo XX vuelve a ser abordada en el centenario del PCE. Mario Amorós ha escrito ¡No pasarán! (Akal), la biografía total, profusamente documentada y que ahonda en su archivo personal. Diego Díaz perfila su dimensión feminista en Pasionaria, la vida inesperada de Dolores Ibárruri (Hoja de Lata). Abordamos esta vertiente menos conocida de la mano de ambos historiadores, de sus textos y de los propios discursos de la protagonista.

No se entendería a la Pasionaria que defiende los derechos de sus congéneres sin la humilde infancia y la dura juventud que vivió. Díaz entiende que responde a la evolución de una obrera que se rebeló contra su destino de esposa y madre, es decir, de ángel del hogar. Amorós relata con detalle aquellos primeros años, que permitirán entender el papel central que le otorgaría a las mujeres y el calado de su feminismo, aunque quizás ahora, antes de mostrar esos mimbres, pueda resultar un tanto precipitado calificarlo como tal. Comencemos, pues, por el principio, enmarcando su vida en el contexto social y político.

 Infancia y juventud en la cuenca minera

“Dolores Ibárruri Gómez (Gallarta, 1895 – Madrid, 1989) nació en el corazón de la que durante casi un siglo fue la cuenca minera vizcaína. Vino al mundo en el momento de máximo apogeo de la explotación de las minas de hierro de los montes de Triano y Galdames, una actividad que fue esencial para la configuración de la burguesía y el capitalismo en Vizcaya y también para la aparición de un poderoso y combativo movimiento obrero vinculado a la UGT y al PSOE. Creció en un ambiente social en el que convivían la religiosidad tradicional, el peso del carlismo en el caso de su familia —su padre y sus tíos lucharon en las filas tradicionalistas en la guerra que concluyó en 1876— y las sucesivas huelgas de los mineros, con sucesos tan significativos como el despliegue del Ejército en la zona en la de 1903″, comenta a Público Amorós.

Toda su familia trabajaba en la mina, por lo que de niña no sufrió penalidades, pues había varias fuentes de ingresos. Fue a la escuela hasta los quince años y quiso formarse como maestra en Bilbao. Sin embargo, su vocación se vio truncada por sus padres. En alguna ocasión alegó que había sido por motivos económicos, aunque también reconoció que en realidad podrían haberle costeado los estudios, pero no quisieron: ¿cómo, siendo mujer, iba a ser ella profesora y sus hermanos, carpintero y panadero? Así, pasó dos años en un taller de costura y otros tantos sirviendo en una casa, hasta que se casó a los veinte con Julián Ruiz, un minero socialista que la introdujo en el obrerismo a través de su palabra y de los libros.

Julián Ruiz y el despertar del obrerismo

“Hasta su traslado a Madrid en septiembre de 1931, para trabajar en la redacción de Mundo Obrero —hecho que significó la ruptura de su matrimonio con Julián Ruiz, aunque jamás lo disolvieron jurídicamente—, Dolores Ibárruri fue ama de casa. En su casa del barrio de Villanueva en Muskiz, ella se ocupaba del cuidado de sus hijos, de las tareas del hogar y de un pequeño huerto contiguo en el que cultivaba patatas y lechugas, además de criar gallinas y algún cerdo”, explica Mario Amorós, quien señala que su experiencia como mujer obrera influyó en la formación de su conciencia política, forjada en la cuenca minera vizcaína, en la huelga general de 1917 y en las casas del pueblo del PSOE y la UGT.

En los años veinte, recuerda el autor de ¡No pasarán! Biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria, fue testigo de la miseria, pues la familia dependía del sueldo de su marido, represaliado por la patronal. “Pero, además, sufrió el lugar subalterno que una sociedad machista reservaba a las mujeres”. Amorós recoge en su libro una respuesta a Andrés Carabantes y Eusebio Cimorra, quienes en Un mito llamado Pasionaria le preguntan cómo se sentía, dados su carácter y su personalidad, en el papel de “esposa clásica”.

 “A los hombres les gustaba ir a la taberna ¿no? Independientemente de que el salario fuera corto o pequeño, o como fuese. Las mujeres tenían que quedarse en casa con los hijos, con la miseria y con todo lo que había en la casa y el hombre iba a la taberna tranquilamente. ¡Las broncas eran épicas! Porque bregar allá con aquellos chicos y el marido tranquilamente en la taberna… Muy bonito tener hijos. ¿Para qué? ¿Para que los cuide la mujer, no?”.

Amorós rememora la traumática muerte de cuatro de sus seis hijos entre 1916 y 1928. Rubén falleció a los 22 años en la defensa de Stalingrado y Amaya, cuyas memorias inéditas son una de las fuentes del historiador, vivió hasta hace tres. Esa “maternidad trágica”, según Amorós, fue una de las claves de su discurso político, como analizaremos más adelante. Encerrada en su hogar, reflexionaba sobre las mujeres asalariadas, que tenían la posibilidad de luchar contra la explotación junto a los obreros, frente a las sometidas al ámbito doméstico, unas esclavas sin derechos.

Rebelde frente a la injusticia y la miseria, en 1978 declaraba a El País Semanal: “Hay que haber vivido la vida de los mineros para saber lo que es la vida dura, una vida en la que no se puede pensar en nada más que en un yantar de bestias, en un existir animal, porque nuestra vida era vegetar, era imposible vivir, aguantar aquello”.

Mario Amorós: “La derecha más extrema odió a Pasionaria y la odia porque rompió el corsé tradicional que encerraba a la mujer en el hogar”

Y ponía el acento en ellas: “Porque las mujeres en esto todavía estaban peor, nuestra vida era aún más dura”. La casa, el marido, los hijos y, en tantas ocasiones, los animales y el campo… Sin embargo, su entorno revolucionario se impusieron a una educación católica y, estimulada por las lecturas marxistas, su rebeldía la llevó a abrazar la política.

El bautizo de Pasionaria

“En 1918, cuando empezó a publicar artículos en el periódico El Minero Vizcaíno, órgano del Sindicato Minero de Vizcaya, adoptó el seudónimo de Pasionaria para no tensar más las relaciones con sus padres y la mayor parte de sus hermanos, que habían desaprobado su matrimonio con Julián Ruiz“, apunta Amorós. Así firma sus artículos hasta 1939, simplemente porque la redacción del primero había coincidido en Semana Santa: Pasionaria, insistiría ella, y no la Pasionaria, que le sonaba a folclórica.

“El equívoco de un apodo que funcionaba como un cañón”, escribe Enric Juliana en el prólogo de la biografía de Diego Díaz. “Conforme a su educación católica, eligió ese nombre, tímidamente, para firmar sus primeros escritos en la prensa obrera, para que sus padres no se enterasen. Tenía veinticuatro años. Pasionaria creció y la historia convirtió aquel pseudónimo cuaresmal en un fortísimo signo de rebeldía: una mujer apasionada que convocaba a la lucha por la emancipación femenina y la revolución”, añade Juliana.

Ya en Madrid, en 1932 se pone al frente de la Secretaría Femenina del PCE e impulsa el Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, lo que luego sería la Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA). “Presidido por ella, prefiguró la política unitaria del PCE que llevaría a la fundación del Frente Popular en 1936”, apunta Amorós, quien destaca que “durante los años de la Segunda República firmó varios artículos y pronunció discursos llamando a la incorporación de las mujeres a la acción política y en defensa de lo que hoy llamamos políticas de igualdad”.

Mito de la resistencia antifascista

“Fue en el verano de 1936 cuando se convirtió en el símbolo universal de la resistencia republicana ante la sublevación militar y oligárquica respaldada por las potencias fascistas, cuando Pasionaria se transformó en un mito global. Ciertamente, su condición de mujer y su figura siempre enlutada ayudaban a trazar su perfil de madre coraje, de mujer del pueblo que se levanta frente a la injusticia. También su reconocida oratoria que, con un lenguaje claro, sencillo, directo y sincero, convocaba a la unidad antifascista dentro y fuera de España en defensa de la República democrática”, apunta Amorós. “Indiscutiblemente, la maquinaria de agitación y propaganda de la Internacional Comunista y del PCE, que en la guerra se convirtió en un partido de masas y en el eje de la resistencia de la República, ayudaron a potenciar su imagen, pero sin sus citadas cualidades personales hubiera sido insuficiente”.

Diego Díaz recuerda que la guerra civil supone una “entrada masiva de las mujeres en el trabajo asalariado”: escuelas, fábricas, hospitales, transportes, comunicaciones… “Muchas veces con grandes resistencias de los varones, por lo que ella reprocha en sus discursos el machismo de compañeros y obreros que rechazan la incorporación de la mujer a la esfera pública”. La líder antifascista se ha convertido, según el autor de Pasionaria, la vida inesperada de Dolores Ibárruri, en la mujer más famosa de España. “Fascina a los corresponsales extranjeros, maravillados ante una persona que siendo de origen popular y autodidacta, hija y esposa de mineros, ha alcanzado unas altas cotas de popularidad”.

¿Por qué va siempre vestida de negro?, le preguntaban. “Y ella respondía que una mujer de clase trabajadora, como ella, de negro iba decente a todas partes. Los comentaristas de la época admiraban a aquella mujer canosa con elegancia proletaria, porque su porte —alta y fuerte— llamaba la atención. Y con el paso de los años nunca dio una imagen de aburguesamiento en sus formas”, cree Díaz, quien escribe en su libro que durante sus intervenciones en la campaña electoral de febrero de 1936 “abordará temas como el derecho de la mujer al trabajo y a la igualdad de salarios, o la necesidad de los seguros de maternidad y otras leyes protectoras”, al tiempo que denunciará que la derecha “quiere a la mujer sometida en la iglesia, en la cocina y en la cama“.

Llamamiento a las mujeres

Única mujer entre los treinta miembros del Comité Central del PCE y, ahora, entre los veintidós candidatos comunistas en las listas del Frente Popular, Ibárruri llama precisamente a la mujer a votar a la izquierda desde las páginas de Mundo Obrero para evitar que sea “transformada en la esclava, en la sierva del hombre, útil solo para procrear carne de cañón“:

“A vosotras, hermanas de clase, que sabéis como yo de los días negros, sin pan y sin alegría; del dolor de los hijos hambrientos y enfermos por las privaciones y la miseria; de las pesadumbres y de las amarguras de una vida de trabajo mal retribuido o del paro que llena de angustias y de desesperación los hogares de los trabajadores; y a vosotras también, compañeras de lucha antifascista; mujeres de la pequeña y media burguesía, que soñáis como todas las mujeres, para los suyos y fundamentalmente para vuestros hijos, una vida de tranquilidad y de bienestar, va el llamamiento cordial de una mujer, madre también, que anhela como vosotras terminar con la injusticia y dar a nuestro país una estructura social más humana y equitativa”.

Antes, en 1931, había dejado escrito en Mundo Proletario que ​​”veinte siglos de dominación religiosa entenebrecen las conciencias femeniles”, ensombrecidas por el “fanatismo”, por lo que era “preciso por todos los medios atraerla a nuestras filas”. Una labor de titanes, pero no imposible: “La conquista de la mujer para la obra revolucionaria”. Y cuatro años después, en Pueblo, critica que la izquierda no las haya involucrado en la política, mientras que la derecha sí había conseguido atraerlas, proporcionándoles lugares de encuentro.

“Ha llegado ya el momento de abandonar esta actitud suicida; al trabajo nefasto de las damas de estropajosa, opongamos el entusiasmo de las mujeres que amamos la vida libre de nieblas supersticiosas y sin cadenas que nos amarren a un pasado de esclavitud. Basta de tertulias estériles, de cotilleos estúpidos; frente a las organizaciones reaccionarias, levantemos una organización de mujeres obreras, de mujeres intelectuales, de mujeres demócratas […]. Hay que romper con todas las viejas fórmulas que impidan a la mujer venir a las organizaciones; hay que evitar que la reacción las enrole en sus legiones confesionales. Y esto lo podremos hacer si a la mujer le damos una organización donde ella se encuentre a gusto, donde ella no se sienta extraña o tratada con menosprecio”.

Diego Díaz subraya que ella se da cuenta de que el interés femenino por la política está siendo capitalizado por la derecha. Incluso puertas adentro el panorama no es muy alentador, porque ella es un icono, pero también casi una excepción que confirma la regla: un partido con pocas mujeres, pese a que en el programa del PCE estuviese recogida la igualdad de género en todos los ámbitos. “Es tremendamente intuitiva. Capta muy pronto que los socialistas y los anarquistas no le están dando importancia a la incorporación de la mujer a la vida pública, cuando ella ve que pueden convertirse en la quinta columna de la reacción o en unas explotadas. Sin embargo, sus compañeros son machistas”, añade el historiador asturiano.

Elogia, por ello, la Secretaría Femenina, “una de las más interesantes del partido”, porque “tiene la capacidad de dialogar con las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Embajadores y con señoras de clase media que cuentan con servicio en sus casas, para organizarlas a todas en torno en una causa común”. Incluso, añade Díaz, “recluta a muchas mujeres republicanas que ven el PCE como el gran defensor del Frente Popular, con una estrategia clara para ganar la guerra. No simpatizan por una identificación con el comunismo, sino porque es el único partido que puede hacer que se gane la guerra. Y, así, se convierte en una organización feminizada y transversal”, añade el también director de Nortes, quien atribuye al éxito de la Secretaría Femenina que el movimiento anarquista cree Mujeres Libres.

Ya en agosto de 1936, iniciada la guerra civil, Pasionaria se dirige a las milicianas del Quinto Regimiento: “No queremos recibir la victoria como un regalo de los hombres de España, sino como algo que nosotras también conquistamos”.

La mujer, destinataria de sus escritos y discursos

Pasionaria, quien se convertiría en la vicepresidenta de la Federación Democrática Internacional de Mujeres en 1945, se dirigió a la mujer en numerosos escritos y discursos. “Las mujeres de España estamos sufriendo y luchando y estamos preparadas para morir en lugar de permitir que el fascismo triunfe”, escribe en Pravda en 1937. Un año después, en un cine de Madrid, reclama la plenitud de derechos: “Queremos dejar de ser ciudadanas de categoría inferior, que se nos obligue a cumplir con todos los deberes que la guerra y las circunstancias actuales imponen; pero que se nos den también los mismos derechos que tienen los hombres en estos momentos”.

Ambas proclamas tienen lugar un 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, que ella considera una jornada de lucha contra la esclavitud y a favor de sus derechos, empezando por el terreno laboral, por lo que exige una igualdad salarial, como antes pedía seguro de maternidad, salas cuna y escuelas infantiles. Algunos discursos tienen como destinatarias solo a las mujeres y a las madres, no solo a las españolas sino también a las alemanas, a las inglesas o a las soviéticas, al tiempo que se dirige a los soldados republicanos como una madre.

“Hemos de movilizar a las mujeres que en el mundo entero sienten y aman la libertad y están preparadas para luchar por ella, hemos de indicarles cómo pueden participar en la lucha”, alecciona en un mensaje de radio en 1942, donde ensalza su labor en la retaguardia.

La “maternidad trágica”

La pérdida temprana de sus hijas Esther, Amagoya, Azucena y Eva, a la que seguiría la de Rubén en la defensa de Stalingrado, llevó a Pasionaria a convertir esa “maternidad trágica” en uno de los ejes de su discurso político y a dirigirse a las madres y mujeres del mundo durante la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial. María José Capellín Corrada alude a ese “binomio hijos-dolor” en De la casa al compromiso político: “Esa maternidad trágica, tan profundamente dolorida, va a ser una de las claves en la vida y en el pensamiento de Dolores Ibárruri, prácticamente no va a haber discurso en que no se dirija a las madres, en que no se sienta portavoz de las madres“.

Los niños también están presentes en su acción política, véase los evacuados tras la revolución de Asturias o los enviados a la URSS. Amorós cita a la novelista Almudena Grandes, quien en Inés y la alegría escribe que “fue capaz de arrebatar el sagrado prestigio de la maternidad a la cultura católica para ponerlo al servicio del antifascismo”. Y se convierte desde la retaguardia, como ya hemos apuntado, en la madre protectora de las milicias y tropas leales a la República.

La historiadora Miren Llona ha estudiado su transformación de mujer del pueblo a madre sufridora de la patria, un prototipo femenino más clásico, que Díaz pone en contexto: “Es un cambio deliberado. Ella sabe que el discurso tradicional es más emotivo y eficaz, al tiempo que encaja mejor en los marcos culturales vigentes. El PCE trata de reapropiarse de ellos a su favor, así como de la cuestión patriótica, planteando que se trata de una guerra de independencia contra Hitler y Mussolini. Eso conecta muy bien con las masas, a las que hay que movilizar”. De ahí la frase de Pasionaria: “Pensad que más vale ser viudas de héroes que esposas de cobardes”.

Miren Llona acompaña esa imagen de maternidad con otra de virilidad, asociada a valores como la valentía y el heroísmo, tradicionalmente atribuidos a los hombres. “Pasionaria es viril y maternal a la vez. Una combinación explosiva. Es la nueva Agustina de Aragón de la España antifascista”, escribe Díaz, quien valora que Rubén luchase en la batalla del Ebro. “Mientras, otros políticos republicanos aprovechaban para irse o maniobraban para que sus hijos no fuesen al frente. Su imagen es muy potente y además predica con el ejemplo. Es la madre de un héroe de la Unión Soviética, algo devastador en lo personal, pero que redondea su leyenda”, comenta a Público.

Diego Díaz: “Pasionaria es viril y maternal a la vez. Una combinación explosiva. Es la nueva Agustina de Aragón de la España antifascista”

En resumen, la mujer —”Cada una de ellas es la madre, la hermana, la hija, la compañera, de un héroe de la vanguardia o del frente de trabajo y tienen, como ellos, el temple de acero y saben ser las dignas mujeres de tan bravos hombres”, clama en agosto de 1936— figura en numerosos discursos, lo que supone una novedad, si bien Ana Jorge Alonso y José Luis Torres Martín matizan esa presencia.

Según los autores de Dolores Ibárruri, imagen pública y vida privada: procesos de comunicación de un modelo de feminidad impuesta, su participación parte de “unos presupuestos ideológicos de corte claramente patriarcal”. En los discursos de Dolores Ibárruri, además, la palabra “mujeres” figura junto a “madres”, mientras que otra “referencia frecuente es a la condición de compañeras de los hombres […] en la doble dimensión de esposas y copartícipes en la lucha política”. Amorós también destaca otra apreciación de Jorge y Torres, incluidas en el libro La comunicación durante la Segunda República y la Guerra Civil: “La legitimación pues de la incorporación de las mujeres al ámbito de lo público se encuentra en el núcleo de su dedicación a lo privado, en la centralidad de su dedicación a las tareas reproductivas, en su rol de madres”.

El feminismo de Pasionaria

¿Podemos, pues, hablar de Pasionaria como una de las precursoras del feminismo? “Sin duda”, cree Díaz, quien en su libro trata de reinsertarla dentro de una genealogía del feminismo socialista y obrero en España. “Su importancia es enorme. En los años treinta hace campaña por el derecho al aborto, por un sistema público de cuidados y por la defensa de la igualdad salarial. No es la primera que lo plantea, pero sí la que logra construir una gran organización nacional, como la Agrupación de Mujeres Antifascistas, que va más allá del PCE”. El historiador asturiano matiza que ese componente proletario y feminista lo tiene sobre todo en los años treinta. “En realidad, ella siempre rechazó el término feminista, porque tenía connotaciones pequeño-burguesas y pocas mujeres del movimiento obrero se definían así, al contrario de otras mujeres de clase media”.

Amorós también cree que debe ser considerada como precursora de un feminismo comunista en España, pese a que ella desechase el adjetivo, “puesto que consideraba que la militancia comunista ya era suficiente para luchar por la plena igualdad de derechos de las mujeres en todos los ámbitos”. Así, defendió su participación en diversas luchas, por lo que sería “feminista en su tiempo histórico, aunque desde una perspectiva ortodoxa negara este término”, escribe el historiador alicantino.

En los años ochenta, ella misma lo deja claro en Un mito llamado Pasionaria, de Andrés Carabantes y Eusebio Cimorra: “En general, yo no soy feminista. A mí me gusta que las mujeres participen en la lucha en las mismas condiciones y con los mismos derechos que los hombres. Hacer un movimiento feminista al margen de la lucha de clases me parece un poco absurdo porque dentro de la lucha por la democracia entran las reivindicaciones de las mujeres”. Queda claro que Ibárruri incluiría el feminismo dentro del comunismo, en el sentido de que este defendería las causas justas, incluidos los derechos de las mujeres. En todo caso, algunas posturas más tradicionales de Pasionaria contrastan con sus proclamas por la emancipación femenina.

Tradición y sexualidad

Pasionaria y sus compañeras del PCE abogaban por el reconocimiento de todos los derechos de las mujeres, incluido el divorcio y el aborto. Sin embargo, ella nunca se separó legalmente de Vicente Ruiz. Sobre la interrupción del embarazo, Diego Díaz considera que el movimiento comunista se vuelve más conservador en cuestiones de género durante la Guerra Fría. “La URSS es uno de los primeros países en legalizar el aborto y despenalizar la homosexualidad, pero el estalinismo supone un giro conservador de la Unión Soviética también en materia de sexualidad. Se suprime el aborto, excepto en casos terapéuticos, y vuelve a prohibirse la homosexualidad. Este giro tarda en transmitirse, si bien llegará a los países occidentales. E Ibárruri, quien más que ser una feminista tenía una intuición feminista, era más avanzada en los aspectos laborales y socioeconómicos, y más prudente en lo que tenía que ver con lo sexual”.

A sus 88 años, la revista Interviú titula: “Estoy contra el aborto”. Díaz entiende que, de alguna manera, los comunistas habían buscado atraer el voto de los católicos y evitar asustarlos. “Ella consideraba que uno de los grandes errores de la izquierda española era el anticlericalismo, porque no se podía ofender la religiosidad de muchísimos campesinos o trabajadores, porque los echaba en manos de los conservadores. Esa fue otra de sus intuiciones inteligentes”, añade Díaz, quien explica en su libro el tradicionalismo de Ibárruri.

“[La política rusa Alexandra] Kollontái trató de explicar a los suyos que la libertad sexual no era una degeneración pequeñoburguesa, sino un nuevo derecho que la revolución debía conquistar también para las clases populares. Ibárruri prefirió evitar pronunciarse sobre los temas sexuales y sentimentales, jugando a cultivar como figura pública la carta de un cierto tradicionalismo femenino que contrasta con una vida que en la práctica poco tuvo de tradicional”, escribe Díaz. “Ese fue el papel que Pasionaria quiso interpretar, seguramente consciente de que, en un tiempo machista y en un partido machista, era el único que una mujer podía jugar sin ser desautorizada por sus compañeros y compañeras”.

El historiador asturiano explota esa contradicción en el libro. “Una mujer tradicional que tiene poco de tradicional, porque en su vida privada fue rupturista”, comenta a Público. “Cuando el partido le ofrece la posibilidad de marcharse como liberada a Madrid, deja su pueblo y a su marido. Lo prioritario es su vocación política, lo que le da la oportunidad de ser independiente económicamente e irse de un hogar donde no era feliz. Cuando es detenida, entre la militancia y la crianza, escoge la Unión Soviética. Y tiene una relación con Francisco Antón, mucho más joven que ella. Esa vida no es tradicional, pero se la guardó para el ámbito de lo privado. Era rompedora en sus proclamas, si bien siempre fue muy pudorosa a la hora de hablar de estos temas”.

El motivo, según Díaz, es que no se podía exhibir ese “rupturismo sentimental” en una sociedad machista. “Kollontai, que quiso ser revolucionaria en lo político y en lo personal, terminó bastante mal. Pasionaria sabía que había ciertos aspectos que no casaban bien con su personaje público y su aspecto de mujer común, por lo que perdería eficacia. Y era consciente de que eso le podía pasar factura, por lo que su ruptura con Antón en la Unión Soviética tiene mucho que ver con la necesidad de acallar rumores en el partido. Él no cae por los celos de Pasionaria, sino porque se ha ganado muchos enemigos dentro del partido, pues era autoritario, chulesco y pagado de sí mismo”.

Pasionaria y el feminismo burgués

Díaz cree su figura fue revolucionaria en los años treinta: “Construyó un personaje público con unos atributos —el negro, el moño, casada— de mujer típicamente obrera. En la escena pública había poquísimas mujeres y, además, con otros orígenes sociales y culturales. Federica Montseny venía de una familia de intelectuales. Margarita Nelken había traducido a Kafka. Clara Campoamor y Victoria Kent fueron a la universidad”. Ella, en cambio, se asocia al pueblo. Amoros subraya que, al contrario que otras figuras coetáneas, no tuvo oportunidades, vio frustrada su vocación de maestra y tomó conciencia, como señala Capellín en De la casa al compromiso político, “a partir de la situación más alienante y perpetuadora del sistema que podamos encontrar, en la misma base del sistema patriarcal“.

En otras palabras: “Pasionaria no es ni una intelectual de gruesas gafas redondas como la anarquista Federica Montseny, ni una mujer elegante y sofisticada como la socialista Margarita Nelken, políglota, crítica de arte y de literatura. Tampoco una abogada como Victoria Kent o Clara Campoamor. Pasionaria es una autodidacta, cuyo bagaje político está en quince años de militancia política y en una vida dura que se refleja en su físico”, escribe Díaz. De todas las figuras femeninas del periodo republicano ella es la que más se parece a esa prototípica mujer del pueblo […]. Ni se pondría el mono de miliciana, ni se vestiría con una imagen más burguesa, como otras mujeres de la izquierda”.

El negro y el moño de mujer casada como “herramientas de propaganda capaces de conectar con unas clases populares que se veían representadas por aquella mujer, común y excepcional al mismo tiempo”, según Díaz. “Consciente de esa capacidad para personificar los anhelos de su clase, y particularmente los anhelos de las mujeres de su clase, recrearía durante el resto de su inesperada vida esa imagen de mujer del pueblo, tradicional y rompedora a la vez”. Ya hemos visto que su afán de independencia y otras cuestiones al respecto —deja a su marido, antepone la vida política a la familiar, se enamora de un hombre joven​​— evidencian su transgresión y templan el tradicionalismo, aunque cultive esa imagen como arma propagandística.

Y que su feminismo, diferente al de otras republicanas de clase media, echaba sus raíces en el propio programa comunista. “Un nuevo feminismo que no se llamaba feminismo, palabra de sabor pequeñoburgués”, escribe Díaz, “y que no se limitaba a defender la igualdad jurídica y formal, sino que también ofrecía respuestas a las problemáticas de las obreras, empleadas del sector terciario y campesinas, olvidadas hasta entonces por el feminismo de clase media”.

Una mujer odiada por la derecha

Austera, modesta y siempre de negro, “su imagen pública suponía además una contestación a esa leyenda de aberrante marimacho, asesina sanguinaria de religiosos o prostituta hipersexualizada que difundiría de ella la propaganda derechista durante la Guerra Civil”, escribe Díaz. Porque “la derecha más extrema la odió y la odia porque encarnó la militancia comunista y porque se liberó del lugar subalterno que le reservaba en la sociedad”, tercia Amorós. Es decir, “rompió el corsé tradicional que encerraba a la mujer en el hogar, privada de los derechos ciudadanos e incluso de la palabra en el espacio público”, y “condenada al silencio y la resignación, al olor de incienso y sacristía”, señala en su libro.

Si los comunistas subvertían la familia tradicional, Ibárruri desestabilizaba los roles de género del franquismo. “Dolores representaba no sólo ese odioso ruido de los proletarios capaces de juzgar la realidad y la historia, sino, además, la no menos odiosa transgresión de la mujer opuesta al prototipo reaccionario femenino y que Franco idealizó en la figura de su propia madre, aquella sufridora doña Pilar, una buena mujer sin duda, que supo asumir con resignación cristiana las veleidades masónicas y faldilleras de su marido”, escribía Manuel Vázquez Montalbán en El País a mediados de los noventa.

Ella pide el voto a las mujeres y reclama su espacio en la esfera pública, lo que motiva que se convierta en un objetivo de la propaganda reaccionaria. “El odio de la ultraderecha hacia Pasionaria llega hasta la actualidad, porque han vandalizado su tumba en el Cementerio Civil de Madrid o las esculturas que la recuerdan en varias ciudades españolas e insultan su memoria con todo tipo de falsedades”, denuncia Amorós. “No soportan lo que representa una mujer comunista como Dolores Ibárruri: la lucha contra el fascismo, la defensa de los derechos de las mujeres y de la clase trabajadora y la voluntad indeclinable de avanzar hacia el socialismo”.

Los hitos de Pasionaria

La historia de España en el siglo XX no puede explicarse sin el PCE ni tampoco sin Dolores Ibárruri, cree Mario Amorós, quien enumera sus hitos: “Es cierto que su trayectoria política alcanzó su cénit en una época muy difícil —el estalinismo—, pero creo que prevalece —y lo extiendo al conjunto del PCE— su aportación al Frente Popular y la defensa de la República en la guerra, la contribución a la derrota del nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial y el largo combate contra la dictadura franquista y por la reconquista de la democracia y la libertad”.

Amorós, cuya ingente labor de documentación abarca el archivo personal del icono comunista, también destierra algunas leyendas en ¡No pasarán! Biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria. Por ejemplo, no pronunció en Barcelona las palabras de despedida a las Brigadas Internacionales, sino que fue un texto publicado en aquel otoño de 1938. Y el discurso del “no pasarán”, emitido por Unión Radio en la medianoche del 19 de julio de 1936, no era suyo, sino que la dirección del PCE le encargó que leyera el llamamiento del partido, que en su primera versión no incluía la frase final “¡Los fascistas no pasarán! ¡No pasarán!”, añadida posteriormente en algunas publicaciones.

Con el simbólico lema titula Mario Amorós su libro, valiosísimo trabajo de investigación producto de la consulta de una quincena de archivos, incluidos los fondos del Archivo Histórico del PCE, de las publicaciones Mundo Obrero y Nuestra Bandera hasta 1978, de una amplia bibliografía y, entre otras fuentes, de los miles de artículos, documentos personales, correspondencia —con Stalin, Salvador Allende, Fidel Castro o Enrico Berlinguer— y otros folletos incluidos en más de 150 cajas del archivo personal —conservado por su nieta, Lola— de Dolores Ibárruri, quien ejerció como secretaria general del PCE en el exilio y como diputada en Cortes antes y después del franquismo.

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