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Elpidofobia

          Elpidofobia es el odio a la esperanza (elpis), la cual no es solamente algo de lo que se carece (diselpidia), sino lo siguiente a ella, a saber, el no querer tenerla, el rechazar fóbicamente la esperanza. Hay quien no tiene esperanza aunque quisiera, y quien no la quiere aunque la tuviera, razón por la cual linda con la desesperación o carencia de pie sobre el cual asentarse, de estar firme sobre el pie (super pedem, spem). Nos permitimos estas aclaraciones etimológicas dada su importancia y al mismo tiempo su inusualidad.

          La elpidofobia surge cuando el tener esperanza resulta peor que el no tenerla. Pongamos un ejemplo. Supongamos que alguien tiene un cáncer dolorosísimo y vive en un puro grito, ahogado por sus padecimientos, o que se halla tetrapléjico y ya desea morirse por encima de todo. En semejantes circunstancias algunas de estas personas prefieren la eutanasia o el suicidio porque no les merece la pena fijar su esperanza en alguna posible curación remota luego de un sinfín de esfuerzos y sufrimientos estériles. Si ellas esperasen salir de todo ese negro túnel, eso implicaría una lucha, un sufrimiento por causa de la lucha misma, prefiriendo por eso la muerte. No han mantenido la esperanza hasta el final, porque el vivir con esperanza hasta el final les resulta insoportable cuando se está lleno de odio a la vida causante de esos horribles y espantosos sufrimientos. Es falso, pues decir que la esperanza es lo último que se pierde. Nosotros no defendemos el suicidio, ni la eutanasia, pero es de este modo como explicamos la esencia del proceso elpidofóbico.

          En general, podríamos decir que existen dos actitudes ante la vida: la del homo fobicus y la del homo patiens. Entre ambos está el homo labilis, aquel que a veces se acuesta hacia la fobia, y aquel otro que se acuesta hacia la elpis o esperanza, que no está donde tendría que estar, y que está donde no debería estar.

          En realidad, la vida entera constituye un proceso de aprendizaje, pues cada día llevamos a cabo de forma fáctica o contrafáctica una opción a favor o en contra de la vida entera. Esto significa que no existe ninguna acción, por pequeña que lo parezca, indiferente a este proceso.

          En realidad, es en esto en lo que consiste la vida ética, su ethos, y por lo tanto también la vida psíquica que es indisociable de ella. El error básico de la psicología materialista es que considera la esperanza como un proceso meramente biológico, como si ella dependiese exclusivamente de las hormonas o, como aseguraban los clásicos renacentistas, de los famosos “humores”, de las bilis y de sus atrábilis. Este reduccionismo psicológico conlleva, como no podía ser menos, un reduccionismo antropológico. Para contrarrestar esta tendencia animalizante se escriben estas líneas, que a su vez llevan consigo una opción militante, pues sin su correspondiente lucha no existe ni siquiera la realidad de la escritura.

          Hay personas que de repente aparecen destrozadas sobre el asfalto porque se han arrojado por la ventana o se han descerrojado un tiro en el paladar. Desgraciadamente no hace todavía un mes que he padecido lo primero. El líder siempre alegre y vivo, ejemplo en todo de virtudes amistosas y de una delicadeza superior, no apareció el día en que nos tocaba pasear juntos en grupo, y después de una serie de batidas apareció donde nadie lo hubiera esperado, en el patio de luces de su vivienda. Ninguno del grupo ni fuera del grupo lo hubiéramos sospechado ni siquiera remotamente. Un manotazo duro, un hachazo invisible y homicida como aquel no cabía en la imaginación más febril.

          Y hay personas que, en medio de las más graves tribulaciones, como otro querido amigo, resiste hoy alegremente contra viento y marea toda una serie de infortunios, de muertes familiares y hándicaps personales tales como enfermedades terminales dolorosas, y las está ofreciendo por la humanidad desde su convicción de fe cristiana coherente. Su existencia es una existencia ofrecida, donada, conferida. Hoy mismo he hablado con él por teléfono y sigue dando gracias a Dios: “El Señor es muy bueno conmigo”, ha musitado. Son vidas que pareen imposibles, pero no solamente son posibles, sino también reales; y no solamente reales, sino también ejemplares. No existe en ellas, en fin, proporción entre su renegrida realidad y la luminosidad de su esperanza. La realidad tampoco se explica aquí por procesos meramente bioquímicos.

          El ser humano es un misterio en última instancia. Nadie sobre la superficie de la tierra es capaz de desesperar ni de esperar como él.

          Al homo sapiens (atrévete a saber) suele oponérsele el homo patiens (atrévete a sufrir), la audacia para el sufrimiento, que nos acerca a la verdad sin huida ni miedo. Es necesario afrontar el sufrimiento, pues sólo el sufrimiento asimilado deja de ser tal: para tener sentido, no puede ser un fin en sí mismo; cuando lo es, puede degenerar en masoquismo. Sólo tiene sentido cuando se padece por causa de. Cuando está dotada de sentido apunta más allá de sí misma: la persona sufre mal si con su sufrimiento no ayuda a nadie. La donación de sentido que se produce cuando el sufrimiento pasa a ser sacrificio, llega hasta el punto de implicar toda la vida. El sacrificio puede dar sentido a la misma muerte, mientras que el mero instinto de conservación sería incapaz de dar sentido a la vida.

 

3 comentarios

  • Javier Peláez

    Hasta Jesús dijo:”Dios mio,Dios mio por….”.Por lo demás la estructura psíquica es muy importante yo tb tuve un amigo que era la suma alegría….y mira decidió irse en la flor de la vida….Tb te he decir que no tengo yo muy claro lo de la donación…El temperamento o el carácter es a veces mucho más importante…Mi madre,cristiana ejemplar,mientras padecía ELA, según entré yo en el Hospital Carlos III que le iban a poner un estómago artificial (perdón lo abrupto de la confesión),me dijo que se quería morir….Yo salí a la terraza del hospital a fumar y dejé de fumar 14 años hasta hace tres años…Mi madre murió en el 2004….Sin hablar de mi madre,cuyo ejemplo luminoso tengo siempre presente y que yo no creo que lo viviera aquello como un sacrificio o donación de algo(por lo menos nunca lo verbalizó,ni ganas le quedaban);te he de decir que tb uno puede decidir partir no sólo por ahorrarse sufrimientos,sino por ahorrárselos a los demás si uno lo ve así…..Yo respeto todas las posiciones…Luego está la enfermedad mental que lleva al suicidio…En fin,tampoco te creas que entre los suicidas no ha habido hombres ejemplares….Mi amigo mismo,un primo mío….Ya cuento demasiadas intimidades y demasiado dolorosas…Pero pensemos en Larra….Hay gente que por decirlo claramente que ha muerto “antes de tiempo” y ha hecho más que yo(de los demás no hablo) en cien vidas de una duración estándar….

    • Javier Peláez

      Acabo de ver en la tele la edad exacta de Maximiliano cuando lo decapitaron por ser objetor de conciencia(21 años y 8 meses)…Cuando me hice objetor firmé la solicitud con un texto de San Maximiliano,!!! Juventud,divino tesoro!!!…Yo de joven estaba chalao…Lo digo esto como complemento de los que “mueren antes de tiempo”…

  • Isidoro García

    Los sufrimientos humanos son una de las causas más importantes de la desazón que nos produce la falta de sentido de la vida.

    Nos produce una especie de sorpresa, de estupor, de alienación, de que eso no era lo que tenía que ser: ¿Cómo me puede estar pasando esto a mí?.

    Después de largas épocas sin graves problemas, en que nos dejamos llevar con pensamientos y acciones banales, se presentan situaciones de crisis, en los que precisamos encontrar un sentido, una explicación, a lo que nos sucede en nuestra vida.

    Según Gerardo Castillo Ceballos, “Todo hombre se pregunta a sí mismo cuál es el sentido de su existencia. Necesita encontrar razones para vivir, (y para sufrir). 

         El cambio de cultura entre generaciones suele favorecer las crisis existenciales, porque cuando los antiguos esquemas mentales ya no sirven, la persona se desconcierta y puede entrar en crisis”.

    Según el neurobiólogo David Linden, tenemos una necesidad evolutiva, de que el cerebro encuentre una explicación, (encuentre un sentido), para dar coherencia, a la concepción incoherente del mundo, que es nuestra realidad biográfica.

    Lo que parece claro, es que cuando nos desconcierta y descoloca, una realidad tan común y sabida como el sufrimiento humano y la muerte, es porque dentro de nosotros tenemos “de fábrica” unas expectativas ocultas e inconscientes, que nos encontramos incapaces de cumplir.

    Y cuando entramos en fase de fuerte angustia y ansiedad, inevitablemente entramos en fase de delirio. Y ya se sabe que el delirio es un error “necesario”, para paliar esa angustia, como lo son los opiáceos para el fuerte dolor.

    Y entonces empezamos a generar y aceptar “relatos”, (somos especialistas en crear relatos), delirantes y absurdos, que den un sentido a nuestras desgracias.

    Y aquí se nos produce una fuerte contradicción interna. Por una parte tenemos un fuerte instinto hacia la verdad, al conocimiento de la realidad, pero por otra parte también tenemos un fuerte instinto de felicidad, de evitar el sufrimiento. Y esa contradicción casi siempre se nos muestra irresoluble.

    Es verdad que la primera condición para intentar resolver nuestros problemas es reconocer y aceptar la realidad. Lo fundamental para curarse es saberse enfermo, y cuanto más buscamos un falso culpable de nuestros problemas, más lejos estamos de resolverlos, (es la maldición del “victimismo”).

    Pero hay que reconocer nuestra insuficiencia personal, y si no nos vemos capaces de solventar ese dolor existencial por nosotros mismos, es disculpable, que caigamos en el bálsamo narcotizante del delirio.

    En esos momentos, se buscan ansiosamente esas “intuiciones difíciles en un momento de crisis humana. Tales intuiciones no pueden ser consoladoras, ni bien definidas: son oscuras e irónicas. (T. Merton).

    Cuando se contempla las imágenes comunes del Buda, regordete, sonriente y sentado, con cara de pánfilo después de una buena comilona, deberíamos imaginarnos el cuadro, pensando que le estaba dando en ese momento un fuerte dolor de estómago.

    Conseguir mantener el tipo, en esas situaciones dolorosas, es un gran logro humano, y si para conseguirlo, necesitamos contarnos y convencernos de alguna mentirijilla, bienvenida sea. Cuando seamos perfectamente maduros y conozcamos toda la realidad, lo conseguiremos sin mentirijillas.

     

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