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¿No soy hombre y hermano?

Por una serie de contrariedades, en parte debidas a la pandemia, no ha podido llegar a mis manos el libro que me envió Carlos Díaz con sus Memorias de un escritor transfronterizo. Tengo ganas de leerlo, pues nuestras vidas y memorias se han entrecruzado varias veces. Y prometo expresar aquí el eco de tu libro en mi. Pero entretanto, en el enlace al título, quien quiera puede encontrar una breve presentación en el blog del Intituto Mounier y un enlace para adquirirlo. Pueden todos expresar su impresión sobre en mismo an los comentarios a este breve artículo suyo que hoy publicamos. AD.

      A la vista de las masacres que los negreros de Gran Bretaña –aunque no sólo de ese país– cometían con los africanos, un luchador antiesclavista de apellido Wedgwood pidió a uno de sus artesanos que diseñara un sello para estampar la cera con que lacraba sus paquetes. En él se mostraba a un africano encadenado y de rodillas que alzaba las manos en actitud de súplica, rodeado por las palabras “¿No soy hombre y hermano?”. La imagen, reproducida por todas partes, desde libros y hojas de té hasta cajas de rapé y gemelos, constituyó un éxito instantáneo. Muchos la compraron lo mismo que hoy se compra chocolate bueno a “precio justo”, una forma baratita y dulce de compromiso contra la injusticia, que hay que ver que mala es.

      Pese a todo, nada ha sido capaz de borrar el odio y nada ha logrado impedir que todavía en estos días se asesine a esclavos por parte de la policía misma. Quienes son capaces de asfixiar a negros con la presión de su rodilla sobre la garganta del caído en el suelo no solamente son inhumanos, son muchísimo peores, son una vergüenza para la humanidad de la que ellos no forman parte, y quienes todavía apoyan la represión brutal y defienden esas bestialidades siguen aduciendo que, si no asfixiamos a los negros, ellos seguirán robando, asesinando y cometiendo aquellos crímenes que cualquier otro perpetraría para defenderse legítimamente y para honrar la bandera más bonita del mundo.

      No sé si afortunada o desafortunadamente, ni tampoco si con verdadero arrepentimiento o tan sólo estratégicamente pero, en los disturbios raciales que estos días han seguido al crimen policial sobre el hombre negro, hemos visto cómo algunos policías se han arrodillado pidiendo perdón a la multitud enfebrecida que buscaba venganza. En todo caso ese gesto me ha dado que pensar.

      El diseño de la medalla de Wedgwood fue el mejor gesto de los primeros abolicionistas del Parlamento inglés. Ahora bien, es posible que aquel africano fuera un hombre y un hermano menor y agradecido, un hermano arrodillado y no rebelde pero, en un tiempo en que los miembros de la clase superior británica no se ponían de rodillas ni siquiera para rezar en la iglesia, la imagen del esclavo como víctima suplicante constituía el reflejo de una cruzada para levantar al oprimido, no para luchar por la igualdad de derechos. En efecto, el Parlamento inglés del siglo XVIII, que pronto se convertiría en el campo de batalla de la cuestión de la esclavitud, servía desde hacía mucho tiempo para dirimir refinados duelos de ingenio entre la nobleza terrateniente, que se complacía discutiendo sobre leyes de caza y otros asuntos similares, hasta el extremo de que un pájaro podía anidar en la peluca del presidente de la Cámara de los Comunes sin que nunca fuera despertado de su sueño, según solía decirse. Era un club exclusivo que sólo recientemente y muy a regañadientes había comenzado a tolerar que los corresponsales de prensa tomaran notas en sus debates, pues sus miembros no estaban acostumbrados a sentir la presión de la opinión pública.

      Así que, según su habitual proceder, aquel infame Parlamento inglés aprobó después de muchas dificultades y resistencias un proyecto de ley relacionado con la esclavitud a partir del momento en que un grupo de parlamentarios visitara un barco negrero en el Támesis. Pese a todo, al final, un proyecto de ley limitaba el número de esclavos que podía transportar un barco en función de su tonelaje y exigía a todas las naves tener un médico y llevar además un registro de las muertes de esclavos y tripulantes, en función de que “la trata de negros y de negras era justa, pero se había adulterado con ciertos excesos”, aunque los armadores de Liverpool afirmaban que “los barcos negreros más abarrotados eran los más saludables porque el tiempo pasado a bordo durante su transporte desde África a las colonias era la parte más feliz de la vida de un negro”. Ahora bien, de haber sido así, ¿por qué no hacían ellos mismos el viaje entre peligrosas tormentas y temporales, atados con grilletes, en medio de sus vómitos, latigazos, hambrunas, y de las consecuencias derivadas de todo ello, y a continuación, tras experimentar esas extraordinarias pruebas de “felicidad”, tomaban la palabra ante la Cámara? Finalmente, el proyecto de ley terminó siendo aprobado, aunque atenuadísimo por muchas enmiendas y eludido a menudo en la práctica.

      Tal vez algunos de los británicos de las clases altas integrantes de aquella corporación podían sentirse impulsados por la piedad, pero es indudable que no podía moverles la pasión de la igualdad. Y esto es algo que solamente los ciegos no ven, aunque ciegos morales los hay a mansalva. Yo mismo lo he comprobado siempre entre los parlamentarios progresistas de salón y entre la membresía de mi propia Iglesia, habiendo tenido que afrontar no pocas tensiones por censurar a las señoras encargadas del ropero y de las ollas para pobres, que sin embargo al mismo tiempo explotaban con salarios de hambre e insufrible paternalismo a sus propias pobres criadas, y ello en cualquier parte del mundo. También hacer la comida a los pobres y darles limosnitas sirve para ganar en autoestima, aunque sea a costa de cegar la parte autocrítica. O sea, la buena mala conciencia, con un pie en el cielo y otro en el infierno.

      Tanto clamor de indignación de las almas bellas ante los negros asesinados refleja el corazón duro, la peluca del presidente de la Cámara de los Comunes. Estaré equivocado, pero toda indignación sin acción viene a ser una acción indigna, una indigna acción.

      Así que no corráis, que es pior. El sentimentalismo de los angelitos negros arrullados por Antonio Machín sigue operativo incluso en el corazón de la propia negritud. Digo esto porque, al salir del Seminario de Madrid para disfrutar ambos de las vacaciones, un seminarista negro de etnia “superior” obligó a que su propio compañero de curso, pero de etnia “inferior”, le llevase la pesada maleta, espero que no en nombre de Cristo.

Un comentario

  • juan antonio vinagre oviedo

    Estoy contigo y con tus reflexiones, Carlos. Lo más triste es que muchos de ésos que cometían tales crímenes se consideraban cristianos…, como hoy ocurre en la América de Trump (y en muchos otros países), que se proclaman cristianos y hasta exhiben evangelios…  Pero sin obras…  Se utiliza el nombre de Jesús de Nazaret y de Dios muy ligeramente, en vano…  Esos abusos que todavía persisten desacreditan ciertas creencias e iglesias de hoy…

    En muchas tradiciones religiosas y proclamaciones de fe cristiana hay demasiada caricatura, y usamos demasiadas mascarillas (para tapar la verdadera cara), cuando vamos a una celebración religiosa. Lo cual indica que estamos aún en fase de catequización y de comprensión de lo que es y compromete el Reino. Es decir, que no hemos recibido un verdadero bautismo; ese bautismo espiritual que transforma el modo de pensar y de actuar. Nos creemos cristianos, cuando sólo estamos a medio catequizar…

    Por eso, es bueno que surja, también hoy, un Bartolomé de las Casas en cada país, en cada frontera, en cada mina de explotación…, y nos haga ver que muchas veces  utilizamos a Dios y al hombre para asegurar y lacrar nuestro negocio… más, mucho más que nuestra fe…

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