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Separatismo socio-económico

     El grito de Teruel  existe desde un rincón de la España vaciada, las caravanas de tractores bloqueando carreteras y ciudades, el lamentable espectáculo que nos ofrecen las continuas broncas entre políticos y tertulianos,  entre otras muchas cosas,  nos muestran el cúmulo de desigualdades socio-económicas que asoman entre las personas que componen la ciudadanía española actual. Y, sin embargo, esta no parece ser la principal preocupación de unos poderes fácticos, enrocados en un derechismo extremadamente rancio,  anclado en un oscuro pasado reciente.  Para ellos el problema es la agenda territorial. El separatismo político de Cataluña y Euskal Herria. El secesionismo privilegiado e inmisericorde de quienes atentan contra la igualdad de todos los españoles. ¿Igualdad en qué sentido?

     Seguro que catalanes y vascos no estamos libres de pecado.  Ahora bien,  el mayor escándalo, a mi modo de ver, es contemplar a la opulenta Comunidad de Madrid. Ella es la acaparadora de un suculento PIB y es capaz de vivir feliz, rodeada de un llamativo cinturón de pobreza relativa. Ahí están un conjunto de comunidades que le doblan en población, como  Castilla la Mancha y León,  Extremadura, bajo Aragón, etc., lanzando sus S.O.S sin que no se les haga caso. Este separatismo socio-económico es realmente cruel. El político, manteniéndonos todos dentro de una Europa unida y cohesionada, más que un problema podría ser una solución. Atraigamos a Portugal y Gibraltar. Demos alas a Cataluña, Euskal Herria, Galicia, Canarias, Andalucía, etc. y todos juntos, pero no revueltos, preocupémonos de lo que hay que preocuparse.

     Por ejemplo. De aterrizar en una economía con futuro saludable para todos, es decir, capaz de reducir la escandalosa desigualdad socio-económica entre las personas. De tratar de estabilizar la población en los lugares de origen, a base de cambiar la forma de medir el progreso. De repensar el tipo de negocios y de producción, sobre la base de limitar el despilfarro de recursos, con la sana intención de ir cambiando los hábitos de los consumidores.  De comprometer en el empeño a políticos y comunicadores, desde el convencimiento de que la felicidad es algo muy distinto a tener más y más.

     En fin, comámonos el coco tratando de averiguar cómo avanzar hacia un mundo más justo e igualitario, en el que la solidaridad, y no la riqueza, sea el auténtico signo de distinción social.

2 comentarios

  • Iñaki SS

    Gracias a ti, Asun , por enriquecer mi comentario.

    Oir hablar de desigualdad, a personas “bien-pagadas” con cara de cemento, incapaces de matizar bien lo que quieren decir,  me resulta lo suficientemente infumable como para tomarme la libertad de regalarme un pequeño desahogo…..sin acritud.

    Un cordial saludo

     

     

     

     

  • Asun Poudereux

    Muchas gracias,  Iñaki. Me alegra leerte.
    De acuerdo que este es el gran separatismo, el socio-económico, entre los ciudadanos españoles. Se viene ocultando bajo problemas menores que hinchan y elevan como los globos multicolores de feria, donde solo hay helio.

    El despiste que se pretende no creo que cautive a quienes están pasándolo mal económicamente. Tampoco engaña a agricultores y ganaderos, víctimas de las reducciones constantes del valor de su trabajo productivo, fundamental para la subsistencia de toda la ciudadanía,  y que sin embargo han sufrido y vienen sufriendo en sus carnes con sus familias un  continuo incremento de la vida a espaldas suyas.

    La solidaridad en interrelación se aplasta, no se la quiere mirar de frente. Demasiadas cosas lo impiden. Si se juega a ver quién tiene más razón y por tanto verdad,  se está perdiendo el tiempo en la política a todos los niveles:
    – Se pone la ideología por encima de las personas,
    – ridiculizando y hasta condenando las diferentes,
    –  lo que no deja de ser tiempo perdido en círculos viciosos,
    –  un robo descarado a la ciudadanía con y en asesores inútiles, sin escrúpulos éticos.
    Invertir en lo que es primario, no parece que atraiga a los fatuos y engreídos ignorantes.
    Lo que queda siempre, siempre,  son los hechos. Las palabras, imágenes, discursos y demás banalidades  perjudican a todos, especialmente a  ciudadanos en necesidad.

    ¿Es eso lo que desean y pretenden nuestros políticos, estén donde estén?

     

    Un abrazo fuerte.

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