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Ética sin religión

HayaVale la pena reflexionar sobre este artículo. Gracias. Gonzalo

Dictados del más allá

Fernando Trías de Bes

El País semanal 13.11.2016

 Vivir del mismo modo, con independencia de que se crea o no en que hay algo más tras la muerte, obliga a alinear las creencias religiosas y los derechos terrenales. También ayuda a ser más libres.

EN LA PELÍCULA Qué bello es vivir (1946), del director Frank Capra, el protagonista, George Bailey, encarnado por James Stewart, está a punto de suicidarse. Antes, un ángel le permite ver cómo sería el futuro sin su presencia. Visualiza un mundo peor. Así que cuando regresa de nuevo al momento previo al suicidio, en lugar de lanzarse por el puente, decide regresar a su hogar para que el mundo sea mejor gracias a estar él con vida. Son muchas las películas donde el protagonista tiene oportunidad de observar su futuro o su pasado desde el más allá. De casi toda ficción de ese tipo, libros, relatos, filmes…, se infiere algo fundamental: que, según lo que pensamos que nos espera, decidimos vivir de un modo determinado

La historia de las civilizaciones está plagada de costumbres que nos obligan a sacrificarnos por lo que pueda haber tras la muerte. Hay creencias que incluso obligan a tareas y conductas concretas, algunas realmente exigentes. Podríamos pensar que estos comportamientos son propios de culturas pasadas. Sin embargo, la religión protestante sigue considerando que el juicio final depende en gran medida de lo que uno haya aportado a la sociedad en lo material y económico durante la vida. En la católica, por su parte, se considera que los malos o buenos comportamientos determinan la salvación o condena de las almas.

Bajemos la cuestión a la tierra. Existen solo dos posibilidades. Que tras la muerte haya algo o que no haya nada. Veamos las conductas en cada caso.

Establecer relaciones causa- efecto entre vida presente y eventual vida futura allana el camino a la manipulación

Entre aquellos que piensan que sí hay algo, lo interesante desde un punto de vista conductual es que, por lo general, establecen una correlación entre lo que encontrarán y su comportamiento. Sistemáticamente se considera la vida una especie de prueba para determinar si merecemos una existencia mejor, más larga o eterna. ¿Por qué? Establecer relaciones causa-efecto entre vida presente y eventual vida futura allana el camino a la manipulación del individuo.

Si nadie sabe a ciencia cierta qué hay después de la vida, ¿cómo puede defenderse que existen reglas causa-efecto entre ambas existencias? La vida eterna es una cuestión de fe, pero lo que nos espere después y de qué dependa está impregnado de tanta suposición como las religiones de antiguas civilizaciones.

Supongamos por un momento que alguien de ferviente fe y que creía en el más allá pasa a considerar que no hay nada tras la muerte. Absolutamente nada. ¿Cómo actuaría? ¿Dejaría de hacer el bien? ¿Modificaría su moral? ¿Su ética? Y, lo más importante, ¿sus conductas y comportamientos? Este es un supuesto muy terapéutico. La creencia en un Dios se ha asociado tradicionalmente a la de una vida eterna o prolongación de la existencia. Con el único objetivo de revisar conductas, permítanme esta pregunta: ¿puede existir un Dios creador pero no una vida eterna? Supongamos que sí. Esta hipótesis permitiría a los creyentes liberarse en vida de cualquier eventual manipulación por parte de los administradores de las religiones, sean cuales sean estas. Abrazar una fe sería una cuestión de principios, no de futuros indemostrables.

Las religiones son un modo de acercarse a un concepto de Dios y de vivir según un mandato divino o una determinada moral. ¿Por qué se ha hecho preciso un incentivo o castigo para que los fieles acaten las normas? Probablemente por cuestiones educativas, religiosas, sociales y, por supuesto, organizativas.

Actuar conforme a una fe o principios independientemente de una vida futura dejaría de condicionar cómo vivimos la actual y respondería a lo que sabemos: que la vida póstuma no es segura y la presente sí. Eso no significa caos, desorden, amoralidad o falta de ética. Significa libertad máxima. Se puede vivir plena y libremente sin pasar por encima de las libertades de los demás. ¿Puede una vida ser plena si está vinculada a una eventual futura existencia? Para los santos, mártires y muchos creyentes, sí. A otros les causa mucho sufrimiento, contradicciones y conflictos.

Queda una tercera solución interesante. Se trata de creer ambas cosas al mismo tiempo. Que hay algo y no hay nada. ¿De qué serviría en nuestro día a día? Probablemente, uno alcanza la máxima virtud cuando vive de la misma forma tanto si cree que hay vida en el más allá y un Dios que le juzgará como si piensa que no hay nada, que uno cierra los ojos y se acabó la película, sin salvación ni condena. Si bajo ambas premisas el comportamiento y valores con los que uno vive son los mismos, esa persona estará actuando libre de coacción, manipulación, presunciones o posibles falsas creencias. Y no está reñido con cualquier modo de fe. Vivo hoy según mi fe por lo que al presente le reporta, no por lo que al futuro pueda suponerle. Lograrlo hace a una persona completamente dueña de su libertad y la lleva a vivir una vida plena, sin importarle lo que vendrá, o no vendrá, después. Alguno esgrimirá que en eso consiste la salvación. Puede ser. No me lo planteo.

Lo que sí sé es que vivir de un mismo modo haya o no haya vida después obliga a una persona a alinear sus creencias religiosas y las humanas, los mandatos divinos y los derechos terrenales, y que su fe en Dios, en caso de darse, coincida con la naturaleza que ese Dios le ha dado. Somos seres humanos. Y pienso humildemente que, de existir un Dios, lo único que espera de nosotros es que nos comportemos como tales.

Fernando Trias de Bes

Economista y escritor español nacido en Barcelona en 1967. Cursó Ciencias Empresariales y MBA en Esade y la Universidad de Michigan. Desde hace varios años dedica la mayor parte de su tiempo a escribir tanto ensayos como ficción. Ha recibido los premios: Shinpukai (Japón, 2005), Premio De Hoy de ensayo (España, 2009) y Premio Espasa de Ensayo (España, 2016).

 

6 comentarios

  • Pablo Osés

     
    Un casi más . Inmodestia de viejo.
     

    Cuando dejé de ser jesuita dejé de hacer muchas acciones religiosas que creía obligatorias.
    Me sentí tan bien que dejé también de creer en Dios, – o mejor actuar como si Dios no existiera- y entonces me vi libre de todas las obligaciones que imponía la religión. Me sentí mucho mejor. Hoy siento que hay que haberlas dejado todas para darse cuenta de cuantas eran.
     

     
    Me dediqué a luchar con los pobres. La verdad es que no sabía muy bien por qué. Pero me movía algo muy interno y desde luego me sentía libre para hacer lo que quisiera pero ayudar a los necesitados era lo único que me parecía interesante y válido. No le daba vueltas.
     

     
    Ya a los 80 años he vuelto a creer que hay una vida después de esta vida. Una vida genial en, digamos Dios. Esta creencia no me impone ninguna obligación nueva. Pero me parece el complemento obvio a tantas maravillas como descubro en la realidad. Además me encanta esta perspectiva porque tal maravilla seguro que es general para todos. Y así además se cierra para mí la lucha por los pobres con un triunfo.
     

  • ana rodrigo

     
    La cuestión que plantea aquí el autor de que la conducta está condicionada por el después de esta vida, creo que afortunadamente  está en retirada, por lo menos en las sociedades secularizadas, como es el caso de las occidentales-cristianas.
     
    Es más, observo que la ética personal en una persona religiosa no siempre está en relación directa con su condición de creyente. Vemos casos de personajes públicos adscritos a una determinada opción religiosa y que dejan mucho que desear.
     
     En cambio la ética civil está cada vez está más arraigada en la sociedad. Y por eso vemos personas muy religiosas que dejan mucho que desear y personas no creyentes que actúan por convicción ética, y viceversa. Observo que la sociedad se está impregnando de una corriente ética con y sin religión, y, si es con religión, ésta refuerza los valores sociales que se exige la propia sociedad laica.
     
    De hecho los valores del evangelio son valores humanos, del Reino de Dios para este mundo, Jesús vivió para mejorar la vida de la gente que lo estaba pasando mal. Creo que las promesas eternas para quienes fuesen buenos en esta vida quedan bastante en la sombra de una sociedad defensora de los Derechos Humanos por encima de cualquier religión.
     

  • oscar varela

    Hola!

    El vocablo griego “liturgia” significaba “servicio público“.

    ¿Será?

  • Isidoro García

    Acierta Gonzalo cuando señala que el papel de la religión ha quedado reducido a “socializar” la expresión de estos sentimientos”, (éticos naturales).

    Ese es el objetivo del Culto. Una vez que hemos comprendido, que la oración, es conversación privada del individuo con “Dios”, y una vez que hemos comprendido que “Dios”, no está para satisfacer nuestros deseos materiales, la única misión del Culto, es la “socialización” de unas creencias comunes y de unas cosmovisiones comunes.

    Por eso, entre que cada uno tenemos nuestro propio imaginario personal, nuestras propias creencias concretas, y nuestras propias cosmovisiones generales, y una vez que nuestra demanda de socialización está ya demasiado cubierta con los medios modernos de intercomunicación, hay que replantearse el sentido del Culto Sagrado, que al final puede haberse quedado en una mera cáscara sin nada dentro.

    Más bien parecería que dado ese pluralismo ambiente, que además es deseable y positivo, el Culto Sagrado debería sustituirse por reuniones culturales-personales, muy sectoriales, de intercambio de ideas y conocimientos, con personas afines.

    De ahí mi insistencia en la obsolescencia del Culto-sacramental, y pasar a lo que eran las reuniones de los primeros cristianos, interacciones, de amigos y conocidos, en los que se intercambian comida o bebida, y se interconecta personalmente: Centros culturales, con un pequeño bar para comerse un bocata y una Pepsi, en comunión, alrededor de una o varias modestas mesas de madera.

  • oscar varela

    Hola!

    Leo:

    – “Se puede vivir plena y libremente

    sin pasar por encima de las libertades de los demás“-

    Noto que es una “afirmación”, no una “pregunta”.

    ¿Qué “bonito” eso que afirma el Autor, no?

    ¡Sí!, pero: ¡solamente “bonito”!

    Enseguida viene la realidad de la vida cotidio-profana y se arma la de sanquintín!

    ¡Voy todavía! – Óscar.

  • Gonzalo Haya

    Creo que la ética nos viene “de serie”; la religión es un constructo social. Para un cristiano, la conciencia pertenece a la “imagen y semejanza” de Dios que él nos dejó impresa al inspirarnos su Espíritu. Siempre me ha impresionado que personas que se declaran ateos o agnóstico tienen un claro sentido ético. Dios se ha asegurado de mantener siempre un lazo de unión con todo hombre; podemos ignorarlo, o atribuirlo a lo que nos parezca mejor, pero ahí está. La religión vino después, explicando mejor o peor todo esto y, sobre todo, socializando la expresión de estos sentimientos. En esta crisis del mundo occidental, que algunos consideran post-religiosa, recuerdo que Machado dijo algo así como “revolví las cenizas de mi hogar, y me quemé la mano”. Creo que en el fondo de nuestras cenizas sobreviven las ascuas de la ética.

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