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Platero y yo, con 100 años, cambia de ADN

Honorio2Platero y yo nació en 1914 en un lugar de Al Andalus llamado Palos de Moguer, de la pluma de Juan Ramón Jiménez, un cruce del matrimonio entre una señorita andaluza y un serrano del Cameros riojano que se crió en la trastienda de un comercio cualquiera e hizo fortuna. Algo tiene su Platero y yo de raíces populares y olor a trastienda y de aires de cortijo-palacete… Hoy, 100 años más tarde, a Platero le disputa el puesto Romero: al burrito de peluche que come sandías y naranjas y pétalos de rosas, el mulo de labrar y tirar del carro de una casa de labranza de la Rioja. Y el “yo” de Platero, Juan Ramón Jiménez, es 100 años después, en Romero y yo, un niño nacido en la Segunda República y crecido en la posguerra y el estraperlo de los años 1930 y 1940, que alterna con sus estudios primarios trabajos variados en la agricultura.

El caso es que el “yo” de Platero y yo escribe como los mismos ángeles, al mismísimo estilo de San Juan de la Cruz, y, !oh sorpresa!, tras la estela de un tal Rabindranath Tagore, un místico hindú. Curiosa y desusada combinación y fusión de mística cristiana y oriental, en un universo de pluralismo religioso y de místicamente agnóstica y laica, que retratan fielmente su ancho corazón abierto a todos, su negativa cerrada a hacer distinción entre personas, pueblos y razas…

El caso es que el “yo” de Platero y yo mira al pueblo que le rodea desde su terraza-mirador de estudiante y señorito, pero no consigue disimular su solidaridad y sentimiento de identidad, respeto y solidaridad con los pobres y desafortunados que le rodean.

Aquella misma solidaridad que le llevó al destierro cuando un golpe militar abortó y mató antes de nacer todas las esperanzas y reivindicaciones de aquel pueblo.

Pero, claro, el “yo” de Romero y yo no tiene palacete ni terraza para mirar al pueblo desde arriba, ha nacido entre el pueblo y con el pueblo, sus amigos de infancia son hijos de fusilados en la guerra civil, con ellos comparte juegos, frutas, pan, con ellos se desafía a jugar al frontón, a cazar pájaros y a ver quién mea más alto y más lejos.

El “yo” de Romero y yo asume del “yo” de Platero y yo su inmersión en la naturaleza que le rodea, fauna o flora, ríos, montes, cielos, una naturaleza austera y seca, tan distinta de la otra multicolor e inundada de sol, mares y cielos azules; los dos “yoes” se funden en los mismos deseos místicos, el de Platero en una religiosidad universal, plurirreligiosa, laica, el otro en una religiosidad cien por cien cristiana. Y, ¿cómo no? en una comunión con el dolor y los sueños del pueblo que sufre. Y la misma comunión que llevó a Juan Ramón al destierro de por vida, al “yo” de Romero le llevó al seminario, al sacerdocio, a la emigración, a la lucha contra el franquismo y al marxismo, a la profesión sin profesión de peón de por vida. Y a su Romero a no comer más que paja y puñaditos de cebada, a dejar el alma tirando del arado y del carro.

Romero y yo es al “yo” que lo escribe como las Confesiones a san Agustín de Hipona; tiene su parte, ¿cómo no? de canto a la tierra donde vivieron las mismas aventuras Romero y él, al castellano recio, austero y picarón de Gonzalo de Berceo, al vino que da nombre a la tierra de ambos. Y, curioso también, termina por adoptar actitudes críticas a ciertas “poses” de religiosidad que considera farisaicas, acercándose así de alguna manera a la filosofía-teología del “yo de Platero. Y a la filosofía-teología de los padres de sus amigos que fueron fusilados sin juicio ni condena por los vencedores.

Pasarán otros cien años, y otro escritor salido del pueblo escribirá otro poema-novela-cuento como los de Platero y yo y Romero y yo. Pero no será un europeo: tal vez un africano con su cría de camello atravesando el desierto del Sahara y remando en un barquito de plástico por el estrecho de Gibraltar, que proclamará que “todos somos europeos y todos sois africanos, todos somos un solo pueblo”. O tal vez un indio de los Andes con su llama de compañera que gritará que “todos somos americanos, el banquete de las oportunidades y el bienestar está puesto para todos”. O una niña filipina se sublevará en Dubai…

El “yo” de Romero y yo, que soy yo, el que escribe esto, les sugiere que se asomen al sucedáneo, “remake” de Platero yo, que si no le llega a Platero y yo a la suela del zapato, por lo menos le gana en actualidad. Porque el pueblo se retrata en cada época según es él y sus circunstancias…

No quedan ejemplares de la edición impresa. Si pinchan ustedes en Internet “Romero y yo” encontrarán explicada la forma de que les envíen la edición digital del libro.

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La Redacción de ATRIO confirma la sorpresa que se llevó, aún sabiendo que Honorio escribe bien,  por la excelente escritura de este librito. Una delicia de castellano. Y una delicia de rememoración de una tierra y una época. Animamos a todos a entar en el siguiente enlace y encargar el libro. AD.

5 comentarios

  • h.cadarso

    Gracias a todos, amigos, los que habéis escrito aquí os habéis pasado en vuestros elogios.

  • Asun Poudereux

    Bueno, pues, dicho lo dicho, vamos a disfrutarlo también. Lo tenía pendiente.

    Gracias amigos.

  • m. pilar

    ¡Mi querido Honorio!

    ¡Cuánto he disfrutado con la lectura de tu libro!

    Me trajiste hermosos paisajes, olores, labores, alegrísa y dolores, sabores a hogar, a campo, a faena dura y al mismo tiempo llena de alegrías en las pequeñas cosas.

    En cuanto nos lo dijiste salí a la caza de “Romero y yo”
    Para quien le interese, una delicia de libro.

    Un abracito.
    mª pilar

  • Hay dos libritos que sería interesante que todos conociéramos: Platero y yo, y el Principito. Pero, ojo, sólo son aptos para mentes adultas que saben mirar y captar con la óptica del niño. Respecto a Juan Ramón sólo digo que es grande entre los grandes. Tuvo la gran suerte de estar casado con una mujer inmensa; si algún día se editara su epistolario, conoceríamos su calibre. Estamos ahora de enhorabuena con esta nuevo Platero que se nos ha aparecido. Felicito a su autor. Y que cunda el ejemplo.

  • ana rodrigo

    Comparto con la redacción de ATRIO la delicia que me supuso la lectura de “Romero y yo”. Como deja entrever el autor del libro en este relato sobre su Romero y yo, el que se retrata es el “yo”, el autor, Honorio: su infancia junto a Romero, la elocuencia sin habla de Romero, los diálogos sin palabras de dos amigos, las vivencias de ambos, el ambiente de una España que, a la gente de mi edad, rememora también mi infancia, en fin, una delicia de libro en su fondo y en su forma.

    Platero y Juan R: Jiménez se han llevado la fama, Romero y Honorio se han llevado la gloria de ser dos seres reales, amigos de verdad, compañeros de caminos y veredas que aún siguen ahí al alcance de quien pase por allí. Y…. ¡Honorio entre nosotr@s!, qué lujo.

    Un abrazo tan entrañable como el que te hubiese dado Romero si hubiese podido hacerlo, querido Honorio.

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