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Jürgen Moltmann (1926-2024) nos abrió la puerta de la esperanza

La llegó a su cumplimiento, la consumación de su vida terrena. Hace casi cincuenta años me comuniqué como director de Iglesia Viva para la publicación en ella de Teología de la Liberación. Carta Abierta a José Miguez Bonino.  En la nota (*) se explica cómo nos eligió él para iniciar un diálogo con los potentes teólogos sudamericanos. El mensaje de Moltman está tanto o más en su vida que en sus libros. AD.

 

Nos acaba de llegar la noticia a través de Xavier Pikaza de que ha fallecido el 4 de junio de 2024 el gran pensador de nuestros días, Jürgen Moltmann.

Nacido en Hamburgo el 8 de abril de 1926, había cumplido 98 años. Es uno de los grandes pensadores y teólogos protestante alemanes de los últimos 50 años. Nació en una familia que él calificaba de “secular” (su padre era gran maestro masón). Quiso comenzar sus estudios universitarios en matemática y física, pero le sorprendió el comienzo de la segunda guerra mundial y se alistó en las Fuerzas Aéreas Auxiliares, de donde fue obligado a alistarse en el ejército de tierra en 1944. En 1945 se rindió al primer soldado inglés que vio en un bosque, sin haber disparado ni una sola bala.

Durante los siguientes años (1945-48) fue uno de los muchos jóvenes prisioneros de guerra alemanes en un campo de Bélgica. Allí, junto a un grupo de prisioneros, declaró haber perdido toda su esperanza en la cultura germana a consecuencia de AuschwitzBuchenwald y el resto de campos nazis de exterminio. Moltann se dedicó a distribuir clandestinamente fotos de estos campos para concienciar a sus compañeros.

Todavía en el campo, un capellán estadounidense le regaló una pequeña copia del Nuevo Testamento y del libro de los Salmos. Se unió a un grupo de cristianos, sintiéndose cada vez más identificado con la fe cristiana. Él mismo proclamará años más tarde: “Yo no encontré a Cristo, fue Él el que me encontró a mí”.

Trasladado a Escocia, trabajó con otros compatriotas en la reconstrucción de áreas dañadas por los bombardeos. La hospitalidad de los residentes hacia los prisioneros le dejó una honda impresión. En otro campo, cerca de Nottingham, se encontró con muchos estudiantes de teología. Allí leyó su primer libro de teología: La naturaleza y destino del hombre, de Reinhold Niebuhr, que le marcó decisivamente.

A la vuelta a Hamburgo, se encontró su ciudad en ruinas, como el resto del país. Inmediatamente, Moltmann reclamó el deber de la teología de llegar a los “supervivientes de nuestra generación”, siguiendo el ejemplo de la “Iglesia Confesante“, creando nuevas estructuras, pero quedó defraudado, como muchos otros, al contemplar que se intentaba olvidar completamente el periodo nazi y se repetían las estructuras según los modelos de antes de la guerra.

Tras formar parte del primer movimiento de estudiantes cristianos de Alemania, estudió en Götinga, donde la mayoría de los profesores, seguidores de Karl Barth, formaron parte de la Iglesia Confesante. Entre sus primeras influencias se encuentran Ernst Bloch y su principio esperanza, los hermanos Blumhardt y Studdert Kennedy.

Moltmann ha sido profesor de teología sistemática en Bonn (1963) y en Tubinga (1967). Es uno de los maestros de la dogmática contemporánea: el primer Moltmann ha sido frecuentemente comparado con la teología de la liberación, mientras que a lo largo de los años se ha ido acercando a una teología menos radical y exigente.

Pronunció las Conferencias Gifford en la Universidad de Edimburgo en 1984-1985. Moltmann ganó el Premio Grawemeyer de Religión (2000) por su libro The Coming of God: Christian Eschatology (La Venida de Dios: Escatología cristiana).

Moltmann se casó con la teóloga feminista Elisabeth Wendel en 1952, con quien tuvo cuatro hijas.

El 4 de Junio de 2024 se informa por las redes sociales la noticia de su fallecimiento. ​

 

Teología de la esperanza, una teología completa

Moltmann es uno de los maestros de la teología dogmática contemporánea; ha contribuido a la renovación del pensamiento protestante y ha ejercido una gran influencia sobre la teología católica, en especial en Latinoamérica, por su compromiso al servicio de una reflexión y de una praxis abierta a la esperanza trascendente, pero comprometida con el cambio social e histórico de los hombres, en línea de evangelio.

Así ha querido superar la “subjetividad trascendental” de → Bultmann (centrado en el sujeto humano) y la “objetividad trascendental” de → Barth (centrado en el Dios que se revela), para desarrollar un tipo de teología mesiánica centrada en la promesa de Dios (siempre futuro) y en la creatividad de los hombres, llamados a responder de un modo social (comunitario), para crear de esa manera el Reino. Éste es el planteamiento básico de la más famosa de sus obras: Teología de la Esperanza (Salamanca 1968, original alemán de 1968).

 

¿Qué significa “teólogo de la esperanza?

Moltmann es el teólogo de la esperanza, – escribe Pikaza -entendida de forma receptiva y activa, como expresión de una Palabra de Dios (que es promesa de futuro) y como principio impulsor de una palabra humana, que ha de expresarse como protesta contra lo que existe y como impulso de perdón y reconciliación futura.

De esa manera ha vinculado el mejor protestantismo (teología de la gracia) con el impulso de la modernidad, que se ha expresado en los movimientos de liberación de los siglos XIX y XX. No ha sido nunca marxista en el sentido dogmático de la palabra, pero ha recibido el influjo de E. Bloch, con su versión de un marxismo humanista, de raíces judías, abierto a la trascendencia de la esperanza. Por eso, él no entiende la verdad como adecuación entre el pensamiento y la realidad que ahora existe (conforme a una visión esencialista de la realidad), sino como descubrimiento de la profunda inadecuación entre lo que hay y lo que debe haber (lo que debemos hacer). En ese sentido, la verdad es la expresión de un desequilibrio y de una tarea creadora, impulsada por la promesa de Dios (el Dios Promesa), a quien debemos entender como “el que viene”, en línea mesiánica.

 

Construcción de un sistema teológico innovador

Partiendo de esa visión, Moltmann ha elaborado una gran obra teológica, que quiere ser fiel a todos los rasgos y momentos del cristianismo y de la realidad social, desde un mundo cuya violencia él ha experimentado de manera intensa en los años de la Gran Guerra, que han marcado su vida y el comienzo de su teología. Esa experiencia ha definido su pensamiento, abierto a las raíces del misterio de Dios desde la ruptura y dolor de un tiempo presente, marcado por la inadecuación entre lo que hay y lo que debe haber. Así ha distinguido y vinculado los dos rasgos principales del misterio cristiano.

  1. La promesa de comunión final con Dios, que será todo en todos, fundando la reconciliación entre los hombres.
  2. 2. La experiencia del dolor de la historia, vinculada a la Cruz de Cristo, como lugar de la revelación trinitaria. En un mundo marcado por el gran dolor y la lucha de unos hombres contra otros, sólo la Cruz puede ser punto de partida y centro de nuestro lenguaje de Dios. En esa línea, asumiendo algunos rasgos de la tradición protestantes, releídos desde Hegel (más allá de Marx), Moltmann ha puesto de relieve el carácter dramático de la Trinidad, que resulta inseparable de la Cruz de Jesús y del sufrimiento de los hombres.

 

La Cruz como acontecimiento trinitario. 

Moltmann – expone Pikaza -ha vinculado la esperanza humana, como principio de transformación social, con el misterio de la Cruz, entendida en forma trinitaria, como expresión del dolor supremo de Dios. De esa manera, él ha tenido la osadía de penetrar en el misterio de Dios, de una forma que puede vincularse a la cábala judía, pero que responde a la experiencia cristiana de la Trinidad, manifestada en la Cruz de Cristo.

«Nosotros interpretamos así la muerte de Cristo no como un acontecimiento entre Dios y el hombre, sino principalmente con un acontecer intra-trinitario entre Jesús y su Padre, del cual procede el Espíritu.

Con esta postura, (1) ya no es posible una comprensión no teísta de la historia de Cristo: (2) es superada la antigua dicotomía entre la naturaleza común de Dios y su Trinidad intrínseca, y (3) resulta superflua la distinción entre Trinidad inmanente y económica.

Así, se hace preciso un lenguaje trinitario para llegar a la plena comprensión de la cruz de Cristo y se sitúa en su verdadera dimensión la doctrina tradicional sobre la Trinidad. La Trinidad ya no es entonces una especulación sobre los misterios de un Dios “sobre nosotros”, al que es preferible adorar en silencio a investigar vitalmente, sino que en definitiva constituye la expresión más concisa de la historia de la pasión de Cristo. Este lenguaje trinitario preserva a la fe tanto del monoteísmo como del ateísmo, manteniéndola adherida al Crucificado y mostrando la cruz como inserta en el ser mismo de Dios y el ser de Dios en la cruz.

 

El principio material de la doctrina trinitaria es la cruz. El principio formal de la teología de la cruz es la doctrina de la Trinidad.

La unidad de la historia del Padre, del Hijo y del Espíritu puede luego, en un segundo término, ser denominada “Dios”. Con la palabra “Dios” se quiere expresar entonces este acontecer entre Jesús y el Padre y el Espíritu, es decir, esta historia determinada. Ella es la historia de Dios a partir de la cual sobre todo se revela quién y qué es Dios. Aquel que quiera hablar cristianamente de Dios deberá “contar” y predicar la historia de Cristo como historia de Dios, es decir, como la historia entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, a partir de la cual se establece quién es Dios, y ello no solamente para el hombre, sino también en el seno de su propia existencia. Esto significa, por otra parte, que el ser de Dios es histórico y existe en esta historia concreta. La historia de Dios es así la historia de la historia del hombre» (cf. Concilium 76 [1972] 335-347).

De esta manera, vinculada a la Cruz de Jesús, dentro de un camino de dolor y de esperanza, desde el centro de una humanidad caída que busca su redención, Dios viene a manifestarse como historia de amor salvador. Por eso, el teólogo cristiano no especula en abstracto sobre Dio, sino que descubre y cuenta el sentido de su presencia en Cristo, para inaugurar e impulsar de esa manera un camino de reconciliación. Desde sí misma, sin necesidad de una aplicación posterior, la teología cristiana es esencialmente práctica

 

Teoría política de la cruz. 

Sobre esa base, como continuación de la Teología de la Esperanza, el libro quizá más denso de Moltmann ha sido El Dios Crucificad(Salamanca 1977, original alemán), un texto clave para entender la teología de la segunda mitad del siglo XX, en su línea vertical (de experiencia de Dios) y en su línea horizontal (de compromiso de liberación humana). Así lo quiero poder de relieve, citando y comentando su capítulo octavo, que se titula “caminos para la liberación política del hombre”, que contiene unas páginas muy hondas sobre el sentido de la experiencia política del evangelio.

«La primitiva cristiandad fue perseguida como impía y enemiga del estado tanto por el poder estatal romano como por los filósofos gentiles. Por ello fue mayor el empeño que los apologetas cristianos pusieron en quitar fuerza a tales acusaciones, proponiendo a la religión cristiana como el verdadero sostén del Estado. Se llegó a la elaboración de una teología política cristiano-imperialista ya antes de Constantino, y luego expresamente en la teología imperial de → Eusebio de Cesarea. Con ella se debían asegurar la autoridad del césar cristiano y la unidad espiritual del imperio. Constaba de dos ideas fundamentales, una jerárquica y otra histórico-filosófico-quiliástica.

La autoridad del césar se aseguró mediante la idea de la unidad: un Dios, un logos, un nomos, un césar, una iglesia, un imperio. Su imperio cristiano se celebró de forma quiliástica [Este término en la actualidad se encuentra desusado (en antigüedades y teología) alude, comprende y hace referencia a una doctrina o creencia de tipo religioso propio y característico de un grupo de sectarios o herejes llamados quiliastas, que eran los seguidores, adeptos o simpatizantes denominado milenarismo en que Jesucristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años posteriores]. Un imperio como el reino de paz prometido por Cristo. La pax Christi y la pax romana debían estar unidas por la providentia Dei. Con ello se convirtió el cristianismo en religión única del único estado romano. El recuerdo del destino del Crucificado y sus seguidores se ocultó… Pero, como → E. Peterson y H. Berkhof han mostrado, cómo este primer intento de una teología política cristiana fracasó, dada la fuerza de la fe cristiana, por razón de dos puntos teológicos y uno práctico.

  1. El monoteísmo político-religioso fue superado con la elaboración de la doctrina trinitaria en el concepto de Dios. El misterio de la trinidad sólo se cumple en Dios, sin imagen alguna en la creatura (sin que el emperador pueda ser su imagen). La doctrina trinitaria describe la unidad esencial de Dios Padre con el Hijo humanado y crucificado en el Espíritu Santo. Por eso este concepto de Dios no puede utilizarse como trasfondo religioso de un césar divino (de un hombre no crucificado).
  2. La identificación de la pax romana con la pax Christi fracasó por razón de la escatología. Sólo Cristo (ningún césar del mundo) puede conceder esa paz de Dios, que es superior a toda razón. De ello se dedujo políticamente la lucha a favor de la libertad y de la independencia de la Iglesia frente al césar cristiano… El cristianismo no comenzó como religión nacional o de clase. Como religión dominante de los dominadores, el cristianismo tendría que negar su origen en el Crucificado y perder su identidad. El Dios crucificado es, de hecho, un Dios sin estado ni clase. Pero no por ello es un Dios apolítico, sino que es de los pobres, oprimidos y humillados.

Desde este punto de vista, el señorío del Cristo crucificado por política, sólo se puede extender liberando a los hombres de unas formas de dominio que les hacen menores de edad y les vuelven apáticos, sacándoles de las religiones políticas que les esclavizan. La culminación de su reino de libertad debe traer, según Pablo, la destrucción de todo señorío, autoridad y poder… Los cristianos intentarán anticipar el futuro de Cristo, según las posibilidades existentes, mediante el desmontaje del dominio y la construcción de la vivencia política de cada uno».

 

De esa manera ha interpretado Moltmann su teología de la esperanza, situándola en el centro de la experiencia de la cruz, no para negar la esperanza, ni para impedir el desarrollo político y social, sino para fundar y expresa la esperanza de un modo político, pero no en línea de poder (imperio), sino de transformación humana, en gratuidad y comunión activa.

Estos planteamientos de Moltmann, expresados de un modo ejemplar en el conjunto de sus libros, constituyen una de las aportaciones más significativas del pensamiento cristiano del siglo XX. Moltmann ha seguido y sigue siendo protestante, pero su teología desborda los límites confesionales, de manera que ha podido influir casi por igual en protestantes y católicos (y casi más en los católicos).

Una parte considerable de la teología del último tercio del siglo XX habría sido impensable sin su influjo y su palabra, sin su presencia y testimonio creyente.

Entre sus obras, traducidas al castellano, además de las citadas, cf.

  • Planificación y esperanza de futuro (Salamanca 1971);
  • Trinidad y Reino de Dios (Salamanca 1986); Dios en la creación (Salamanca 1987); La iglesia, fuerza del Espíritu (Salamanca 1989);
  • El camino de Jesucristo (Salamanca,1993);
  • Cristo para nosotros hoy (Madrid 1997);
  • El Espíritu de la vida. Una Pneumatología integral (Salamanca 1998); El Espíritu Santo y la teología de la vida (Salamanca 2000); La venida de Dios. Escatología cristiana (Salamanca 2004).

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