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Jesus nos ha redimido

Pecando probablemente de ingenio, yo estaba convencido  de que entre gente de formación católica y medianamente ilustrada se había ya dejado a un lado el concepto sacrificial de la redención. Y sin embargo, para mi sorpresa, en unos días me he encontrado con una antigua catequista y una antigua profesora que volvían a reprochar a Dios que hubiera enviado a su Hijo a la cruz para salvar a la humanidad.

        Es esto lo que me impulsa a escribir estas líneas que resultarán probablemente obvias para muchos posibles lectores.

        No cabe ocultar que la idea de la muerte redentora de Jesús ha dominado la teología y la piedad popular durante siglos, comenzando por una palabra tan equívoca como es la de redención, que supone la liberación de algo o alguien mediante un pago. Hubieran sido más apropiadas otras como liberación, salvación o plenitud.

        No puede negarse que esta interpretación expiatoria de la muerte de Cristo encuentra espacio en muchos textos bíblicos semejantes al siguiente: “…para reconciliar consigo todas cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz”  (Col 1, 20)

        A mi modo de ver la razón de esta postura originaria es la siguiente. las primeras comunidades tenían ante sí una tarea casi imposible. Se trataba de convencer a sus conciudadanos de que aquel Jesús, condenado a la cruz como un malhechor, era el salvador de la humanidad. Es fácil de entender que echaran mano de la figura del chivo expiatorio, el cabrito que se sacrificaba una vez al año para perdón de los pecados del pueblo (Lev 16). Si la sangre de un chivo podía mover el corazón de Dios, más aún la sangre de quien había pasado haciendo el bien, curando a los enfermos, expulsando a los demonios y anunciando una vida nueva y definitiva.

        No cayeron en la cuenta de que ello comportaba presentar una imagen de un Dios que se ofende, que necesita una reparación y además sangrienta. Y que, a pesar de una formulación tan explícita como la de “misericordia quiero y no sacrificios”, empujaba a hacer sacrificios personales y hasta a calificar a la eucaristía con la misma palabra, el sacrificio de la misa.

        Pero han llegado tiempos en que es necesario aplicar una teología distinta, como la que propongo a continuación.

        La creación y la redención no son dos procesos diferentes, el segundo de los cuales tiene por objeto remediar el fracaso del primero. Cuando Dios pone en el mundo al ser humano pretende a la vez hacerle partícipe de su propia vida. Ha de librarles, pues, de la finitud, que es la condición de hombres y mujeres. Finitud significa precariedad, contradicción, enfrentamiento, enfermedad y finalmente muerte. Lo que el catecismo de Ripalda llamaba el pecado y la muerte eterna.

        Para ello se propone compartir la finitud humana y a la vez hacer posible que el ser humano pueda recibir la vida divina.

        Jesús es el encargado de asumir esa condición humana hasta las últimas consecuencias. Pasando por uno de tantos, tomando la forma de siervo, la muerte en cruz no es un sacrificio redentor, es el símbolo por excelencia de esa voluntad de sumir la finitud humana.

        A la vez Jesús derrama el Espíritu en los corazones humanos (Rom 5,5). El Espíritu de Dios se hace espíritu humano, la infinitud se hace inmanencia y carga de trascendencia las acciones de quienes lo reciben. “En aquel día, el más importante de la fiesta, Jesús puesto en pie dijo: El que tenga sed que venga a mí y beba. El que cree en mí, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva” (Jn 7, 37).

        Hay que añadir que cada uno de los protagonistas conserva su propia identidad. Cristo renuncia a su condición divina pero en el hombre Jesús habita la plenitud de la divinidad. Y en el ser humano habita el Espíritu sin convertirlo en Dios. Pero “aún no se ha manifestado lo que seremos porque cuando se manifieste lo veremos tal cual es porque seremos semejantes a El” (1 Jo 3,2)

        En esto consiste la redención o mejor la liberación o la conquista de la plenitud. Karl Rahner lo expresó en dos de sus libros: Oyente de la Palabra y Espíritu en el mundo, naturalmente con mucha mayor extensión y profundidad. Porque lo dicho ha menester muchos más análisis y reflexiones. Pero valgan estas líneas para renunciar de una vez por todas a la redención por la cruz deseada por Dios.

       

       

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