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El purgatorio, el silencio cómplice y la sinodalidad eclesial

Echábamos de menos a Antonio Gil de Zúñiga,  que ha publicado ya 60 artículos. Invito a hacer un recorrido rápido por sus títulos y cantidad de comentarios suscitados. Hoy publicamos este sobre el escándalo de los estipendios de misas e indulgencias añadidas. Roma sigue blandiendo el fundamento  dogmático que provocó la Reforma, pero permitió construir esa Basílica de San Pedro que tanto luce mediáticamente el mismo Francisco. Nos llegó a principio de més, pero acaba publicándose al final de este mes de difuntos. AD.

        En estos días de celebración de los difuntos el purgatorio es el núcleo de sermones y homilías. En uno de ellos, en la celebración de la Eucaristía, el cura se ha explayado hablando del purgatorio y de cómo el rescate de las almas del purgatorio se hace a través de la oración y de la limosna y, sobre todo, del “encargo” de Misas; si son “Misas gregorianas”, mejor, ya que eso implica un aporte dinerario durante treinta días. Las Misas Gregorianas, Misas de difuntos, se aplican durante todo un mes por los difuntos.

        Tienen su origen en un acontecimiento que el Papa San Gregorio Magno (540-604) refiere en sus Diálogos. Según este texto, San Gregorio tuvo una revelación por la que constataba que un religioso llamado Justo había pasado del Purgatorio a la Gloria gracias a la celebración de la Santa Misa, en la que se pidió por su eterno descanso y el perdón de sus pecados durante 30 días consecutivos. Este hecho se difundió rápidamente, a tal grado que los fieles comenzaron a solicitar la celebración de treinta Misas, en forma consecutiva, con el fin de ayudar a sus difuntos a salir del Purgatorio. Son conocidas como Misas de difuntos o Misas Gregorianas.

        Ante este enfoque del purgatorio me vino a la memoria aquel dicho “cuando el dinero en la talega canta, del purgatorio al cielo un alma salta”. Éste es el dicho que en el s. XVI se hizo popular y que de algún modo influyó en la elaboración de las 95 tesis de Lutero sobre las indulgencias plenarias. Ya lo advierte el Arcipreste de Hita: “Y si tienes dinero tendrás consolación/, placeres y alegrías y del Papa ración/, comprarás Paraíso, ganarás la salvación/: donde hay mucho dinero hay mucha bendición”. En este silogismo parece clara la conclusión: en el purgatorio de un modo permanente sólo hay almas de hombres y mujeres pobres. A mi modo de ver esta praxis clerical basada en una teología miope no conduce a buen puerto. Una mala praxis clerical que no fortalece la fe del creyente, sino que persigue una finalidad utilitarista y, si es económica, mejor. La fe del creyente se tiene que robustecer con unas prácticas adecuadas a nuestra sociedad y a nuestros tiempos (quizás no lo fue nunca). No todo lo que hemos recibido de nuestros antepasados nos vale como elemento integrador de nuestra fe.

        También en estos días se ha evidenciado la mala praxis de la jerarquía eclesiástica en algunos asuntos relacionados con la pederastia y la violencia sexual de algunos clérigos a través del Informe del Defensor del Pueblo o el caso del cura de la Diócesis de Málaga. No se puede mirar para otro lado ni silenciar unos hechos que afectan a las víctimas, a su dignidad como ser humano y de algún modo también a toda la comunidad eclesial. Silenciar unos hechos delictivos es hacerse cómplice del mismo delito. Y no se puede aducir que la no transparencia o que no publicitar tales hechos viene bien a la Iglesia, es más útil para ella. Evitar la transparencia perjudica más que protege. Si se callan los delitos o los inadecuados comportamientos de algunos clérigos perjudican a las víctimas, pero también a la Iglesia, pues no hay posibilidad de acogida y de reparación de las mismas; pero, sobre todo, no hay posibilidad de perdón comunitario, eclesial, ni de buscar soluciones adecuadas. Hasta ahora la solución más frecuente es que los abusadores de niños y niñas o de mujeres sean trasladados de colegios o de parroquias a otros lugares similares. En estos casos la acogida y el perdón son actitudes imprescindibles para reparar mínimamente el sufrimiento, la deshonra… de las víctimas. No se puede dar la salida del confesionario a estos comportamientos obscenos y desdeñables. La confesión de tales conductas no repara, no perdona, no asume el mal que se ha provocado en el otro. Con esta mala praxis la jerarquía acepta las consecuencias de la “sociedad líquida” de Zygmunt Bauman, que lleva consigo el desprecio a los valores evangélicos y que solucionar tales problemas desde la transparencia es sinónimo de debilidad.

        Si “caminar juntos” es sinodalidad, esto implica construir fraternidad, comunidad desde la corresponsabilidad; la Iglesia no es de la jerarquía, de los clérigos, sino de todos los bautizados. De ahí que las actuaciones jerárquicas no pueden dañar a la comunidad ni a los derechos del otro; ya que, como bien dice E. Lèvinas, “desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él…; su responsabilidad me incumbe”. La sinodalidad conlleva la acogida de la víctima y también del verdugo, del depredador, quien ha de manifestar el perdón de su comportamiento obsceno y, por supuesto, no cabe el silencio cómplice del obispo ni marginar su responsabilidad ante estas conductas de algunos clérigos mediante el silencio y de decisiones que no buscan soluciones adecuadas y comunitarias, sino un aplazamiento en el tiempo. Así lo expresa con rotundidad el teólogo JB. Metz: “¿qué sucedería si alguna vez los hombres pudieran construir su felicidad sobre el olvido inmisericorde de las víctimas, sobre una cultura de la amnesia en la que sólo el tiempo se encarga de curar las heridas?” Se impondría, sin duda, una vez más la versión de la historia relatada por los vencedores, por los verdugos o por los explotadores.

        La sinodalidad, ese caminar juntos en comunidad y en corresponsabilidad, debe realizar un sesgo de ciento ochenta grados en la praxis eclesial, pero, sobre todo, robusteciendo la fe del creyente desde una teología sólida que no desemboque en prácticas piadosas, como la que hemos referido sobre el purgatorio, ni en actitudes jerárquicas de silencio cómplice y de ocultamiento marginando la transparencia y la responsabilidad en deterioro de la acogida comunitaria de las víctimas y de los depredadores sexuales; una vez que, como requisito previo, estos depredadores sexuales hayan asumido su responsabilidad en tales actuaciones delictivas y anticomunitarias y hayan solicitado el perdón tanto de las víctimas como de la comunidad. Nos puede ilustrar a este respecto el papa Francisco en su Misericordiae vultus cuando manifiesta que la misericordia no puede abandonar la justicia, ya que la práctica de la justicia no puede tener connivencia con el silencio, ni político, ni social ni eclesial, pues sin misericordia no hay sociedad y mucho menos comunidad eclesial, Iglesia.

 

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