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Hagiografía de curas suspendidos a divinis

A Antonio Aradillas, no sé si por ser mayor que yo (te da esperanza) o por tener raíces comunes en el cristianismo progresista ante y post-conciliar, lo leo con especial atención. Y envidio su arte de periodista-escritor para contarnos con sencillez cosas tan graves. Espero tenerle mucho tiempo como colaborador del nuevo y rejuvenecido proyecto de ATRIO. AD.

        La historia eclesiástica, y sus alrededores, contienen multitud de capítulos que precisan ser leídos, releídos e interpretados no solo a la luz o criterios de cuantos aparatos medievales los hicieron posibles, sino también de los más recientes y actualizados. Los tiempos y los criterios son, y seguirán siendo, marco obligado para hacer inteligibles textos y comportamientos.

        Es posible que este preámbulo ayude a algunos a desvelar parte del misterio que se esconde en el título de esta reflexión y en cada uno de los términos –palabras– que la configuran, como “hagiografía” (historia sagrada y por tanto, ejemplar), curas (sacerdotes y adláteres) y “suspensos”, es decir, detener una función e interrumpirla por algún tiempo, dejándola sin efecto). “A divinis”, y en proporción similar, “ab humanis”, no precisa explicación de ninguna clase y más en el marco de los tiempos y las circunstancias del Nacional Catolicismo vividos, y por vivir todavía.

        Las puertas a esta reflexión personal acaban de abrirlas el nuevo arzobispo de Santiago de Compostela, con el gesto de rehabilitación de Andrés Torres Queiruga, el teólogo español probablemente más conocido y apreciado internacionalmente.

        Al mismo, el máximo organismo de la Comisión correspondiente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), le clausuró oficialmente todos los caminos de la “docencia teológica”, con firma y sello de obispos “nombrados al efecto”, con el “placet”, satisfacción y aplauso de sus hermanos en el episcopado. (Es de suponer que la determinación del nuevo arzobispo, y no por lo de la Puerta del Perdón, ni lo de la “compostelana” de los Años Santos, sino por convicción personal e intento reparador de injusticias “divinas y humanas”, no les haya resultado de su agrado a algunos, lo que explique que todavía no se registren noticias que subrayen su asentimiento, desde las mismas páginas de sus respectivos Boletines Diocesanos)

        Caso de especial relevancia en el capítulo de estas hagiografías es también el plural del teólogo José María Castillo, expulsado de su queridísima Compañía de Jesús, vilipendiado en su día por acaudillados opusdeístas –¿”Obra de Dios”?– y un conciliábulo de obispos y cardenales, con toda liturgia, cánones, “en el nombre de Dios” y a favor de la salvación de su alma y las de sus adoctrinados.

        Al bendito José María ex jesuita, otro de la misma “Compañía, Jorge Bergoglio de nombre y de sobrenombre papa Francisco”, tuvo a bien reparadoramente hacerle partícipe en una de sus misas celebradas en la capilla de la Casa Sacerdotal de santa Marta, antes y después de seguir comunicándose –comulgando– con sus escritos y pedagogía ignaciana, y más con la referida al discernimiento.

        El capítulo relacionado con la Teología de la Liberación, vivido y compartido por algunos –no muchos– teólogos españoles, es digno de recordación y sorpresa para los devotos del santo Evangelio. El comportamiento de los obispos hispanos al dictado de Roma, respecto a los teólogos que de alguna manera se sintieron evangélicamente signados con el ejemplo y doctrina de sus principales inspiradores y ejecutores, fue y es anticristiano, rozando los linderos de la inhumanidad. (De estos sabe mucho, por ejemplo, Juanjo Tamayo, presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII). También el trabajo laboral de los “curas obreros”, revestidos con sus “monos” y encallecidas sus manos, el capítulo de las hagiografías está al completo.

        En el señalamiento de estas hagiografías, no creo fuera de lugar integrarme a mí mismo, “suspenso a divinis”, y dispuesto a servirles, a quien lo precise, la documentación de primera mano. A un servidor se le “suspendió a divinis” por haber informado en la publicación “Sábado Gráfico” acerca de la celebración de una misa por parte del grupo de teólogos más conciliar de entonces, con la excusa curial de que “de la difusión de tal noticia alguien pudiera concluir que se tratara de un matrimonio –sacramental religioso, y no solo de un acto más o menos piadoso”.

        Resultaba ser tan cándido, ocioso y mendaz el motivo de descalificación tan grave, que obligaba a los más a derivar la atención al hecho de ser yo el autor de un libro a favor de la coeducación y, sobre todo, de otro con el título de “Proceso a los Tribunales Eclesiásticos”. En este, convenientemente documentado, se hacían públicos los trapicheos y compraventas simoníacas llevadas a cabo por miembros de los referidos Tribunales, cuyas sentencias se iniciaban todas “en el nombre de Dios”.

        ¿Y cuánto tiempo te tuvieron “suspenso a divinis”? No llegó a dos meses, al manifestarles yo mi disposición decidida de iniciar un procedimiento judicial contra ellos, con la correspondiente reparación de daños y perjuicios, en unos tiempos en los que “a divinis” y “a humanis” convivían en contubernio –amancebamiento político y religioso, público y notorio.

        La historia en general, veraz, sin resquemores, con misericordia, bajo el epígrafe de “hagiografía” puede ser, y es, tanto o más santa y constructiva de Iglesia, que otras tipificadas con los honores en la sección de “vidas de santos”.

        Por curiosidad y con cita para las “nulidades” –o “anulaciones”– matrimoniales, ¿de qué cantidades de dinero tiene constancia que ellos y ellas tuvieron que invertir para su concesión y así poder volver a casarse otra vez por la Iglesia? Un millón de pesetas de entonces y, en ocasiones, “unos besitos” de los de ahora, no resultaba inveraz en aquellos ambientes.

       

        Las hagiografías de curas –teólogos– “suspensos a divinis”, está por hacer. Es –debería ser– tarea-ministerio de la “Comisión para la Doctrina de la Fe” de la CEE., y que en el caso concreto de Andrés Torre Queiruga tomaron parte decisiva uno que fuera obispo de Almería, actuando como secretario el que en la actualidad lo es de Jerez, por supuesto que con la venia del Cardenal Rouco Varela y del Nuncio.

        Pero no debiera bastar solo con pedir perdón y rehabilitar. Será imprescindible, cristiano, justo y episcopal, reparar parte de los daños personales, y sociales familiares causados al “suspenso” y también a Nuestra Santa Madre la Iglesia.

        La injusticia, la frivolidad intelectual, la carencia del trato con el mundo en el que se vive y hasta la misma creencia señera de quien se siente co-infalible en sus decisiones, así como la defensa enfermiza y conservadora de intereses terrenales y “espirituales”, explican canonizaciones, que debieran extenderse a “descanonizaciones” de otros.

        ¡Andrés, que Dios nos perdone, con rehabilitaciones imposibles o sin ellas!

       

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