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Votar con el Evangelio

“Porque sí”, “por las buenas”, al margen o en contra de leyes o normas, y sobre todo, por el que “quia nominor leo” de la fábula de Esopo, que quiere decir “porque como legislador que soy y aspiro a seguir siéndolo de por vida”, España entera  se encuentra ya   en plenas campañas electorales…Y las fiestas y festejos que ello conlleva  durará todo un año, con gastos indescriptibles  y pérdida de tiempo laboral o profesional, además de atiborramientos  y hartura de tonterías y promesas de por sí  irrealizables o indigeribles, y faltas de respeto  a quienes se congregan por esos pueblos de Dios, con  todos  los gastos pagados y con banderitas y eslóganes  superpuestos  en los autobuses.

España no está para fiestas y menos de este tipo de fiestas, desbordados los ánimos, enfervorizados unos con  triunfos propios y de los suyos, y aspirantes el resto  a la consecución, más que por eso de “servir al pueblo”, por servirse ellos del mismo  y  con  el exclusivo fin  de “ganarse la vida” -¡y qué vida¡-  “haciendo política”, ya que nadie les enseñó a hacer otra cosa tan facilona y rentable.

“Votar”- lo que se dice “votar”, es serio. Tremendamente serio. Es nada menos que “santo y seña” de una sociedad de la que se puede decir y asegurar, que funciona, o aspira y puede funcionar, del mejor modo posible y dentro de lo que cabe, a la perfección.  Y la seriedad demanda reflexión, atención e información  para ser y ejercer nada menos que como ciudadanos.

Para quienes creen ser y actuar como cristianos “de a pie”, aquí están estos  puntos de reflexión pre-electorales.

En primer lugar, no escatimen esfuerzos en enterarse de cual podrá ser –y será– la dirección del voto de su jerarquía eclesiástica en las urnas   de sus correspondientes distritos, con el fin de que sus votos no coincidan con ellos ni engrosen su listado definitivo.

Y es que la jerarquía eclesiástica apenas si sabe votar. Jamás fueron educados sus miembros para obligación cívica y espiritual tan sagrada. Con el AMÉN a cuestas, vivieron, viven y pretenden seguir viviendo como elegibles, más que como electores. Y todo esto, “por la gracia de Dios”, porque “la democracia es pecado grave”, dado que la institución eclesiástica, con declaración casi dogmática, es de por sí incuestionablemente “teocrática”, con condena explícita o implícita, por ejemplo, en el nombramiento de los obispos, de los que se dicen ser nada menos que “Sucesores de los Apóstoles“.

(La elección de los papas es democracia encubierta, puesto que los Cardenales, componentes del Conclave, además de determinados intereses, no siempre santos, fueron directa y personalmente nombrados  por los papas anteriores, que intentaron con ello, sobrevivirse a sí mismo  después de sus muertes, aún con las más santas intenciones y “en beneficio exclusivo del bien de la institución eclesiástica”)

No todos los intereses que estimulan y justifican la dirección de los votos de los miembros de la jerarquía en las elecciones programadas para el presente año son de verdad religiosos. La mayoría de ellos no están inspirados por el Evangelio. No pocos, hasta contra el mismo Evangelio.  Así como suena, y tal y como acontece en la realidad de la vida.  La conservación de privilegio personales e institucionales, al margen, en contra o sobre el resto de la colectividad cívica, y aún espiritual y de verdad religiosa-  campan y condicionan  la dirección de los votos  en su caminada  hacia unas urnas u otras, con los colorines semi litúrgicos  de los diversos partidos y partidarios políticos, siglas y eslóganes.

De la mecánica “misionera“del aparato electoral completo  y complejo, no son ni  muchas ni provechosas las lecciones para la pastoral. No obstante, no sobrará advertir que ni las homilías, ni los sermones, ni las Cartas Pastorales habrían de tener similitud alguna con los mítines. En estos, se recitan siempre las mismas y más descaradas  promesas  que jamás han de cumplirse, con ciencia y consciencia de parte de los mitineros y oyentes, aún con la sacrosanta  advertencia y aviso del Evangelio  del “haced lo que ellos digan, pero no lo que hagan”, por lo que la fiabilidad se ausenta, de por sí  y por  definición, tanto cultural como cultual.

El elenco de mitineros políticos y el de los “sermoneros” eclesiásticos, con coincidencias tan repetidas y comprometidas, precisa con urgencia renovación y reforma. Al menos, por elemental respeto al pueblo-pueblo de Dios y de todos.

Ni los obispos ni los políticos son de fiar al tiempo y hora de las votaciones, tal y como son y están las circunstancias financiadas por el erario público y con carencia, o desorientación, de cuanta formación-información demanda tal menester cívico y religioso, de esencial relevancia.

 

 

 

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