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Obispos con escudos de armas

Al pueblo–pueblo, y un poco más, también al que es llamado “Pueblo de Dios”, con prudencia, teología y gramática, el diccionario le facilita el camino, pertrechándolo de la información necesaria para alcanzar la meta propuesta que, en este caso, y en otros, coincide con el “Reino de Dios” del santo Evangelio.

Aquí y ahora, el diccionario nos sale al encuentro adoctrinándonos que el término “escudo” es “arma defensiva que se lleva sujeta por un brazo para cubrir y proteger el cuerpo”, y que “en heráldica es una superficie u objeto con la forma de esta arma , donde se pintan o inscriben las figuras o piezas que son distintivas –“blasones” de un reino, de una nacionalidad, de un linaje o de una persona”. “Lema o blasón” es “señal exterior que se adopta como distintivo o símbolo, con frase que expresa una intención o norma de conducta”.

Ante la fotocopia amplia y documentada de un puñado de páginas de “escudos de armas” de carácter episcopal, a cualquiera que pretenda inscribirse y vivir en la Iglesia, con conciencia, y por la gracia de Dios, posiblemente le serán de provecho algunas de las sugerencias siguientes:

La Iglesia, comenzando lógicamente por su jerarquía, que son los obispos, merecedores de intitularse “Sucesores de los Apóstoles”, demandan ser “desbautizados” con urgencia, por incoincidencia esencial con los aditamentos que se les fueron incorporando con carácter a veces semi dogmático, a lo largo de la historia y expresa invocación de los evangelios.

Entre ellos destacan –¡y de qué manera ¡– lo copiado del paganismo, del feudalismos y de tantos “ismos” que contribuyeron a hacer de la Iglesia un vulgar remedo, irreconocible por el mismo Jesús y por quienes contribuyeron a la difusión de sus salvadoras ideas que fundamentan toda convivencia, tanto la humana como la divina.

“Escudos” y “armas” y, por tanto, “escudos de armas”, ni hacen ni jamás harán Iglesia. De por sí, y “por los siglos de los siglos”, dejarán de ser argumentos, por mucho que huelan a incienso y por muchas bendiciones aureoladas de indulgencias de las que hayan sido sus destinatarios. Los lemas, mayoritariamente en latín, que enriquecen los referidos escudos, causan pavor, extrañeza y paganería, en multitud de versiones.

Los ejemplos pugnan y se codean entre sí por ocupar puestos de relevancia “religiosa”.

“Ex homínibus et pro homínibus” (¿Se da por supuesto que también “pro muliéribus”, además de a favor de quienes no sean , ni serán católicos, apostólicos y romanos?). “Ecce veni” (Ya vine, ya estoy aquí, pero ¿a qué, por qué, por quien y para qué, además de haber conseguido un puesto de relevancia en la cerrera eclesiástica?). “Ut unum sint” (¿Para que todos sean “uno”, por ejemplo, sin excluir de la comunión y de la pertenencia a una cofradía semanasantera de que –él o ella– no esté matrimoniado en o por la Iglesia?). “Duc in altum” (¿Más ”altos” aún, con más mitras, más acólitos, más dignidades e inciensos, y más alejados del pueblo?). ”Servus servorum Dei” (De “siervos,” nada o casi nada. Con escudo de armas, no se es siervo. Los siervos se tienen.). “Omnia ómnibus sum” (¿Soy todo siempre y para todos, de la misma y sacrosanta manera, pagando o sin pagar?).

“Ministerium reconciliationis” (¿Con escudo de armas se está permanentemente en disposición de servir de conciliador y más “en el nombre de Dios”, sin abominar todas las guerras, comenzando por las que sacrílegamente se llaman “santas”?). “Sitio”. Es decir “tengo sed”. ¿(De qué tienen, o deben tener, sed todos los obispos? ¿Acaso de llegar a arzobispos, a cardenales y hasta a papas, tal y como nos refiere la historia eclesiástica?). La sed del jerarquismo eclesiástico es insaciable. Posiblemente en mayor proporción que la registrada en otras “profesiones”). “Evangelizare Jesum Christum” (¿Resultan ser “palabra de Dios” cuanto dicen o escriben los señores obispos, al dictado, en frecuentes ocasiones, de lo que les dicen “los de arriba”, o los amanuenses de turno?). “Resurrexit” (Cristo resucitó, sigue resucitado y, a su vez, resucitando. ¿Encarnan de verdad tal testimonio la mayoría de nuestros obispos, con el evangelio abierto por los capítulos de la ternura, de la esperanza, de la claridad, de la caridad, de la simpatía, del encuentro y de la sinodalidad?)

“Tecum ego sum”. (¿Pero están, o pueden estar, de verdad con el pueblo nuestros obispos, en cuyo nombramiento no tuvimos arte ni parte, y en ocasiones, hasta obsequiados con nuestro rechazo, por lo visto y oído en anteriores actividades pastorales? ¿Puede santificar el “tecum” –“contigo”– el ascenso de esta palabra al escudo de armas, desde un palacio, entre “familiares” y amigos, acólitos, siervos y siervas, a no ser que estas no pasen de ser “esclavas” en cualquiera de sus versiones monjiles?)

Curiosamente es de notar que entre los obispos hispanoamericanos el lema de sus escudos de armas está escrito en castellano y no en latín. Entre algunos ejemplos, subrayo los de “Se acercó y caminaba con ellos”; “Y levantándose, les sirvió”; “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”: “Para que tangan vida”; “Mi familia y yo te serviremos”; “Seguidme y veréis”; “Servir y dar la vida”…

No sé si en el planteamiento sinodal se les habrá abierto expresamente un hueco a los escudos de armas y a las divisas de los señores obispos. Pero ni unos ni otras tienen futuro. Tuvieron pasado y presente, y sus frutos pontificales no pueden ser más lamentablemente antievangélicos y anticristianos.

¿Que además, y por lo de los Pactos de Letrán, los Cardenales fueron declarados y reconocidos concordatariamente nada menos que “Príncipes de Sangre Real”? Un nuevo y decisivo argumento para terminar de una santa vez con paramentos falazmente litúrgicos, además de canónicos.

Un comentario

  • ana rodrigo

    Se puede decir más alto pero no más claro. El legado de la tradición eclesiástica, cuando se identifica con el poder, se convierte en “eterno” y es  el mismo poder el que convierte su palabra en palabra de Dios (la Santa Tradición), en poder sagrado y esto ¡son palabras mayores! Con poder y sacralidad convierten en dogma todo lo que se les pasa por la cabeza, siempre masculina y omnipotente.

    Castillo, en su último libro, va narrando cómo desde la aparición de los sacerdotes en el primitivo movimiento de Jesús, éste se convierte en una religión, al estilo de todas las religiones de siempre: los sacerdotes son los que dicen, en nombre de Dios, lo que hay que pensar, sentir, creer y hacer, son Dioses. Con ello, en vez de mirar el ejemplo del Jesús humano del evangelio, viven en su mundo, no en el mundo en el que vivimos hombres y, sobre todo, mujeres, a las que nos ha arrinconado en la nada, las nadies.

    Y, con este listado de absurdos, no sólo vive el clero y la jerarquía, sino much@s fieles cristianos que les parece normal que esto sea así. Y, a quienes les parece  que es lo más insensato y absurdo de la creación humana, abandonan la Iglesia, sin ésta se mire así misma, más bien, culpabiliza a quienes la han abandonado.

    Y, a la juventud, en su mundo, le importa un bledo los escudos, los balsones y los escudos de armas, se ríen, miran con cara de asombro. Este el el futuro…, allá ellos, los jerarcas y el clero en general.

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