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Amina Wadud, teóloga feminista musulmana 

Hoy también invita ATRIO a reflexionar sobre teología, entendimiento de la fe. Pero en este caso de la fe islámica y el esfuerzo por las mujeres para purificar de incrustraciones culturales esa fe tan viva en el mundo. Juan José Tamayo nos presenta a esta mujer teóloga feminista, que sigue creyendo que los ayatolás y talibanes pueden, aunque sea a la fuerza de revoluciones como la de Irán ahora, releer sus textos y superar patriarcalismo y fariseísmo moral. AD.

En el 70 aniversario de su nacimiento

Del 19 al 21 de septiembre he participado en el Congreso Dignidad humana, Derecho y Diversidad Religiosa: Diseñando el futuro de las sociedades interculturales, celebrado en Córdoba. La mesa redonda a la que fui invitado por la Fundación Euroárabe lleva por título “Espiritualidad feminista e islam”, que compartí con Asma Lamrabet, teóloga musulmana feminista marroquí, e Inés Eléxpuru, periodista y directora de Comunicación de la Cultura Islámica, en plena sintonía.

Dediqué parte de mi intervención a Amina Wadud, una de las teólogas más relevantes del islam, crítica del patriarcado islámico, del imamato masculino y de la interpretación patriarcal del Corán, que el 25 de septiembre cumple 70 años. Este año se cumplen también el cincuenta aniversario de su conversión al islam y el cuarenta aniversario de la publicación de su obra más emblemática de hermenéutica feminista: El Corán y la Mujer.

Desde hace más de tres décadas está llevando a cabo una creativa hermenéutica feminista del Corán desde su compromiso con el movimiento de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos y con los movimientos que luchan por la igualdad y la no discriminación de las mujeres y contra la violencia de género en el mundo, y muy especialmente en el mundo islámico.

Creo que Amina Wadud no es suficientemente conocida en el entorno de la teología cristiana feminista. Sin embargo, sus investigaciones desde la perspectiva de género en torno al Corán son comparables en rigor hermenéutico y exegético con las de las teólogas y hermeneutas cristianas feministas como Elisabeth Cady Stanton, Elizabeth Schüssler Fiorenza y Elizabeth Johnson, entre otras. Considero, por ello fundamental darla a conocer como una de las pioneras en la lectura feminista del Corán, que pretende recuperar la voz de las mujeres en el texto sagrado del islam, silenciada por la interpretación patriarcal, y en esa voz descubrir la palabra de Dios como liberadora de la opresión femenina.

Este artículo quiere ser un homenaje de reconocimiento a quien tanto ha inspirado mi Hermenéutica Feminista Interreligiosa, de la que iré dando cuenta en mi blog de amerindiaenlared.org y Religión Digital.

Amina Wadud es una teóloga feminista musulmana afrodescendiente nacida en los Estados Unidos en una familia cristiana cuyo padre era pastor metodista. Los padres y ella participaron activamente en las marchas del Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King. Posteriormente siguió las prácticas budistas.

A comienzos de la década de los setenta del siglo pasado se convirtió al islam coincidiendo con la segunda ola del movimiento feminista en USA. Ella veía dicho movimiento con una mezcla de euforia religiosa e idealismo y quiso traducirlo en transformaciones concretas dentro del islam, teniendo como principal fuente de inspiración el Corán, donde, a su juicio, no aparece la subordinación de la mujer al varón. Lo que caracteriza el mensaje del Corán es la dualidad como designio primordial de toda la creación: “Todo lo creamos por parejas” (51,49).

Doctora en árabe y estudios islámicos por la universidad de Michigan, vivió en varios países musulmanes e hizo estudios de post-grado en universidades de Libia, Egipto y Malasia, donde conoció a las Sisters in Islam, movimiento pionero del feminismo islámico fundado en 1988 por Zainah Anwar, que ejerció una influencia decisiva en su vida y su pensamiento. Ha sido profesora en el Departamento de Estudios Filosóficos y Religiosos de Virginia Commonwealth University, de Richmond (USA), investigadora adjunta en el programa de Estudios sobre la Mujer, de la Escuela Superior de Teología de Harvard, y profesora visitante en la Universidad Gadjah Mada (Indonesia). Pronuncia conferencias en numerosas universidades, foros culturales y religiosos en Estados Unidos, Oriente Medio, Sudeste, África, Europa y Australia. Actualmente vive en Indonesia. Tanto ella como sus hijos han sido objeto de amenazas de muerte por sectores fundamentalistas musulmanes.

Sus investigaciones se centran en el islam y el género, ofreciendo una interpretación alternativa del Corán. Es también una activista en la defensa de los derechos humanos, y especialmente de las mujeres musulmanas. En 1992 publicó El Corán y la Mujer. Releyendo el Texto Sagrado desde la perspectiva de la Mujer, uno de los libros más emblemáticos del feminismo islámico y texto de referencia tanto para académicos como para activistas, que causó un fuerte impacto dentro y fuera del islam al hacer una lectura feminista del Corán y demostrar que este defiende la igualdad de hombres y mujeres.

 

Desafío al patriarcado islámico

La voz de Amina Wadud es una de las más escuchadas al tiempo que más provocativas del feminismo islámico, que desafía al patriarcado tanto político como religioso musulmán con gestos que no dejan indiferentes a las personas seguidoras del islam, y muy especialmente a los dirigentes religiosos que se dividen en dos bandos: quienes critican su comportamiento desafiante y la anatematizan –los más-, y quienes la apoyan y comparten su exégesis igualitaria del Corán y sus reivindicaciones feministas -los menos-.

En agosto de 1994 pronunció un sermón sobre “El islam como compromiso de entrega” en la mezquita principal de Claremond, de Ciudad de Cabo (Sudáfrica). En marzo de 2005 dirigió la plegaria en una asamblea de musulmanes y musulmanas en Nueva York. Las mezquitas de la localidad le negaron la entrada para dicha oración, que se celebró en un local de la catedral episcopaliana de San Juan el Divino. Con dicha práctica estaba desafiando a la autoridad patriarcal musulmana, que se considera con el monopolio de lo sagrado. A ella acudieron en torno a cien musulmanes y musulmanas, bajo protección policial en el exterior del templo para evitar incidentes causados por musulmanes integristas que protestaban por dicho acto.

Durante la plegaria dijo que “el tema de la igualdad de género es muy importante para el islam. Por desgracia, los musulmanes han hecho una interpretación muy restrictiva de la Historia y han caminado hacia atrás. Con esta plegaria, nos estamos moviendo hacia delante. Este acto solidario es un símbolo de las posibilidades del islam”. Ese mismo año volvió a dirigir la oración en una asamblea mixta en Barcelona durante la celebración del I Congreso de Feminismo Islámico.

Las reacciones de los ulemas no se hicieron esperar. El Sheik Yusef al-Qaradawi, de Qatar, dictó una fatwa en contra de la actuación de Wadud apelando al cuerpo de la mujer, “cuyo físico, naturalmente, constituye una provocación a los instintos de los hombres”. En ella condenaba a Amina por anti-islámica y herética y a los participantes en la oración por cómplices. Sabed Tantawi, de El Cairo, declaró inválida la plegaria mixta alegando que los hombres han de rezar con humildad y modestia, y nunca en presencia de una mujer.

También hubo reacciones favorables por parte de intelectuales y académicos musulmanes, como el egipcio Gamal al-Banna, el pakistaní Javed Ahmad, que vieron en el gesto de Wadud un cambio revolucionario en el islam que contaba con el apoyo de las fuentes islámicas y que tendría repercusiones en todo el mundo.

La respuesta del feminismo islámico no se hizo esperar: ni en el Corán ni en los hadices existe un solo texto que prohíba a las mujeres dirigir la oración en una congregación de hombres y de mujeres. Si una mujer está capacitada para pronunciar el sermón el viernes en la mezquita, ¿por qué no lo va a hacer? Si una mujer es elegida por la comunidad, ¿por qué no va a poder dirigir la oración comunitaria?

El gesto subversivo de Amina Wadud condujo a una reflexión en profundidad sobre el tema y al ulterior reconocimiento del imamato femenino en diferentes comunidades musulmanas de Sudáfrica, Norteamérica y Europa. El Centro Educativo Musulmán de Oxford (Inglaterra) organiza oraciones mixtas en las que predica una mujer imán. La red de mezquitas del Tawhid, creada en Estados Unidos por la Asociación de Musulmanes por los Valores Progresistas (MPV), fundada por la imán indonesia Anni Zonneveld, defiende un islam inclusivo a favor de la igualdad de género. La mezquita de Washington está dirigida por el imán gay Daayiee Abdullah. En noviembre de 2012 la Asociación de Musulmanes Progresistas de Francia (MPF) creó la primera mezquita inclusiva, vinculada a la citada red norteamericana de Musulmanes por los Valores Progresistas, que celebran la oración del viernes sin ningún tipo de discriminación, ni de género, ni de orientación sexual, ni de etnia.

Amina Wadud cree que ha terminado la era del patriarcado. Tenemos que evolucionar, afirma, “hacia otro modelo más tolerante y cooperativo, porque no solo está en juego el futuro del islam sino el futuro mismo del planeta. Para que nuestras familias, comunidades y naciones avancen, más y más mujeres deben llegar a las áreas del progreso”. En defensa del nuevo modelo igualitario y cooperativo cita el Corán, ya que en él “se sostiene que los hombres y las mujeres han sido creados en igualdad”. A su juicio se han desvirtuado los principios del Profeta, quien no reconocería su Ciudad de la Iluminación en ninguna comunidad musulmana de hoy. Se ha producido un “desplazamiento funcional” del islam para ajustarlo al dominio de los varones. ¡Justamente el movimiento contrario a lo sucedido en los orígenes de la religión musulmana, como ella demuestra fundadamente!

 

Lectura feminista del Corán

Las investigaciones de la teóloga musulmana se orientan a recuperar la voz de las mujeres en el Corán y su palabra como comentaristas del texto, con el doble objetivo de desafiar la tendencia intelectual del islam que margina la voz femenina en el texto sagrado y en su interpretación, y de ampliar las posibilidades de comprensión entre los mismos musulmanes y musulmanas. Wadud parte de un hecho incuestionable: la voz de las mujeres ha sido silenciada en el texto coránico por sus intérpretes y ha estado ausente del legado intelectual del islam. Solo los varones se han considerado personas con plenos derechos en presencia de Dios y como guías de las mujeres, mientras que estas no son más que meras extensiones de los hombres.

Más aún, dicho silenciamiento es entendido por los propios pensadores musulmanes como parte de un decreto divino y de la voluntad de Dios. Las propias mujeres han aceptación de buen grado y sin rechistar esta situación de marginalidad durante siglos, aun cuando se hayan visto obligadas a negar la igualdad en su condición humana y a dar por buena su exclusión del texto coránico. A este silenciamiento cabe añadir otro elemento igualmente negativo para el islam: a excepción de los tres o cuatro últimos decenios, apenas se ha producido ninguna exégesis sustancial del Corán que haya sido elaborada por mujeres.

Sin embargo, constata Wadud, la voz de las mujeres está incluida en el Corán y presta una contribución fundamental a la hora de comentarlo e interpretarlo. Y la búsqueda de dicha voz incluye a la persona con género, la mujer: “La voz femenina en el Corán es la voz de Alá, y Él no es mujer, ni es femenino. Ella tampoco es un hombre, ni siquiera es masculina. Tanto la voz masculina como la voz femenina son la empresa divina de darse a conocer a través del texto”.

Otra cosa es el legado patriarcal intelectual –o mejor, anti-intelectual- del islam, que privilegia, ciertamente, la voz, las cualidades y los atributos masculinos de Dios relacionados con el poder e incluso con la violencia, cuando son más importantes otras cualidades y otros atributos, como se pone de manifiesto en los 99 nombre más bellos de  Dios en el Corán: el vivificador, el misericordioso, el benéfico, el generoso, el tierno, el agradecido, el confidente, el protector, el paciente, el indulgente, el equitativo, etc.

Amina cree necesario enfatizar hoy la voz femenina para lograr el equilibrio. Durante los catorce siglos del islam fueron los hombres casi en exclusiva quienes escribieron tratados de exégesis, considerados autoritativos y definitivos.

Al silenciar la voz femenina del texto, el ethos islámico limitó la riqueza de este, lo que constituye, a su juicio, una injusticia contra el autor divino del texto y contra quienes buscan orientación moral en él. Para ampliar el horizonte moral del texto es necesario eliminar la autoridad interpretativa única de los varones, recuperar la voz femenina dentro del Corán y fomentar el desarrollo de comentarios feministas. “A la voz femenina no solo hay que darle plena expresión, sino que incluso habrá que darle algunas veces la primacía”, afirma Amina.

Otro argumento coránico al que apela la teóloga musulmana para defender la igualdad de los hombres y de las mujeres en el texto sagrado es la idea de dualidad de todo lo creado. Hombres y mujeres poseen igual significación como parte de la dualidad de la creación, y a ninguno se le puede atribuir un valor superior. Cualquiera sea su orientación, todos los exegetas coránicos coinciden en que el Corán establece y defiende la justicia absoluta de Dios como atributo divino, que debe traducirse en la práctica de la justicia en las relaciones sociales y económicas.

Cabe destacar a este respecto la hermenéutica de la justicia social que Amina hace del Corán articulando las categorías de etnia, clase social y género.

Sin embargo, en la práctica el principio de equidad se incumple al reconocer derechos absolutos a los hombres y derechos relativos a las mujeres. Amina Wadud constata tal incumplimiento en el diferente valor que los comentaristas varones conceden a la voz masculina y femenina de Dios. Relacionan la voz masculina con la autonomía, la jerarquía, el dominio, la acción, la autoridad, el control, y la voz femenina con la crianza, la reciprocidad, la síntesis y la receptividad. En este caso, la justicia divina resulta inequitativa y discriminatoria en perjuicio de la mujer. Para revertir tal inequidad es necesario reconocer el mismo valor a ambas voces.

Wadud observa con preocupación cómo en el imaginario colectivo, tanto dentro como fuera del islam, está muy arraigada la idea estática de un islam conservador, que no admite cambios. Para superar esta imagen cree necesario distinguir entre cultura musulmana, textos islámicos y ley islámica, y volver al Corán donde se encuentran los elementos para quebrar la concepción estática sobre la religión musulmana y su confinamiento en un sistema rígido e inmutable. Y, a partir de ahí, inicia una hermenéutica inclusiva de género que descubre que las mujeres son sujetos morales que mantienen una relación directa con Dios.

En esa dirección va su obra Inside the Gender Yihad: Women’s Reform in Islam (Oneworl Publications, 2006), donde propone una Yihad (lucha no violenta) de las mujeres por la justicia y la inclusión de género dentro de la comunidad islámica global. Aborda algunos de los principales problemas a los que se enfrentan las mujeres musulmanas hoy como la sexualidad, el liderazgo, la educación y el estatus social. Lo que se propone es cambiar el estatus de las mujeres dentro del islam, tarea realmente revolucionaria que Amina Wadud considera urgente.

Esta idea es desarrollada y profundizada en el libro homenaje dedicado al estudio de su vida y su pensamiento con motivo de su sesenta cumpleaños: A Jihad for Justice. Honoring the Work and Life of Amina Wadud, editado por Kacia Ali, Juliana Hammer y Laura Silvers (48HrBooks, 2012), que se abre con el siguiente texto de Amina: “Escucha nuestra canción, y cuando las palabras sean familiares, sigue cantando; para los nuestros el silencio ha sido demasiadas veces el que ha sustentado y alimentado nuestros principios”.

 

14 comentarios

  • oscar varela

    Actrices francesas se cortan el pelo en apoyo a las mujeres iraníes
    La ONG de derechos humanos de Irán IHR reportó al menos 92 muertes por la represión policial en las protestas que estallaron hace dos semanas tras la muerte de Mahsa Amini.
    -Nuevas figuras internacionales sumaron muestras de apoyo a los manifestantes iraníes.
    https://www.pagina12.com.ar/487389-actrices-francesas-se-cortan-el-pelo-en-apoyo-a-las-mujeres-

  • oscar varela

     
    Vamos a “ocupar” el espacio que –decíamos-, faltaba: el AMOR, y que Ortega no había encontrado estudios sobre ello. Acá bajo su “etymología”.
    ……………………………………………………………
    1- Raíces latinas del amor: La etimología ofrece una entrada inesperada, sorprendente y al mismo tiempo extrañamente familiar, a la muy socorrida visión del amor. En verdad, resulta curioso que hasta ahora no se hayan explorado las riquezas de enigmas y sabiduría que ofrece el despliegue genealógico de las palabras referidas al amor cuando las remontamos en el tiempo. Circunstancia doblemente curiosa si pensamos que nuestra época, a través de la lingüística y el psicoanálisis, se jacta de haber ido mucho más lejos que otras en la indagación del lenguaje y en la observación de los fenómenos conscientes e inconscientes tocantes al universo pasional.
     
    2- L y M: Podemos empezar advirtiendo que, dentro del grupo indoeuropeo, las lenguas nórdicas y las meridionales exhiben diversas consonantes para nombrar al amor. Pero tanto en el caso de la M del amor de las lenguas romances, meridionales, como en el de la L (presente entre otros ejemplos en el inglés love) de las lenguas germánicas, septentrionales, la relación se ofrece a través de dos onomatopeyas centrales, que reproducen los gestos de la boca y de la lengua respectivamente. Estos Gestos, en ambos casos, se refieren, reproducen y apuntan al acercamiento al pezón y al lamer o paladear propios del amamantamiento. El acontecer del amor se centra fundamentalmente, desde el punto de vista del racimo de raíces indoeuropeas del que disponemos, en la relación recíproca de madre y criatura, y sólo por traslación se expande hacía las zonas del abrazo de la pareja humana. En otras palabras, el lenguaje sabe que las madres no pueden divorciarse de sus hijos ni los hijos de sus madres, y por eso prefiere denominar amor a esta relación verdaderamente indisoluble.
     
    3- La VOZ: Para comprobar esta afirmación, escuchemos la palabra amor. Su raíz se encuentra en el indoeuropeo *ma, madre, raíz imitativa de la voz infantil, que reproduce el balbuceo del bebe al mamar. Su derivado es amma, voz familiar, que también significa madre. El español, con su habitual fidelidad y transparencia, guarda esta raíz prácticamente intacta, en expresiones como ama de leche, es decir, la que amamanta. Amita significaba, dentro del recinto indoeuropeo, hermana de la madre o tía, es decir, persona que puede ocuparse de un recién nacido o eventualmente actuar como nodriza (1). De amma proviene amor.
    (1) Nótese que nodriza proviene de nutricia. Nurse, en inglés, de la misma raíz, significa a la vez, como sustantivo, enfermera y nodriza, y como verbo, amamantar a un niño y cuidar a un enfermo. En cierto sentido, el cuidar a un enfermo es como amamantarlo, alimentarlo, regresarlo a la época en que recibía amorosamente el cuidado y la leche materna. También podemos pensar que el hambre es una suerte de enfermedad, y la alimentación, su cura –lo cual tiene una mágica o mítica verosimilitud-. No es ningún azar el que una “receta” sea un término culinario y médico a la vez: una buena estrategia culinaria es lo mismo que una dieta que evita enfermedades.
     
    4- La M maternal: se transmite en muchos casos a los nombres de la hermana, la abuela, la tía, la cuñada, la prima y la sobrina, como si el poder de lactancia de la madre se irradiara a través de todos los miembros femeninos de la familia. Existe también mater, que significa propiamente madre, con el sufijo -ter que indica parentesco y aparece también en pater, frater, etc. En latín se asocian con mater palabras como materia, que hemos heredado directamente, así como su derivado madera. Materies es, en efecto, el tronco o madera dura interna del árbol que produce retoños. La raíz *am dará lugar a palabras como amar o amor entre nosotros, ya que se proyecta, en espejo, en la raíz *ma (2).
     (2) Estas inversiones o metátesis son naturales en todas las lenguas: baste pensar, por ejemplo, en la alternancia skop-spec que se da en la raíz griega skop (skopeo es mirar), de la que deriva epíscopo y de allí obispo, que significa “el que mira o vigila desde arriba”. Spec-, su equivalente latino, también significa mirar, y la encontramos en numerosas derivaciones, como espectáculo, por ejemplo.
     
    5- Esta raíz *ma tiene: tres entradas en los diccionarios indoeuropeos: en una significa lo propicio, lo bueno (cualidad que todavía se proyecta actualmente en ma-tutino o ma-duro, es decir, lo que está fresco o lo que está a punto para ser comido); en otra, la madre; en otra, lo húmedo. Lo bueno, lo comestible, lo húmedo, lo maternal, lo que fluye parecen entretejerse aquí.
     
    Ma-má en español –mamma en italiano- es la reduplicación infantil de esta raíz ancestral. Cuando los chicos hoy dicen ma para llamar a sus madres están deshaciendo -“deconstruyendo”- la reduplicación y volviendo a la forma primitiva. Cuando el adulto dice mamá se refiere al seno materno -de hecho, está pidiendo la teta-; mamma es a la vez madre y teta en latín; mamí-fero, el animal que lleva tetas. Amamantar viene de mamar, pero mamar, a su vez, viene de mama -es decir, primero viene la leche (el seno que la lleva) y luego el deseo y el acto de tomarla-.
     
    6- Hay una coincidencia notable: que se extiende a través de muchos idiomas de origen diverso, indicando que las palabras que designan a la madre, con una frecuencia que desafía las leyes de probabilidad/, presentan una M. En lenguas remotas dentro del grupo indoeuropeo, como el hitita/, el nombre de la diosa madre era mamma. Pero debemos pensar que la tendencia va más allá del indoeuropeo y se remonta probablemente a una lengua madre originaria. Em y Ab, en hebreo, significan respectivamente madre y padre. Paralelamente, encontramos muchi y fuchi en chino; en quechua, madre se dice ma; en tupí-guaraní, amotá es amar, desear, amotó, pariente y amú, hermana. Estos datos -a los que pueden agregarse muchos otros- parecen apuntar a la existencia de una lengua madre en la que se anudaría el indoeuropeo con otros grandes grupos lingüísticos y de donde derivarían ciertos gestos lingüísticos primordiales. El gesto de adelantar los labios para producir esta sonorante nasal se asocia sin dificultades con el acercamiento de la boca del niño al pezón materno. Es también el gesto necesario para el beso.
     
    7- Persuadida de la realidad de este vínculo, que por la frecuencia y el radio de expansión con que se da no cabe atribuir al azar, Sabina Spielrein, una deslumbrante discípula de Jung y de Freud cuya obra debería ser mejor conocida, propuso una interesante teoría. Según ella, las primeras expresiones verbales del infante tienen su origen en el acto de succión, su primera actividad voluntaria. En ausencia de la madre, la tentativa de succión produce los sonidos mô-mô. Estos sonidos se ligan luego al acto de chupar y proporcionan, por lo tanto, al prefigurarlo, un cierto placer. En un segundo estadio, se da la fase mágica, cuyo principio reposa en la semejanza de la acción llevada a cabo con el evento cuya realización se desea, ya que, mediante la secuencia mô-mô, el infante es capaz de evocar el objeto mágico, porque su llamado puede ocasionar la presencia materna (3).
     (3) El trabajo de Spielrein se titula La genèse des mots enfantins Papa et Maman. Fue presentado en el VI Congreso Internacional de Psicoanálisis de La Haya en septiembre de 1920, y publicado en Imago, en 1922. Es interesante notar que en el mismo año 1920 Freud presenta su célebre trabajo, Más allá del principio del placer, donde ilustra, con el ¡Da! del niño observado, el júbilo que experimenta éste al provocar simbólicamente el regreso de su madre.
     
    Originariamente, dice Spielrein, todo deseo se satisface de modo alucinatorio. El mundo mágico presupone el poder ejercer una influencia sobre el mundo exterior. En él, la palabra puede reemplazar una acción, porque en el mundo primitivo la palabra era una acción (4).
     (4) Primero la palabra, en tiempos del animismo, cuando los humanos se sienten fusionados con la naturaleza, tiene una función mágica, como lo dice Benveniste; luego, en la era de las religiones, donde se experimenta una vinculación con dioses personales, adquiere una misión sagrada, acompañada de sacrificios y signos de poder. La palabra de Dios que crea, la palabra sacramental que transubstancia, las maldiciones que supuestamente producen efecto, son ejemplos de la palabra en acción. Más tarde, en nuestra cultura, la palabra se reduciré a un signo útil, destinado sólo a la comunicación y a la información. Pero las etapas mencionadas no se excluyen sucesivamente unas a otras, ya que ciertas virtudes animistas y sagradas de la palabra persisten, por ejemplo, en la poesía, o bien aparecen traspuestas en términos de la filosofía y la ciencia moderna: el aire que el psiquismo emana es alma, las emisiones del alma son materia incandescente que se reparte en fotones y el lenguaje es alma modulada: cada palabra es un fotón.
     
    8- Aquí es donde, crucialmente, se constituye la relación objetiva entre la palabra y su significado: cuando a mô-mô corresponde la presencia de la madre. El acto de mamar es esencial más que ningún otro para fundar la experiencia del niño, no sólo en tanto nutrición sino como gesto de amor: contacto con otro ser como beatitud suprema. Freud lo dice taxativamente: “En un principio la satisfacción de la zona erógena aparece asociada con la del hambre. La actividad sexual se apoya primeramente en una de las funciones puestas al servicio de la conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella. Viendo a un niño que ha saciado su apetito y que se retira del pecho de la madre con las mejillas enrojecidas y una bienaventurada sonrisa, para caer en seguida en un profundo sueño, hemos de reconocer en este cuadro el modelo y la expresión de la satisfacción sexual que el sujeto conocerá más tarde”.
     
    Por algo los griegos representan a Eros como un niño. Y la palabra orexis, en griego, del verbo orego: tender, llegar a, alcanzar, significa deseo de comer, y luego se extiende naturalmente a la voluptuosidad en general y al deseo sexual en particular -de allí anorexia, que es la privación de estas tres tendencias-. Freud nos dice: “Con la palabra libido designarnos en qué forma se manifiesta la pulsión sexual análogamente a cómo, en un ser humano, se exterioriza el ansia de absorción de alimentos”. No hay duda, por otra parte, de que en el niño el placer de mamar constituye un jalón definitivo para el placer sexual ulterior. “Es indudable –dice Spielrein- que el instinto de autoconservación o de nutrición está muy estrechamente ligado al instinto de conservación de la especie, y, por lo tanto, al instinto sexual.” Spielrein cita asimismo la opinión de un autor francés que compara el solaz que experimenta la madre al amamantar a su niño al placer que procura el coito al eliminar tensiones que se vuelven excesivas.
     
    “Los síntomas neuróticos -dice Freud- son satisfacciones sustitutivas. Comprobamos la extraordinaria frecuencia con que los órganos de absorción de alimentos llegan a constituirse en portadores de excitaciones sexuales…” Notemos que, curiosamente -o no tan curiosamente, acaso, teniendo en cuenta la fuerte raigambre patriarcalista de las opiniones de Freud-, se habla aquí de las excitaciones sexuales de los órganos de absorción de alimentos y no de los órganos de portación de alimentos, como el clásico seno materno.
     
    9- Es decir, es el proceso de alimentación en su plenitud activa y pasiva -teta fluyente y boca absorbente- el que se vincula al proceso de fusión sexual, activa y pasiva -si bien no se puede hablar de plena pasividad en ninguno de estos casos-. Y en cuanto al carácter neurótico sustitutivo de los órganos de absorción de alimentos como portadores de excitaciones sexuales, nos atreveríamos a decir que en un primer estadio, sin embargo, el primer vislumbre de sexualidad se alcanza a través de la experiencia mamaria: el sexo, podríamos decir, es una extensión de nuestra necesidad de dar y recibir en una relación nutritiva; podríamos incluso pensar que, posteriormente, no se trataría sólo de sustitución, sino también de regreso a un lugar de origen. En el alimentar al niño desde el pezón, asegurando así su subsistencia biológica y afectiva, la madre prefigura el acto posterior de la cópula, donde, complementando el ciclo vital, el varón alimenta la boca-vagina de su mujer desde su pene, asegurando así la supervivencia de la especie.
     
    10- Las lenguas del mundo evidencian una amplia gama de metáforas donde el acto sexual y las expresiones afectivas que lo rodean y preparan se designan con imágenes alimenticias; sólo en español encontramos “me gustas”, “me lo comí a besos”. Hay numerosas comprobaciones independientes en este sentido: por ejemplo, Eduardo Gaicano menciona que entre los guaraníes la palabra che ha’u designa a la vez el acto de comer y el de hacer el amor; numerosas metáforas populares y coloquiales corroboran esta identificación. En el lenguaje se anudan y evidencian los misterios biológicos que proclaman la unidad de la vida. Estos ejemplos remiten inevitablemente a la pregunta acerca de la prioridad de lo nutricio sobre lo sexual, o, mejor dicho, acerca de la posibilidad de considerar simbólicamente lo sexual como una extensión de lo nutricio, y no viceversa. Lo importante es que mientras la alimentación produce el mantenimiento y el crecimiento de los seres vivos -y también sus excrementos-, la cópula engendra seres vivos.
     
    11- La metáfora que une lactancia con amor no es exclusiva del indoeuropeo. L. Kancyper nos hace notar que en hebreo se menciona a Dios como El-shadai: Dios mi seno, seno del que yo mamo; shadaim significa senos. Shadad quiere decir ser fuerte, poderoso, violento, y shadí, Dios Señor omnipotente. Al parecer, hay aquí una confluencia natural no sólo entre lactancia y amor sino entre lactancia y poder que sería interesante explorar. Otras confluencias entre la biología materna y el amor divino aparecen en la designación de El Rajamim, Dios misericordioso: réjem quiere decir útero y, poéticamente, muchacha. Pero también la misma raíz aparece en el amor humano: rajam es enamorarse, y también compadecerse; rejom (o rejúm, según las distintas grafías) es el amado.
     
    12- Vemos entonces que la mama y el útero se relacionan con el amor a través de fronteras lingüísticas. En el vocabulario que hemos estudiado, no parece haber, en cambio, rastros de palabras que unan los órganos de reproducción masculinos con el afecto o el amor. En general, en la tradición latina y germánica, los nombres del varón y de la virilidad están unidos a los de la virtud, la vida, la fuerza y la guerra. Esta interesante dicotomía merece reflexiones que dejamos para más adelante.

  • oscar varela

    El libro se ocupa del amor. Ante este viejo libro que se ocupa de la gran faena humana que dicen amor, se debiera comenzar esclareciendo un poco la cosa que éste es. La primera curiosidad que sentimos es averiguar si el amor fue entre los árabes el mismo afán que es entre nosotros. Suponer que un fenómeno tan humano como es amar ha existido siempre, y siempre con idéntico perfil, es creer erróneamente que el hombre posee, como el mineral, el vegetal y el animal, una naturaleza preestablecida y fija, e ignorar que todo en él es histórico. Todo, inclusive lo que en él pertenece efectivamente a la naturaleza, como son sus llamados instintos.
     
    Sin duda hay en el hombre —¡gracias sean dadas a Dios y a Alah!— un repertorio residual de instintos, entre ellos esta sorpren­dente atracción erótica de un individuo por otro. Esto, claro es, ha existido siempre. Pero es preciso tener en cuenta que los restos de instintos aún activos en el hombre no se dan ni funcionan aislados jamás. Aun el más básico de todos, que es el de conservación, aparece complicado con las más abstrusas creaciones específicamente humanas, como el honor, la fidelidad a una creencia religiosa, la desesperación, que llegan, inclusive, a suspender su funcionamiento. Esta coalescencia de lo natural con lo cultural hace irrecognoscible al instinto, lo convierte en magnitud histórica que nace un día para desaparecer otro, y entremedias sufrir las más hondas modificaciones.
     
    Por malaventura perturba la comprensión de esta realidad, que por ser elemental debía ser resplandeciente, el vicioso e inveterado uso de llamar con la sola palabra «amor» las cosas más dispares. La situación lingüística es especialmente desdichada, porque en las len­guas romances se llama «amor» a ese repertorio de sentimientos, y esta palabra nos es profundamente ininteligible merced a que arrastra una raíz para nosotros muerta, sin sentido. Nuestras lenguas la tomaron del latín, pero no era una palabra latina. Los romanos la habían, a su vez, recibido del etrusco, que es hoy una lengua desconocida, hermé­tica. Este hecho lingüístico es ya de suyo bastante elocuente, pues ¿qué quiere decir que realidad tan íntima y, al parecer, tan universal­mente humana como el ajetreo erótico tuviera que ser nombrada por los romanos con un vocablo forastero? ¿Es que los romanos, antes de ser civilizados por los etruscos, no conocían eso que los etruscos llamaban «amor», y, por tanto, que éste fuera para ellos una «institu­ción» nueva, algo así como un cambio de régimen en la existencia privada? Que algo parecido a esto aconteció queda automática­mente probado por ese hecho lingüístico. Pero entonces se pregun­ta uno qué diablo sería eso que los etruscos habían inventado y cul­tivado y refinado y a que dieron, por razones semánticas para nosotros ocultas, el nombre de «amor», llamado a tan ilustre destino. Lo que se conoce de la vida etrusca declara suficientemente que el amor fue en aquel pueblo cosa muy distinta de lo que iba a ser para nosotros, y, a lo mejor, cuando a nuestro más férvido y etéreo sen­timiento por una mujer le decimos «amor», le estamos, sin saberlo, llamando una cosa fea. Los etruscos fueron uno de los pueblos más sensuales que han existido. Su sensualidad era torva, exasperada, desesperada. Tuvieron el genio de morir a fuerza de voluptuosidad.
     
    No creo que la filología arábiga haya llegado a las pulcritudes y fililíes de hacer el estudio semántico de los vocablos; en este caso, de precisar lo que en el siglo X la sociedad andaluza entendía cuando escuchaba o leía la palabra que traducimos por «amor». Porque, repito, significaba cosa bastante distinta de lo que nosotros entendemos con la nuestra. Baste hacer constar que esos versos van diri­gidos a un hombre. Bien sé que también entre nosotros se da con alguna frecuencia el amor homosexual de varón a varón. Pero es incuestio­nable que en Europa «amor» significa, primaria y substantivamente, algo que del hombre va consignado a la mujer y de la mujer es emi­tido hacia el hombre. Lo que sea un amor de hombre a hombre o de mujer a mujer no lo entendemos sin más; antes bien, tenemos que practicar una difícil operación de desarticular aquel sentido primario de la palabra e intentar, un poco a ciegas, una rearticulación diferente para figurarnos el erotismo homosexual. Ahora bien, como García Gómez hace constar, en este libro el amor es indiferente a las dife­rencias sexuales, y esto basta para que debamos representarnos el amor árabe como una realidad de sobra dispar a la que venimos ejer­ciendo los occidentales. Y tampoco puede decirse que sea similar a la que Platón describe, porque en Platón el amor no es indiferente a los sexos, sino que tiene su sentido primario en el amor de varón a varón. Platón, inversamente a nosotros, no entendía bien lo que pudiera ser un amor de hombre a mujer.
     
    Con todo esto no pretendo sino avivar, del modo más breve posi­ble, la conciencia de que este asunto del amor es sobremanera clima­térico, y que no hay un amor natural frente al cual aparecen, por con­traste, los amores antinaturales. Bien podían los que perpetúan la opinión contraria a esta sentencia sentir más noble orgullo por sus creencias, y en vez de escudarse en una supuesta naturaleza que recomienda un amor como natural y rechaza otros como antinatu­rales, hablar enérgicamente de amores como es debido y amores como no es debido, de lo que es moral y de lo que es inmoral. El amor es, como antes insinué, una institución, invento y disciplina humanos, no un primo de la digestión o de la hiperclorhidria.
     
    Ibn Hazm espuma recuerdos propios y experiencias ajenas, contados con precisión y energía, directamente. En otros lugares formula, con sorprendente y perspicaz nitidez, análisis de diversas situaciones que el amor trae consigo En página 86, fina selección de los actos que son señal de que dos están enamorados; página 143, exclusivismo erótico de la mujer frente a la dispersión en que el varón suele vivir y le impide una última concentración en su fervor; página 107, precisión sobre un problema que hoy preocupa tanto a los médicos: la diferente velocidad en el placer, casi normal, en los dos sexos; página 109, influjo de la primera preferencia sobre los amores subse­cuentes, que recuerda lo que Descartes nos refiere de sí mismo: cómo amó por vez primera a una bizca y siempre sintió una tendencia a interesarse en mujeres bisojas; página 165, conciencia clara que tiene de ser el amor una de las cosas más penetrantes en el ser humano; página 167, la furtividad, cima del amor: ¡gran verdad!; págs. 174-175, espléndida descripción de la reconciliación entre amantes; pági­na 229, sobre el olvido; página 266, historia del marinero, su miembro y la navaja.
     
    No es posible requerir de Ibn Hazm que nos declare cuáles eran las características del amor andaluz en su tiempo. Ni podía tener sen­tido histórico, ni pudo compararlo con el amor en otros pueblos. Somos nosotros quienes hemos de perescrutar, en lo que nos cuenta y en lo que nos define, los rasgos diferenciales en aquella manera de amar. Al pronto nos parece que no hay tal diferencia. Pero lo mismo nos acontece cuando leemos el único libro minucioso y fehaciente que sobre el amor en un pueblo primitivo existe: la vida sexual de los salvajes, de Malinowski. Según éste, resultaría que, entre los Trobriand, pueblo sumamente primario que vive en una isla próxima a Nueva Guinea, y nosotros apenas habría en el quehacer amoroso más diferencia que ignorar ellos, como todo el Asia, la dulce faena del beso y, en cambio, complacerse en una ocupación para nosotros inusitada, que es morderse las pestañas. Esta aparente, somera iden­tidad es tan excesiva, que nos pone alerta y nos trae a las mentes la advertencia fundamental de que la intimidad humana es fabulosamente rica en su flora y en su fauna, pero, a fuer de intimidad, no puede de suyo manifestarse, sino que está para ello atenida a los gestos y actos corporales. Ahora bien, el teclado de gestos corporales que nuestra intimidad encuentra a su disposición para expresarse es sobremanera limitado, si se compara con la exuberante variedad de las formas vividas por nuestro sentimiento. De aquí que con un mismo gesto tengan que exteriorizarse realidades íntimas sumamente dis­pares y que todos los amores, contemplados desde lejos, parezcan idénticos.
     
    Pocas faenas me ocasionarían mayor fruición que entrar con la lupa en este libro para intentar, partiendo de lo que nos cuenta y nos comenta, obtener una fórmula diferencial de lo que era el amor para estos árabes refinados del siglo X y lo que es hoy para nosotros. Pero es asunto que reclama demasiado tiempo y demasiado espacio, porque involucra temas —pertenecientes a la relación hombre-mujer— sobre los cuales, aunque parezca mentira, está casi todo por decir.
     
    Si se quiere un ejemplo superlativo de la inatención que sufren estos modos humanos del querer, basta con detenerse un momento en las últimas palabras del período anterior: «lo que es hoy para nosotros el amor». ¿De qué «hoy» se habla ahí? Porque no podemos identificar los enamorados europeos de hace cincuenta años y hoy. El lugar es el mismo, la distancia temporal es bien escasa, y, sin embargo, la diferencia entre el amor de entonces y el de las nuevas generaciones es superlativa. Obsesionadas las gentes por guerras y revoluciones, no han prestado atención al hecho palmario de que en ese breve trecho de tiempo se ha producido el cambio más profundo desde el siglo XII en la figura occidental del amor. En muchas cosas, durante esa breve etapa, se ha roto con la tradición multisecular; pero tal vez en ninguna, y a la chita callando, ha habido corte tan radical como en el estilo de amar. Desde aquel siglo el modo de que­rerse evoluciona con perfecta continuidad, como un género literario (en cierto modo, lo es), hasta comienzos de siglo. Por ello la relación hombre-mujer atraviesa una época de grave desajuste. Pero no es tema para que entremos ahora en él.
     
    Ahora nos conviene confrontar las maneras del amor que Ibn Hazm nos descubre —-lo que llamaremos el amor andaluz— con las del amor beduino en las tribus que hoy conservan más puro su esencial arabismo y viven en los de­siertos sitibundos de la Arabia Oriental, en las cercanías del golfo Pérsico. H. R. P. Dickson publicó en 1949 el libro más detallado que existe sobre la vida de estas tribus. Nacido en Siria y amamantado por una beduina que pertenece a éstas, es, por tal razón, considerado como un miembro de la tribu más autorizada. Pues bien, Dickson nos hace ver cómo en esa región de Arabia —y, en cierta manera, en toda Arabia— el adulterio es desconocido. Verdad es que la faci­lidad para el divorcio no deja espacio donde aquél se aloje. Por otra parte, la mujer lleva completamente oculta la cabeza toda, y el que pudiera calificarse de su enamorado, más que verla, queda obligado a sospecharla. La mujer entra, pues, en el amor como un ser des­conocido, y no es por ello sorprendente que la noche de bodas consista en una lucha feroz entre esposo y esposa, tan feroz que la novia sufre a menudo la fractura de una o más costillas. ¿Cómo puede ser un amor que habrá de moverse entre tales usos? El actual monarca de la mayor porción de Arabia, el gran Ibn Sa’ud, contaba a Dickson que él —puritano, jefe de los puritanos wahhabíes— había tenido hasta la fecha más de cuatrocientas mujeres, pero no había visto jamás la cara de ninguna. No nos es nada fácil un amor sin cara, porque precisamente la cara es el hontanar donde brota el amor como tal. Pues debía haberse atendido con mayor extrañeza al hecho de que la cara femenina no despierta en el hombre sensualidad, cuando todo el resto del cuerpo femenino, incluso las manos, está siempre en riesgo propincuo de suscitarla. Tal vez los labios dan algún quehacer más allá de la ternura, pero casi siempre secundariamente, cuando ya la sensualidad ha sido disparada por otros territorios erógenos.
     
    Pero la gran cuestión histórica que partiendo de este libro habría menester de atacar es la tan propalada y discutida influencia de los árabes sobre el amor de «cortezia» y, en general, sobre la poesía y la doctrina de los trovadores. Esta cuestión es un avispero sobre el cual nadie ha puesto aún orden.
     
    A fines del siglo XI y comienzos del XII, se inicia en Francia una manera de sentir el hombre a la mujer que no tiene estrictos prece­dentes ni en la cultura antigua ni en los siglos de la Edad Media anteriores. El hombre se complace en considerar a la mujer como algo superior a él. Se le rinde culto. Se proyecta sobre la relación sentimental entre ambos sexos la idea de «señorío», que en ese mismo tiempo comienza a informar la sociedad. La mujer es «señora» y el hombre su vasallo. La sensualidad, aunque aparece aquí y allá en las trovas, tiene en el conjunto del estilo trovadoresco sólo un carácter errático, como hay que afirmar frente a la insistencia de Briffault en recoger textos arriscados. El sentimiento hacia la mujer que enuncian los trovadores implica distancia. La amada aparece esen­cialmente situada en la lejanía, y, con frecuencia, en remoto peralte, como la estrella. No está al alcance de la mano y, por tanto, de la caricia. No es algo que se acaricia y de que se goza, sino algo de que se está dolorosamente separado y que se echa de menos. De aquí que la poesía trovadoresca cultive la quejumbre. El amor se presenta como delicioso dolor, como venturosa herida. Con ejemplar senci­llez dirá el trovador Geoffroi Rudal que su amor es «amor de térra de lonh».
     
    Estos caracteres del amor trovadoresco —tiene otros muchos que no puedo aducir aquí— han sido causa de que se quiera ver su origen en una forma de amor cultivada entre los árabes un siglo antes de Ibn Hazm y que suele llamarse el «amor bagdadí». Pero este amor de Bagdad no parece ser más que uno de los efectos producidos en ciertos grupos hipercultivados por la ingestión de platonismo acon­tecida en aquel siglo. En esos grupos se dio forma a una vieja leyenda que hablaba de una tribu —los ’Udries— en la cual los hombres morían de amor por renunciar al goce de la amada. ¿Es acertada esta interpretación del amor trovadoresco por semejantes formas de extremo ascetismo en el sentido erótico?
     
    Aquí es donde necesitaría quejarme de la manera cómo han sido tratadas todas las cuestiones referentes a la poesía de los siglos XI, XII y XIII. Es evidente que, antes de emparejar el amor «cortez» con otros estilos de amor entre los poetas árabes, convenía precisar bien las facciones de aquél. Si se hubiera practicado esto, habríase visto que el amor «cortez», aun siendo un sentimiento distante, de saudade y «echar de menos», no es por ello un sentimiento que implica renuncia, antes bien, lo desea todo, pero desde lejos. Esto explica los textos sensuales que Briffault recoge. ¡Quién sabe si la auténtica sensualidad humana no es hija de la distancia, no se forja y fomenta en la lejanía del objeto!
     
    Mas con todo esto no pretendo resolver ningún problema, sino, por el contrario, sugerir hasta qué endiablado punto todo esto lo es.
    ………………………

  • oscar varela

    Prólogo a “EL COLLAR DE LA PALOMA” de Ibn Hazm de Córdoba (OCT7)
     
    Este libro que Emilio García Gómez se ha tomado el largo y penoso esfuerzo de traducir, era una deuda que los españoles, tomados corporativamente, teníamos. Este libro es el más ilustre sobre el tema del amor en la civilización musulmana, que ha sido vivido, pensado y escrito en tierras de España por un árabe «español».
     
    Claro está que, al llamar a Ibn Hazm árabe «español», le atribuyo el arabismo en serio y la españolía informalmente. Cabe ser español hasta el grado más superlativo sin haber visto nunca la tierra española, e igualmente cabe serlo teniendo muy poca o ninguna sangre de nuestra casta. Y esto que es verdad ahora, cuando España, desde hace mucho tiempo, ha llegado a la plenitud de su nacionalidad, lo era mucho más en el friso de los siglos décimo y undécimo, cuando la «cosa» España empezaba tan sólo a germinar. Todos estos calificativos «nacionales» significan, tomados en su pre­cisión, la pertenencia substantiva a una determinada sociedad, y la sociedad árabe de Al-Andalus era distinta y otra de la sociedad o sociedades no-árabes que entonces habitaban España.
     
    El tema, sin embargo, no puede reducirse a los límites de España. Es mucho más amplio. La mayor porción de Europa ha tenido tam­bién un contacto secular con la civilización árabe, una inmediatez cutánea con ella.
     
    No es posible comprender bien un hecho histórico, sea el que sea, si no se acierta a contemplarlo desde el punto de vista que mejor manifieste su más auténtico sentido, es decir, desde el cual se divise a sabor, y en toda su extensión, el área de realidades humanas a que el hecho pertenece. Todo lo que sea mirar el hecho sobre el fondo de un área que es sólo parcial lo desdibuja y falsea automáti­camente. – Pues bien, desde hace muchos años sostengo que la Edad Media europea no puede ser bien vista si la miramos centrando la historia de aquellos siglos en la perspectiva exclusiva de las socieda­des cristianas.
     
    La Edad Media europea es, en su realidad, inseparable de la civi­lización islámica, ya que consiste precisamente en la convivencia, positiva y negativa a la vez, de cristianismo e islamismo sobre un área Común impregnada por la cultura grecorromana. Ambos orbes son sólo dos regiones de un mundo geográfico que había sido históricamente informado por la cultura grecorromana. La religión islámica misma procede de la cristiana, pero esta proce­dencia no hubiera podido originarse, a su vez, si los pueblos europeos y los pueblos árabes no hubiesen penetrado en el área ocupada durante siglos por el Imperio romano. Germanos y árabes eran pueblos periféricos, alojados en los bordes de aquel Imperio, y la historia de la Edad Media es la historia de lo que pasa a esos pueblos conforme van penetrando en el mundo imperial romano, instalándose en él y absorbiendo porciones de su cultura yerta ya y necrosificada. La Edad Media, por una de sus caras, es el proceso de una gigantesca recepción: la de la cultura antigua por pueblos de cultura primitiva. Y la génesis cristiana del islamismo no es sino un caso particular de esa recepción, producida por el mismo mecanismo histórico que llevó a los árabes del siglo IX a recibir a Aristóteles y a Hipócrates y a Galeno y a Euclides y a Diofanto y a Tolomeo. Se olvida demasiado que los árabes, antes de Mahoma, llevaban siete siglos rodeados por todas partes de pueblos que estaban más o menos helenizados y que habían vivido bajo la administración romana. No es sólo de Siria de donde sopla sobre los árabes el gran viento de la Antigüedad, sino de Persia, de la Bactriana y de la India. En cambio, Europa, por su lado norte, se mantuvo libre de influjos grecorromanos y pudo conservar más tiempo intactas las raíces de su primitivismo.
     
    Los estadios de esta recepción son, en su comienzo, muy simi­lares. La única diferencia inicial  radica en que los árabes recibieron la Antigüedad en su aspecto de Imperio Romano de Oriente, y los europeos en su forma de Imperio Romano de Occidente. Esto trajo consigo, por ejemplo, que los árabes pudieran tener muy pronto su Aristóteles, y, en cambio, el cristianismo suscitador del Islam, fuese el nestoriano y el de los monofisitas, dos perfiles arcaicos de la fe cristiana. En los estadios siguientes la recepción fue poco a poco tomando caracteres más divergentes, hasta que en el siglo XIII cesa entre los árabes, cuya civilización queda reseca y petrificada a fuerza de Corán y de desier­tos. Pues los desiertos, que ciñen por Oriente y Sur el mundo islá­mico, lanzan sobre él periódicamente oleadas de puritanismo asolador. Los beduinos son sus portadores. La última avenida, bien reciente, ha sido la de los wahhabíes del Nechd, que, al concluir la primera guerra mundial, dirigidos por Ibn Sa’ud, cayeron sobre la Arabia de las ciudades de Meca y Medina.
     
    Mi idea, por tanto, es que, al comenzar la llamada Edad Media, germanismo y arabismo son dos cuerpos históricos sobremanera homogéneos por lo que hace a la situación básica de su vida, y que sólo luego, y muy poco a poco, se van diferenciando, hasta llegar en estos últimos siglos a una radical heterogeneidad. Fue decisivo en aquel modo de ser hombre, de existir, el hecho de que pueblos de una cultura primitiva viniesen a habitar en un espacio social —el área del Imperio Romano— donde preexistía una civilización llegada al último estadio de su desarrollo y, por lo mismo, de su complicación y su refinamiento. Por fortuna, esta civilización se hallaba ya atrofiada, caduca, y en avanzado pro­ceso de involución, lo cual implica que había perdido gran parte de su ubérrima riqueza, que se había vuelto abreviatura de sí misma.
     
    Pero ahora viene la advertencia verdaderamente fértil, que pudiera dar la clave para la inteligencia de la Edad Media. La cultura clásica, aun contraída y esclerosada, significaba un repertorio de formas de vida enormemente más complicadas y más sutiles que las tradicionales en aquellos pueblos inva­sores. El germano y el árabe no podían entenderlas bien. No sólo por su complicación y sutileza, sino porque habían nacido de raíces que les eran ajenas, inspiradas por experiencias históricas distintas de las suyas. Mas, de otra parte, se les imponían, en algunos órdenes, por razones de utilidad, como en la administración y en todos por razón de su prestigio incomparable, poder tan tenaz que todavía gravita sobre nosotros.
     
    Esto trajo consigo que, en la base misma de la existencia medie­val, se diese una dramática dualidad al encontrarse el germano y el árabe con dos distintos repertorios de formas delante de sí, cada uno de los cuales solicitaba que el hombre hiciese por ellos fluir, como por un cauce, su comportamiento vital. Los modos hereditarios de su pasado trivial informaron, como no podía menos, su vida coti­diana, pero ésta no es sentida como «vida», por ser pura habitualidad. Cuando, emergiendo de los hábitos en que de puro acostumbrados y mecanizados no reparamos, nos hacemos cuestión de vivir, bus­camos lo contrario de la vida habitual, buscamos «vivir como es debido»; Por su prestigio, las formas de la existencia grecorro­mana se presentaban a los pueblos nuevos con el carácter de «vida como es debido», frente a la «vida como es costumbre». Y he aquí por qué la estructura de la vida medieval es tan sor­prendente. Es una vida de dos pisos, sin suficiente unidad entre ambos. Hay el estrato de los usos inveterados, y hay el estrato de los com­portamientos ejemplares. Aquél es vivido con autenticidad, pero inconscientemente. Este es una serie de afanes imitativos, y la relación entre el hombre y lo que hace no es en él espontánea ni en este sen­tido sincera; es querer ser otro del que se es. Germanos y árabes se dedican a imitar a griegos y romanos, a intentar «ponerse» sus formas de vida —en la administración, en el derecho, en la concepción del Estado, en ciencia, en poesía. La religión misma toma en ellos aspectos de conmovedor mimetismo. Ya el islamismo es una imitación del cristianismo ad usum del delfín que vivía en el desierto. Pero también el cristianismo del germano es un remedo del de los padres de la Iglesia.
     
    Esta estructura básica de la vida medieval fue la causa de hecho tan sorprendente y monstruoso como el Escolasticismo, es decir, la filosofía que tenazmente cultivaron las Universidades de Occidente durante toda aquella Edad.
     
    Pretender que aquellos frailes de cabeza tonsurada fueran capaces de entender los conceptos griegos, la idea de Ser, por ejemplo, es ignorar la dimensión trágica que acompaña al acaecer histórico. En la recepción de una filosofía ajena, el esfuerzo mental invierte su dirección, y trabaja, no para entender los problemas, lo que las cosas son, sino para llegar a entender lo que otro pensó sobre ellas y expresó en ciertos términos. El «término» no es una palabra de la lengua, sino un signo artificial. Por eso no se entiende sin más. Creada en virtud de una definición, hay que llegar a él entendiendo ésta, que, a su vez, está compuesta de términos. De aquí que todo escolasticismo es la degradación de un saber en mera terminología.
     
    Ahora bien, los primeros escolásticos no fueron los monjes de Occidente, sino los árabes de Oriente. Santo Tomás aprende su Aristóteles al través de Avicena y Averroes. Es más, la facción de escolasticismo es aún más pronunciada en toda la civilización islá­mica que en la de los pueblos medievales europeos. Aún adoles­centes, estos pueblos, merced acaso a su componente germánico, poseyeron desde muy pronto un estro creador que los árabes no han tenido nunca, y por ello quedaron detenidos en cuanto acabaron de recibir.
    (sigue la consideración del AMOR (varón mujer) en la cultura islámica)

  • oscar varela

    Hola!
     
    En torno al Artículo de Juanjo:
    1-ya dije LO QUE LE FALTA (el amor)
    corresponde ahora
    2- decir LO QUE LE SOBRA
    (no a Tamayo sino a la ‘Teóloga’)
     
    Le Sobra la RELIGIÓN de su TEOLOGÍA.
     
    Fijémonos en qué se sustenta su postura:
    a) frente al Corán ‘machirulo
    b) atopa con un Corán ‘hembrirulo’.
     
    No está del todo mal;
    pero en ambos casos queda in-tacto
    el Corán = Palabra eterna de Dios
    y esto es ‘más de lo mismo’ = Dios – Religión – Teología.
    Por eso digo que LE SOBRA superfetatoriamente.
     
    Pero no todo está perdido –al contrario-,
    Las Razones histórico-biográficas de esta gente
    ponen proa a la posibilidad de por-venires menos fanáticos.

    • oscar varela

      Una actividad ‘INTERPRETATIVA’ similar ocurrió con Pablito –el de Tarso-,
      cuando fue al Areópago de Atenas (Hechos 17, 16-34)
      a contar el cuento que genialmente inventó la de Magdala.
      Ahí resultó la ‘Teología’; el ‘ismo’ del Cristian-ismo?
       
      Ya han pasado unos cuantos añitos
      ¿no hay derecho a ‘dudar’ siquiera,
      de que la ’herramienta’ se fue des-afilando’?

  • oscar varela

    La revuelta por el asesinato de Mahsa Amini no cesa
     
    Todo lo que cortan las mujeres en Irán cuando se cortan el pelo en público
    A pesar de la dificultad para comunicarse y del bloqueo de las redes sociales en Irán, las protestas no cesan después de la muerte de Mahsa Zhina (según su nombre kurdo) Amini a manos de la “policía de la moral” -una fuerza específicamente dedicada a observar la conducta de las mujeres y en algunos casos el largo de la barba de los hombres.
     
    Zhina, se supone, tenía mal puesto el hijab que debe cubrir las cabezas femeninas desde los 7 años de edad, por eso fue detenida. El tamaño de la rebelión que despertó parece cumplir la promesa que su familia inscribió en su sepultura: “No morirás. Tu nombre se convertirá en símbolo
     
    https://www.pagina12.com.ar/485688-todo-lo-que-cortan-las-mujeres-en-iran-cuando-se-cortan-el-p

  • Jaume PATUEL

    Un buen artículo para abrir mentes. Es de agradecer a Tamayo su valentía y además en un ambiente social más bien en regreso o tal vez emerge lo que ya estaba, pero no se manifestaba. Y en tiempo de crisis emerge con fuerza y entonces CONFUSION. Y son precisas antorchas que iluminen.
    Indico un libro que va del tema: MI ISLAM, MI LIBERTAD por Kahina BAHLOUL. “Un libro abierto a la diversidad de la espiritualidad  musulmana. Una apuesta por el diálogo, la igualdad y la paz en un islam liberado de sumisión y miedos (texto en la contraportada)”. Mujeres valientes en Francia en pleno desafío con “una tradición patriarcalista”. La sola imana en Francia.

  • oscar varela

    No me es extraño
    que yo extrañe algo
    que acá se extraña
    esto:
    que tratándose de
     
    – “Todo lo creamos por parejas” (Corán 51,49).
    – ‘el Corán defiende la igualdad de hombres y mujeres’
     
    no haya una sola mención al “AMOR
     
    Por lo menos cabe el calificativo de RARO ¿no?
    además, como en mi caso, de EXTRAÑO.

  • ana rodrigo

    Al leer este artículo no debemos perder de vista que el autor, JJ Tamayo, no habla “de oídas”, sino que es un gran estudioso del Islam, sobre el que ha publicado varios libros, además de que sus muchísimos libros (él dice que ha escrito más libros que años tiene) sobre otros temas suelen estar trufados con capítulos sobre el Islam. Específicos, cito: “Islam, cultura, religión y política”, “Hermano Islam”, “Islam: sociedad, Política y feminismo” y quizá alguno másque me haya olvidado.

    Una cuestión, común a todas las religiones Islam, el Cristianismo y el Judaísmo, tienen en común que han sido los hombres quienes se han proclamado asímismos como los receptores exclusivos de la voz o la palabra de dios; así que lo siguiente es que la teología y la voluntad de dios pasa por sus reales voluntades en todos los dogmas y en especial en el tema de la mujer, a la que según Dios (según ellos), son seres inexistentes como seres humanos sin derecho a ser sujetos morales, autónomas, con las mismas capacidades y las mismas deficiencias que los hombres, por lo que, se les ha retirado la palabra en lo que a religión se refiere (también lo han sido en la sociedad hasta antes de ayer). Y en estas estamos.

    Es cierto que, en las sociedades islamistas teocráticas, este problema se agudiza hasta límites insoportables, caso de Afganistán, Irán y otros países.

    Por eso es tan importante saber que hay teólogas musulmanas como es el caso de Amina Wadud y otras muchas desconocidas para el occidente cristiano. Teniendo en cuenta que en el mundo hay en torno a 1.500 millones de seguidores de Alá, no es un tema nimio a la hora de conocer y escuchar a quienes luchan contra el patriarcado o la teocracia en el mundo. Por muchas razones, pero, sobre todo, para que no se vuelva a decir en nombre ningún dios cosas como las que se dicen en este artículo: “El Sheik Yusef al-Qaradawi, de Qatar, dictó una fatwa en contra de la actuación de Wadud apelando al cuerpo de la mujer, “cuyo físico, naturalmente, constituye una provocación a los instintos de los hombres”

     
     
    Solo los varones se han considerado personas con plenos derechos en presencia de Dios y como guías de las mujeres, mientras que estas no son más que meras extensiones de los hombres
     
     
    Más aún, dicho silenciamiento es entendido por los propios pensadores musulmanes como parte de un decreto divino y de la voluntad de Dios.”
     

  • oscar varela

    1- Gracias a Juanjo estamos ante una Crónica cuasi policial de pelea entre dos ‘facciones’ sexuadas (no se lea ‘solo’ sexuales)
     
    2- además nos pone en la evidencia que la ‘frazada divina’ con que el ‘por-supuesto’ Dios es cubierto teológicamente resulta corta; tiran de un lado … tiran del otro; siendo, hasta el momento los varones lo que más han tirado.
     
    3- Juanjo está, de lleno, metido a tirar del lado de las mujeres.
     
    4- ¿Qué nos deparará el próximo Capítulo de este Drama?
    ¿Será el que M.Gordo dice ser el del siglo XXI: “equilibrio y articulación?

    • oscar varela

      Un tipo como yo se pregunta

      (ya lo dije varias veces -y se lo dije hace poquito a Juanjo-:

      ¿Qué pito toca, en todo esto, el mentado Dios?

      – O se hace el otario (‘ni cortar ni pinchar’)

      – O se caga de risa

      – O, sencillamente. no es más que un invento cada vez más in-necesario (aunque ‘auxiliar’ como la 5a. rueda del automóvil en el baúl).

       

      Nota Bene: tanto Juanjo como Duato parecen no comprender que cuando postulo una ‘Liberación de la Teología’ pido una ‘liberación’ no una ‘des-aparición’. No me des-vive que sigan sin comprenderlo; el siglo XXI irá diciendo por dónde van los tiros.

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