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50 años de Medellín: significado y retos (3/3)

Hoy concluye esta serie sobre los 50 años de Medellín. Es curioso que esta semana, discutiendo sobre si tras la cultura de ocultación que ha dominado la Iglesia en los últimos cincuenta años se debe abandonar esta Iglesia y dejarla en manos de los clérigos y las derechas de siempre, haya suscitado tan poca atención este recuerdo de Medellín que ya proponía reformas radicales en la Iglesia, poniendo el centro de su vida en las comunidades de base y en la acción conjunta con movimientos laicos por la justicia y la liberación. Agradecemos a Antonio Moreno el habernos presentado estos tres artículos a los que algún día habrá que revolver, pues presentan retos para hoy. AD.

3.- RETOS DE MEDELLÍN A LA IGLESIA DE HOY

       En esta última parte trato de exponer los retos y exigencias que, a mi juicio, el acontecimiento de Medellín plantea a toda la Iglesia de hoy. Los resumo en tres puntos.

  • Ortopraxis antes que ortodoxia.- El primer reto que lanza Medellín es que nuestra Fe es comprometida, debe obrar por la caridad (Gal. 5.6) hacia el prójimo, reconociendo en ese amor al prójimo el amor vertical hacia Dios. Nuestra Fe es por tanto una praxis, un compromiso con los otros, un participar en el proceso liberador de la sociedad en que vivimos, antes que un asentimiento a verdades. Para Medellín la actitud cristiana primera es practicar una ortopraxis, antes que preocuparnos por una ortodoxia, porque nuestras verdades serán verdad, a condición de que obren como liberación de las opresiones sufridas por las personas, tal como posteriormente se expresaría Hugo Assmann, al hablar de la Fe como verdad y praxis (1), pero praxis: “entendida fundamentalmente como praxis, en el sentido de praxis histórica (negrita del autor) y no simplemente en el de práctica religiosa” (2). Compromiso con el prójimo no solo a nivel individual, sino abarcando a todo ser humano que se encuentra en la urdimbre de las relaciones sociales en que se vive. Dar de comer y beber al hambriento o sediento no es solo calmar las necesidades del prójimo individual, sino intentar transformar la sociedad que está estructurada en beneficio de unos pocos. “Transformación -dirá posteriormente Gustavo Gutiérrez (3)- que debe por lo tanto ir hasta cambiar radicalmente la base de esa sociedad: la propiedad privada de los medios de producción”. La metodología utilizada en Medellín cambia la metodología jocista. En vez de: Ver, Juzgar y Actuar, propone: Ver, Actuar, Juzgar, Actuar, porque a esta praxis le precede una fe ilustrada (Ver) que opera por la Caridad (Actuar) y que nos llevará a una reflexión crítica (Juzgar) sobre la misma praxis, basándonos primero en un análisis de la sociedad en que vivimos, la sociedad del beneficio para unos pocos e iluminados también por la palabra de la Biblia, para volver de nuevo a la praxis (Actuar) del compromiso concreto de una opción por los pobres.

 

  • La Opción por los pobres y excluidos. Este es el segundo reto de Medellín: los pobres como sujeto histórico, lugar hermenéutico o teológico, desde el cual se hablará de Dios o se hará teología. Los pobres y la pobreza siempre fueron objeto de reflexión y praxis dentro de la Iglesia, pero no tuvieron lugar adecuado en el Concilio Vaticano II, como dijimos, en Medellín, en cambio, tienen un puesto privilegiado, llegándose a cambiar la perspectiva de la pobreza y de los pobres. Pobres son ciertamente los que carecen de los bienes materiales necesarios para su supervivencia, en Medellín se consideran pobres no solo las personas individuales sino, sobre todo, de modo colectivo y estructural: las grandes masas víctimas de la violencia institucionalizada y de la opresión. Esta pobreza está causada, no es natural, existiendo por tanto una relación dialéctica entre pobres y ricos. Hay pobres, porque hay ricos. La pobreza no es por tanto carencia, sino privación y desposesión de los bienes necesarios, causadas por el sistema económico explotador. Los pobres son los desposeídos o los empobrecidos colectivamente por el sistema instaurado por los ricos. Y esta pobreza es mala e inhumana, no pudiendo ser objeto de atención romántica como “la dama santa pobreza”, según se muestra en cierta teología, interpretando erróneamente a S. Francisco de Asís. Los pobres, por tanto, en Medellín (lo que posteriormente es desarrollado por la Teología de la Liberación) son la clase social explotada por otra clase social. Esta clase social explotada es, ciertamente, la clase trabajadora, como dice Marx, pero también todos los explotados socioculturalmente, tanto de carácter étnico y racial, las razas marginadas, como cultural y sexual, las mujeres y las culturas despreciadas.

      La función de la clase social y eclesial de los pobres será, según dijimos, la de tomar conciencia de su situación y realidad de pobres y oprimidos, de sus causas y de quienes lo causan, con ayuda de las ciencias humanas e iluminados también por la palabra de Dios, asumir compromisos concretos, personales y colectivos, de liberación. Es decir, ser capaces de no integrase, sino liberarse de las estructuras opresoras existentes y, como Iglesia-pueblo de Dios pobre, dejar de ser masa y clase oprimida y elaborar un proyecto de justicia para todos, liberando a toda la Iglesia de su alianza con el poder dominante, sea civil o religioso (4).

      Esta opción por los pobres fue posteriormente minimizada y edulcorada, a partir de Puebla, añadiéndole la etiqueta preferencial, con el falso pretexto de que la Iglesia es universal y atiende tanto a ricos como a pobres (5). La opción por los pobres de la Iglesia es radical y universal, no solo preferencial, porque los pobres y oprimidos serán ellos únicamente y no los ricos, los que al tomar conciencia de su situación e iluminados por la palabra de Dios, elaborarán un proyecto que liberará a toda la Iglesia de su alianza con el poder dominante, dejando así de ser clase oprimida, transformándose en clase libertadora y destruyendo la misma existencia de las clases.

  • Las CEBs, la nueva forma de estructurarse la Iglesia. Medellín señala el tercer reto a la Iglesia de hoy al establecer una nueva estructuración de la misma Iglesia. Medellín parte de que en todas las comunidades eclesiales debe existir una comunicación real, ascendente y descendente, entre la base y la cumbre. Comunicación que se encuentra preferentemente en las “Comunidades cristianas de base” y otros grupos pequeños de personas que, ante la masificación y anonimato que ofrece la sociedad moderna, buscan tener unas relaciones personales y fraternas, que difícilmente pueden encontrar en las comunidades eclesiales grandes como diócesis o parroquias. Por lo que no son ya las parroquias ni las diócesis el núcleo primero y fundamental de la Comunidad eclesial, la cédula inicial de la estructuración de la Iglesia y foco de evangelización, sino estos grupos pequeños denominados Comunidades cristianas (CCB)o Comunidades eclesiales de base (CEBs). Grupos pequeños o “pequeñas comunidades en donde pueden realizarse como personas” (6) que se reúnen para analizar la realidad socio-política que les circunda a la luz de las ciencias humanas y también de su estudio de la Biblia, de la celebración de la Eucaristía y otras acciones humanas-cultuales, tomar conciencia de las causas de su pobreza y opresión y asumir compromisos concretos de liberación, tanto propia como referente a la sociedad en que viven. Estas “legítimas reuniones locales de los fieles” (LG n.26) o pequeñas Iglesias particulares serán el modo futuro de estructuración eclesial, pudiendo ser las parroquias “un conjunto pastoral, vivificador y unificador de las comunidades de base” (7) o como atinadamente dice José Marins un conjunto o una confederación de CEB (8). Estas CCB o CEB u otras comunidades eclesiales y las parroquias estarán al mismo nivel, aunque ambas deberán formar parte de unidades más amplias, como agrupaciones o federaciones de CEBs, de vicarías episcopales o diócesis, para significar entre todas a la Iglesia universal.

      ¿Deberá ser el sacerdote ordenado el legítimo dirigente o pastor de estas pequeñas Iglesias particulares o CEB? Medellín, a juicio de Leonardo Boff (9), cambia el término pastores por el de “líderes y dirigentes”. No piensa ya en la Iglesia a partir de la cumbre, sino partiendo de abajo, afirmando que no solo los sacerdotes pueden ser los pastores o dirigentes de las Comunidades eclesiales, sino que también pueden serlo los/as religiosos/as y los laicos. “Elemento capital, dice Medellín, para la existencia de comunidades cristianas de base son sus líderes y dirigentes. Estos pueden ser sacerdotes, diáconos, religiosos o laicos. Es de desear que pertenezcan a la comunidad por ellos animada” (la negrita es mía) (10). Por lo que, las Iglesias particulares que constituyen las CEBs pueden estar unidas, reunidas y dirigidas por religiosos/as no ordenados y por simples cristianos laicos catequistas, animadores y coordinadores comunitarios, tal como ocurría en muchas zonas rurales y en la periferia de las grandes ciudades de Latinoamérica. Y de esta forma se daba también solución a la queja que dirigió la viejecita a Dom Agnelo, obispo de Barra do Piraí, según relatábamos al principio, de que por no haber sacerdotes se privaba a su comunidad de celebrar la Navidad.

      Medellín apunta aquí a una cuestión ampliamente debatida en teología, como es la función diversa del sacerdote y de laico en la Iglesia y en el mundo (11). En referencia al mundo, la función del sacerdote, se pensaba, se identificaría con la de la Iglesia: evangelizar y animar lo temporal sin intervenir directamente en la acción política. Al laico, en cambio, le correspondería tanto edificar la Iglesia como construir el mundo, pero sin ir más allá de la misión de la Iglesia, que es “animar” lo temporal, sin intervenir directamente. Es la famosa distinción de planos mantenida por la teología francesa de los años 50, por Y.M.Congar, A.Chavasse, G.Philips y plasmada en la filosofía política de J.Maritain. Este esquema de distinción de planos, señala bien Gustavo Gutiérrez (12), que defiende dos misiones de la Iglesia y diferencia tajantemente el papel del sacerdote y del laico, en referencia a la construcción del mundo, pronto se desechó y abandonó, particularmente después de Medellín, según hemos expuesto.

      Pero lo novedoso de Medellín es que abandona también esta doble función del sacerdote y del laicado, en el interior de la misma Iglesia. En la nueva estructuración de la Iglesia u organización visible, manifestada en las CEBs, tienen la misma función de “líderes o dirigentes” tanto el sacerdote como el religioso y el laico, porque todos ellos, como bautizados, pertenecen a la estructura sacramental de la Iglesia, a la “Iglesia como sacramento”, según se expresaba el Vaticano II (LG 1, 9, 48; GS 45). Posteriormente, y a partir de Rahner (13), se cuestionará el carácter sacramental del Orden sacerdotal, pues según el eminente teólogo, solo tres sacramentos fueron instituidos por Jesús: bautismo, eucaristía y perdón de los pecados, aunque no en su forma actual auricular (14). Sin embargo, aparte de la discusión teológica, puede y debe admitirse hoy la intuición de Medellín, de que tanto el sacerdote como el religioso y el laico pueden ser dirigentes en la Iglesia y tener una función sacramental. En este sentido, me parece muy oportuno el tema y las conclusiones que la Revista teológica Iglesia Viva ofrece en su último nº: Mujeres y diaconado: oportunidad o riesgo, particularmente los artículos que tratan abiertamente del sacerdocio de las mujeres (15). Medellín puso ciertamente los cimientos de esta cuestión, que ya hoy está más clara y madura, ya se trate del diaconado o del sacerdocio de la mujer en la Iglesia, porque ésta, en su propia estructura sacramental, no es clerical-sacerdotal, sino pueblo de Dios, laica, lo que escapa al tema de este artículo.

NOTAS:

1. ASSMANN, Hugo. Opresión-liberación: desafío a los cristianos, Montevideo: Tierra nueva, 1971, pp. 82-104.


2. Ibid., pp.97.


3. GUTIÉRREZ, Gustavo. Teología de la liberación, p.243


4. Véase en BOFF, Leonardo. Eclesiogénesis. Las comunidades de base reinventan la Iglesia. 5ª ed. Tr. De Juan Carlos Rodríguez. Santander: Sal Terrae, 1986 , 63, el desarrollo de esta categoría de Iglesia-Pueblo de Dios liberador de la alianza del poder religioso y civil, tesis con resonancias marxistas de la función de la clases trabajadora, pero con clara diferencia.


5. Véase en TAMAYO-ACOSTA, Juan José. Para comprender la Teología de la Liberación, , pp. 61-67, un desarrollo de esta cuestión.


6. Documento de Medellín. 6 Religiosidad popular, n.3. Disponible en: http://www.vicariadepastoral.org.mx/5_celam/2-medellin/medellin_10.htm. (Consulta 02-07-2018)


7. , c.15 Pastoral de conjunto, n.13. Disponible en: http://www.vicariadepastoral.org.mx/5_celam/2-medellin/medellin_19.htm#03. (Consulta 03-07-2019).


8. MARINS, José; TREVISAN, Teolide M. cit., en nota 59, p. 20. Disponible en:


http://es.scribd.com/doc/73330453/Comunidades-Eclesiales-de-Base-Jose-Marins. (Consulta 03-07-2018).


9. BOFF, Leonardo. Eclesiogénesis, 26-27.


10. Medellín, cap. 15. Pastoral de conjunto. 11. Disponible en: http://www.vicariadepastoral.org.mx/5_celam/2-medellin/medellin_19.htm#03 .(Consulta 05-07-2018)

11. Sobre esta cuestión véase, entre otros, GUTIERREZ, Gustavo: Teología de la liberación,
II, Planteamiento del problema, pp.93-124.

12. Ibid., pp. 111 y ss.


13. RAHNER, Karl. La Iglesia y los Sacramentos. Barcelona. Herder, 1967, pp. 45 y ss.


14. Véase GARCIA MAURIÑO, José María; MORENO DE LA FUENTE, Antonio. Estado laico, Iglesia laica. Sevilla: Punto Rojo libros, 2012, pp. 182 y ss.,, donde trato más ampliamente esta cuestión.


15. Iglesia Viva: pensamiento crítico y cristianismo, nº 274 (2º trimestre: abril-junio ), 2018, pp.95 y ss.

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