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María Magdalena

          El relato que acabo de ver en una sala donde éramos siete espectadores me ha producido impresiones encontradas. Con esa valoración quiero decir que durante el desarrollo de la historia me distanciaba de la misma y entraba en pensamientos críticos al mismo tiempo que en otros momentos me incorporaba al relato como un personaje más.

          El fondo de la historia me la sé desde pequeño. La figura en cambio es la primera vez que aparece ante mí con una densidad que me ha impactado. Me refiero a Magdalena, a María de Magdala. En determinado hito del relato Jesús la declara su testigo, el testigo del reino. Lo escribo con minúscula pues se trata de un reino sin rey, sin poder de ningún tipo, sin estructuras u organismos, sin aparatos. En el silencio en que se escucha el viento, en la inmersión en el mar de la vida, en la mirada hacia dentro y hacia fuera se descubre una semilla que no es otra cosa que la misericordia, o amor honesto ante todas las cosas, todas las montañas, todas las aguas, todas las gentes, todos los árboles… todo lo que trenza el camino que María de Magdala recorre desde su elección primordial a la búsqueda de Dios. Ella es el testigo del reino.

          Hasta tal punto María Magdalena protagoniza la historia que su primer antagonista que es la figura de Jesús no alcanza, a mi parecer, la presencia radical que origina el proceso del reino. Quizás me sucede que me viene la figura jesuánica configurada por Pasolini en ‘Il Vangelo secondo Mateo’ y me impide sentir con frescura al Jesús de esta película. Quizás sea la tonalidad del doblaje que a mi parecer está contaminada de pompa, de un subrayado en la vocalización, y de una excesiva lentitud por más que la orientación contemplativa del tempo de la historia narrada no pide una interacción rápida y fresca en los diálogos. En cambio el doblaje de María lo considero un acierto, pues su voz recorre toda su piel y se lanza desde su mirada y sus actitudes faciales de tal manera que su palabra mana de su corazón y de su mente y de su cuerpo y en definitiva de toda su persona.

La interpretación de los actores es buena, creíble, contenida, ajustada al entorno. Y hablando del entorno físico creo que salvo el templo de Jerusalén que está coronado por una edificación romana con columnas de capiteles corintios dorados, se mueve el relato por territorios de mucha belleza tanto en montañas, roquedales, playas, ríos, senderos… como por construcciones austeras de extremada sencillez (ausencia de mobiliario…) o viviendas en grutas y cuevas excavadas. La naturaleza por tanto es un verdadero personaje. La vida de la familia de María Magdalena, la del grupo de Jesús al que se incorpora María, la de otras gentes que se integran en camino, dicha vida acontece prácticamente siempre en exteriores, en la propia naturaleza cuya magnificencia y energía se derrama en abundancia. Los bautismos en el mar y en el río son de gran plasticidad multisensorial así como la sanación de Lázaro, la oración solitaria de Jesús y el sueño de los componentes del grupo…

La presencia de la mujer es una intención declarada y patente que se manifiesta desde el comienzo tanto en el protagonismo de María Magdalena como en cada una de las otras mujeres que viven en su entorno familiar o en las que encuentra en Caná y a las que Jesús con María Magdalena atiende directamente para incorporarlas al ‘nacer de nuevo’ mediante el bautismo que realiza María. Un gran número de mujeres seguirán al grupo de Jesús a partir de ese momento.

          Es en el final, en la asimilación de la tragedia de la muerte de Jesús, y la vivencia de su resurrección cuando el testimonio de María Magdalena se configura y confirma frente a Pedro con tintes dramáticos. Ella, siempre fiel a sí misma, alumbra la vida de Dios que Jesús ha descubierto y actuado en su recorrido vital. María manifiesta la fe en sí misma, repito, en Jesús y en definitiva en Dios. Se trata de la misma fe, no reductible a expectativas de poder, ni de dominio, ni de imposiciones. La nueva tierra, el nuevo cielo, el Reino se genera en el interior de nuestras personas y nace al exterior en una actuación consciente hacia la justicia por la misericordia. La mujer lo alumbra: al comienzo María asiste como partera al nacimiento de un niño y al final incide en un alumbramiento, el de la vivencia de Jesús resucitado y ambos no eluden el dolor sensible de un parto y de la muerte en la cruz.

          Ese es para mí el acierto que me llega potente ahora que ando reflexionando sobre la ‘anestesia’ y la ‘estesia’. Cómo la vida, que entraña el dolor, no se desarrolla mediante la an-estesia de un constructo ideológico abstracto o mediante un sistema de poder e imposiciones sino que deviene ‘reino’ o vida ‘cocreadora-efímera-eterna’ cuando es asumida en la conciencia que los sentidos, que el cuerpo nos alumbra. De esta vertiente vivencial ha sido siempre la mujer quien más cercana al misterio, ‘estéticamente’, ha estado y sigue estando. Bendito pues el testimonio de María de Magdala y precioso el relato de las imágenes de la película que protagoniza.

Un comentario

  • Asun Poudereux

    Lo tenía pendiente,  José Luis. Ahí va con un guiño.

    En principio, me  ha encantado que sea un hombre quien haga esta exposición magnífica de la figura de María Magdalena. Lo que ella entraña a los ojos expectantes de un hombre. Uno en particular. Muchas gracias.

    Ahora lo intenta una mujer. Rebobinando,  creo que es clave para sumergirnos en una más íntima María Magdalena  la parte primera de la película  en la que se interna al máximo en las vivencias, experiencias  vividas  en soledad de una mujer perteneciente a la cultura judía. Rodeada de todos los suyos, mujeres y hombres. Resaltando, por lo demás, su peculiaridad y valentía.

    Muy a pesar  de los familiares,  en el papel de mujer sumisa a los varones, María M. no está del todo conforme y tampoco dispuesta a  realizarlo.  No está ahí su verdadero sentir y sentido de la vida, sino que  va  a  contracorriente,  rompiendo toda clase de moldes. Va muy por delante de su tiempo. También ahora lo está en muchos sentidos.

    Traspasa todo lo permisible por la tradición patriarcal hasta incluso hacerles sentir y creerse deshonrados, al negarse a aceptar casamiento, y no parece que sea la primera vez que lo hace.

    Hay una especie de forcejeo a lo imposible. Es coaccionada, está sola,  no es entendida por las mujeres de su propio entorno, que a la vez reconocen en ella unos dones especiales para acompañar a la persona  sufriente y necesitada, como la mujer a punto de parir y dar vida a otro ser.

    Su lucha interna la vive,  pues, completamente sola e incomprendida por la comunidad. Renegando de ella al traspasar el umbral de lo no establecido para la mujer por la autoridad patriarcal,  que es aceptado y vivido por las propias mujeres.

    En su encuentro con Jesús, encuentra en él resonancia y eco en el interior de su experiencia íntima, que los cercanos suyos no podían comprender y menos ponerse en su piel.

    Esta pulsión en ella, la hace traspasar conscientemente el umbral desconocido, con  plena confianza en aquello que la vida nueva le va a ir ofreciendo, sorprendiendo,  a pesar de su inexperiencia.

    Su liberación y capacidad de ponerse en la piel del otro le facilitó el camino de ser a su vez comprendida por otros círculos de mujeres, en las que el amor estaba bien impregnado en ellas,  a pesar de tantos condicionantes.

    Se ve en la película cómo tras Jesús,  el  círculo de varones tambalea y es  animado por ella. Aun así, el patriarcado retoma sus privilegios descartando toda duda, si es que antes la había habido o surgido ante lo prescrito  por la Ley, sobre el dominio patriarcal y el papel de la mujer.
     
    Personalmente, creo que abre interrogantes a lo que la Iglesia de hoy sigue defendiendo y a todo en lo se sitúa de modo incontestable.

        

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