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Ante el “fiasco” de Volkswagen: reivindicar sí, estimular también

Honorio2 El “Made in Germany” y detrás de él el “Made in Europe” han sufrido un soberano varapalo con la chapuza del trucaje de los motores Volkswagen. Y con la descarada a puesta de la automoción europea por la energía en “Diesel” frente a la preferencia de USA y otros por la gasolina y las energías no contaminantes.

 Dicen que en USA se está apostando fuerte por el empleo y el desarrollo de la energía eléctrica en la automoción, lo mismo que en China, la cual parece que se ha adelantado a todos en la carrera hacia la automoción propulsada por energías renovables y limpias…

 Mientras tanto, en esta Piel de Toro de nuestros dolores jugamos el papel de comparsas,, proveedores y clientes de las grandes firmas automovilísticas japonesas, francesas, americanas etc., que nos dicen lo que tenemos que conducir y con qué baremos de contaminación y con qué fuentes de energía.

 Mientras tanto, lejos de potenciar las energías limpias y su investigación y desarrollo, nuestro Gobierno penaliza a los que se montan sus placas solares haciéndoles pagar un canon a los grandes dueños del mercado de la energía, o retiran los apoyos y estímulos a la energía eólica y de otros orígenes, obligando a las empresas españolas a buscar clientes fuera de España.

 Ya Unamuno decía “que inventen otros”, sugiriendo a los españolitos que nos dediquemos a la filosofía y la mística o las letras. Y eso que contra viento y marea algunos españoles llegaron a dar a luz el submarino, el helicóptero. Tenemos un Isaac Peral, un Ramón y Cajal, un doctor Ochoa, pero sus inventos los realizan y comercializan otros. Estados Unidos se forra con sus submarinos y sus helicópteros, por poner un ejemplo.

 En esto de la automoción hay otro ejemplo menos conocido. Entre 1950 y 1960, recuperada España del impacto de la guerra civil del 36 y la guerra mundial de 1940, la empresa vizcaína Duñaiturria y Estancona construyó tres prototipos de turismos y furgoneta de fabricación cien por cien nacional, y se propuso patentarlos y comenzar su fabricación en serie. Los coches fueron matriculados, su fabricante los presentó al General Franco, que se interesó en el proyecto, el ministros falangista navarro José Luis Arrese se empeñó en sacar adelante el proyecto.

 Pero en aquel momento Renault proyectaba instalarse en Valladolid, Fiat intentaba dar el salto hasta Barcelona y montar allí su filial SEAT y otras firmas europeas y americanas como Citroen, Peugeot fueron llegando a Valencia, Linares, Madrid y otros lugares.

 No sabemos por qué arte ni juegos sucios el proyecto vasco fue desechado y se dio vía libre a todas las firmas que lo solicitaron para colonizar la fabricación y mercado del automóvil en España.

 Hoy, el País vasco figura como uno de los principales proveedores de elementos y componentes del automóvil a nivel mundial, y cuenta entre sus clientes a casi todas las firmas de Japón, Asia, Europa y América.

 Si en los años 1950 y 1960 España hubiese apostado por el proyecto del coche Estancona, podría figurar hoy nuestro país en los niveles de competitividad y el protagonismo de todos los grandes fabricantes, y podría marcar de alguna manera el futuro del sector de la automoción que le viene impuesto por decisiones como esta de Volkswagen y sus fiascos.

 Hoy que se habla mucho del desempleo juvenil, del desamparo de los jóvenes frente al mercado del trabajo, tal vez sería necesario hacer llamadas más frecuentes y apremiantes a los jóvenes para que asuman sus responsabilidades ante el mundo que nos espera.

 Tal vez tanto afán de protección de los sin empleo podría desprender un molesto “tufillo” de paternalismo, y los jóvenes podrían pensar que seguimos tratándolos como niños, si no somos capaces de apostar por sus capacidades, de animarles a asumir sus responsabilidad y desarrollar sus capacidades ante el mundo que les ha sido dado…

 Urge sustituir las energías fósiles tan contaminantes por energías limpias, combatir la alta contaminación, ¡tantas cosas que hay que cambiar!

 No solo los jóvenes, todos nosotros, como ciudadanos o como creyentes, estamos llamados, además de a reivindicar, a proponer y a poner en marcha tantos proyectos que están esperando voluntarios…

 Perdónenme los no creyentes el toque d evangélico: cuando Jesús vio a miles de personas en el desierto sin comida, les dijo a los apóstoles: ¡Dadles vosotros de comer! Es justamente la llamada a la responsabilidad que están esperando muchos jóvenes y no jóvenes, la que está sonando en nuestros mismos oídos del alma…

4 comentarios

  • h.cadarso

    Amigo Varela: ¿Dónde escondías esa joya periodística de 1930? Ese periodista es también profeta, por lo que veo. Se ha equivocado en una cosa: el País Vasco es una superpotencia en producción de piezas de automóvil para todas las marcas del mundo. Lo demás, casi todo es el no va más de los augurios…

    Tú siempre “palante””

  • oscar varela

    LA MORAL DEL AUTOMÓVIL EN ESPAÑA

    (El Sol, 23 de agosto de 1930.)

     
    Al acrecer los aranceles para la entrada de automóviles y sus accesorios,
    el Gobierno se ha propuesto exclusivamente una finalidad política que usa en este caso de un expediente hacen­dístico. Yo no sé si política y económicamente tal disposición es buena o es mala. Supongamos que es pésima. No obstante, la aplaudo fervo­rosamente, por una razón inesperada en que el Gobierno no ha pen­sado un momento. Esta razón, impolítica y tal vez antieconómica, es una razón moral. Si estuviese en mi mano, yo haría subir diez veces más los derechos Sobre importación de estos admirables arte­factos.
    Acaso extrañe al lector hallar que manifiesto opinión seme­jante,
    ya que es bastante notorio mi entusiasmo por este objeto semo­viente. Pero quizá es este mismo entusiasmo quien me ha hecho reflexionar un poco sobre el comportamiento de mis compatriotas con el automóvil y me ha llevado a descubrir que es sencillamente inmoral.
    Se trata nada más que de un detalle, ya lo sé; pero es un detalle ejemplar.

    La conducta del español en su trato con el automóvil puede valer como un paradigma de la inmoralidad general en que, no sé bien desde cuándo, ni si años o siglos, ha decidido consti­tuirse.

    Conviene saber que es España

    uno de los países donde hay mayor número de automóviles, proporcionalmente al número de habitantes. En alguna estadística he visto que ocupaba el cuarto lugar. Aun cuando fuese éste algo más bajo, debería sorprendernos. Porque estamos habituados al bochorno de que en casi todas las esta­dísticas sobre actividades humanas positivas, nuestro país ocupa el último puesto, o simplemente no ocupa ninguno, porque nuestro país es el único que no se ha molestado en hacer lo más ingenuo que en un orden cualquiera cabe hacer; esto es: una estadística.

    Pero si en vez de formar ésta buscando la proporción con los habitantes,

    se investiga la proporción con la riqueza, que es la contracifra más expre­siva cuando se trata de posesión de máquinas, el puesto de España sería el segundo, si no era resueltamente el primero. No importa al caso la exactitud de esta evaluación, porque de todas suertes resplan­decería la más extraña desproporción entre la pobreza española y el número de sus automóviles.

    Es sobremanera raro que nuestra casta

    manifieste entusiasmo por cosa alguna del universo; pero mucho más que resulte de súbito enardecerse por una máquina y en general por un uso modernísimo. Cuando esta regla sufre alguna excepción, la causa no suele ser de buen jaez. Así, la rápida extensión del alumbrado eléctrico se de­bió a un error. Se creyó que, por fin, la desventaja que para la vida económica del país representaban sus desniveles iba a convertirse en un provecho holgadísimo y de muy sencilla obtención. Pero hubo error en el aforo de los torrentes, y las fábricas de electricidad arrastran el peso del estiaje, y España está ciertamente alumbrada de punta a punta por la luz eléctrica, pero una luz eléctrica mala y cara.

    Quedamos, pues, en que es nuestra nación

    una de las que más automóviles poseen y en que esto es un poco sorprendente.

    Pero no para aquí la maravilla.

    Cuando el señorito madrileño se asoma a Francia vuelve lleno de desdén por los franceses, que “gastan” unos coches mal tenidos, sucios y de calidad inferior. En cambio, en Madrid no sólo hay un número proporcionalmente fabuloso de automóviles, sino que éstos suelen ser de superior calidad y están siempre lucientes, lustrosos, como recién salidos de la fábrica. Y el señorito madrileño se queda sumamente satisfecho, orgulloso con la averiguación.

    Pero este superlativo de la maravilla resulta francamente excesi­vo,

    y a todo el que no posea una cabeza de cartón, como la usufruc­tuada por esos señoritos, le pone en la pista para descubrir lo que verdaderamente significa el automóvil en España.

    Francia se caracteriza por la suciedad y modestia de sus coches.

    Está bien. Pero se caracteriza no menos por haber sido el país inven­tor del automóvil, por haber creado la primera industria cronoló­gicamente de este utensilio, por haber vencido las dificultades téc­nicas mayores que se presentan siempre en la primera etapa de una creación mecánica.

    España, en cambio, sobresale por el lucimiento y repulidez de sus coches,

    que van por esas calles y paseos como si acabasen de abandonar las fábricas. Pero sobresale también por ser el único país europeo de gran población donde no hay fábricas nacionales de automóviles.

    ¿Por qué se satisfacen los señoritos celtíberos mirándose en el espejo de charol que sus vehículos les presentan?

    Ni ellos, ni sus familias, ni sus compatriotas han producido esos prodigiosos objetos. Si al menos lavasen ellos mismos sus coches, aun tendrían algún derecho a envanecerse de su brillo. Pero aquí viene otra grave dife­rencia con Francia, y en general con el resto del mundo.

    El esplendor de nuestros coches se debe simplemente a estas dos causas:

    Primera. Que es España el país donde proporcionalmente hay menos “autos” sin mecánico asalariado, lo cual a su vez procede de los siguientes hechos deplorables:

    a), que el criado es todavía barato en España, síntoma terrible de retraso político, económico y moral;

    b), que el automóvil no es lo que es ya en todas partes: un aparato de utilidad para facilitar el ejercicio de las profesiones, y no exclusivamente de lujo. Por eso fuera de España usa del auto­móvil muchísima gente que lo necesita y no tiene fortuna para pagarse un chauffeur. De aquí su descuidado aspecto.

    Segunda. Los coches españoles brillan mucho por su resplan­deciente pintura, pero brillan mucho más por su ausencia de las carreteras.

    Aquí está la esencia de lo que el automóvil es para el espa­ñol.

    No lo usa, como el francés o el alemán, para viajar a sus nego­cios ni para recorrer curiosamente las tierras, sino para darse una vuelta por los paseos urbanos y lucir el vehículo. La cosa sería inve­rosímil en cualquier otro pueblo donde no pulule el “señorito”; pero entre nosotros es así. Y por esta razón de vanidad la nación española, que es muy pobre, hace el sacrificio de comprar al extran­jero proporcionalmente más coches que otra ninguna.

    El señorito es la especie de criatura humana más despreciable y estéril que puede haber.

    Yo conozco sólo dos pueblos donde se produzca con abundancia bastante para constituir una clase de hom­bres predominante y saturar con su modo de existencia la vida colec­tiva: España y la Argentina.

    El señorito es el único ente de nuestra categoría zoológica que no hace nada, sino que toda su vida le es hecha.

    Incapaz de producir, todas las cosas del mundo, al llegar a el se convierten en meros dijes y ornamentos, que pne so­bre su persona para vanidoso lucimiento. Así se explica la con­tradicción que hay entre que España posea tantos automóviles y sea el lugar donde menos empeño existe por tener una industria de ellos.

    Es verdaderamente inconcebible y vergonzoso

    que el español no se haya dado aún cuenta de que el automóvil significa hoy un artículo de primera necesidad, si no para todo individuo, para toda la colectividad nacional. Poner tal fuego al servicio de lo que estos trebejos puedan representar como vanidad, y tan ningún esfuerzo en lo que son como menester en la vida pública, revela una desmo­ralización profunda del hombre español. Irrita y subleva conocer la cantidad de estupidez que gobierna en España cuanto al auto­móvil se refiere.

    Porque no hay sólo ausencia de fabricación y entrega a la pro­ducción extranjera,

    sino que ni siquiera la compra se hace en con­diciones económicas. El español tolera que los representantes de fábricas extranjeras le pidan por un coche mucho más de lo debido. Así acontece que, aun descontando el sobreprecio de importación y la pérdida del cambio, cuestan en España los coches más que en malquiera otra parte del mundo. Y lo propio pasa con todos los accesorios.

    Ya que no fabricarlos, podríamos al menos tener discretos talle­res de reparación. Pero todo el mundo sabe que los talleres indígenas son de una incompetencia desesperante y de una carestía criminal.

    Nada significaría moralmente esta acumulación de absurdos

    si hubiésemos asistido a ensayos enérgicos para corregirla, aunque los ensayos hubiesen fracasado. Pero no creo que haya habido intento alguno apreciable para conseguir que el automovilismo en España se comporte con sentido común.

    Y nada mejora el juicio que los hechos enunciados imponen

    advertir que el automóvil no es en España sólo cosa de señoritos, como lo demuestra el crecido número de camiones industriales. Para mí es esto mucho peor. Pues aun se comprende que el vanidoso haga el sacrificio a su vanidad sin preocuparse del sentido común; pero es ininteligible que los industriales no se preocupen de tener vehículos y poder usarlos en las condiciones normales hoy donde­quiera.

    La única entidad que hace años trabajó beneméritamente

    para poner algún orden y decoro en esta materia de locomoción, fué el Real Automóvil Club. Pero el calibre de lo que hoy fuera urgente acometer rebosa por completo los medios de cualquiera asociación particular y deportiva.

    El inri lo pone en todo esto la complacencia

    con que suele hablar ahora el señorito de nuestras nuevas carreteras. Va muy bien con la contextura de su testa justificar el advenimiento nada menos que de una Dictadura, poniendo en su abono la mejora de algunos cami­nos. No será fácil hacerles notar la monstruosidad del razonamiento, aunque ella frisa en la deficiencia mental, de la que podría valer como síntoma clínico.

    Cuando durante años y años se ha andado y rodado por los caminitos de España, como yo he hecho, se sabe muy bien que de todas las cosas del universo, la menos urgente eran magníficas carre­teras para automóviles. Por la sencilla razón de que esas carreteras han estado y siguen estando solitarias. Ahora empiezan a encontrarse algunos autobuses; pero el señorito que habla de nuestros excelentes caminos no aparece por ellos. En cambio, las vías francesas están llenas de coches que marchan ruidosos, sucios y sin primor.

    ………….

     

  • Román Díaz Ayala

    El “affaire” de la Wolkswagen le sirve a Honorio para mostrar alguna insatisfacción a cómo se han hecho algunas cosas en la actividad económica de Euskadi, y en un plano más general en España durante estos años. Sacamos la conclusión que las cosas debieron haber sido ordenadas con mejor eficacia.

    En el segundo tercio del siglo XIX, la Ley de Minas de 1869 produjo que muchas minas que eran propiedad de la Corona pasaran a la iniciativa privada con  la liberalización del subsuelo, una Ley que debemos a “La Gloriosa”,  permitiendo el despegue económico del norte de España,  en concreto a Asturias, Cantabria y Viscaya, gracias a las inversiones extranjera y a que el mineral de hierra era bajo en fósforo, idela para los “altos hornos” de nueva creación. Los empresarios vizcaínos reinvirtieron sus ganancias haciéndose construir sus propios altos hornos a la orilla del Narvión. Introdujeron nuevas mejoras en la economía en la banca, los seguros, las navieras y los astilleros. Paralelamente en Cataluña también se experimentaba una gran expansión industrial. Cánovas, tras la restauración monárquica eliminadora de los fueros vascos al introducir su modelo centralista y unitario del Estado, sin embargo aprueba el Concierto Económico con las diputaciones vascas favorecedor del empresariado que se vió directamente beneficiado por la autonomía fiscal.

    En el resto de España tenemos el convencimiento de que las fuerzas nacionalistas de Euskadi, que han gobernado la mayor parte de estas cuatro décadas de democracia ha sabido sacar partido de sus beneficios sacados de los procedimientos, valores y principios constitucionales, que fundamentan su Estatuto de Autonomía. Que el gran despegue económico de Euskadi en democracia se debe principalmente en esa conjunción entre su Administración y el esfuerzo emprendedor de los vascos.

    Claro que han sufrido la crisis como en el resto de España, especialmente por su origen exógeno, pero mientras en todas partes seguíamos el modelo instaurado por los gobiernos de Aznar a partir de su primera legislatura (1996-2000) basado en el ladrillo y la especulación finaciera con privatización masiva y la reducción del patrimonio Estatal, en Euskadi se ha seguido una política económica más integradora, aunque haya habido también algunas irregularidades como en las otras partes del Estado. Tampoco han caído en el nivel de corrupción observable en Cataluña,  y se han resistido a una aplicación de las políticas neoliberales que ejecutó el CDC a partir de 2.011 adelantándose al Gobierno de Mariano Rajoy.

  • olga larrazabal

    Honorio, tu estás simplemente hablando de corrupción.  Te lo digo porque en Chile ha pasado lo mismo.  Alguien determinó que somos un país “extractivo” y que no servimos para otra cosa.  Y eso fue hecho en el siglo 19.  Quizás el resto de Europa determinó que España era perfecta para torear, pero no merecía pertenecer a las ligas mayores.  Esos que determinan “destinos” suelen comprarse a los políticos locales, que por alguna casualidad se hacen ricos, y estos siempre votan en contra de las iniciativas locales o están ausentes cuando se necesita su voto a favor.  Y los grandes industriales del mundo son expertos en coimas.

    Quizás compartimos con los españoles un gen de proclividad a la corrupción….

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