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Carta del Papa Sivukile, y II

Continúa la carta del papa Sivukile cuya primera parte publicó ATRIO el martes pasado. La ficción utópica de este cuento que nos ofrece Héctor no representa un guión para exponer cómo puede cambiar la Iglesia (parece que ni de dentro ni desde fuera) pero sí una invitación a pensar cuánto debería cambiar.

Querido amigos: Sé el interés con que habéis seguido mis pasos desde mi salida del Vaticano. Mi agradecimiento a todos pues así me doy cuenta lo cerca que está Dios de mí.

Llevo ya una semana aquí en Kwazulu con mi familia y mi gente.

Kwazulu es una de las 9 provincias de Sudáfrica y aquí viven hoy 11 millones de personas que se pueden contar ente los más pobres del mundo. Para que comprendáis mejor mi situación estos días os voy recordar algo sobre la historia reciente de mi país.

Durante la segregación racial de finales del siglo XX esto fue un bantustan o sea una reserva para africanos. Las mejores tierras y las actividades económicas más productivas quedaban así en manos de granjeros y empresarios de origen europeo. Los bantustans servían para abastecer esas industrias y granjas con mano de obra muy barata. De ahí el enriquecimiento tan rápido del país que por otra parte era uno de los mayores productores de oro y diamantes.

Todos nos alegramos cuando en 1994 el nuevo gobierno democrático de Mandela puso en marcha estructuras administrativas y sociales para ayudar a los más pobres. No obstante se decidió mantener la alta posición que había conseguido Sudáfrica en los mercados internacionales evitando así perjudicar el puesto privilegiado de la minoría blanca para que no abandonaran el país.

Si duro se me hizo seguir un solo día más en el Vaticano envuelto en aquellas estructuras de poder, imaginaos lo que estoy experimentando estos días: mi país siendo uno de los más ricos del mundo sigue manteniendo a más de la mitad de la población africana por debajo de la línea de la pobreza.

Cuando yo llegué a Kwazulu a finales de agosto, lo que quedaba de la cosecha anterior ya había sido consumido. Ahora compraban maíz a precios tres veces más altos que lo que les había pagado el gobierno por la cosecha anterior. Faltaban 4 meses más para plantar la próxima cosecha. No quedaba dinero para nada. Cuando me mostraba preocupado ante tanto sufrimiento me repetían en nuestra lengua: “Akulakwesaba, mtakababa , kumbula ukuthi, sesivukile”, (no nos asustemos, hermano, recuerda que hemos despertado).

Aquello era aprender desde la pobreza misma. Qué distinto es ver la pobreza frente a la pantalla de un televisor disfrutando de las comodidades de las economía del bienestar. Lo que se ve en esas pantallas son sólo noticias que no responden a ninguna realidad. Lo de Kwazulu es la realidad misma sin adornos de ninguna clase: aquí no hace falta racionalizar nada y se aprende a ser feliz con lo que hay sin ninguna economía de bienestar.

Mientras tanto Roma no se olvidaba del papa rebelde. Hoy han llegado aquí dos delegaciones de la Nunciatura en Pretoria y de la Conferencia Episcopal enviada por el Cardenal Arzobispo de Durban. Venían a exigirme que abandonara mi confrontación y me abriera al diálogo. Me pedían que me trasladara a Pretoria a la Nunciatura: “Su Santidad debe reconocer que desde aquí la comunicación es imposible, aquí está comprometiendo su seguridad y su bienestar, aquí no tienen ni electricidad ni líneas telefónicas en un área de más de 100 kilómetros”, “…ni agua corriente, ni una cama donde dormir, ni atención médica, ni alimentación adecuada, ni medios de transporte” – añadí yo. “Pero vuelvan y dígales a Sus Eminencias que aquí no han podido encontrar a Su Santidad sino a Su pobreza, Su hambre y sed de justicia, Su lealtad al mensaje del Galileo, Su búsqueda del Reino, Su angustia por lo que sufre la gente de este país”. Los emisarios volvieron para informar a Sus Eminencias.

Entonces caí en la cuenta de que tanto el sistema en que se apoya la Iglesia como el sistema económico del nuevo capitalismo liberal necesitaban una revolución colectiva interna. No se trataba de arrancar la cizaña arrancando con ella el buen trigo. Habría que dejarlos crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega. Me di cuenta de que lo que yo había hecho en Roma no había sido más que una protesta. No era la verdadera solución, yo sólo había sido un papa ‘indignado’. Fue un ataque contra las murallas del poder sabiendo que detrás se refugian y justifican las mayores injusticias.

Recuerdo que cuando era Nuncio en Madrid entre 2015 y 2020 todavía se seguía hablando allí del movimiento de los indignados iniciado un 15 de mayo en montones de ciudades de España y que luego se ha extendido por casi todo el mundo. Siguió Israel, USA, India, Brasil, China y ahora también Sudáfrica. Similares fueron los levantamientos colectivos del norte de África por aquellos mismos años.

Las demostraciones de miles de curas indignados por toda España, siguiendo el ejemplo de los párrocos de Viena, proponía resistencia a toda imposición injusta de las autoridades eclesiásticas. Las Conferencias Episcopales se encargaban de mantener a raya estos intentos de rebeldía así como de amedrentar a los teólogos innovadores. Pero aquello era ya la semilla pequeña que daría su fruto. Revueltas no violentas y protestas hicieron cambiar gobiernos si bien la acumulación de poder tiende a resurgir con idénticos errores.

Decidí que mi mejor protesta sería resistir las tentaciones de poder y autosuficiencia como hizo Jesús en el desierto. En la pobreza y el silencio de Kwazulu y envuelto por el amor de mi gente encontraría lo que iba buscando. Por otra parte mi esfuerzo por permanecer al lado de la gente, haciendo lo poco que pudiera para mejorar su situación les ayudaba a ver que Dios estaba siempre con ellos.

A todos y a todas los que me habéis ayudado con vuestro aprecio a seguir adelante, todo mi cariño y mi respeto. Que mi recuerdo y el afecto que pongo en estas palabras sea el sello de que Dios nos acompaña.

Vuestro siempre

Sivukile.

3 comentarios

  • Gabriel Sánchez

    Hector…como tiene la fuerza profetica del libro de Jonas.- Gabriel

  • ana rodrigo

    Debemos partir de qué es un Papa, para qué existe un Papa, cual es su misión o si es necesario el Papa,  y, según el presupuesto, así llegaremos a conclusiones diferentes.
     
    Si el Papa es la cúspide de una pirámide de estamentos sociales, de corte medieval, con poder absoluto sobre sus súbditos, no es posible un Sivukile africano que quiera vivir entre su gente y luchar por ellos.
     
    Si el Papa es uno inter pares, coordinador de un equipo elegido por el pueblo, puede vivir en África o en cualquier otro sitio.
     
    Y si el Papa es el representante de Jesús en la Tierra, quizá donde deba vivir es en donde vive el Papa Sivukile.
     
    Lo que no me pega en este relato (o en otro en el que exprese nuestros mejores deseos), es que un africano cristiano, procedente de una región tan devastada, se haya pasado toda su vida medrando en una Jerarquía hasta llegar a ser elegido como Papa. Y si fue elegido, es porque estaba allí y el colegio cardenalicio no sospechaba que pudiese “salir por peteneras”. También es extraño que solamente se acordase de su pueblo o volviese a sus orígenes cuando es nombrado Papa.
     
    Opino que la soluciones vienes desde abajo, no desde arriba.

  • Antonio Vicedo

    A esta conclusión respetable, yo aportaría lo que Helder Cámara le respondió a un joven suizo en Zürich, en el diálogo posterior a su conferencia, cuando el joven, tocado de generosidad le pidió que le dijera como poder ir con él a Brasil y comprometerse allí con lo que había que hacer.
    La respuesta del anciano y pequeño obispo fue rápida y tajante:” Tu no tienes que venir allí, donde puedes y debes, si quieres, comprometerte con aquella realidad, es aquí dando testimonio de la misma y luchando para que desde aquí no nos lo pongan más difícil”
    Al considerar las razones de Siwukile, para quedarse allí, sin hacer referencia de que también en Roma y por otras partes existe realmente la misma situación de miseria para muchas gentes, me viene a la mente, si en sus estancias por Roma o por las nunciaturas, había compartido por aquí lo que ahora intentaba compartir allí. Porque muy cerquita del Vaticano o de la nunciatura de cualquier Madrid,  intentan sobrevivir herman*s de l*s más pequeñ*s y ningunead*s en los que Jesús se queda esperando, incluso a su Nuevo Representante, contemplando lo que podía y debía cambiar en Roma, aunque fuera al precio que pagaron Jesús, Pedro y,  según rumores fundados, Juan Pablo I.

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