Temas

Tablón de ATRIO

Anterior Siguiente
Último: 26-7-19, 22:56

Equipo Atrio (2019-07-26 22:56:17) : Un excelente programa colombiano de TV: MARIA MAGDALENA, UNA LEYENDA HECHA MUJER... por Carmiña Navia.

Floren (2019-04-24 11:45:39) : LA VERDAD DE LA PASCUA. http://cartujoconlicencia.blogspot.com/2019/04/la-verdad-de-la-pascua.html

Equipo Atrio (2019-03-08 21:55:38) : Delcy Rodriguez, vicepresidenta de Venezuela, denuncia al criminal apagón en Venezuela criminal apagón en Venezuela [vídeo de 6 min.]

Equipo Atrio (2019-02-18 09:39:18) : Amplio y clarificador programa sobre Venezuela: La hojilla/a> ¡Magnífico analista argentino Marco Teruggi! ¡Larga charla pero imperdible!

Equipo Atrio (2019-01-09 12:31:08) : Entrevista a Tamayo en la Sexta: La Iglesia española sigue siendo franquista

Floren (2018-11-19 19:50:09) : Floren de Estepa escribe en su blog: CARTA A UN JOVEN QUE NO QUIERE VOTAR

Equipo Atrio (2018-11-16 10:06:45) : La verdadera despedida de Steve Jobbs Disgurfso de graduación https://www.youtube.com/watch?time_continue=12&v=vXJYrrLGNAo

» Pon una nota




Autores

Archivo de entradas

4912 Artículos. - 79000 Comentarios.

Ponencia de Ghisoni y comentario papal

Communio: actuar juntos

Linda Ghisoni, profesora de Derecho Canónico. Gregoriana

 

Introducción

«Es una nueva traición que viene de dentro de la Iglesia. Estas personas son, a mis ojos, lobos aulladores que penetran en el redil para asustar y dispersar aún más al rebaño, mientras que deberían ser ellos, los Pastores de la Iglesia, quienes deberían cuidar de los más jóvenes y protegerlos».

En este testimonio de una mujer víctima de abusos de conciencia, de poder, de sexualidad por parte de los sacerdotes, los “lobos aulladores” son aquellos pastores que la han negado sin escucharla y que, incluso una vez probados los actos criminales, la han hecho objeto de intimidación, aniquilando su dignidad y definiéndola como «una persona insignificante [textualmente: que, a lo sumo, puede pasar entre un cuadro y la pared]».

Escuchar testimonios como éste no es un servicio de piedad, es un encuentro con la carne de Cristo en el que se infligen heridas que no pueden ser sanadas nunca, heridas que, como usted, Santo Padre, dijo, no pueden ser objeto de recetas [en el original: non sono prescrivibili].

¿Cómo podríamos hablar de la protección de los menores en la Iglesia sin tener en cuenta a las víctimas y a sus familias, a los abusadores, a los cómplices, a los que niegan, a los injustamente acusados, a los negligentes, a los que han enterrado, a los que han intentado hablar y actuar pero han sido silenciados?

De rodillas: esta sería la postura adecuada para tratar los temas de estos días. De rodillas ante el Padre misericordioso, que ve el cuerpo de Cristo, su Iglesia, desgarrado y nos envía, como a su pueblo, a curar las heridas y a curarlas con el bálsamo de su amor.

No tengo nada que enseñarle, Su Santidad, sus Eminencias, Excelencias Reverendísimas, las Reverendas Madres y los Reverendos Padres convocados aquí; más bien, creo que juntos, escuchándonos unos a otros y activamente, nos comprometemos a trabajar para que en el futuro un acontecimiento como este ya no sea tan ruidoso y ruidoso, y que la Iglesia, Pueblo de Dios, cuide de manera competente, responsable y amorosa de las personas implicadas, de lo que ha ocurrido, de modo que la prevención no termine con un buen programa, sino que se convierta en una actitud pastoral ordinaria.

  1. Situar y fundamentar la rendición de cuentas

Ante la anormalidad inherente a todo tipo de abusos cometidos contra menores, es necesario, en primer lugar –como hemos escuchado con frecuencia en los últimos días– un deber de conocimiento de lo sucedido, junto con una conciencia de su significado, el deber de verdad, justicia, reparación y prevención, para que pueda lograrse la no repetición de tales abominaciones.

El conocimiento de los abusos y su alcance es, por supuesto, el punto de partida fundamental; además, no es posible prever ningún plan de prevención si no se sabe de qué hay que huir. Sin embargo, el conocimiento de los hechos y la definición de la amplitud del fenómeno, aunque necesario y fundamental, “no basta por sí solo” (Francisco, Carta al Pueblo de Dios, 20 de agosto de 2018, n. 2): para responder a las necesidades antes mencionadas, es necesario que los afectados asuman la debida responsabilidad y el consiguiente deber de rendir cuentas, es decir, el deber de rendir cuentas.

La rendición de cuentas requiere una operación de evaluación y presentación de informes con respecto a las decisiones adoptadas y los objetivos identificados y más o menos alcanzados. Responde a las necesidades sociales poniendo a la persona investida de responsabilidad ante una confrontación no sólo consigo misma sino también con la sociedad en la que vive y en beneficio de la cual está llamada a realizar una tarea determinada.

Sin embargo, la rendición de cuentas en la Iglesia, contrariamente a lo que puede parecer, no responde principalmente a las necesidades sociales y organizativas. Tampoco –siempre en primer lugar– a la necesidad de transparencia, a la que todos estamos llamados a prestar especial atención por razones de verdad.

Estas necesidades, que no deben ser pasadas por alto ni minimizadas, son correctas, pues el resto la Iglesia no puede separarse de lo que su dimensión institucional exige, pero no son estas necesidades sociales las que constituyen el fundamento de la responsabilidad, que más bien se encuentra en la naturaleza propia de la Iglesia como misterio de comunión.

Sabemos que la naturaleza comunal de la Iglesia surge en particular gracias al Concilio Vaticano II, aunque, en realidad, ni la Constitución dogmática Lumen Gentium, ni otros documentos de naturaleza eclesiológica parecen poner un énfasis expreso en la eclesiología de la comunión.

Será necesario esperar al Sínodo extraordinario de los Obispos del año 1985 para que la categoría de comunión pueda desarrollarse como figura interpretativa de la Iglesia a la luz de la revelación. Esto surge de la primera referencia directa y fundamental a la dimensión sacramental de la Iglesia, es decir, a ese misterio trinitario en el que la Iglesia reconoce su propio rostro, aunque de forma sacramental y por tanto analógica: “veluti sacramentum”, “o mejor dicho, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).

Sólo apoyándose en este fundamento, toda acción en la Iglesia adquiere un sentido completo: incluso una acción más marcada por necesidades de carácter social, como la rendición de cuentas, es, o puede parecer, que debe remontarse a la naturaleza propia de la Iglesia misma, es decir, a su dimensión comunitaria.

¿Qué puede significar esto en nuestro campo?

A menudo siento intolerancia en la Iglesia por la atención que dedica a la cuestión del abuso sexual infantil. Hace unos días, un sacerdote exclamó: “¿Otra vez? ¡Todavía se habla de abuso! La atención de la Iglesia a este asunto es exagerada.

Pero también una señora que ejerce en la parroquia me dijo con franqueza: “Mejor no hablar de estos asuntos, porque de lo contrario habrá una creciente desconfianza hacia la Iglesia. Hablar de ello oscurece todo el bien que se hace en las parroquias. Que el Papa, los Obispos y los sacerdotes lo vean entre ellos.

Hablar de ello, o mejor dicho, ¿no son los propios abusos –de conciencia, de poder, de sexualidad– los que oscurecen el bien que vivimos en las parroquias?

A estas personas –y antes incluso que a mí mismo– les digo que tomar conciencia del fenómeno y dar cuenta de la propia responsabilidad no es una fijación, no es una acción inquisitorial accesoria para satisfacer meras necesidades sociales, sino más bien una exigencia que surge de la naturaleza misma de la Iglesia como misterio de comunión fundada en la Trinidad, como Pueblo de Dios en camino, que no evita, sino que afronta, con una conciencia comunal siempre renovada, los desafíos ligados a los abusos que se han producido en su interior en detrimento de los más pequeños que socavan y dividen esta comunión.

  1. Algunas preguntas eclesiológicas que se derivan de lo anterior

Sólo desde la visión de la Iglesia como sacramento que manifiesta el misterio de la comunión trinitaria es posible comprender correctamente la variedad de carismas, dones y ministerios en la Iglesia, la variedad de roles y funciones en el Pueblo de Dios.

2.1 Una primera cuestión crucial, que se desprende de lo dicho, es la siguiente: los fieles en la Iglesia no atribuyen roles y responsabilidades sobre una base de distribución social por razones de funcionamiento institucional: sabemos bien que el sacerdocio común de los fieles, fundado en el bautismo, hace participar a los cristianos precisamente en virtud del bautismo, del triple munus de Cristo, sacerdote, rey y profeta (cf. LG 10).

La referencia honesta, por tanto, a la Iglesia como comunión, como Pueblo de Dios en camino, exige e insta a que todos los componentes de este Pueblo, cada uno a su manera, vivan en consecuencia los derechos y deberes de los que fueron hechos parte en el bautismo. No se trata de tomar lugares o funciones o de compartir un poder: la llamada a ser Pueblo de Dios nos da una misión que cada uno es enviado a vivir según los dones recibidos, no solo, sino precisamente como Pueblo.

2.2 Una segunda cuestión importante en el contexto de nuestro discurso se refiere a la correcta comprensión del ministerio ordenado, especialmente en la relación entre un obispo y un sacerdote.

Mientras que los sacerdotes deben unirse a su obispo con sincera caridad y obediencia, reconociendo en él la autoridad de Cristo como pastor supremo, los obispos, como está escrito en el Decreto Presbyterorum Ordinis n. 7, deben tomar “en serio, en todo lo que puedan, su bienestar material y especialmente espiritual [de los sacerdotes]”. Son los Obispos, en efecto, los primeros responsables de la santidad de sus sacerdotes, por lo que deben tomar en serio la formación permanente de su presbiterio (CD 15-16)”.

Una relación adecuada entre el Obispo y los sacerdotes conduce a una verdadera responsabilidad material y espiritual de los sacerdotes por parte del Obispo, que es el primer responsable de su santidad.

Es necesario que el ministerio sacerdotal, en todos los niveles, aprovechando una sólida formación, sea vivido para lo que es, como dedicación y servicio a Cristo y a la Iglesia lavando los pies, según lo que Jesús hizo a los apóstoles, decepcionando a muchos de sus contemporáneos porque no ejerció el poder que ellos esperaban: el ministerio sacerdotal vivido como tal preserva de toda tentación de acariciar el poder, de la autorreferencialidad y de la autocomplacencia, d superioridad y explotación de los demás, para cultivar su propio placer a todos los niveles, incluso el sexual.

Cuántos sacerdotes, cuántos obispos nos construyen con su ministerio, con su vida de oración, dedicación y servicio, estableciendo relaciones sanas y libres dentro del Pueblo de Dios. ¡A estos sacerdotes les damos las gracias, animándolos y apoyándolos en la vida de santidad, de servicio en la viña del Señor a la que están llamados!

2.3 Otra nota a tener en cuenta, que proviene de la visión de la comunión eclesial, Pueblo de Dios en camino, es la necesidad de interacción entre los diversos carismas y ministerios. La Iglesia se hace visible y activa en su naturaleza comunitaria si cada bautizado vive y hace lo que le es propio, si la diversidad de carismas y ministerios se expresa en la necesaria implicación de cada uno, respetando las diferencias.

El documento del Concilio de 1965 sobre los sacerdotes afirmaba no sólo que “los sacerdotes deben reconocer y promover sinceramente la dignidad de los laicos, así como su papel específico en la misión de la Iglesia”, sino que también les instaba a estar “dispuestos a escuchar la opinión de los laicos, teniendo en cuenta con interés fraterno sus aspiraciones y aprovechando su experiencia y conocimientos en los diversos campos de la actividad humana, para que juntos puedan reconocer los signos de los tiempos”. Y dijo: “No duden en confiar a los laicos tareas al servicio de la Iglesia, dejándoles libertad de acción y un margen adecuado de autonomía, invitándoles oportunamente a emprender con plena libertad también iniciativas por su cuenta” (Párrafo 9).

A partir de la comunión que constituye la Iglesia, se pone de relieve una necesaria aportación diversificada de todos, no para reivindicar el protagonismo de alguien, sino para hacer visible la riqueza multiforme de la Iglesia respecto al proprium de cada uno, contra la pretensión de que el carisma de síntesis es la síntesis de los carismas.

2.4. Por último, el compromiso de todo el Pueblo de Dios debe ser necesariamente dinámico: los laicos y las personas consagradas no están llamados a ser meros ejecutores de lo que el clero ha ordenado, sino todos los siervos de la única viña, en la que cada uno contribuye con su propia aportación, implicándose él mismo en el discernimiento que el Espíritu sugiere a la Iglesia.

Sin duda, el ministerio ordenado, en su más alto grado, el ministerio episcopal, tiene la responsabilidad de tomar la decisión final, en virtud del poder que se le reconoce, pero no puede actuar solo o limitando su acción de discernimiento a unos pocos. Será vital que los Obispos se sirvan de la contribución, del consejo y del discernimiento de que todos en la Iglesia, incluidos los laicos, son capaces, no sólo para sí mismos y para las opciones personales, sino como Iglesia y para el bien de la Iglesia en el hic et nunc en el que están llamados a vivir.

Es siempre el fundamento comunitario de la Iglesia que nos muestra el camino y el método, en este caso un dinamismo de compromiso de todo el Pueblo de Dios que implica vivir, caminar juntos, la sinodalidad como un proceso compartido, en el que cada uno tiene una parte diferente, responsabilidades diferentes, pero todos constituyen la única Iglesia. “En efecto –como se lee en la reciente constitución apostólica Episcopalis Communio del 15 de septiembre de 2018– la totalidad de los fieles, con la unción que viene del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no pueden equivocarse en creer y manifiestan esta propiedad a través del sentido sobrenatural de la fe de todo el Pueblo, cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos”, manifiestan su consentimiento universal en las cosas de la fe y de la moral (cf. LG 12). Un obispo que vive en medio de sus fieles tiene los oídos abiertos para escuchar “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7) y la “voz de las ovejas”, también a través de los organismos diocesanos que tienen la tarea de aconsejar al obispo, promoviendo un diálogo leal y constructivo” (EC 5). [Hasta ahora, Episcopalis Communio].

Estas reflexiones nos invitan a evitar dos posiciones erróneas.

Un Obispo no puede pensar que las cuestiones relativas a la Iglesia puedan resolverse actuando solo o exclusivamente entre iguales, según el estribillo: “Sólo un Obispo puede saber lo que es bueno para los Obispos”, o, de manera similar, “Sólo un sacerdote sabe lo que es bueno para los sacerdotes, sólo un laico sabe lo que es bueno para los laicos, sólo una mujer sabe lo que es bueno para las mujeres”, y así sucesivamente.

También podemos decir que es un error, en mi opinión, argumentar que la participación de los laicos como tales en los asuntos que afectan a los ministros ordenados es una garantía de mayor equidad, ya que serían “terceros” en los acontecimientos. En alguna parte se invoca: “Creamos una comisión de laicos porque es más creíble que una comisión de sacerdotes, que tienden a ser menos objetivos, para cubrir y defender a priori”.

Como laica, esposa y madre de familia, debo decir honestamente que entre los sacerdotes, entre los religiosos, como entre los laicos, puede haber y hay personas que no son libres, dispuestas a cubrirse a priori, esclavizadas a alguien en lugar de estar en el servicio amoroso, inteligente y gratuito de la Iglesia y fieles a su propia vocación.

Volver a la naturaleza comunitaria de la Iglesia, donde se realiza la diversidad de carismas y ministerios, no significa un aplanamiento, sino que implica riqueza y fuerza, ayuda a encontrar razones para evitar estos lemas extremos e improductivos.

  1. Sugerencias para algunas implementaciones prácticas

Teniendo en cuenta los fundamentos y las cuestiones brevemente mencionadas, este encuentro nos ofrece la oportunidad de saber cuánto está ocurriendo en la Iglesia, cuánto se está llevando a cabo, consciente de que si bien es cierto que este encuentro convocado por el Papa no es el punto de llegada de un camino completo, validado y perfecto, es igualmente cierto que ni siquiera es el punto de partida, como si pudiéramos ignorar las intervenciones magisteriales, normativas y pastorales promovidas hasta ahora y las numerosas acciones que han resultado.

3.1 El primer punto de partida es, por tanto, el conocimiento y el estudio de las prácticas probadas y eficaces que se promueven en otros contextos eclesiales y en otros episcopados. Me refiero a las prácticas que implican a personas competentes que representan a todo el Pueblo de Dios, porque todo bautizado, animado por el Espíritu, es capaz de expresar un sensus fidei que la Iglesia no puede ignorar.

En este contexto es bueno reconocer el trabajo de quienes, en los últimos años, han dedicado inteligencia, corazón y manos a esta causa escuchando a las víctimas, desarrollando protocolos, directrices, revisiones, etc., haciendo uso de habilidades específicas extraídas de todo el Pueblo de Dios.

Considerando la diversidad debida a los diversos contextos culturales y sociales en los que la Iglesia está presente, no debe haber una businnes class en algunas iglesias particulares y una economy class en otras, sino que la única Iglesia de Cristo debe expresarse en todas partes, garantizando a todos, en todas partes, instrumentos, procedimientos, criterios que, más allá de las peculiaridades locales necesarias, protejan a los menores mediante la búsqueda de la verdad, la justicia, la promoción de la reparación y la prevención en materia de abusos.

3.2 Las Orientaciones Nacionales deben incluir un capítulo específico que determine las razones y los procedimientos de rendición de cuentas, para que los Obispos y los Superiores Religiosos establezcan un procedimiento de verificación ordinaria de la realización de lo previsto y un motivo de las acciones emprendidas o no, de modo que no tengan que justificar posteriormente las razones de un comportamiento particular, sometiéndolo a las necesidades del momento, tal vez vinculadas a una acción defensiva.

Prever un procedimiento ordinario de verificación no debe entenderse como una desconfianza hacia el superior o el obispo, sino como una ayuda que le permite centrarse, ante todo, en sí mismo y en el mejor momento posible, es decir, cuando todos los elementos están claros y presentes, en las razones de una acción determinada completada u omitida. Decir que también el obispo debe rendir cuentas de su trabajo a alguien no es someterlo a un control o desconfianza previa, sino injertarlo en la dinámica de la comunión eclesial, en la que todos los miembros actúan de manera coordinada, según sus propios carismas y ministerios. Si un sacerdote es responsable ante la comunidad, ante el presbiterio y ante su Obispo por su trabajo, ¿quién es responsable ante un Obispo? ¿A qué rendición de cuentas está sujeto? Identificar una realidad de empoderamiento no sólo no debilita su autoridad, sino que la valora como el pastor de un rebaño, en su propia función que no está separada de las personas por las que está llamada a dar su vida. También puede suceder, como para cada uno de nosotros, que de “dar razón” viene la conciencia de un error, se hace evidente que un camino emprendido es erróneo, tal vez porque en el momento en que se pensó –equivocado– actuar para bien. Esto no constituirá un juicio para defenderse a fin de recuperar una reclamación, una mancha en el honor o una amenaza para el poder ordinario e inmediato (cf. CD 8a). Al contrario, este será el testimonio de un camino recorrido juntos, que sólo juntos pueden encontrar el discernimiento de una verdad, de una justicia, de una caridad. La lógica de la comunión no apoya una acusación y una defensa, sino una contribución al bien de todos. La rendición de cuentas, por tanto, es también una forma de esta lógica de comunión, que hoy es aún más necesaria.

La creación, a nivel local, diocesano o regional, de consejos que trabajen de manera corresponsable con los Obispos y Superiores Religiosos, apoyándolos en esta tarea con competencia y sirviendo de lugar de verificación y discernimiento sobre las iniciativas a emprender, sin sustituirlos ni interferir en las decisiones que competen directamente al Obispo o al Superior, puede constituir un ejemplo y un modelo de sana colaboración de los laicos, religiosos y clérigos en la vida de la Iglesia.

3.3 Es también deseable que en el territorio de cada Conferencia Episcopal se creen comisiones consultivas independientes para asesorar y ayudar a los obispos y a los superiores religiosos y para promover un nivel uniforme de responsabilidad en las diversas diócesis. Estos comités están compuestos por laicos, sin excluir a religiosos y clérigos. No se trata de personas que juzguen a los Obispos, sino de fieles que ofrezcan su consejo y asistencia a los Pastores, evaluando también su trabajo según criterios evangélicos, e informando también a los fieles de todo el territorio sobre los procedimientos adecuados.

Estas comisiones consultivas nacionales, a su vez, mediante informes periódicos y reuniones entre ellas, pueden contribuir a garantizar una mayor uniformidad de las prácticas y un diálogo cada vez más eficaz, de modo que las Iglesias particulares aprendan unas de otras en un espíritu de confianza y comunión mutuas, con el fin de asumir y compartir activamente la preocupación por los más jóvenes y los más vulnerables.

3.4 Se debe considerar también la conveniencia de una oficina central –no una oficina de rendición de cuentas, que debe ser evaluada localmente– que promueva la formación de estos organismos en una verdadera identidad eclesial, y que fomente y verifique regularmente el buen funcionamiento de lo que se ha iniciado a nivel local, centrándose también en la corrección desde el punto de vista eclesiológico, de modo que todos los carismas y ministerios en el terreno estén adecuadamente representados y cada uno pueda contribuir con su propia contribución específica, preservando al mismo tiempo la libertad de cada uno.

3.5 La actual legislación sobre el secreto pontificio deberá revisarse para que proteja los valores que pretende proteger, a saber, la dignidad de las personas implicadas, la buena reputación de cada persona y el bien de la Iglesia, pero al mismo tiempo permita el desarrollo de un clima de mayor transparencia y confianza, evitando la idea de que el secreto se utiliza para ocultar los problemas y no para proteger los bienes en juego.

3.6 Los criterios para una comunicación adecuada también deberían perfeccionarse en un momento en que los requisitos de transparencia deben conciliarse con los de confidencialidad: la confidencialidad injustificada y la divulgación incontrolada corren el riesgo de generar incomunicación y de no prestar un servicio a la verdad. La rendición de cuentas también se refiere a saber cómo comunicarse. Si no te comunicas, ¿cómo puedes ser responsable ante los demás? Entonces, ¿qué comunión puede haber entre nosotros?

Conclusión

Las consideraciones que acabamos de mencionar sobre las posibles acciones a emprender como Iglesia, como Pueblo de Dios en comunión y con corresponsabilidad, no constituyen sino una invitación a la reflexión y a la confrontación transversal, sobre todo en las obras grupales, con el fin de provocar profundizaciones y aplicaciones concretas. De hecho, como nos exhorta la Carta al Pueblo de Dios, “hoy estamos llamados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos y hermanas heridos en la carne y en el espíritu. Si en el pasado la omisión podía convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más profundo y exigente, se convierta en nuestra forma de hacer historia presente y futura”. Gracias. Gracias.

 

INTERVENCIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Esta fue la intervención del Papa Francisco en la sala después de escuchar el informe de la Dra. Ghisoni y su respuesta a una de las preguntas recibidas de la asamblea:

Escuchando a la Dra. Ghisoni, oí a la Iglesia hablar de sí misma. Es decir, todos hemos hablado de la Iglesia. En todas sus intervenciones. Pero esta vez fue la misma Iglesia la que habló. No es sólo una cuestión de estilo: el genio femenino que se refleja en la Iglesia que es mujer.

Invitar a una mujer a hablar no es entrar en el modo de un feminismo eclesiástico, porque al final todo feminismo termina siendo un machismo con faldas. No. Invitar a una mujer a hablar de las heridas de la Iglesia es invitar a la Iglesia a hablar de sí misma, de las heridas que tiene. Y creo que este es un paso que debemos dar con gran fuerza: la mujer es la imagen de la Iglesia que es mujer, esposa, madre. Un estilo. Sin este estilo estaríamos hablando del pueblo de Dios, pero como una organización, quizás un sindicato, pero no como una familia nacida de la Madre Iglesia.

La lógica del pensamiento de la Dra. Ghisoni era la de una madre, y terminó con la historia de lo que sucede cuando una mujer da a luz a un niño. Es el misterio femenino de la Iglesia que es esposa y madre. No se trata de dar más funciones a las mujeres en la Iglesia –sí, esto es bueno, pero no resuelve el problema– se trata de integrar a las mujeres como figura de la Iglesia en nuestro pensamiento. Y pensar también en la Iglesia con las categorías de mujer. Gracias por su testimonio.