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La firma de Dios

NOTAS: § III. — EL CONOCIMIENTO RELIGIOSO

15. La firma de Dios

[La llave de los sueños, pp. 344-346]

(15 de junio) [1] 409 En este episodio de la vida de mis padres, que se sitúa en los primeros días o semanas después de su encuentro, reconozco uno de los primeros signos, y de los más elocuentes, de esa abdicación en mi padre de un “derecho de primogenitura”, al que ya he aludido. Esa abdicación fue seguida por una larga decadencia y estancamiento espiritual, en los que se mantuvo hasta el final de su vida, durante dos decenios.

Las condiciones y el espíritu en los que fue escrito, tres años más tarde (en 1927), el relato del suceso que marca el punto espiritual culminante en la vida de mi padre (véase la nota a pie de página precedente), me parece otro episodio en ese proceso de degradación. Era el primer trabajo literario en común de mis padres, y consagra la tácita renuncia de mi padre a su propia vocación y a la obra que llevaba en sí mismo. A partir de ese momento, la difunta vocación pasa a ser una enseña, más y más anodina con el tiempo, un mito tenaz mantenido por la complaciente connivencia de mis padres. Yo mismo me involucré en ese mito familiar, hasta octubre de 1979, en que pude reconstruir lo que verdaderamente había pasado, durante mi largo trabajo sobre la correspondencia entre mis padres y las notas autobiográficas de mi madre.

El relato del suceso en la prisión está hecho un poco en el espíritu de un “pasaje álgido” literario, de los más conseguidos ciertamente, pues no carece de medios de expresión. (No se excluye que terminaran por hacerlo aparecer como folletín en algún periódico, donde habría entretenido algunos minutos de ocio de los lectores desocupados). Después de este comienzo, el trabajo literario en común prosiguió a trancas y barrancas aún dos años (tuve tiempo de nacer entretanto, y de constituir un obstáculo suplementario), en un ambiente falso a placer, para deshilacharse sin tambores ni trompetas y unirse al mito común. Unos años más tarde, ese “pasaje álgido” sirvió de muestra para convencer a un mecenas de que diera una subvención, para el libro que debía hacerlos célebres. La subvención fue concedida sin que nada fuera escrito.

Algo muy chocante en ese relato: mientras que el resto muestra una perfecta maestría literaria, en la última página, que se supone que es su clímax y razón de ser, el estilo se derrumba, se vuelve rígido y confuso, como si de repente faltase el más elemental instinto de expresión – ¡un verdadero “final de desastre”! Eso ya me había producido una impresión muy rara a leerlo por primera vez, hacia el año 1945 [2] 410 (yo era un joven de diecisiete o dieciocho años), que se repetía cada vez que volvía a leer ese relato, incluyendo ayer. La razón es muy clara: en el fondo, mis padres bien sabían uno y otro que lo que ahí tocaban no se prestaba a un ejercicio de estilo literario, y que en las disposiciones en que estaban uno y otro, no eran aptos para hablar de ello. Ese conocimiento de su ineptitud espiritual permanecía relegada a las capas profundas del inconsciente, pero no por eso era menos imperiosa y exigía expresarse – y se expresó en efecto, y del modo más claro. Es lo que Freud llama un “acto fallido”. Es el (así llamado) “borrón”, que da su verdadero sentido al acto. Me inclinaría a creer que un caso como este, ese “borrón” representa la parte de Dios en el acto – es como Su firma, llamando la atención sobre una verdad. Y casi siempre Él es el único que reconoce Su firma, y la verdad que señala. En este caso, seguramente he sido el primero y el único en “leer” esa verdad, más de cincuenta años después. En cuanto a la Firma, no La he reconocido hasta hoy (¡suponiendo que no me haya equivocado!)

Me sucedió casi la misma “desventura” que a mis padres, a principios de enero, en mis notas de meditación (en modo alguno destinadas a publicarse) en que me daba cuenta a mí mismo, aún “en caliente”, de una especie de “éxtasis” que me había transportado unas horas antes. Al releer mis notas, al día siguiente, me dieron una impresión verdaderamente penosa, de tanto que las sentía “fuera de lugar”. No era tanto una cuestión de “estilo”, de torpeza, de rigidez, sino simplemente que lo que había escrito en la euforia del momento en absoluto se correspondía con lo que realmente había vivido. Como si, ante la dificultad (o imposibilidad) de evocarlo con palabras, me hubiera conformada, siguiendo la pendiente de la facilidad, con decir (un poco a la buena de Dios) cualquier otra cosa, que correspondiera a “registros” de la experiencia que me fueran más o menos familiares. Es verdad que ésa es una tendencia casi irresistible del espíritu, querer expresar lo nuevo, lo desconocido, en términos de lo que es familiar y conocido…

NOTAS:

[1] 409 Véase el reenvío a la presente nota en la sección 28 página 90.

[2] 410 Mi madre, que sin embargo tenía un sentido muy fino del estilo, no se dio cuenta de nada, incluso después de que yo le participara la extrañeza que me producía el final del relato. En cuanto a mí, era tan fuerte que en 1980 terminé por pasar a limpio el manuscrito de mi madre, haciendo un mínimo de ajustes estilísticos en la última página.