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Introducción al libro de Eduardo Alonso ‘La verdadera historia de la conquista de México’

 Cosas nunca Vistas, ni siquiera Soñadas 

Este libro es una adaptación del que escribió un soldado español medio siglo después de conquistar México. Lo terminó el 28 de febrero de 1568, cuando era un anciano de ochenta y cuatro años y gozaba en Guatemala de la honra social que le daban el dinero y el cargo de regidor de la ciudad. De pobre soldado “que no tenía nada que perder” había pasado a encomendero, es decir, tenía a su cargo a indios que le servían y pagaban tributos. Era la ganancia y el premio de vencer en muchas batallas y de haber servido “como muy buen soldado a Su Majestad”.

El exsoldado metido a historiador se llamaba Bernal Díaz del Castillo. Con La verdadera historia de la conquista de México quiso  dar testimonio veraz de los “hechos hazañosos” de aquella empresa heroica, “para que no caigan en el olvido” y para que “se guarde memoria de mí”. Tenía mucho que contar: las infinitas fatigas y trabajos de aquellos primeros quinientos soldados que pasaban hambre y sed, calores tropicales y fríos serranos, que libraron batallas contra miles de “bravosos guerreros” indios y que tras noventa y tres días seguidos de pelea cuerpo a cuerpo tomaron Tenochtitlan,  la gran ciudad de los mexicas. No hablaba de oídas, y prueba de ello eran las heridas recibidas en dudosas y sangrientas batallas. Dos veces fue “asido y engarrafado” de indios mexicanos que querían sacarle el corazón para ofrendarlo al dios Huichilobos en lo alto de la pirámide y luego comerle brazos y piernas.

Pero el exsoldado no solo narra “ilustres e famosas hazañas” contra escuadrones de indios que atacaban con varas y macanas, llevaban airosos penachos de plumas y asustaban con sus gritos en medio del ruido atronador de tambores y caracolas. Su libro es como una novela total. Cuenta anécdotas, chismes, diálogos, el viaje por una naturaleza bravía —ríos caudalosos, selvas, altas sierras nevadas, volcanes…—, el encuentro con caciques y reyes, el descubrimiento de sangrientas ceremonias religiosas, la descripción de la vida cotidiana de las comunidades indias: comidas, vestidos, mercados, artesanías, oficios, danzas, juegos y fiestas. Sirva de muestra, la visita al mercado de Tlatelolco.

“…traían esclavos y esclavas a vender atados en unas varas largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos. Luego estaban otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón e cosas de hilo torcido, y cacahuateros que vendían cacao. Y desta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España… Y los que vendían mantas de henequén y sogas y cotaras, que son los zapatos que calzan, y hacen del mismo árbol, y raíces muy dulces cocidas que sacan del mismo árbol: todo estaba en una parte de la plaza en su lugar señalado. Y cueros de tigres, de leones y de nutras y de adives y de venados y de otras alimañas, e tejones y gatos monteses, dellos adobados y otros sin adobar…”

Bernal Díaz muestra a menudo el asombro y la admiración de invasores e invadidos al encontrarse por primera vez. El choque entre dos mundos tan extraños fue tan atroz como permeable a la mutua consideración. Los españoles se horrorizan de los sacrificios humanos a los ídolos y el canibalismo, pero se maravillan al contemplar los altos cúes —los templos piramidales— levantados a cal y canto, la humareda del volcán Popocatépetl, el valle de México con sus  “villas pobladas en el agua” de la laguna, los floridos jardines, los animales, los tesoros de Moctezuma y tantísimas “cosas de encantamiento como se cuentan en el libro de Amadís”, la novela más fantástica de la época. A su vez, los indios se sorprenden de las naves, cañones, caballos, perros de presa, atuendos, cruces y misas, codicia y comportamiento cruel de aquellos barbudos teules venidos del Oriente, tenidos por una suerte de dioses. El mito del retorno del dios Quetzalcóatl —representado por la serpiente emplumada—, le convenía a Hernán Cortés para justificar hechos de guerra, pero también a Moctezuma y a los tlaxcaltecas para explicar su alianza y subordinación a los españoles[1].

Quinto Centenario de la Conquista de México

Cada 15 de setiembre el presidente de México grita desde el balcón del Palacio Nacional “¡Viva la independencia!” Pero, ¿de quién se independizaron los mexicanos? El 51% ignora que fue de España y otro 13% supone que de Estados Unidos[2]. En 2019 se cumplen 500 años del inicio de la conquista de México por Hernán Cortés. Es una ocasión que ni pintiparada para conocer cómo se produjo aquella violenta conquista, cómo vivían los pueblos indios y cómo se encontraron dos universos tan distintos, el europeo y el mesoamericano. Y nada mejor para informarse que leer la formidable y entretenida crónica que escribió Bernal Díaz. Cierto: es una versión parcial. En este caso es muy justo decir que la historia la escriben los vencedores. Y los vencedores son superiores: tienen la religión verdadera, mejores armas, leyes que prohíben el canibalismo, elegancia racial… (“era una muchacha hermosa para ser india…”, “Cuauhtémoc era “gentil hombre para ser indio…”) Nos gustaría conocer la versión de un vencido, fuera escriba, cacique, teyaotlani o papa  —guerrero o sacerdote—. Sería la versión desde dentro de un mundo que en parte desaparecía y en parte se transformaba. Pero ambos cronistas coincidirían en el relato de muchos hechos, batallas, sufrimientos y horrores, mostrarían el mutuo asombro ante cosas nunca vistas, incluso intercambiarían comunes elogios y denuestos. Los guerreros indios son siempre bravos —“luchan como leones”— y los españoles esforzados.

Bernal Díaz expone los sentimientos y las muestras de orgullo y temeridad, horror y compasión, traición y lealtad… El cacique Maxixca llora, Moctezuma se regocija y se apena, Xicohténcatl el Mozo abomina de los invasores, los soldados españoles reniegan, discuten, se matan entre sí… Bernal y el mismo Cortés lloran la muerte del gran Moctezuma.

La primera vez que estuve en México, hace mucho, seguí por televisión unos acalorados debates sobre “Hernán Cortés, ¿héroe o villano?” Se enfrentaba una visión desde arriba —héroes, civilizadores…— a otra desde abajo, —explotados, indigenismo…—, como si en ello le fuera la vida y la identidad al espectador. Supongo que a estas alturas el quinto centenario de la conquista de México no avivará viejos pujos patrioteros. En el siglo XIX y hasta la muerte de Franco se impuso en España una visión imperialista, heroica, civilizadora y evangelizadora. Del otro lado se ha superado el indigenismo nostálgico y el maniqueísmo radical. El imperio azteca cayó no sólo por la astucia de Cortés, el armamento superior y el arrojo de los soldados españoles, sino por la ayuda de los tlaxcaltecas y otros pueblos que odiaban a los mexicas. En este sentido, Marina, la Malinche, es para algunos una figura representativa de la historia de México. Hija de un cacique, fue vendida a traficantes de esclavos, entregada a Cortés como esclava sexual y tributo de guerra, y desde ese momento fue su lengua —intérprete—, consejera y habilísima intermediaria. Tuvo un hijo con él. Le avisó de la emboscada que le preparaban en Cholula. La chingada, la traidora, es para Octavio Paz símbolo de la Conquista:

“que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al Conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles…. El pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche.” (El laberinto de la soledad, cap. 4).

Elie Wiesel, superviviente del campo de concentración de Auswitch, el primero que usó la palabra holocausto para nombrar el genocidio judío, afirmó al recibir el premio Nobel que no somos responsables de la historia, sino de cómo la recordamos.

Las Armas y las Letras

Bernal Díaz del Castillo murió la tarde del viernes 8 de febrero de 1584 con noventa años, o a punto de cumplirlos. A los veinte —o veinticuatro— se embarcó en 1514 para ganar honra y buscar la vida (cap. 7) en las Indias. Había nacido en la “muy noble e insigne villa de Medina del Campo”, en mitad de la estepa castellana. Pasó dos años en Cuba sin lograr nada de provecho, por lo que se alistó en la flota de Hernández de Córdoba que en 1517 descubrió la costa yucateca y un año después en la segunda expedición de Juan de Grijalva. En 1519 desembarcó con Cortés y luchó en su ejército hasta la derrota definitiva de los mexicanos. Luego desdeñó encomiendas en pueblos de alrededor para buscar más fortuna. Marchó con su amigo el capitán Sandoval a Coaztzacoalcos, donde se avecinó. Tomó parte en la campaña de Chiapas con el capitán Luis Martín. Se sumó al ejército de Cortés como capitán al frente de 30 españoles y 3.000 indios, ya con caballo, en la  desastrosa expedición a la conquista de Honduras. Dos años después volvió a México por tierra, medio desnudo y sin dineros.

En los años siguientes Bernal Díaz ganó y perdió pueblos y litigó para conseguir encomiendas, hasta que hacia 1539 se estableció en la ciudad de Guatemala. Casó con Teresa Becerra, hija de otro conquistador, bien acomodado. Hizo dos viajes a España, uno en 1540 y otro en 1550 para conseguir concesiones reales. Defendió en la Junta de Valladolid las encomiendas vitalicias, en contra de fray Bartolomé de las Casas, el fraile denunciador de las atrocidades cometidas por los colonizadores.

Aquel donnadie era señor de Tlapa y  Chamula, pueblos que sumaban 1.600 casas de indios y 3.000 tributarios. Pero, al parecer, no le bastaba para sustentar a sus seis hijos y una hija. La codicia de los conquistadores se muestra insaciable, y en su crónica de la conquista se manifiesta con frecuencia. No solo los soldados con pocos méritos de guerra, sino también sus parientes, todos piden al rey de España encomiendas y cargos. Lo que más encalabrina a Bernal Díaz es el favor que obtienen los advenedizos de segunda hora, sin otro mérito que sus influencias y —dicho con terminología de hoy— lobbys cortesanos. Despechado, el sentimiento de injusticia le hace decir al cronista:

“y digo otra vez que yo, yo, yo lo digo tantas veces, yo soy el más antiguo conquistador y he servido como muy buen soldado a su majestad y dígolo con tristeza de mi corazón, porque me veo pobre y muy viejo, con una hija por casar y los varones ya grandes y con barbas, y otros por criar y no puedo ir a Castilla ante su majestad para que me haga mercedes, pues se me deben bien.”

La Elegancia de la Verdad

A diferencia de Hernán Cortes, que estudió dos años en Salamanca y era algo poeta, Bernal Díaz sabría leer y poco más cuando llegó a la Española. Llevaba escritos unas decenas de capítulos de su crónica testimonial cuando le llegó a Guatemala la pulida Historia general de la Indias (1552), del humanista Francisco López de Góngora, capellán de Hernán Cortés. Fue leerlo y colgar la pluma. ¿A dónde iba él, que no era “latino”, con unas memorias escritas como se habla en Castilla, en “estilo llano”, con “palabras groseras y sin primor”?  Pero por poco tiempo. Le sulfuran los errores y disparates de Gómara, al que lo mismo le da ocho que ochenta, que habla de oídas y no valora a los “valerosos capitanes y esforzados soldados.” A Gómara le “untaron las manos” para “sublimar a Cortés y abatir a nosotros.” Escribirá todo lo bien que se quiera, pero no es de fiar. Nunca pisó las Indias, ni vio un indio, ni blandió una espada. Él, en cambo, es el historiador verdadero. Y por eso no quiere que enmienden nada de lo que ha escrito, “ni poner ni quitar”.

[1] Rafael Montano, Bulletin Hispanique, nª110, 2-2008.

[2] El país,  15-09-2016.