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Intervención de Olav Fykse Tveit

Habla el Secretario del Consejo Mundial de las Iglesia (Asís, 27 de octubre de 2011):

Su Santidad, Papa Benedicto XVI,

Eminencias, Excelencias, Líderes religiosos del mundo,

San Francisco nos ofrece un modelo de cómo la fe en Dios, el diálogo abierto y el verdadero encuentro pueden proporcionar significativas contribuciones para una justa paz. El mundo necesita a pacificadores de fe. Las comunidades de fe — como las 349 iglesias miembros del Consejo Mundial de Iglesias — necesitan jóvenes “Fabricantes del Cambio” del mundo. Francisco era un joven cuando entregó su vida a Dios. Su pasión por la bondad de creación y su arrojo de radical pot la paz muestran el significado de fe y el coraje de los jóvenes. Lo que Francisco logró como un joven veinteañero es un recuerdo saludable para nosotros del importante rol que los jóvenes pueden y necesitan desarrollar en las comunidades de fe y en toda la sociedad. Sin esto, nosotros no estaríamos hoy aquí.

También hoy, la paz en el mundo requiere perspectivas y contribuciones de los jóvenes. Un gran obstáculo para una paz justa hoy es el alto índice de paro entre los jóvenes de todo el mundo. Parece como si estuviéramos jugando con el bienestar y la felicidad de una generación. Necesitamos la visión y el valor de los jóvenes para hacer los cambios necesarios. Estamos viendo cómo los jóvenes lideran hoy los principales procesos de democratización y de paz en muchos países. Tenemos que reconocer que nosotros no siempre hemos tenido el acierto de aceptar y fomentar las contribuciones que los jóvenes de pueden hacer en nuestras comunidades religiosas. Nosotros los mayores que estamos aquí tenemos necesidad de trabajar por la paz entre generaciones y dar a los jóvenes a lo largo dee todo el mundo una esperanza real para el futuro.

El mundo necesita los encuentros entre los líderes de comunidades de fe. En el curso de una guerra que se combatía para lograr reconquistar Jerusalén, Francisco fue a compartir experiencias de fe con el Sultán de Egipto. Como muchos cruzados, él fue a convertir al otro. Pero resultó cambiado, convertido él mismo.

Estamos aquí para permitir que la conversión de Francisco nos hable a nosotros y para que la conversación entre nosotros llegue a ser una fuente de justicia y de paz. Hay mucho que ganar con el respeto hacia el otro. Una paz sostenible requiere que haya un espacio, un espacio protegido y seguro, no sólo para mí sino también para el otro. Cristianos tienen que recordar que la cruz no es para hacer cruzadas sino un signo de cómo el amor de Dios abraza todos, también el otro.

El Consejo Mundial de las Iglesias ha contraido para los próximos años el compromiso claro de trabajar precisamente por la paz para Jerusalén y para todos los pueblos que viven alrededor de esa ciudad cuyo nombre es Shalom-Salaamin. Es la ciudad denominada y destinada a ser una casa de la paz, pero que a través de historia tan a menudo ha llegado a ser un lugar de conflicto. Cuando visité Pakistán hace unos días, fui haciéndome consciente de cuántos otros pueblos sufren por choques de intereses como resultado del hecho que los conflictos en torno a Jerusalén no están resueltos. Esta ciudad, santa para judíos, cristianos y musulmanes, es un símbolo visible de nuestro anhelo, de nuestros más altos y mejores deseos, de nuestro amor por la belleza y de nuestro deseo de venerar a Dios. Pero es también una poderosa memoria de cómo lo mejor también puede fallar. A través de la historia, los seres humanos han encontrado siempre difícil amarla sin procurar también poseerla en exclusiva.

Oremos todos nosotros, como líderes religiosos, por la justicia y la paz para Jerusalén y para todos los que allí viven. De una misteriosa manera, Jerusalén no sólo desvela realidades acerca de la condición humana sino también nos desafía para que las dirijamos correctamente. Los cristianos creen que todos los humanos son creados a imagen de Dios, afirmando así la inquebrantable dignidad de cada persona y la singularidad de la humanidad. Estamos llamados a tomar parte en el restablecimiento de la paz en Jerusalén, para la recreación y reparación del mundo de Dios. Somos responsables ante Dios y ante los otros de la paz en nuestro tiempo y de lo que decimos y hacemos para conseguirla. Sigamos todos el ejemplo de San Francisco y de otros, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, para conseguir el valor para buscar únicamente la paz.