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Asamblea Conjunta, por Antonio Duato

 La Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes de 1971. Estudios Diocesanos. Feliciano Montero, Joseba Louzao y Francisco Carmona (Editores), Universidad de Alcalá, 2018, pp. 71-96.

EL CONTEXTO ECLESIAL POSTCONCILIAR EN ESPAÑA DESDE VALENCIA.

Antonio Duato Gómez-Novella.
Consejo de Dirección de Iglesia Viva

 

Quisiera aportar en este capitulo el testimonio de las experiencias vividas y de las personas protagonistas de ese primer tiempo posconciliar en España, que precedió a la celebración de la Asamblea Conjunta. No me considero historiador pues no es una disciplina que haya cultivado. Pero sí que me considero frágil poseedor de una memoria sobre acontecimientos y personas que tejieron esa etapa y que en los resúmenes que la historiografía hace tiempo tienden a simplificar como período taranconiano. Esta primera recepción del Concilio en España fue combatida ya por la alianza de fuerzas conservadoras en el interior y en la cúspide romana durante el pontificado de Pablo VI y claramente desmontado tras el nombramiento de Juan Pablo II. Confío que consideren mi aportación como un relato de historia vivida, aunque ello me obligue a hablar frecuentemente de mí y de mi recorrido biográfico. Séame concedida por tanto una licencia para la subjetividad, aunque por temperamento suelo buscar objetividad incluso en las pasiones más interiores.

Esta reflexión, en buena parte autobiográfica, la divido en dos partes:

  • En la primera parte trato de responder a la aparente paradoja que supone la relativamente rápida recepción española del espíritu del Concilio, tal y como se revela en la Asamblea Conjunta de 1971, yendo en la búsqueda de explicaciones a los focos minoritarios pero relevantes de una profunda renovación de instituciones que se produjo ya en los años cincuenta y primeros sesenta.
  • En la segunda parte refiero cómo viví y se vivió en la diócesis de Valencia la aplicación de las reformas conciliares y la consiguiente renovación pastoral, durante el gobierno diocesano del obispo auxiliar González Moralejo, en el trienio 1966-1969. El proceso de asamblea diocesana que llevó a la Conjunta nacional de 1971 se llevó a cabo en Valencia de forma más bien rutinaria, pero en el trienio citado se cumplieron en buena medida pasos y objetivos que se anticiparon a la Conjunta.
  1. RÁPIDA RECEPCIÓN DEL CONCILIO POR UN EPISCOPADO MARCADO POR EL TRADICIONALISMO Y EL NACIONALCATOLICISMO[1].

En diciembre de 1965, a su regreso de Roma, mi querido arzobispo Marcelino Olaechea manifestaba su desconcierto por la aprobación de Dignitatis Humanae. Como persona inteligente vio con toda claridad los cambios que iba a provocar esta nueva doctrina en la Iglesia y el colapso de los cimientos del nacionalcatolicismo: el estado confesional católico como ideal a conseguir.

Hay una aparente contradicción entre la frase atribuida al cardenal Bueno Monreal –-“El Concilio nos pilló a los obispos españoles en calzoncillos”-– y el hecho de que la Iglesia española aceptara las reformas sustanciales del Concilio, como la liturgia o la corresponsabilidad, con más rapidez que en otros países. Hasta la Asamblea Conjunta el progreso fue rápido y muy en la línea del Concilio, a pesar de las turbulencias eclesiales y políticas que surgían por la derecha y la izquierda.

Voy a sugerir aquí algunas claves que permiten responder a esta aparente contradicción.

  • LA RENOVACIÓN DEL EPISCOPADO PROMOVIDA POR JUAN XXIII Y PABLO VI

Ya en los tiempos de Pío XII se habían incorporado al episcopado español algunas personas de nuevo talante, procedentes del apostolado seglar, con sensibilidad y estudios sociales. Además del caso excepcional de Ángel Herrera Oria (fundador de ACNdP como seglar, fue nombrado obispo de Málaga en 1947), yo destacaría, por su protagonismo posterior, tres obispos: Casimiro Morcillo, (procedente de la AC fue nombrado auxiliar de Madrid en 1943; fue vicesecretario de la comisión preparatoria del Concilio), Vicente Enrique Tarancón (había sido consiliario nacional de AC antes de la guerra; fue nombrado obispo de Solsona en 1943) y González Moralejo (químico y taquígrafo antes de ser sacerdote, colaboró con Ángel Herrera en la fundación del León XIII y fue nombrado auxiliar de Valencia en 1958)[2].

Pero fue con el nuncio Riberi, nombrado por Juan XXIII, cuando se intensificaron los nombramientos de obispos no provenientes de curias y cabildos y destacados por sus actividades intelectuales y pastorales. En los cinco años que duró su estancia en Madrid, Riberi sacó once nuevos obispos: dos murieron prematuramente (Vicente Puchol y Angel Morta, que fueron promotores de muchas iniciativas de renovación). Y el nuncio Luis Dadaglio, nombrado por Pablo VI, “sorteando con habilidad las dificultades, consiguió sacar un mayor número de obispos en menos tiempo: 42 en siete años (1967-1973)” [3]. Estos nom­bramientos explican el rápido cambio de sentido de la mayoría del episcopado español entre los años del Concilio y la Asamblea Conjunta de 1971.

Por otra parte, el episcopado español se organizó rápidamente en Conferencia, según lo previsto en el Concilio. El 27 de febrero de 1966 se reunieron 70 obispos en la casa de ejercicios de Chamartín: aprobaron los estatutos de la conferencia y eligieron el día siguiente, como primer presidente, al cardenal Quiroga Palacios.

La expresión y acción de los obispos a partir del Concilio se fue realizando a través de expertos que fueron protagonizando acciones de renovación en las diócesis e instituciones supradiocesanas para ir después configurando los cuadros ejecutivos de la Conferencia Episcopal Española.

¿Dónde y cómo surgieron esas personas sintonizadas con el Vaticano II que ofrecieron al episcopado español la posibilidad de un cambio rápido de sus posturas en los primeros diez años de posconcilio? Creo que la respuesta a esta cuestión es más importante aún que analizar los movimientos clericales de contestación que destacan otros analistas de aquella época. Estas acciones contestatarias estaban más centradas en la cuestión del celibato y en la implicación política de los sacerdotes según las opciones más izquierdosas posibles. Sobre esto hay muchos testimonios[4]. Los conocí, los respeté y admiré, pero con quienes viví más de cerca aquellos años fue con otro tipo de personas, quienes trabajaban desde dentro por la reforma de estructuras de la Iglesia.

A continuación, me propongo hacer un recuento de centros eclesiásticos, ambientes de renovación, nuevas iniciativas y personas que estaban impulsando estas reformas. Si se tienen bien en cuenta este proceso histórico se verá cuán descabellada es la hipótesis que el mismo papa Benedicto expresó en público alguna vez: que el posconcilio sufrió en sus primeros años un contagio con el ambiente revolucionario de 1968 que lo desvirtuó muy profundamente y que sólo después de 1978 pudo ser reconducido a su verdadero carácter de reforma sin ruptura[5]. Por una serie de circunstancias conocí muy de cerca a muchos de los impulsores del primer posconcilio en España que desembocó en la Asamblea Conjunta, supe de sus intenciones más profundas y creo que debo dar testimonio de su autenticidad cristiana y eclesial.

¿De dónde salieron las personas renovadas que accedieron al episcopado o colaboraron con él en la recepción del Vaticano II?

  • RENOVACIÓN DE SEMINARIOS Y UNIVERSIDADES A PARTIR DE 1950
  1. El Seminario de Vitoria, el único seminario vasco hasta la creación de los de Bilbao y San Sebastian en 1953-54, surgió una gran renovación y espíritu misionero. Pero me interesa aquí destacar sobre todo el impulso pastoral hacia los movimientos apostólicos obreros JOC y HOAC que se alimentó en esos años. En 1950 asistí en Vitoria al primer encuentro de Grupos de Jesús Obrero, promovidos por seminaristas. El contacto con la JOC y la HOAC había hecho surgir estas vocaciones específicas a la pastoral en el mundo obrero. Sobre todo, allí donde había personas que habían entrado en el seminario ya adultas y con experiencia de los movimientos obreros. Ricardo Alberdi (1915-1982), que en 1950 era todavía seminarista, fue uno de sus mayores impulsores. Yo lo volvería a encontrar veinte años después en el Consejo de Iglesia Viva. Este movimiento de seminaristas publicaba una revista llamada Yunque que servía de lazo de unión entre los grupos de distintos seminarios[6].
  2. El Seminario de Comillas de esos años del primer franquismo se aprecia una gran paradoja entre el aislamiento de ese rincón de Cantabria y el rigor educativo de los jesuitas, por una parte, y la orientación pastoral conectada a los sectores más progresistas. Tal vez la procedencia interdiocesana de quienes íbamos a Comillas, la libertad interior que nos contagiaba un medio ambiente ecológica y estéticamente único y la apertura evangélica de algunos formadores pueden explicar la pujanza de los grupos de preferencia apostólica (de Jesús Obrero, del Apostolado del Mar, de Hispanoamérica…) que brotaron allí y que influyeron después en toda España. En 1949, por ejemplo, José Cardijn hizo su primera visita a España para dar unas conferencias en Comillas, que después fueron traducidas y publicadas por la JOC en el librito Llamada (ediciones JOC) y últimamente por quien fue su promotor, el sacerdote valenciano José Vila López[7]. De esta visita a España surgió una serie de posteriores visitas a Bélgica de seminaristas y sacerdotes españoles, futuros consiliarios de JOC. Yo estuve en Bruselas y en Malinas en el año 1950 (viaje en el que conocí a Mauro Rubio, con el que coincidiría años después, haciendo la licenciatura de Teología en Roma). Aún hoy día siento dentro de mí lo que dejó la metodología de Ver-Juzgar-Actuar y de la Acción-Revisión-Acción. Quienes se formaron en esta metodología de ser y vivir, no solo de hacer reuniones, son más capaces de sintonizar con el papa Francisco y su llamada a desclericalizarse, a salir a las periferias y a discernir[8].
  3. Colegio Español en Roma y otras instituciones romanas. Haber vivido en Roma en los diez años precedentes al Concilio me permitió conocer las ideas y personas que iban a influir en el desarrollo del Concilio y en el posconcilio de España. Por el Colegio español de Roma pasó, a principio de los años cincuenta, una generación de poetas y escritores que enlazó con iniciativas semejantes de Salamanca[9]. Entre lágrimas de emoción contaron su ordenación los de 1953. Cuatro años después, mi generación afrontaría la ordenación en el día de San José con menos lágrimas que en el libro de Descalzo, pero con más realismo. Era 1957, en plena decadencia de Pío XII, mientras en Roma mandaba un pentágono de Cardenales (famoso fue el reportaje de L’Expresso en aquel año, cuando Tisserant tuvo que enfrentarse a Sor Pasqualina para entrevistarse con un Papa que relataba apariciones del Sagrado Corazón y veía milagros en el cielo como en Fátima). “No nos gusta esta Iglesia, pero nos comprometemos con ella para forzar su renovación”, comentábamos la noche antes de la ordenación Paco Fontecha, Joaquín Perea y yo, que nos volveríamos a encontrar doce años después en el Consejo de Iglesia Viva.

En la Universidad Gregoriana de los años cincuenta se ha dicho que se asistía al ocaso de los grandes asesores de Pío XII : Trump (coautor con el papa de la Mystici Corporis ) y Zapelena, que seguían disputando si la Iglesia surgió en el Calvario con la sangre y el agua del costado de Jesús o en el Cenáculo con la efusión del Espíritu, a Hürt se le atribuían las posiciones del papa en bioética y el rechazo de la moral de situación. Pero estaba ya surgiendo una nueva teología derivada de una nueva antropología, de la filosofía trascendental y de una comprensiva lectura de los textos bíblicos en su origen e historia (Alfaro, Flick, Alzhegy,..)[10]. Allí, los estudiantes nos encontrábamos con sacerdotes inquietos que querían actualizarse: Mauro Rubio y Elías Yanes fueron compañeros en el curso de licenciatura. Con Ramón Torrella y Rafael Torrija acudí a un seminario sobre puntos actuales de doctrina social que organizaba el P. Jarlot y promovimos la concienciación de los residentes en el Colegio Español en los problemas sociales.

En la Iglesia española de Montserrat, en donde pasé temporadas entre 1961 y 1962, surgieron también muchas iniciativas de renovación en la Iglesia española. A mí me dejó mucha huella el malogrado paisano Vicente Puchol Montis (1915-1967), gran tejedor de redes personales e intitucionales, cuya presencia hubiera sido clave en el posconcilio de España.

  1. Universidad de Salamanca y su extensión en Madrid: Instituto Superior de Pastoral (en Madrid desde 1964) e Instituto León XIII (creado en Madrid en1951 y vinculado a Salamanca en 1964). Estuve en contacto con numerosas actividades surgidas al socaire de esta universidad e institutos, relacionado con muchas personas (Casimiro Sánchez Aliseda, Lamberto Echevarría[11], José Mª Javierre[12], Marcelino Legido…) hasta vincularme, en octubre de 1969, como rector del Colegio del Salvador (Vocaciones Tardías).

El curso vivido en Salamanca, 1968-1970, fue un periodo muy intenso. En el Salvador estuvimos proyectando un modelo de encauzamiento al sacerdocio de militantes que no supusiera la interrupción de su vida en las comunidades y movimientos. Se alternarían los estudios de filosofía y teología a distancia con periodos de vida comunitaria y mayor dedicación al estudio. Todo se proyectaba en coloquio con los actuales colegiales, con los antiguos y con la comisión para los seminarios. Por otra parte fue el año en que los alumnos de la facultad de Teología promovieron una huelga pidiendo el cambio de varios profesores que en absoluto seguían las directrices del Vaticano II. Fue un momento álgido en aquella universidad. De toda esta acción reivindicativa me hicieron responsable ante el visitador pontificio, monseñor Antonio Javierre que después fue cardenal. Y seguramente eso provocó que al acabar el primer curso de rectorado el obispo Mario Rubio me despidiese drásticamente sin que valieran ni mis explicaciones ni la instancia de los colegiales que querían continuar el proyecto de renovación iniciado en el Colegio. Por eso y porque refleja cuál era el ambiente en aquellos años de posconcilio antes de la Conjunta, me permito hacer a continuación un breve relato de cómo viví ese incidente.

El obispo Mauro Rubio me invitó en el verano de 1969 a sustituir como rector del Colegio de El Salvador a José María Setién, llamado a su vez por José María Cirarda para ser vicario general en Santander. Estando ya nombrado don José María Lahiguera arzobispo de Valencia, se concluía mi compromiso con González Moralejo y, con el asentimiento de mi nuevo arzobispo, accedí a asumir esa responsabilidad. Al empezar el curso empecé a asistir a las reuniones de rectores de seminarios y colegios mayores existentes entonces en Salamanca. El monotema de aquellas reuniones era lo mal que estaba la facultad de Teología, con varios catedráticos que seguían explicando una teología de la más rancia escolástica y con continuos ataques a todo lo que fuera cambio y novedad. “Están haciendo peligrar la fe de los seminaristas”, decían al unísono los rectores. Yo, que era el único nuevo, solo pude aportar la necesidad de ser consecuentes con ese diagnóstico. Se decidió escribir una carta firmada por todos al Presidente de la Comisión de Seminarios. La verdad es que hice todo lo posible para que se llevara a cabo esa acción decidida que todos quedamos en mantener en secreto. Yo solo sé que mantuve ese secreto. Pero los alumnos supieron de esa carta y se dijo que ello les había inducido a convocar una asamblea el 3 de diciembre de 1969 en la que se decidió una huelga indefinida a las clases de teología. Duró hasta mucho después de Navidad. Se organizaron cursos y seminarios en varios colegios con profesores aceptados y admirados, entre los que estaba Fernando Sebastián[13] que, al acabar la huelga con la visita pontificia, fue nombrado decano de Teología. Mi actitud ante los colegiales seminaristas fue de respeto y de vivir con responsabilidad sus opciones. Dio la casualidad de que entre los cuatro delegados nombrados por la asamblea que son quienes dirigieron la acción, dos eran de mi Colegio del Salvador. Y uno de ellos, Carlos Osoro, actual cardenal arzobispo de Madrid. Otro, del Colegio de San Carlos, era Adolfo González Montes, hoy obispo de Almería.

Pero lo más importante es que en ese curso me incorporé a la obra de mi vida, Iglesia Viva.  Fundada en 1966, conocía personalmente a tres de los cinco fundadores: Belda, Setién y Ubieta. Pero, sobre todo, era condiscípulo y amigo de otros dos que en 1969 ya se habían incorporado al Consejo: Joaquín Perea y José Francisco Fontecha. Era natural que a partir de esa fecha me incorporaran también a mí a las reuniones que cada dos meses celebraba el Consejo en Madrid, a mitad camino entre Bilbao y Madrid, punto intermedio entre Bilbao (donde estaban algunos miembros y la Administración de Desclé) y Salamanca donde radicaba la Redacción. En setiembre de 1970, al quedar yo libre y expresar al mismo tiempo Desclée y Fernando Sebastián que querían dejar sus compromisos con la revista, por distintos motivos, me invitaron a quedar yo como director y gestor. Por eso se trasladó la revista a Valencia y después, en marzo de 1970, al Puerto de Sagunto donde fui nombrado párroco de Nª Sª de Begoña. De esta gran obra del Posconcilio y del seguimiento que hizo de 1966 a 1971 de los temas y los avatares de la Asamblea diré algo más tarde.

  •  CONTACTOS CON EXPERIENCIAS PASTORALES DE EUROPA Y LATINOAMÉRICA

Los años cincuenta y sesenta del siglo pasado conocieron una multitud de contactos de sacerdotes y seminaristas españoles con otros centros de estudios y experiencias pastorales en otros países además de Roma, de los que ya hemos hablado.

  1. a) Experiencias francesas: Entre tantas, estas vividas por mí personalmente:

Asistencia al Primer Coloquio Europeo de Parroquias en Lausannne y visita a la diócesis de Lyon en un grupo de tres sacerdotes de Valencia para estudiar lo que es pastoral de conjunto diocesana. Recuerdos de los encuentros con el obispo Ancel y mons. Gabriel Matagrin.

A los Coloquios Europeos de Parroquia, cuya serie continúa hasta hoy con la sigla CEP y página web, asistió siempre José María Vidal Aunós, párroco de San Medin y un grupo de curas gallegos, a quienes llamaban “los europeos”.

  1. Bélgica. Allí se formaron sociólogos que establecieron las pautas de estudios de situación y crearon una poderosa oficina de información y estadística: Rogelio Duocastella, Ramón Echarren, JM Díaz Mozaz…
  2. Italia: Estrecha relación con el escolapio de Florencia Ernesto Balducci desde 1966. Y, por su mediación, con El Isolotto, Los Congresos Nacionales de comunidades de Base en Asís
  3. La primera reunión organizada de teólogos latinoamericanos de la liberación se celebró en El Escorial (1972) por iniciativa de Fe y Secularidad.
  • EL ESPLENDOR Y LA CRISIS DE LA ACCIÓN CATÓLICA ESPECIALIZADA (1958-1966).

1º octubre de 1966. Ecclesia anuncia el cese de siete consiliarios nacionales: Miguel Benzo (Junta Central), Juan Gaztañaga, Antonio Aradillas (Mov. Urbano y rural de Mujeres de AC), Ramón Torrella (JOC), Julio Pérez (JIC), Francisco Belda y José Manuel Córdoba (Mov. rural). El obispo responsable es José Guerra. El motivo de la destitución: el excesivo temporalismo y la sensación de unidad y fuerza manifestada en las VII Jornadas de junio de 1966.

Esta crisis de la Acción Católica fue un adelanto de las crisis que se iban a producir en España en la aplicación del Concilio. Ahí estuvieron presentes las teologías de las dos tendencias –conservadoras y renovadoras– que en España estuvieron reforzadas en aquellos años por dos ideologías de la relación Iglesia-Estado: nacionalcatolicismo y respeto a la autonomía de lo secular que implicaba separación de las dos instancias.

Y tal vez el conflicto fue más claro en este caso porque las dos tendencias estaban representadas por dos sacerdotes muy inteligentes, bien formados en teología y que habían sido compañeros y amigos: por una parte, José Guerra Campos, recién nombrado obispo auxiliar de Madrid y delegado episcopal para la Acción Católica y por otra, Miguel Benzo, sacerdote de la diócesis de Madrid, Consiliario de la Junta Central de la Acción Católica, promotor de los movimientos apostólicos especializados y coordinador del valioso grupo de consiliarios nacionales que se habían reunido en Madrid, compartiendo vida muchos de ellos en una acogedora residencia de consiliarios.

Perdida la batalla institucional en esta crisis, la fuerza de los movimientos y de sus consiliarios en toda España fue orientado su orientación renovadora y de corresponsabilidad hacia el proyecto de Asamblea Conjunta. El espíritu profundo de la revisión de vida que orientaba los movimientos especializados es el que iba orientando ese proyecto de reforma que alimentaba a los promotores de la Asamblea.

  • IGLESIA VIVA Y PASTORAL MISIONERA. DOS EXTRAORDINARIAS REVISTAS, MUY HERMANADAS, DE GRAN INFLUJO EN SACERDOTES Y OBISPOS:

Hubo varias publicaciones que tras el Concilio fueron alimentando el espíritu y la praxis de renovación en la Iglesia española en aquellos años. Ya hemos hecho referencia a Vida Nueva, Surge, Yunque e Incunable. Y otra más, dependiendo de centros académicos o congregaciones religiosas. Pero yo quiero señalar solo dos en las que estuve más presente y que coincidían en su independencia de cualquier institución eclesiástica, lo que las hizo más libres.
En 1965 nace Pastoral Misionera como evolución del boletín de los consiliarios de JOC. Primer director, Ramón Torrella 1965-1969). Segundo: Fernando Urbina (1969-1992). Tercero: Casimir Martí (1993-2010). Desde 1996 la revista pasó a denominarse Además de la publicación de la revista, el grupo promotor reunía anualmente a suscriptores y amigos en lo que se denominó Conversaciones de Ávila, que han seguido celebrándose aun después de la interrupción de la publicación en 2010, convocadas por la Asociación cultural pastoral Misionera.

La Editorial Popular, cuyo fundador y alma fue Antonio Albarrán, nació para sostener esta revista y completar su publicación con excelentes materiales para la educación popular. Casimir Martí nos ha dejado una amplia monografía de la historia de esta revista y su acompañamiento de la realidad de la Iglesia española y de la sociedad[14]. En este ensayo el historiador Martí señala el objetivo fundacional de la revista:

… el objetivo de la nueva revista era trasladar las formas de vivir y de anunciar la fe que la JOC se esforzaba por asumir y difundir en el ambiente obrero, a la totalidad de los ambientes en que los cristianos trataban de vivir su fe religiosa y su vocación misionera en nuestro país. La posibilidad de generalizar la metodología de la JOC tenía como base una convicción, que la citada presentación del primer número expresaba reproduciendo estas líneas de la encíclica Ecclesiam suam, de Pablo VI (6.8.1964, núm. 85. Ver también 86 y 87): “Desde fuera no se salva al mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hacerse una misma cosa, hasta cierto punto, con las formas de vida de aquéllos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo”[15].

En 1966 nace Iglesia Viva. Directores: Fernando Sebastián (1966-1971), Antonio Duato (1971-1991), Rafael Belda (1991-1999), Joaquín Perea (1999-2016), Teresa Forcades (2016-…). Empezó la revista como una publicación bimestral de la editorial Desclée de Brouver de Bilbao. Posteriormente se creó una sociedad anónima presidida por Fernando Sebastián para acomodarnos a la ley de prensa. Desde 1988 es propietaria y responsable de la revista la Asociación cultural civil Iglesia Viva, cuyo actual presidente es Carlos García de Andoin. Lo descatable es que en estos más de 50 años Iglesia Viva se ha mantenido sostenida por el grupo que forman el Consejo de Dirección y las ayudas de suscriptores y amigos, sin que haya dependido nunca de ninguna institución religiosa o centro de estudios. Esto le ha dado una gran libertad de pensamiento y de expresión[16].

La historia y etapas de la revista las he contado en varias ocasiones. La última, donde se citan artículos previos, en Hitos que marcan la historia de Iglesia Viva y señalan su futuro (nº 264, 2015). Estos son las 3 etapas en que resumía su historia:

  1. El primer decenio (1966-1975: Entre el fin del Concilio y la muerte de Franco
  2. Iglesia Viva, conciencia crítica en la sociedad (1976-1996). El proceso de democratización y desencantamiento político y social.
  3. Iglesia Viva afrontando los retos del nuevo siglo (1997-20116). ¿Cómo seguir siendo significativos en la nueva sociedad globalizada de la información?

La totalidad de números publicados desde 1966 (1 a 275) están digitalizados y accesibles en la web www.iviva.org. Las búsquedas se pueden hacer por autor o tema. Por temas se accede fácilmente a los números y artículos que trataron de la Asamblea Conjunta o de algunos de los temas clave, como el Sacerdocio. Pero me ha parecido conveniente reproducir algunos de los textos y sumarios que iluminan mejor el contexto eclesial y social que se vivía en España en los primeros años del posconcilio hasta la Asamblea Conjunta.

En la presentación del primer número se hace referencia al objetivo de la revista: ayudar a la aplicación del Vaticano II a nuestra iglesia y sociedad de España:

Nuestra generación ha aprendido del Vaticano II algo muy importante que no debe olvidar jamás: el carácter dinámico y evolutivo del ser consciente de la Iglesia, espesor humano de nuestra vida cristiana. Los que habían imaginado una Iglesia del todo hecha y perfecta, a medida de nuestra pereza, han sufrido una grave conmoción ante el fenómeno de un Concilio que ha hecho de la renovación y de la reforma de la Iglesia su principal tarea; un Concilio que escruta los «signos de los tiempos» como indicador de las actuales exigencias de Dios y de nuestras concretas responsabilidades.

[…]

El edificio teológico y pastoral de una gran parte de nuestro clero y de nuestros fieles había ya cubierto aguas bastante antes de que los movimientos bíblico, litúrgico, etc., tuvieran una consistencia seria entre nosotros. La diferente reacción ante las cosas del Concilio marca muy bien la zona de penetración de esta nueva mentalidad.

Si a esto se añade un modo de vida fuertemente retraído de todo lo que no es eclesiástico, reforzado con unos mecanismos de recelo y de defensa que la historia se ha encargado de desarrollar, tendremos uno de los cabos más importantes para explicarnos lo difícil que va a ser para nuestro catolicismo español asimilar a fondo la mentalidad y el espíritu del Vaticano II[17].

En Iglesia se trataron desde el principio los mismos temas que después serían objeto de la Asamblea Conjunta. Y principalmente el tema del sacerdocio y de la forma de vivirlo en los contextos reales de la sociedad del siglo XX. A ese tema se dedicó un número monográfico doble en 1969[18], en cuya presentación se decía:

El tema del sacerdocio ministerial es uno de los asuntos intraeclesiales más controvertidos. La figura histórica del sacerdote tridentino era tributaria de un contexto cultural que ha saltado hecho pedazos. De ahí la falta de ajuste entre las nuevas condiciones socio-culturales, que dan su sello propio al mundo del siglo XX, y un estilo sacerdotal heredado de ciclos históricos superados.

La Iglesia de hoy necesita persuadirse de que esta crisis sacerdotal es el reflejo de la crisis que padece la sociedad. Por tanto no se puede encontrar una salida válida a la misma volviendo las espaldas al mundo y empeñándose en una búsqueda desconcertada del análisis crítico de la humanidad actual. Hace falta además inventiva. La nueva civilización industrial, urbana y secular es tan apta como las anteriores para acoger en la Fe la palabra de Dios. Pero hay que hablarle un lenguaje comprensible. Los motivos de credibilidad, el simbolismo religioso, en una palabra, la pedagogía de la Fe, han de ser sometidos a una profunda y serena revisión. La fisonomía concreta del servicio ministerial en la nueva ciudad secular habrá por fuerza de mostrar muchos rasgos todavía inéditos[19].

José María Díaz Mozaz, que era director de la oficina de sociología religiosa del episcopado que se encargaría de realizar la encuesta a los sacerdotes previa a la Asamblea, escribía en el primer estudio, La comunidad cristiana y el ministerio de los presbíteros[20], en el que hace un análisis de las causas de las opuestas formas propuestas, la clerical y la secular, que acaba con estas palabras:

El dinamismo de las opiniones y de los hechos nos lleva sin embargo a la síntesis. Supone la vuelta al principio progresivamente mediante una actitud de continua poda de adherencias históricas que impiden una soltura mayor en la evangelización del mundo y del auténtico desarrollo comunitario de las Iglesias locales.

El siguiente estudio es de Fernando Urbina y tiene mucha importancia porque Fernando era uno de los sacerdotes más escuchados y creaba opinión. Persona de profunda fe, estuvo siempre muy cerca de la JOC, animando a aplicar seriamente la aceptación de secularidad para poder vivir la fe en la realidad de hoy. Su artículo, lúcido y apasionado a la vez, se titulaba Hacia una nueva figura de sacerdote y acababa con este párrafo:

Uno de los problemas más serios que tiene la Iglesia es el de esta masa media de sacerdotes de buena voluntad que perciben claramente la gravedad de la situación y la necesidad del camino nuevo, pero que están desconcertados. Quizás por una cierta fragilidad espiritual que tiene su causa en la deficiencia del nivel de formación del período anterior y en la falta de una maduración de la Fe. El excesivo reclutamiento infantil y la falta de una verdadera educación de la fe en el período de formación ha producido esta abundancia de almas que se defienden bien en épocas seguras y estructuradas, pero que se ven completamente desamparadas ante una situación de crisis en que caen las armaduras y los tinglados y sólo queda, para afrontar con valentía y serenidad el tiempo: la Fuerza de la Fe. Si de alguna forma este grupo no es ayudado para ir superando su actual estado, su situación se puede degradar y caer en un desánimo, en un vaciamiento espiritual que le lleve a adoptar posturas negativas de aburguesamiento creciente o crispación conservadora y cerrada. Ante esta realidad la vanguardia más sensible y misionera, en búsqueda de nuevas formas, no puede perder de vista su responsabilidad de dar, al mismo tiempo que avanza, un testimonio de profundidad de vida religiosa y cristiana, En este avance no se puede tampoco, por encerrarse demasiado en los pequeños grupos, perder el horizonte de la Iglesia Universal.

Esta crisis en las formas de vida sacerdotal es la que llevó a las comisiones episcopales del clero y de los seminarios a realizar sendas encuestas a los seminaristas y sacerdotes diocesanos que encargaron a la Oficina de Sociología Religiosa. La encuesta a los seminaristas estaba ya hecha en 1970 y fue comentada en Iglesia Viva por Fernando Urbina[21] y Fernando Sebastián[22]. Es impresionante los datos que este último selecciona al principio como base de su comentario:

Esta imprecisión se funda en la combinación de los datos siguientes: un alto porcentaje de vocaciones infantiles (40 % inferior a los 12 años; 80 % inferior a los 15); un 60 %  ingresa en el Seminario con sólo estudios primarios; un 43 % no saben concretar ninguna circunstancia ni razón especial de su ingreso en el Seminario. El reclutamiento infantil lleva consigo el peligro de encaminar hacia el sacerdocio a niños sin suficientes motivaciones verdaderamente vocacionales, Si luego esta vocación se da por supuesta, en vez de intentar discernirla y fundamentarla, es fácil que lleguen hasta los últimos años de Seminario y aun hasta la ordenación candidatos sin verdadera vocación, o por lo menos sin una vocación suficientemente personalizada[23].

Los resultados de la encuesta a los sacerdotes nos llegaron a Iglesia Viva en 1971. Vista la importancia y el hecho de que iban a ser objeto de estudio en las asambleas diocesanas y en la Conjunta, Iglesia Viva le dedicó una especial atención. Reunió un grupo de psicólogos, sociólogos y teólogos para que analizaran la encuesta y sacaran conclusiones. Y su largo informe (54 páginas) llenó casi por completo el número[24]. De esta manera presentaba Iglesia Viva este trabajo:

Las asambleas conjuntas de obispos y sacerdotes han comenzado a celebrarse ya a nivel diocesano. El punto de partida realista de las reflexiones que en ellas han de tener lugar es el resultado de la encuesta nacional del clero. A pesar de sus deficiencias, los datos sociológicos de dicha encuesta ofrecen una radiografía preferible, a la hora de formular un diagnóstico y una terapia, a las apreciaciones espontáneas y precientíficas que casi necesariamente coinciden con los deseos de quien las sustenta. Por esta razón, y sin ánimo de absolutizar el valor de un instrumento perfectible por su misma naturaleza, opinamos que los datos sociológicos de la encuesta han de constituir, hoy por hoy, un punto de referencia obligado en un análisis crítico objetivo de la realidad del clero de nuestro país. Los datos sociológicos de la encuesta del clero (de cualquier encuesta), para ser leídos científicamente, han de ser convenientemente interpretados. El sociólogo, el teólogo, el pastoralista, el sicólogo, encuentran en ellos un filón precioso del que pueden deducir conclusiones pertinentes a sus respectivos órdenes de saber científico. Esas conclusiones, a las que difícilmente puede llegar por sí solo el hombre de la calle, no tienen un valor infalible. Los datos de una encuesta pueden ser manipulados o erróneamente interpretados. Ello depende de la honestidad intelectual y de la competencia profesional del intérprete y también, por supuesto, de sus prejuicios ideológicos o socio-culturales. Sin embargo, sería, a nuestro juicio, irresponsable concluir de las observaciones precedentes que vale más fiarse de las propias intuiciones que del resultado de unos estudios científicos cuya certeza aparece en ocasiones impugnable. Como si las «propias intuiciones» no estuviesen también impregnadas de apriorismos y debilitadas por la falta de un enraizamiento suficientemente amplio en la realidad.

• • •

El presente número de IGLESIA VIVA pone en las manos de todos los sacerdotes un estudio, elaborado por un grupo de pensadores de reconocido prestigio, que pretende servir de ayuda y sugerencia a la reflexión teológica que los diversos grupos diocesanos lleven a cabo sobre los resultados de la encuesta nacional del clero. El estudio comprende tres apartados perfectamente diferenciados. En un primer apartado se señalan los presupuestos metodológicos que han de tenerse en cuenta y los límites inevitables a la hora de hacer una interpretación teológica de los datos sociológicos de la encuesta. En el segundo se intenta esclarecer la situación global que está viviendo nuestro clero analizando las raíces profundas de la crisis del estatuto clerical. Por último, en el tercer apartado, se intenta una iluminación teológica de los problemas que, según los datos sociológicos, aparecen como más determinantes de la situación actual del clero (identificación del sacerdote con la Iglesia como institución visible – formación intelectual del clero – relación de la Iglesia oficial con nuestro sistema socio-político – relación entre vocación y profesión en el ministerio sacerdotal – celibato sacerdotal – relaciones entre los sacerdotes y la Jerarquía)[25].

 

Finalmente, cabe señalar que, de la misma manera que Iglesia prestó atención a todo el proyecto de la Asamblea Conjunta, también acompañó con pena y discernimiento crítico las acusaciones secularismo y excesiva politización que llegaron posteriormente, de forma taimada, desde Roma. Aunque el mismo Pablo VI aseguró al cardenal Tarancón que le habían mantenido aparte de ese documento de la Congregación del clero y le renovó su total confianza, la Conferencia Episcopal Española no desarrollo ninguna de las propuestas de la Asamblea, que quedó en las actas de la conferencia como un “hecho positivo”, pero totalmente arenado. Sobre todo ello, entrando en el detalle de la crónica de los hechos y ofreciendo reflexiones de profundidad, Iglesia Viva publicó un número monográfico cuyo título y sumario fueron estos:

PROCESO A LA ASAMBLEA. IGLESIA VIVA Nº 38, 1972

ESTUDIOS: La clave del proceso a la Asamblea Conjunta. Por Rafael Belda

Estudio teológico-jurídico sobre el Documento de la Congregación del Clero. Por Olegario González de Cardedal, Antonio Rouco, Fernando Sebastián y José M.ª Setién.

Sobre las tensiones entre centro y periferia. Por Joaquín Perea

Clericalismo político. Por José M.ª Setién

NOTAS: Cartas y documentos llegados de Roma

Cronología de unos hechos en torno al Documento Romano. Por J. Francisco Fontecha

Crónica de la Igl1esia Viva. Por Manuel de Unciti

Valoración teológica del Documento Romano. Por Isidro María Sans

Rotundo el Primado. Por Ricardo Alberdi[26]

 

En el estudio segundo de este número se unieron como autores conjuntos dos futuros cardenales, un futuro obispo y un futuro miembro de la primera Comisión Internacional de Teología. Vale la pena leer lo que entonces, en 1972, decían sobre esta primera intervención. Por su importancia ponen las conclusiones que siguen al principio. Pero recuerdo que se puede leer el texto total en la página http:// iviva.org/archivo/?num=38.

El estudio comparativo del Documento romano y del conjunto de las conclusiones aprobadas en la Asamblea con las ponencias respectivas nos ha llevado a las conclusiones siguientes:

  1. El primer problema que se plantea el Documento es el de su autoridad canónica. Hay serio fundamento para dudar de que se hayan tenido en cuenta las normas que ordenan actualmente el régimen de la Curia Romana, especialmente en aquello que atañe a la regulación de los procedimientos y competencia de las Sagradas Congregaciones.
  2. No hay en los documentos de la Asamblea ninguna expresión que, tomada en su contexto, se pueda considerar errónea o de cuya ortodoxia se pueda dudar objetivamente. Más bien nos parece que tanto las conclusiones como las ponencias están realmente inspiradas en el magisterio de la Iglesia, particularmente de los últimos Sumos Pontífices y del Vaticano II.
  3. Las acusaciones que se hacen en el Documento romano en contra de la Asamblea Conjunta nos parecen, por tanto, totalmente infundadas ya que deforman objetivamente el sentido de sus textos. El Documento procede con una mala metodología hermenéutica: desconoce el planteamiento estrictamente pastoral, en el que quiso situarse la Asamblea, interpreta las conclusiones (que es lo único que la Asamblea aceptó bajo su responsabilidad) por las ponencias y éstas por unas pretendidas líneas de fondo que se afirman sin aducir pruebas. Juzga más bien unas presuntas intenciones de los autores, que el significado objetivo de los textos.
  4. Descubrimos en el texto del Documento las huellas de una mentalidad teológica manifiestamente defectuosa, que tiende a separar, con graves peligros para la fe, lo natural y lo sobrenatural; que pretende excluir el orden temporal, especialmente en lo social y político, del juicio moral de la Iglesia, con lo cual se abren las puertas al secularismo, y al laicismo, así como a la privatización de la religión y del ministerio de la Iglesia.
  5. Sorprende lo poco que el Documento tiene en cuenta las enseñanzas del Vaticano II y del magisterio de Juan XXIII y de Pablo VI en sus Encíclicas y cartas, «Pacem in Terris», «Populorum Progressio», «Ecclesiam suam» y «Octogessima Adveniens».
  6. Hay en las conclusiones del Documento una clara supervaloración de las críticas que se han hecho a la Asamblea Conjunta desde intereses temporales más que eclesiales y se desconoce, en cambio, la valoración positiva global de la Asamblea hecha por la Conferencia Episcopal española.
  7. Resulta extraña la preocupación del Documento por evitar la acción de los grupos de presión, cuando su difusión ha tenido todos los caracteres de una presión sobre la Jerarquía española.
  8. En los textos de la Asamblea Conjunta hay una acentuación positiva de los aspectos sociales de la misión de la Iglesia y del ministerio sacerdotal. Pero entendemos que sus afirmaciones están conformes con la Doctrina de la Iglesia, son equilibradas en el conjunto, históricamente justificadas y por otra parte no hay en los textos de la Asamblea ningún silencio sospechoso acerca de ls aspectos sobrenaturales y primordiales de la Misión de la Iglesia y de sus ministros.
  9. Por otro lado, en dos o tres ocasiones hemos encontrado, en los textos de la Asamblea algunas frases que deberían ser perfeccionadas para evitar toda posible interpretación.
  10. Lo ocurrido es tan grave que nos parece absolutamente ne0 – 0cesaria y urgente una información a los fieles por parte de los supremos responsables de la Iglesia española, por los mismos medios de difusión y con las mismas características de notoriedad con que se ha difundido este Documento.

Al intentar restablecer la verdad de unos textos frente a una interpretación deformativa e injusta, quisiéramos contribuir a la tarea de crear comprensión dentro de la Iglesia española, posibilitando que la doctrina y el espíritu de la Asamblea se conviertan, de hecho, en un factor de comunión y en un fermento de esperanza[27].

– o – o – o –

  1. LA REFORMA POSTCONCILIAR EN VALENCIA, ANTES DE LA CONJUNTA, 1966-69[28].

En diciembre de 1965 se clausuraba la cuarta y última sesión del Vaticano II. En el aula de San Pedro había sucedido algo. Un viento renovador había conmovido la Iglesia. Por primera vez, desde la modernidad, la Iglesia había decidido acomodar sus pasos a la marcha del mundo, escuchando a los profetas del umbral y escrutando los Signos de los tiempos.

No fue un Concilio dogmático ni condenatorio. Acabó sin ningún “anatema sit”. Por eso algunos lo tacharon de un concilio menor, de segunda división. Pero el Vaticano II estuvo muy abierto a los gozos y esperanzas de su tiempo y marcó, a pesar de las resistencias, muchas cosas. Quienes entonces lo seguimos con esperanza hoy nos preguntamos: ¿Qué cambios produjo en nuestra vida y en la comunidad cristiana de Valencia?

Porque a partir del 9 de diciembre de 1965, la fuerza del Concilio volvía a las diócesis con los 2.500 obispos que habían asistido. En cada una se iba a decidir cómo iba ser recogido o sofocado el Espíritu que allí se había difundido. En Valencia el Concilio se encontró con esto: Un Arzobispo bastante mayor, Marcelino Olaechea, que regresaba escandalizado por el decreto de libertad religiosa. Vio claro que era el mismo Concilio el que iba a destruir, incluso como ideal, la Unidad Católica de la nación española. Porque era un salesiano que, según él, llevaba debajo de su sotana el mono del obrero metalúrgico de Baracaldo que fue su padre. Hacía tómbolas para construir casas para los pobres. Pero estaba anclado en la mentalidad nacionalcatólica. Vivía los cargos de miembro del Consejo de Reino y de la Regencia, como servicio para garantizar las esencias católicas de España. El gobierno de la diócesis y el trato con los curas los había dejado en manos de un vicario general, Ángel Songel, el hombre fuerte de la diócesis entonces. Songel era tan clerical que aconsejaba a los curas: “que los seglares no os vean nunca comer pues se rebajaría el aura sagrada con que siempre os deben ver” (sic). Pero con Olaechea regresaba también a Valencia un obispo auxiliar, Rafael González Moralejo, que estaba como arrinconado: sus competencias se reducían a llevar algo que se consideraba marginal en la diócesis, eso de la pastoral, de lo social y de los seglares… Moralejo había seguido con extraordinaria atención el Concilio. Tenía todas las sesiones de trabajo grabadas en taquigrafía[29]. Y, además, se integró en la parte más progresista de obispos europeos y latinoamericanos. De hecho, fue el único obispo español que firmó el Pacto de las catacumbas.

Antes ya de que se convocara el Concilio, don Rafael asistió, por delegación del arzobispo que había sido invitado. a las reuniones de Tournai (Bélgica) junto con un grupo de veinte obispos, procedentes de Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, en los veranos de 1959 y 1960, para estudiar el grave problema de «la descristianización del mundo obrero» desde que terminó la II Guerra Mundial. Y durante el concilio, se reunía con obispos europeos para concretar posturas, gracias a lo cual fue elegido miembro de la comisión “fe y costumbres” que fue la encargada de redactar la Gaudium et Spes[30].

Desde muchos años antes del Concilio fue preparando el plan de renovación DIOCESANA, recogiendo experiencias de todas partes. En 1961 ya nos envió a tres sacerdotes (Nicolás David, José Bono y yo) al Primer encuentro europeo de Parroquias, celebrado en Lausanne[31]. Al regreso de ese coloquio visitamos varias experiencias pastorales en Lyon. Además de una visita emocionante con obispo zapatero mons. Ancel, fundador de El Prado, fue de gran ayuda el encuentro con mons. Gabriel Matagrin, vicario general de diócesis que nos habló de la pastoral de conjunto que, bajo la dirección de Fernand Boulard había orientado la renovación de la diócesis.

En la diócesis, Gonzzález Moralejo, desde sus recortadas competencias, enlazó con todo lo más progresista que existía en Valencia: la pastoral realista que había ido introduciendo en los párrocos de las nuevas parroquias de periferia el malogrado Vicente Puchol[32], la comisión de pastoral en la que Juan Schenk había reunido a muchos párrocos con su método FAC[33] importado de Italia para organizar comunidad y, sobre todo, los nuevos movimientos especializados en que se había trasformado la Acción Católica en Valencia, a partir de la JOC y bajo la metodología del Ver-Juzgar-Actuar.

Por otra parte, al acabar el Concilio, en Valencia dominaba sobre todo un gran reino de Taifas: un Seminario con mucha gente de gran valor, dirigido por un gran líder, Antonio Rodilla, que aceptaba reformas (cine, arte, música, deportes…) siempre que fueran controladas por él. Su ideal de Seminario se centraba en la excelencia intelectual, enviando a los más listos a estudiar en Universidades europeas elegidas por él. A Juan XXIII y al Concilio los recibió con desdén. ¡Qué distinto y opuesto a Moralejo, a quien en el fondo despreciaba por su querencia herreriana –de Ángel Herrera– a lo social y su entusiasmo por el Concilio! Y lo malo es que esta visión la transfirió a los superiores y profesores que intentaban formar así a los seminaristas.

 

Con este panorama de fuerzas diocesanas que el arzobispo contrabalanceaba con habilidad, el Vaticano aceptó en noviembre de 1966 la dimisión al arzobispo Olaechea (el primero en España jubilado por edad) y dio especiales poderes a González Moralejo como Vicario Capitular –dando por supuesto que la cosa iba para largo–, permitiéndole emprender reformas de calado. Estuvo rigiendo la diócesis menos de tres años (1966-1969) pero en esos años se produjeron cambios profundos de instituciones, de personas y, sobre todo, de espíritu en la diócesis.

Los historiadores del posconcilio consideran que la reforma conciliar introducida en Valencia en el periodo de Moralejo (1966-69) fue pionera y modélica en toda España, creando grandes expectativas dentro y fuera de la diócesis[34]. Aún no había llegado la época de Tarancón y de la Asamblea Conjunta y la orientación de la diócesis de Valencia ya era pionera en esa línea, aunque con grandes resistencias en el interior. Tal vez la cosa surgió demasiado desde la cabeza de Moralejo y un pequeño equipo. Y él no dispuso del tiempo necesario para que todo cuajase. Además, desgraciadamente, estaba demasiado pendiente de nunciatura, pues tenía la esperanza de que si no se radicalizaba demasiado tendría posibilidades de ser Arzobispo. Y para postre, para compensar no haber estado en parroquias, quiso tener junto a sí, como vicario general, a su cordial antítesis, el amigo y director espiritual Jesús Pla Gandía,  que lo tenía todo claro desde mucho antes del Concilio. Pla respetó a Moralejo mientras éste estuvo al mando, pero cuando se fue y le nombraron obispo auxiliar de Lahiguera, se hizo él con el timón desvirtuando desde dentro el proceso de reforma conciliar, del que solo quedó el caparazón. Todo el futuro de la diócesis en los años de los tres siguientes obispos madrileños: Lahiguera, Roca y García Gasco, no fue sino continuar teóricamente las estructuras creadas por Moralejo, pero todo abandonando el espíritu conciliar y volviendo a la querencia de la diócesis: espíritu clerical y primacía por las obras católicas (templos, institutos, facultades…). Una línea tradicional que venía a coincidir con el catolicismo polaco de Wojtyla y que alineaba de nuevo la Iglesia a la gente del poder y del dinero.

¿Pero en qué consistió este proceso de renovación diocesana?

Esquemáticamente estos fueron sus ejes:  

Realismo sociológico. División territorial de la diócesis teniendo en cuenta la problemática y características de cada una de las trece zonas pastorales que se reunían en cuatro vicarías. Tomando conciencia de las comarcas, de sus problemas y de sus peculiaridades. Un continuo ejercicio del Ver una realidad diversa y en evolución.

–  Democratización. A principios de 1967 se hizo una votación entre todo el clero para elegir a los sacerdotes que debían ser nombrados vicarios episcopales y delegados de sector pastoral. Había que llegar a una iglesia donde se oyera la voz de los fieles para nombrar a sus párrocos y de todos los estamentos para nombrar al obispo. Pero en vez de progresar en esta dirección rápidamente se retrocedió.

– Trabajo en equipo. Se hizo palpable que en la cúspide había un equipo sacerdotal y que las decisiones mayores no las tomaba una persona sino un grupo. El 11 de abril de 1967 Moralejo nombró a su equipo episcopal: un Vicario General, Jesús Pla, un provicario, Vicente Morell (los dos párrocos, provenientes uno del Patriarca y otro de Sto. Tomas[35]…) y los cuatro vicarios episcopales de zona elegidos por el clero: Teodoro Úbeda, Vicente Torregrosa, Vicente Aguilar y yo mismo. Soy el único vivo del grupo. Todos teníamos poderes para hacer la Visita pastoral y proponer nombramientos. Éramos nueve personas muy diferentes, pero pactamos hacerlo todo, con responsabilidad plena en cada zona y con criterios decididos en equipo –en cuyo interior se discutía a matar–, dando ejemplo a lo que se esperaba que se hiciera en arciprestazgos y zonas. Expresamente se proclamó: “el grupo de sacerdotes que componen un arci­prestazgo debe estudiar en común los problemas. Y para ello es necesario que el grupo mismo sea tal por su composición que permita esa labor de equipo”. Y esto se hizo así aunque todos sabemos cómo desconfiaba Jesús Pla de los equipos. Decía: nada de vivir en equipo. El cura con su madre o su hermana. Y titular exclusivo de una parroquia. Solo así será casto y constructor.

Corresponsabilidad y sinodalidad en toda la diócesis. Además del equipo episcopal y los arciprestales, los dos grandes instrumentos de ese nuevo modo de ser Iglesia eran:

  • el Consejo del Presbiterio que fue el primero en establecerse y funcionar con ese espíritu. ¡Qué diferencia al principio y ahora! me decía hace poco un sacerdote que estuvo en el primero y es ahora también miembro. los Consejos Pastorales de parroquias, zonas y diócesis donde se debían reunir los sacerdotes, religiosos/as y seglares para estudiar y decidir la acción conjunta frente a los principales problemas de cada lugar.
  • La pastoral de Conjunto. Según Boulard, el especialista que nos ayudó y que dirigió varias sesiones de mentalización del clero, se trataba de conjuntar la acción pastoral a partir de los problemas reales de conjunto, no de las preocupaciones clericales particulares. Era poner a toda la diócesis y a todas las zonas y parroquias en estado de VER-JUZGAR-ACTUAR.

Esta reforma horizontal propugnada por el Vaticano II coincidía con los Signos de los Tiempos de entonces:

  • La democracia, que se imponía en todo el globo con la caída de las dictaduras (en España y Portugal aún no habían caído) y los nuevos estados descolonizados.
  • Y una nueva cultura que surgía a partir de los jóvenes y que fue visualizada sobre todo en el mayo del 68.
  • Las nueva sociedad de la información y la comunicación está configurándose en redes que no aceptan un funcionamiento de ordeno y mando.

Pero todo aquello no pudo continuar y no se le dio tiempo de producir buenos frutos. Don Rafael y parte de su equipo abandonaron la diócesis.

Pero hoy, cuando el Papa Francisco nos recuerda que hay que seguir por ese camino, recordamos que aquello un día pareció instalarse también en Valencia.  Llama la atención que todos estos principio y criterios, interrumpidos bruscamente en Valencia,  presidieron el proceso que impulsado por la Comisión episcopal y por el Secretariado Nacional del Clero se llevó a cabo en las diócesis españolas, entre 1969 y 1971: la encuesta al clero, el estudio participativo y dialogado de los problemas en los grupos sacerdotales, la discusión y votación de las conclusiones en las asambleas diocesanas, la constitución de consejos presbiterales y pastorales durante o como consecuencia de esas asambleas. Tal vez porque en todo ello la diócesis de Valencia se había adelantado se habían hecho ya las principales reformas, este momento de las asambleas conjuntas diocesanas no despertó ningún entusiasmo y pasó desapercibida a la generalidad del clero.

[1] Se corresponde con la ponencia presentada en el Coloquio internacional sobre la Asamblea Conjunta, Madrid, mayo 2018. Reelaborada en parte en A. DUATO, “¿Repercusión del mayo 68 en la Iglesia del posconcilio?”, en Iglesia Viva,275, 2018, 67-72; especialmente el apartado “La inesperada rápida recepción del Concilio en la Iglesia española”.

[2] Véase una breve biografía en J. M. DÍAZ SÁNCHEZ: “D. Rafael González Moralejo, Obispo Emérito de Huelva (In Memoriam)”, Sociedad y utopía, 23 (2004), págs. 255-258. Allí se hace referencia a su libro , El Vaticano II en taquigrafía. La historia de la ‘Gaudium et spes’, BAC, Madrid 2000. Esta figura merece un recuerdo especial en el centenario de su nacimiento. Se hablará más de él en la segunda parte de este capítulo.

[3] Véase A. DUATO, “Los obispos en el proceso de cambio de la Iglesia en España” en AUTORES VARIOS,  Iglesia y sociedad en España 1939-1975. Madrid, Editorial Popular, 1977.

[4] Juan Antonio Delgado está recogiendo testimonios de vidas que fueron en este sentido: Los jesuitas Díez-Alegría y Llanos, Mariano Gamo, García Salve. Habría que añadir a Josep Dalmau (vive y está muy lúcido), Lluis M. Xirinachs, Joan N. García Nieto… Todos fueron testigos de radical vivencia cristiana y promotores de acciones colectivas de protesta, como la Operación Moisés, la Capuchinada, la Manifestación de curas por las calles de Barcelona y otras.

[5] Véase G. Ruggieri,  ”La lucha por el Concilio” en Iglesia Viva, nº 225 (2006), págs. 71-80. Responde al Discurso del papa Benedicto XVI ante la curia en Navidad de 2005: “Recepción e interpretación del Vaticano II”, publicado en el mismo número de Iglesia Viva.

[6] Véase referencia en Datos-BNE.es.

[7] J. VILA Lo que hemos vivido con Cardijn, queremos compartirlo contigo, Valencia, Adg-n, 2006,

[8] Algo de eso expuse con bastante pasión en el prólogo al libro de Juan Antonio Delgado de la Rosa, En el corazón de la JOC, ADG-N, Valencia 2010.

[9] Véase J. M. MARTIN DESCALZO, Un cura se confiesa, Salamanca, Sígueme, 2018 (última edición).

[10] Véase H. KÜNG, Libertad conquistada, Memorias, Madrid, Trotta, 2003, págs. 103-111. El autor señala lo interesante que era la teología de entonces en la facultad de teología de la Gregoriana, en la que estudió de 1951 a 1955. Y la compara con el Angélicum a donde tuvo que ir Karol Wojtyla para hacer su tesis doctoral, cuando fue rechazado por la Gregoriana.

[11] Promotor de PPC desde 1955 junto con Aliseda, Antonio Montero y Javierre.

[12] Alma de INCUNABLE  muchos años. Véase J. M. DÍAZ MORENO, “«INCUNABLE» Notas sobre un olvidado periódico sacerdotal, fiel testigo de su tiempo (1948- 1973)” en Micelanea Comillas, 69 (2011), págs. 413-441.

[13] Véase F. SEBASTIÁN, Memorias con esperanza, Madrid, Encuentro, 2016, págs. 152-157. El cardenal hace un relato de la crisis que coincide sustancialmente con el mío, aunque las consecuencias fueron muy diferentes para él y para mí. Dice en la página 154: “…otros creímos que la fidelidad nos obligaba a impulsar la renovación dentro de la fidelidad. Los seminaristas tenían una aguda sensibilidad para detectar esta necesidad y vivían el problema con la pasión propia de su edad. La influencia del Mayo del 68 llegó más tarde…”.

[14] C. MARTÍ, Iglesia y sociedad en España 1965-2010. En la trayectoria de las revistas Pastoral Misionera y Frontera, Valencia, Atrio Llibres, 2013, págs. 350.

[15] Ibid., pág. 14.   

[16] Toda la información institucional sobre Iglesia Viva puede verse en su página www.iviva.org.

[17] Iglesia Viva, 1 (1966), págs. 3 y 4.

[18] Iglesia Viva, 28/29, 1970.

[19] Íbid., pág. 301.

[20] Íbid, págs. 303-309.

[21] F. URBINA, “Problemática de la formación sacerdotal en los seminarios. Visión sociológica y pastoral”, Iglesia Viva, 28/29, 1970, págs. 385-400.

[22] F. SEBASTIÁN, “Reflexiones teológicas a propósito de una encuesta a los seminaristas españoles”, Iglesia Viva, 28/29, 1970, págs. 419-444.

[23] Íbid., pág. 419,

[24] A. ANDREU, J. BENGOA, A. DUATO, J. F. FONTECHA, E. FREIJO, L. MALDONADO, C. MARTÍ, J. PEREA, R. PRAT, J. M.ª ROVIRA,, “Reflexiones teológicas sobre los datos sociológicos de la encuesta nacional del clero”, Iglesia Viva, 33, 1971

[25] Íbid., págs. 189-190.

[26] “Proceso a la Asamblea Conjunta”, Iglesia Viva, nº 38, marzo-abril 1972.

[27] Íbid., págs. 133-134.

[28] Testimonio oral de Antonio Duato en un coloquio celebrado en Valencia, diciembre 2015, sobre el XXV aniversario de la finalización del Vaticano II. El texto, todavía inédito, ha sido ligeramente modificado y completado.

[29] R. GONZÁLEZ MORALEJO, El Vaticano II en taquigrafía. La historia de la ‘Gaudium et spes’, BAC, Madrid 2000.

[30] Véase J. M. DÍAZ SÁNCHEZ: “D. Rafael González Moralejo, Obispo Emérito de Huelva (In Memoriam)”, Sociedad y utopía, 23 (2004), pág. 257.

[31] Véase el presente y pasado de este movimiento en la página www.cep-europa.org (visitada el 5-11-2018). Al final de la página se puede leer información completa de los 30 coloquios organizados hasta ahora. Además de la asistencia al de 1961, participé con más compromiso a los de Turín (1969) y Luxemburgo (1971).

[32] Vicente Puchol, tras haber fundado y dirigido el Colegio de Vocaciones tardías en Salamanca, se reincorporó a la diócesis de Valencia como director del Convictorio Sacerdotal que había empezado con el navarro Cornelio Urtasun, traído a Valencia por el arzobispo Olaechea. Puchol, en 1959 organizó ya una encuesta diocesana sobre participación a la Misa dominical. Después fue secretario de la comisión de seminarios y obispo de Santander, hasta que perdió su vida por accidente de coche en 1967.

[33] El FAC o Fraterno Aiuto Cristiana ( http://www.movimentofac.it/ ) es un movimiento que el sacerdote Paolo Arnobaldi inició en Italia en los años cincuenta del siglo pasado. Consistía en una mezcla de espíritu carismático y metodología pastoral que pretendía atender a todos los feligreses, a partir de un censo en fichas peroradas y agujas seleccionadoras que eran el precedente de los ordenadores. En España, el introductor del movimiento fue el sacerdote valenciano Juan Schenk (1926-2001), que extendió el movimiento ayudado por un grupo de colaboradoras y la editorial EDICEP. Véase http://islumenchristi.org/fundador.html (página visitada el 5-11-2018).

[34] V. CÁRCEL ORTÍ, “El gobierno pastoral de la archidiócesis de Valencia desde el Vaticano II hasta 1996”, Revista Española de Derecho Canónico, Vol. 55, Nº 144, 1998, págs. 51-91.

[35] En Valencia, siguen existiendo dos colegios mayores para estudiantes aspirantes al sacerdocio. Habían sido fundados, antes del Seminario Conciliar, por los santos arzobispos Juan de Ribera –el Patriarca– y Tomás de Villanueva –Santo Tomás–a cuyas becas se accedía por oposición. Tradicionalmente los exalumnos de ambos colegios funcionaban como una especie de lobby para repartirse los cargos de mando en la diócesis.