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¿Desmasculinizar la Iglesia sin desmisoginizarla?

      En estos días se ha reunido el llamado C9, grupo de cardenales presidido por el papa Francisco. En esta reunión ha habido una sorpresa y es que han sido invitadas tres mujeres: una obispa anglicana, una monja salesiana y una virgen consagrada. Tal vez se puede añadir que faltaba una mujer laica, pero todo llegará, hasta puede parecer acertado recordar lo que poéticamente escribió RM. Rilke en El libro de horas: “La oscuridad lo abarca todo, pero una energía inmensa se mueve junto a mí, junto a nosotros”. De todos modos el papa Francisco dijo, después de una reunión anterior del Sínodo de la Sinodalidad el pasado 30 de noviembre, que “La Iglesia es mujer”, y que “uno de los grandes pecados que hemos cometido es masculinizar a la Iglesia”. De ahí viene que la presencia de estas tres mujeres en el C9 pretenda ser una imagen de desmasculinizar la Iglesia, aunque, como bien ha dicho la obispa anglicana, Jo Bailey, “abrir las puertas no significa que automáticamente hay igualdad de género”.

      Me parecen acertadas las palabras de Jo Bailey y que este camino no desemboca en la verdadera igualdad de los bautizados, de hombres y mujeres, pues hay que erradicar la ideología misógina existente en la Iglesia, una Iglesia jerarquizada y clericalizada. Tradicionalmente la mujer se ha identificado con el pecado; ella fue quien introdujo el pecado en el mundo al hacer caso a la serpiente, según el relato mitológico del libro del Génesis, y es ella la que sigue día a día provocando al varón, el Adán, sin tener en cuenta que nació de “su costilla”. No hay que olvidar que este relato genesíaco corresponde a la llamada tradición sacerdotal, muy dura con el rol de la mujer en el mundo frente a otras tradiciones de los relatos bíblicos del Pentateuco como la llamada yahvista y elohista. Este relato de la mujer que claudica ante la tentación de la serpiente y que, sobre todo, convence al varón para que también desobedezca a lo establecido por Dios en el edén, sigue en pie, y yo diría, que fortalecido por unas teologías fundamentalistas y misóginas.

      Esta tradición teológica, fundamentalista y misógina casualmente ensalza el papel de la Virgen como madre de Dios, y lo hace desde la virginidad y no desde la maternidad, es decir, desde una persona que es mujer. La virgen María es la madre de Dios, la mujer María ni existe, no tiene relevancia en este acontecimiento extraordinario. Pero esta teología va más allá; se convierte en paradigma de otras concepciones filosóficas, religiosas, etc, a lo largo de la historia. La misoginia se hace palpable, a no ser que se ponga de relieve la virginidad, como el conocido axioma de Anselmo de Canterbury: “La virginidad es oro, la continencia plata, el matrimonio cobre; la virginidad es opulencia, la continencia medicina, el matrimonio pobreza; la virginidad es paz, la continencia rescate, el matrimonio cautiverio; la virginidad es sol, la continencia luna, el matrimonio tinieblas…”

      Este paradigma misógino se extiende, como decimos, a otros campos como el filosófico. Ya Aristóteles, en su afán de “naturalizar” sus principios filosóficos, creando así un determinismo atroz, considera en su Política que “la naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo… La naturaleza ha fijado, por consiguiente, la condición especial de la MUJER y la del esclavo”. No es de extrañar que “el hombre, dice F. Nietzsche, en su Zaratustra, debe ser educado para la guerra y la mujer para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería”. F. Nietzsche es buen lector de Pablo de Tarso, quien, sobre todo en su primera carta a Timoteo, pide previamente a las mujeres que “vistan decorosamente y se adornen con pudor y modestia”, pero esta recomendación no es suficiente y va más lejos: que “oigan la instrucción en silencio, con toda sumisión” y, como colofón y para que quede claro cuál es su postura, “no permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre” (1 Tim 2,9-12).

      La Iglesia, como su jerarquía y su teología tradicional, ha actuado con una hipocresía redomada, partiendo desde una concepción maniquea del cuerpo y del sexo y desde posiciones misóginas. Tomás de Aquino en su intento de corregir a Aristóteles, en su voluminosa obra la Summa theologica, va más allá en su misoginia. Para él la mujer es un varón demediado, ya que la naturaleza tiene como finalidad la perfección y por eso la mujer siempre ha de engendrar varón, ya que ella no tiene parte activa en la generación del nuevo ser; es el terreno donde se deposita la semilla. De ahí que si nace una mujer en lugar de un varón es porque el terreno no ha sido adecuado en su capacidad fértil, y la naturaleza ha sido “traicionada” en su objetivo. Por ello para el Aquinate la mujer es un varón disminuido, que no ha podido conseguir la altura, la perfección del varón; es algo deficiente. Y esta deficiencia óntica le viene de que fue creada de la costilla del varón, de Adán. Por eso Tomás de Aquino va más allá: si Dios es el principio de todo el universo, el varón es el principio de toda la especie humana. Tal vez pueda aplicarse aquello que pretendía Elisabeth Cady Stanton, cuando bajo su dirección se publicó en 1895-1898 La Biblia de la mujer: “Ha llegado la hora de que la mujer lea e interprete la Biblia por sí misma, puesto que es un Libro escrito por varones y, por lo tanto, no es neutral”.

      Ingenuamente Simone de Beauvoir, recordando su infancia, creía en una igualdad abstracta de las personas humanas, hombres y mujeres, pero la mujer ha permanecido “callada”, servicial, esclava, marginada… dentro de la Iglesia, copada por una estructura jerárquica de clérigos, de hombres célibes que anhelan más la estructura monacal basada en la virginidad y obediencia que en una estructura plural de hombres y mujeres iguales, con los mismos derechos y funciones eclesiales. Sirva a título de ejemplo la decisión de un clérigo, en este caso del papa Juan Pablo II, en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, siguiendo los pasos de Pablo VI, pero con más contundencia: “Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.

      Iglesia masculina y misógina van de la mano. No se puede desmasculinizar sin desmisoginizar; son dos actitudes, dos cambios profundos íntimamente unidos, si es que se quiere cambiar profundamente la estructura eclesial más acorde con el evangelio y no con las ideologías de poder. No sé si aquí cabría aquello de Venus Carolina Paula, mujer extremeña que abandona su tierra para servir en París, y que con hermosa locuacidad, prestada por J. García Hortelano en Gramática Parda, sostiene con cierta rotundidad que “el mundo está muy bien hecho, lo que pasa es que no nos gusta”. No creo que en este asunto las cosas estén bien hechas; todo lo contrario y, por eso, no nos gusta. Hay que recordar lo que sabiamente decía E. Schillebeeckx: “La Iglesia es, en efecto, un aparato ideológico que acompaña de hecho al orden establecido, por así decir prestándole cobijo”. Es cierto que el varón, el clérigo en este caso, pone a su servicio la Biblia, la Tradición y la Teología, pero los bautizados en su pluralidad configuran el pueblo de Dios, que tiene como tarea diaria hacer realidad los valores evangélicos, recogidos en las bienaventuranzas. Por eso, las palabras que hemos recordado antes de RM. Rilke: “La oscuridad lo abarca todo, pero una energía inmensa se mueve junto a mí, junto a nosotros”, nos sirva de horizonte en este caminar de la Iglesia.

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