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Una mirada cercana a las Cáritas Parroquiales

 

Una ESCUCHAR

Buscaba a través de los enlaces de prensa nacional, la noticia del nombramiento, el pasado 16 de mayo, de monseñor Tarcisio Isao Kikuchi, arzobispo de Tokio, como presidente de Cáritas Internacional. Pero tan solo encontré un par de referencias, en algún diario latinoamericano y poco más.

La elección de Kikuchi, para un mandado de cuatro años, tuvo lugar en el seno de la 22ª Asamblea General de la organización, que se celebraba del 11 al 16 de este mes. Se cerraba así el proceso de evaluación, estudio y revisión de estatutos que se iniciaba el pasado mes de noviembre, cuando el Papa destituyó a los miembros de la cúpula directiva al detectar, tras una investigación interna1, que las relaciones y procesos en el lugar de trabajo de la institución, impedían el buen funcionamiento del secretariado general, al tiempo que socavaban el bienestar del personal y ponían en peligro el nombre y la reputación, no sólo de Cáritas Internacional, sino de todas las Cáritas, según explicaba el cardenal Czerny en aquel momento.

Kikuchi, que fue misionero al servicio de los refugiados en África, considera que su misión es ayudar a las personas a saber que no han sido olvidadas por Dios. “Nadie será excluido, nadie será olvidado” afirmaba en una entrevista con Vatican News, al tiempo que también se brindará asistencia profesional. De su experiencia, expresaba que siempre escuchó la misma historia de las personas e instituciones con las que se relacionaba en su misionado: “somos los olvidados, somos los olvidados” y no tanto que le pidieran comida, ropa o recursos materiales, que también, pero como grito menor. Y aquí nos detenemos en esta noticia que, seguro tiene que afectar por expansión, en alguna medida, al modelo de servicio de todas las Cáritas nacionales, diocesanas y parroquiales.

Tal vez, esta noticia tenga algún eco dentro de las Cáritas Parroquiales, aún a sabiendas que Cáritas Internacional, como confederación de 162 organizaciones de ayuda humanitaria, desarrollo y servicio social, que trabaja en más de 200 países y territorios, y segunda organización no gubernamental del mundo, por detrás de Cruz Roja, precisa de una compleja estructura organizativa que, en muchos casos, necesariamente tendrá que ser profesionalizada. Y en este sentido, la Iglesia Católica tiene expertos en todas las áreas para planificar, organizar y dirigir con medida justa.

Pero cuando, desde una Cáritas Parroquial, de una población española cualquiera, se escuchan esas cantidades ingentes de presupuestos, esos proyectos grandes o pequeños y, sobre todo, se ven esas campañas de marketing que, como poco tienen un coste publicitario considerable, bajo esas complejas organizaciones, es posible que más de uno se detenga, mire a su alrededor y decida escapar a otra realidad menos compleja.

Hay que imaginar la impotencia de un pequeño grupo de voluntarios de Cáritas de una parroquia. El modelo de atención para la Cáritas Parroquiales, al menos en muchas de las sedes de la ciudad de Valencia, que es desde donde escribo estas notas, es primordialmente de acompañamiento. Si hay que dar de comer, se da o se facilitan vales para la compra de alimentos o se ofrece una ayuda, a partir de la inclusión de la persona o familia en un economato de agrupación parroquial, donde podrá adquirir alimentos y productos básicos de higiene, a coste mínimo y del que la parroquia además abonará el 50% del gasto total, o incluso a coste cero. Si lo que la persona busca es un empleo, no le se podrá dar, esto es obvio, pero se le podrá dirigir hacia los centros, donde se les ofrece a las personas un pequeño programa formativo, para la búsqueda de empleo. Si lo que se necesita es ropa, pues también hay tiendas con ropa recuperada y preparada, atendida por personas en riesgo de exclusión, a las que se ha formado para este tipo de trabajo. Y, finalmente, si lo que precisa la persona es orientación sobre temas de extranjería, becas de comedor, ayudas públicas, y otras informaciones también se les puede ofrecer o redirigir.

Descrito así, parece bien sencillo. Sin embargo, si nos detenemos, todos estos servicios, en un país como España, donde la sanidad es, en muchas de las comunidades autónomas, gratuita y universal, los colegios públicos gratuitos y los servicios sociales –dependiendo de cada comunidad autónoma, si están integrados en los ayuntamientos o en la consejerías- están dotados de empleados públicos que atenderían todas estas necesidades de la ciudadanía, aunque a veces la atención no llega a todos.

Es entonces, cuando las Cáritas Parroquiales, guiadas por las Diocesanas, hacen su acto de presencia en la comunidad. Y ¿cómo lo hacen? Esto es lo mejor. Como si fueran, en muchos casos, una extensión de esos empleados públicos, asesorando, atendiendo y acompañando a las personas que no acaban de resolverse, por mil razones distintas, tantas como personas que acuden en demanda de atención. Estas personas llegan a Cáritas a través de la información del “boca a boca”.

Se escuchan muchas narraciones de los migrantes que llegan a España en esas pateras de penuria. Sin embargo, no tanto de los miles que entran en el país por avión como turistas. Estos como los otros, suelen tener una red de conocidos, entre los que se ayudan. Pero otras veces, conocen sí; pero realmente están solos o buscan ayuda para compensar a quienes, a su vez, les ayudan a ellos. Estos recién llegados, en ocasiones no tienen más que su maleta y ese teléfono que tanto les critican, porque parecen de última generación; cuando en realidad este pequeño dispositivo funciona casi como su dirección postal, su cuaderno de notas, su vía de conexión con una administración nacional o extranjera y, en suma como archivo de su galería de imágenes, desde donde les es posible rememorar a sus seres queridos y, de tanto en tanto, contactar con ellos, si acaso allá tuvieran acceso a Internet.

Muchas de estas personas a los quince días de aterrizar en España, ya no les queda ningún recurso para vivir, pero no se les puede remitir a los servicios sociales, para que les atienda un profesional de trabajo social, porque su condición es la de turista. Hasta que no hayan transcurrido tres meses desde su entrada en España, no los enviéis allí -hemos oído alguna vez- porque no los atienden. Y cuando ya se les puede atender, entonces las citas se dan a tres meses vista. A veces, es una familia al completo la que acude a pedir ayuda, con niños pequeños que, por fortuna, serán escolarizados en el primer centro que puedan, presentando una no-documentación, porque sólo disponen de un pasaporte, de manera que el menor, al menos, tendrá con seguridad una comida diaria; mientras los aloja alguien que no les posibilitará que se empadronen en ese domicilio –vaya usted a saber la parte no pronunciada de relato de esta y otras familias-. Escuchar todo el recorrido que hace una de estas familias hasta llegar aquí, le pone a una los bellos de punta, tanto que a veces, al llegar la noche y encontrase en su estupenda habitación, sobre su magnífico colchón, se le pasan como en una película las caras de esas personas, a las que ha estado escuchando por la tarde. Luego, tras resolver parte de lo primario, llegará la cuestión de la demarcación parroquial y penoso será si pertenece a otra demarcación. ¿Y por qué vino aquí? ¿Quién le indicó? Y es cuando viene la fase de derivación, que no es otra cosa que enviarlos a otro sitio, porque no le podremos gestionar la asistencia dentro de nuestro economato.

Esta situación o alguna similar, la podrá narrar cualquiera de los miles de voluntarios de las Cáritas Parroquiales que, dicho sea de paso, habría que anotar que un porcentaje altísimo lo configuran personas jubiladas, en su mayoría mujeres. Sin embargo, cualquier pequeña biografía de estas personas, cobra un sentido diferente cuando se sientan frente cada uno de ellos. Es ese momento, en el que la relación con la persona cobra un sentido más real.

Ahora las anotaciones de este texto se vuelven en la expresión de primera persona. Porque llegué a esa tarea, invitada, convocada y exhortada a acometer este servicio. No, no -le dije al párroco-, esto no es para mí, me compunge mucho estas situaciones insolubles. Pero tal fue el modo de pedirlo, que acepté el compromiso. Debió ser mala hora, porque desde ese momento, y aún no ha transcurrido ni medio año, los pesares son diarios. La mezcla de verdad y la posverdad juegan a mostrar la realidad de modos casi imposibles de describir.

El papel del voluntariado a veces, parece la extensión de un servicio municipal, asesorando lo que en modo alguno es conocimiento que se maneje habitualmente. Si me recojo en un archivo, una especie de manual de recursos públicos, la tarea de lectura es larga, pero la de gestión es, a veces, casi inabarcable para una sola persona, más todavía explicársela a una persona de otro país. Tienen sus redes de relación y apoyo, me dirán. Claro, eso lo puedo imaginar, pero también sé que funcionan en submundos donde la economía, toda en B, alcanza costes insospechados como es el caso de los alquileres de habitaciones, con contratos no públicos, ni declarados, en términos casi legales, pero de absoluta ilegalidad, a personas que su vez son arrendatarios indirectos, con su contrato nunca expuesto. Precios que además se incrementarán con una aportación por persona y mes para gastos de luz, agua y uso de cocina, que puede alcanzar casi el cincuenta por cien del coste acordado por el alquiler de la habitación. Y todo ello, en un circuito de intercambio de servicios fuera de todo canal público. Conocer las reglas de los subalquileres es aprender las normas de un mundo paralelo que se oculta en la parte trasera de los zaguanes.

De estas situaciones, derivarán las compra-ventas-intercambio de comida, ropas y cualquier objeto que pudieran obtener para compensar los gastos. De modo, que una parte de lo que se consigue de comida, será puesto en venta, bien directamente o cocinada para monetizar lo poco que les puede sobrar.

Y ¿hay más? Sí, mucho más y complejo en ese submundo al que, asomarse da un poco de vértigo, y hasta quita el sueño. Aunque los que lo transitan lo ven como única vía posible. Y en este transitar, entre la vida propia y la que me narran estas personas, habría que anotar un detalle digno de reflexión: si a lo largo de los años hemos visto cómo iba confiriéndose a la persona distintas formulaciones en su descripción, para asimilarlas al servicio o relación que tenían, con el Estado o la empresa, había que inventar una para las personas que se acogen en las Cáritas. Me resultó comprensible, con el tiempo, sustituir el término persona, por el de sujeto, ciudadano, usuario, votante, cliente o consumidor (dejo fuera de estas categorías a los pacientes, alumnos, viajeros, demandantes, etc.). Pero la denominación de Cáritas me ha costado lo suyo aprendérmela: PARTICIPANTE. Sí, la denominación de las personas atendidas por Cáritas en España es la de participante. Cada participante, suele tener un expediente como los de los servicios sociales o algo similar, donde junto a sus datos, firmarán una hoja con indicación de lo necesario que exige la LOPD y se asigna un número vinculado al expediente, que permitirá volcar la información de la persona, en una base de datos que posibilite saber qué ayudas solicita y recibe en cualquier punto de España. Y ¿si no hay Internet en la sede parroquial? Bueno, pues ya lo conseguiremos. Y ¿si el expediente está incompleto? Pues ya lo completaremos. Y ¿visitaremos a estas personas en sus domicilios, cual trabajadores sociales? Sí, también lo haremos. Y ¿les comentaremos cuándo se abren los plazos para solicitar las becas de comedor para sus hijos? Sí, sí, también. Y ¿cómo distinguiremos ese número de su expediente, válido para toda España, si son números no correlativos? No importa, añadiremos uno nuestro. Pero ¿es el mismo del economato? No, pero no importa tampoco, le daremos a la persona una tarjetita con nuestra numeración, para que no la pierda. Que la guarde con la tarjetita del economato, con su NIE o con su lo que tenga. Pero ¿con todo esto, les vamos a poder escuchar de verdad? ¡Bueno de verdad, de verdad! Vamos a ir resolviéndonos como podamos, pero si no les escuchamos aquí, ya veremos cuál es nuestra función. Yo he podido escuchar, con tiempo, sin mesa de por medio y sentadas a una sola persona. ¡Una sola! El resto, no quiero ni recordar la velocidad.

¡Dios, que me he olvidado de encomendarme a Ti! Y anoche, cuando no me podía dormir, ni se me ocurrió ponerme a orar. Todo lo que hice fue levantarme a las tres de la mañana, para anotarme todos los nombres que tengo que buscar, para llamar a esas personas que vendrán por la tarde a pedir ayuda para las actividades de verano de los niños. Casi que estoy por comprarme una cuerda y un balón y citarlos a todos en el parque este mes de julio, con tal de evitarme rellenar todos los papeles que he de cumplimentar y tramitar vía on line. Y, entre juego y juego, buscaría algún momento para sentarme a la escucha de estas personas. ¿Quiénes son? ¿Qué parte de su historia desean compartir conmigo? ¿Qué esperan de mí? ¿Podré expresarles que Dios no los olvidó?

Al comentar alguna de estas circunstancias, una amiga me preguntaba si continuaba leyendo el Evangelio. No, no lo he dejado. Estas Pascuas me está viniendo muy bien leer cada día los Hechos de los Apóstoles ¡Menudo relato! En muchos de los personajes que van pasando por sus páginas me veo reflejada: apesadumbrada, cobarde, pero también a menudo confiada. ¿Si duermo? me preguntó. Sí, yo no pierdo nunca el sueño, ni el apetito, por mal que me encuentre. Pero eso sí, ahora, desde que colaboro en esta sección de Cáritas, tan distinta a otras de años atrás y de otros voluntariados, nunca antes de escribir esa lista de lo que he de buscar, con quien he de hablar y lo que he de consultar. Entonces, sí, una vez concluida la lista y segura de que no les olvidé, por fin, me duermo.

NOTAS:

1 https://www.larazon.es/sociedad/20221122/aie34m3divhuvbvow7d24vof5y.html

 

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