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Obispos y canónigos negros

          Con estupor y sorpresa infantiles, la niña que por primera o segunda vez acompañó a su madre a un acto litúrgico, le dijo al oído:

          –Mamá, el muñeco grande de chocolate que está en el altar se mueve de acá para allá sin intervención de nadie…

          Certifico que la veracidad de la escena, no está lejana en años, con referencia a uno de los todavía raros sacerdotes negros que presiden las sagradas ceremonias por esas y parroquias y pueblos de Dios en España.

          No sé el número de sacerdotes extranjeros, de raza negra, fichados por los miembros de la Conferencia Episcopal –CEE– para atender las necesidades pastorales de sus respectivas diócesis. Pero son muchos. La escasez –falta– de vocaciones sacerdotales explica que los seminarios se cierren, o estén ya a punto de que se les eche el cerrojo inmisericorde, y quienes no hace tanto tiempo enviaban a sus diocesanos a misionar sus países de origen, se ven obligados a reclamar su presencia, al menos para que siquiera una vez a la semana sea posible la celebración de la Eucaristía.

          En España faltan curas. Los curas se acaban. Clama al cielo que los obispos den la expedita y pasiva impresión de no haber tomado conciencia de esta realidad. No pocos se limitan a lamentarlo, y a dedicarle un día al año a rezar por ello, con la rutinaria y ritual esperanza de que “Dios proveerá”, y de que “algún día han de cambiar los tiempos y estos han de ser mejores”.

          Por supuesto que no se han registrado casos de rechazo de sacerdotes negros en el contexto eclesiástico, que sigue, y seguirá, comentando con ocasión de escenas y comportamientos deportivos, con nombres y apellidos de “Vinicio” y de “Junior”. El racismo está condenado por Nuestra Santa Madre la Iglesia, si bien algunos de dentro y de fuera de ella, hubieran preferido la expresa y renovada actualización de esta doctrina, en proporción similar, o aún superior, a como lo han hecho y lo hacen, instituciones, colegios y organizaciones cívicas de cualquier clase y condición, si excepción y con rotundidad.

          Hasta el momento de redactar estas líneas, no me fue posible leer ninguna Carta Pastoral, o declaración-exhortación episcopal que haya insistido en la catequesis de que negros, blancos, cobrizos de cualquier clase, procedencia y “Arco Iris”, todos-todos somos igualmente hijos de Dios y más los pobres y vulnerables, tal y como acontece en la realidad actual.

          ¿Y por qué no hay ya un obispo negro en el episcopologio español? ¿Acaso el número de feligreses, al igual que el de la diversidad de atenciones pastorales, sobre todo las relacionadas con la inmigración, no hubiera aconsejado y justificado la designación de algún miembro del clero como obispo? ¿Es que, como no hay todavía canónigos negros en los cabildos catedralicios, la selección resulta aún más difícil y casi inviable?

           ¿No será que el racismo, bajo alguna de sus múltiples y ”devotas“ fórmulas y expresiones inspira de alguna manera., si no el rechazo, sí la conveniencia de que todavía y masivamente, la comunidad eclesial no está sensibilizada para ser presidida y “regida” por obispos, arzobispos y papas, de color de piel que no sea blanca?

          Huelga destacar que los citados “temores” no son fundamentalmente de origen cromático. Sobre todo, lo son de cultura, de teología, de antropología, de interpretación del Evangelio, con exigencias de terminar de una santa vez con signos, símbolos, señales y estilos episcopales de vida, paganos de por sí, aunque se sigan rebautizando y teniendo que ser aceptados por exigencias imperiosas de la Liturgia, el Código de Derecho Canónico y tradiciones no siempre santas, sino todo lo contrarios.

          ¡Por amor de Dios, que lo más pronto posible, se enriquezca la CEE con obispos –“Vinicios”– negros, hechos noticias!

          Mientras tanto, penitencialmente y tal y como se han puesto las cosas en determinados partidos políticos de atracción “religiosa” para parte de le jerarquía, toca entonar el “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”, y menos “en el nombre de Dios”.

          Ser portadores, y tener en la Iglesia, el alma “negra”, es tanto, o más, cristiano, que tenerla de color blanco…

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