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Primera comunión

ArregiEl pasado domingo 21 de mayo celebramos la primera comunión de la menor de nuestras 21 sobrinas y sobrinos. ¡Gracias, Ainhoa, por vivir y por ser como eres, risueña y sensible, y por reunirnos en la mesa de tu primera comunión!

A Jesús de Nazaret le gustaba especialmente sentarse a comer y a beber con cualquier gente, sobre todo los excluidos de la sociedad y de la religión. La comensalía abierta fue su gesto profético preferido y el más recurrente durante el año y medio o dos años en que, dejando familia y trabajo y todo lo demás, se dedicó a anunciar y realizar el mundo que soñaba, el mundo que llamaba “Reino de Dios”, un mundo sin hambre ni desigualdad ni enfermedad, un mundo en paz y justicia.

Y cuando presintió que, por su vida y su mensaje proféticos subversivos, los poderes religiosos y políticos lo iban a eliminar sin piedad, celebró una comida de despedida y esperanza con sus discípulas y discípulos. Y les dijo: “Seguid reuniéndonos y compartiendo pan y vino en memoria mía”. Así lo hicieron, así lo hacemos.

Pan y vino, y más. Consta que, durante el rito de la iniciación cristiana, los recién bautizados, además de comer pan, bebían de tres cálices, incluso los niños: uno con vino, otro con agua y otro con leche y miel, alimentos simbólicos del paraíso soñado en este mundo transformado, de otro mundo en este mundo. Así lo hacían, por lo menos en Roma a principios del siglo III, en la primera. Era un día para comer y beber.

Toda fiesta –distinguir entre “religiosa” y “profana” carece de sentido– sigue siendo ocasión especial para comer juntos, y comer juntos sigue siendo el mejor modo de ser familia, de descubrir al otro y de llegar a quererlo, de franquear pequeñas o grandes fronteras, aliviar tensiones, curar heridas, de compartir en la mesa el pan, el vino, la tierra, la vida, y las penas y las risas, las esperanzas y los miedos, el silencio y la palabra. La vida simplemente, tan sencilla y tan misteriosa. Así fue nuestra comida de primera comunión. Comimos muy bien. ¡Gracias a la tierra que se nos da y que somos en cada bocado y en cada sorbo, en cada aroma y sabor y color! Y ¡gracias a la palabra que viene también del silencio de la tierra y al silencio de la tierra volverá!

No ocultaré que la comida en compañía fue para mí con mucho lo mejor de la primera comunión de Ainhoa. Pero tampoco ocultaré que me faltó algo. Me faltó mucho en la ceremonia de la iglesia. Sufrí. La hermosa iglesia parroquial estaba a rebosar. A las 12 en punto, nos saludó desde el altar la monitora de la celebración, y desde la primera palabra nos advirtió: “De vosotras/os depende que esta celebración lo sea de verdad”. Nos instó al silencio, y nos recordó la importancia del acto en estos tiempos en que están de moda la increencia y la intrascendencia. “Creer es bueno”, insistió. No nos dijo –no era el momento– en qué hay que creer, ni en qué consiste, ni cuándo y por qué es bueno creer. Pero se percibía un tono de velado reproche a tanta gente que nos habíamos reunido con nuestra mejor voluntad y que, sin embargo, hemos dejado (¿irresponsablemente?) de creer en muchas de las cosas en las que al parecer debemos seguir creyendo. Pero ya no es posible, creo que por fidelidad al evangelio de Jesús.

Yo –y mi mujer, modesta y meritoria organista de Aizarna– esperaba que de un momento a otro empezara a sonar el órgano, el último órgano romántico fabricado por Cavaillé-Col, y que su excepcional sonoridad llenara el templo, que es como una imagen del universo, y que las flautas, las violas, los oboes, las ocarinas, los celestes, las trompetas y las gambas vibraran como el Espíritu que aleteaba sobre las aguas primeras, y nos envolvieran a todos y conmovieran nuestros registros vitales profundas. No sonaron en toda la ceremonia, mientras el sonido de la guitarra, bienintencionada y experta, se desvanecía en el gran espacio del templo.

No es el órgano, como no son el misterio, la belleza y el silencio, lo que ha dejado de tener sentido y fuerza de inspiración, sino la mayoría de nuestras palabras religiosas tradicionales. Por eso sufrí viendo cómo el sacerdote, a quien admiro, desde lo alto del altar, se debatía por conectar con los 54 niños que celebraban su primera comunión, con toda la gente reunida, con un mundo alejado. Y cuanto más se debatía por conectar, más se distanciaba.

No puedo ni quiero reprochar nada a nadie, pero aquella celebración de primera comunión me resultó un reflejo de la situación de exilio cultural que vive el cristianismo tradicional en nuestra sociedad, con sus universidades, su conocimiento mundializado y su cambio acelerado. Es preciso que vuelvan a sonar de otra forma aquellas palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret: “He sido enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, un año de gracia o un año jubilar de descanso y liberación para la humanidad y para todas las criaturas oprimidas”. Lo necesitamos.

Querida Ainhoa: no sé con qué te quedarás del día de tu primera comunión. Ni si has dejado ya de creer en todo aquello que ya no cabe en tu mente vivaz. Ni si volverás a misa o si tu primera comunión será también la última. Todo eso no es importante, ni a Jesús le importó. Pero no pierdas esa llama candorosa y despierta que luces en tus ojos. Cuida y mantén la energía vital y la determinación que derrochas. Y no dejes de comulgar con lo profundo de la vida, y de ser rebelde contra tanto desorden que rompe la comunión de mesa, la comunión de la vida. No dejes, por favor, de curar y de luchar, ni de jugar y de soñar. Entonces cada día será tu primera comunión.

 

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 28-05-2017)

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