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Un cura obrero en la Comuna de París

Honorio2Otro juego crítico literario de Honorio que sabe sacar jugo de sus lecturas.

Pues no, también en las luchas de la Comuna de París a lo largo del siglo XIX aparecen curas convertidos a la causa del pueblo. El novelista Jules Vallès (1832-1885) retrata a uno de ellos, Vermorel, con trazos enormemente gráficos y expresivos, con un lenguaje popular cien por cien y lírico al doscientos por cien. Y nos brinda intuiciones, críticas, elogios por igual a los que empujados por su fe cristiana se han puesto al lado del pueblo. Su visión del cristiano comprometido con los pobres hasta una actitud de lucha, más allá de la beneficencia caritativa, resulta de una rabiosa actualidad.

Así escribe Vallès de Varmorel:

Son terribles los sectarios. Renegados o gruñones, sacristanes de la Convención o gañanes de la Iglesia.
Vermorel: un cura que se ha pegado unos bigotes postizos; un canto del coro parroquial que ha rasgado su sotana de monaguillo escarlata en un día de cólera; hay un trozo de esta saya en su bandera.

Su gesto guarda el resabio y remembranza de las misas que llegó a celebrar, y sus aires juveniles realzan más esta semejanza. Se ve en efecto, detrás de las procesiones religiosas de provincia, a esos niños grandes crecidos en semilla, con una bella cabeza, redonda y dulce, bajo el solideo de gallo que deshojan los pétalos rosa o agitan el incensario hacia adelante ante el dosel donde el obispo imparte bendiciones.

El cráneo de Vermorel reclama a la pequeña tapadera púrpura, aunque él la haya sustituido ahora por el gorro frigio.

Él casi casi cecea, igual que los benjamines del cura, y sonríe eternamente con la sonrisa típica de los curas, sonrisa blanca en un rostro blanco, color de hostia. Él lleva, especialmente él, la marca y el pliegue del seminario; ¡este ateo y este socialista!

Pero lo cierto es que ha matado, de su educación religiosa, todo lo que podía oler a bajeza e hipocresía, al mismo tiempo que su negra sotana, los vicios soterrados de los devotos, para guardar por el contrario las virtudes feroces: la energía, el sueño inconsciente del martirio. Ha entrado en la revolución por la puerta de las sacristías, como un misionero que va por delante de la canga en China; y a esa revolución aportará de su cosecha un ardor cruel, una obsesión por excomulgar a los incrédulos y azotar a los tibios a reserva de ser él mismo atravesado por las flechas y crucificado con los sucios clavos de la calumnia.

Leyendo día a día su Breviario rojo, comentando letra a letra su nueva Vida de los Santos, preparando la beatificación del Amigo del pueblo y del Incorruptible, cuyos sermones revolucionarios publica y cuyo martirio añora para sus adentros.

Ah! Cómo querría sucumbir bajo el golpe del cuchillo de Carlota, o el disparo de la pistola de Termidor!

Yo odio a Robespierre el deísta, y encuentro que no hace falta copiar a Marat, el galeote de la sospecha, histérico del Terror, el neurótico de una época sangrienta.

Yo junto mis maldiciones a las de Vermorel cuando apuntan a los cómplices de Cavañac en la masacre de junio, cuando amenaza a la barriga de Ledru, la vil cara de Favre, la lente de Garnier-Pagés, la barba del profeta Pelletan… pero más sacrílego que él, escupo sobre el chaleco de Marximiliano y rasgo como la oreja de un caballo de reforma la botonera del uniforme azul barbo donde florece el ramillete tricolor el día de la Fiesta del Ser Supremo.

Decir que por eso quizá, sin decirlo o sin saberlo, defiende el asesinato de Herbert o de Danton… porque los curas renegados no hacen más que cambiar de culto y en el marco mismo de la herejía alojan siempre los mismos tics de la religión. Su fe y su odio no ha hecho más que desplazarse, seguirán desfilando si fuese preciso como los jesuitas, ¡sus primeros maestros!…por caminos de malhechores, hasta el objetivo que han jurado alcanzar.

Habría sido preciso que Vermoel naciese en un 1793. Él era capaz de consagrarse como un Papa Sixto V de un papado social. En el fondo, el sueña una dictadura, este flacucho que ha venido al mundo demasiado cobarde, demasiado pronto, o demasiado tarde.

A veces le arrebat ael rencor. Para los que han creído en el cielo, con frecuencia la tierra resulta demasiado pequeña; y al no poder golpear o ser golpeados sobre las escaleras de algún Vaticano de barriada, a pleno sol, se muerden los puños en la sombra, estos desertores del púlpito; tras haber rumiado la vida eterna, se ponen en trance de agonía del dolor de esta vida estrecha y miserable.

El rencor corroe, con la glotonería de un cáncer, el lugar donde otrora creían tener un alma y hace de subir la náusea hasta sus narices, que palpitaron con los perfumes del incienso. A falta de este perfume de antes, necesitan el de la pólvora; pero, desgraciadamente, el aire viene solo cargado de torpor y cobardía. Se debaten un tiempo todavía; y una buena tarde se administran un veneno como las bestias que no tienen alma.

Es lo que hizo él. Se dio una tregua de seis meses, intentó consumir su fiebre, distribuir su malestar sucesivamente editor, distribuidor, novelista, correo del Barrio Latino, dejando un libro en Bellier, fundando un semanario, y luego escribiendo una novela: Desperanda. Su actividad le llevó a hincar los dientes a todo, y en ella se rompió la dentadura. Finalmente se compró una droga mortífera, intentó morir… pero se agarró a la existencia tras haber entregado un pedazo de su tristeza en el vómito de arsénico.

Dicen que el amor ha tenido su parte en esta historia: ¡El amor, no! Tal vez una mujer…

Este temible ladrón, este trabajador a destajo, se bate noche y día con una criatura que es su compañera de hogar y de lecho. Su cabeza hecha a las heridas grandes aparece a veces arañada y ridícula, que no de lesiones de la barricada o del patíbulo. Una mala Furia lo atenaza bajo sus uñas y lo escolta son sus injurias en plena calle.

Debe pasar en casa escenas horribles: la gobernanta de este cura laico lo asesina con punzadas de alfileres y horquillas. A lo mejor él tiene un cierto gusto por este hechizo, tal vez siente nostalgia del cilicio a medias invisible, o siente la sed del vinagre que le ofrece su ama de casa en la punta de una escoba, a falta de la lanza del Gólgota.

En su vida no ha escuchado el rumor de un manantial o el parloteo de un pájaro; como llevaba el cielo en sus adentros nunca se ha parado a mirar el horizonte para perseguir en él a una nube loca, una estrella de oro, el sol agonizante.

Como no ama a la tierra, le irrita verme a mí clavar los pies en ella como si estuviese transplantando un árbol, cada vez que me encuentro una pradera parecida a un jirón de Farreiroles.

Solo admite el suelo como un campo de ajedrez sobre el cual hay que conducir a unos locos, y caballeros a hostigar, o reyes a dar el jaque mate. No ve las flores más que cuando están en la boca de los fusiles antes del tiro; solo oirá el ruido de las hojas cuando las empuje con el mástil de sus banderas.

Por eso me infravalora. Me tiene por poeta, que moteja de inútil, por el simple hecho de que escribo mis artículos hasta los de combate allá abajo, al fondo de una caleta, bajo los sauces, ante un campo donde solo habrá para hacer relieve en la sombra el esqueleto de una carreta cuya reja arroja a veces bajo la luna destellas del hacha.

Cuánto más sencillos son los que son un anónimo más dentro del pueblo, para lo bueno y para lo malo.

Hay en este texto continuas referencias a la revolución francesa y a sus personajes. En todas ellas subraya Vallés el contraste entre la posición de Vermoel y la suya a todo tipo de masacres y derramamiento de sangre. Y en función de este principio se solidariza con unos personajes de la Revolución o los anatematiza.

Otro detalle que no se percibe apenas es su enemiga con los partidarios de “medias tintasas” y componendas entre el estado burgués-aristocrático y el pueblo,representados especialmente por Gambetta.

Aparece un poco más, en su primera frase, un toque de atención de cara a los cristianos que pretenden conciliar sus posiciones de signo conservador-burgués-aristocrático con su fe.

La novela está traducida al castellano por un grupo anarquista catalán. Para mi gusto es una joya literaria, mucho más realista que las de Zola, que escribe sobre el pueblo, pero desde fuera del pueblo, y con mucha menos carga dramática y trágica.  Si me permites este pavoneo, Jules Vallès comulga con mi Romero y yo, mientras que Zola comulgaría con el Platero y yo de Juan Ramón Jiménez…

El texto de Vallès me ha resultado muy revelador y como un retrato a brochazos fuertes de la sicología de curas “defroqués” que nos enjareta. A mí por lo menos me retrata en parte, aunque quizá se muestra rabiosamente “machista” y con ello confiesa el déficit de respeto a la mujer que se sufría en aquellos tiempos y ambientes.


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