
Mariano sabe que hoy no me iba a gustar del todo su texto. Lo publico porque es su opinión, sincera y argumentada, sobre un tema difícil, propio de ATRIO. Y que se opone al llamado “derecho a morir” a partir de la misma libertad de la persona, no de la soberanía de Dios. Personalmente, me dolió profundamente el sesgo ideológico con que Luis Acebal, ex jesuíta y amigo mío, resumía su vida en el libro “De sacerdote a Ciudadano” y anunciaba en él su petición legal de eutanasia, porque “ya no puedo aportar nada a la sociedad”. ¿Quien soy yo para juzgar a una persona tan valiente como él, decretando que esa decisión fue cobardía ante el sufrimiento y no definitiva entrega de amor a las víctimas? Así acaba la sucinta nota publicada en Vida Nueva:–“La espaciosa casa que ha dejado a Médicos sin Fronteras ha quedado vacía”. AD.
Vivimos tiempos en los que muchas palabras han sido desfondadas de su sentido profundo, secuestradas por una emocionalidad bienintencionada pero superficial. El amor es una de ellas. Se le invoca como principio supremo, pero a menudo disfrazado de sentimentalismo dulzón, despojado de su anclaje escatológico y de su proyección hacia una plenitud que no se agota en lo contingente. Y así, confundido con el deseo de evitar el dolor a toda costa, el amor se convierte en argumento para justificar incluso la aniquilación de la vida.
Pero el amor, el verdadero, no mata. El amor no elimina al otro, ni siquiera cuando ese «otro» es uno mismo en medio del sufrimiento. El amor sostiene, acompaña, resiste. El amor no se explica desde el confort, sino desde la fidelidad. No huye ante el misterio del dolor; lo atraviesa. No se justifica en la lógica de la eficacia, sino en la gratuidad de un “sí” a la vida que, precisamente por ser un “sí” libre, se hace responsable de su existencia. Resaltemos aquí otro gran error de estos tiempos: el de confundir la vida con la existencia, confundir la trascendencia con la contingencia, llevándolas a un plano de igualdad. Confusión de tremendas consecuencias.
Reducido a sentimentalismo, el amor se convierte en una forma de buenismo: esa disposición emocional que, bajo apariencia compasiva, se niega a reconocer la densidad ontológica del ser humano. El buenismo quiere evitar el sufrimiento a toda costa; el amor verdadero, en cambio, lo asume sin rendirse a él. Hay en esta diferencia un abismo existencial: uno – el buenismo- anula la esperanza, el otro la custodia.
Porque la esperanza no es un consuelo para ilusos. Es una fuerza escatológica que impulsa la existencia más allá de sí misma. Quien espera no se encierra en el presente como absoluto ni decide el valor de su vida desde el límite del dolor. Esperar es afirmar que el sentido de la existencia no se agota en las circunstancias, ni siquiera en las más trágicas.
¿Y qué decir de la libertad? Cuando de sobra sabemos que no es la mera capacidad de elegir, sino la apertura a una llamada – una llamada que nos precede, que nos crea, que nos funda – a elegir la vida, incluso cuando la existencia nos duele, es el acto más libre que puede hacer una persona. Lo contrario —ceder a la desesperanza con un acto final de supuesta autodeterminación— no es libertad, sino la negación de la responsabilidad por la que todo ser humano ha sido creado. Libertad sin responsabilidad es una utopía.
Si el mundo material de la contingencia se rige por tres campos de fuerza – las dos nucleares: fuerte y débil más la electromagnética – bajo el dominio de la fuerza de gravedad, pero compitiendo entre ellas; el mundo trascendente espiritual, también se rige por la acción de tres campos de fuerza, pero muy distintas a aquellas, en una relación de integridad: La Libertad, la Responsabilidad y la Esperanza, bajo la fuerza atractiva de la Fidelidad. Todas ellas unificadas en un único campo de fuerzas: el Amor. El Espírito nace unificado, la materia dispersa. El espíritu, no se puede desintegrar, la materia, sí.
El ser humano como realidad material y espiritual, existe en esa tensión de ambos mundos. Su labor es una constante lucha entre su contingencia y su trascendencia: Libertad frente a necesidad, responsabilidad frente a poder y esperanza frente a deseo.
No, el amor no mata. El amor es fidelidad al ser, incluso cuando todo alrededor parece quebrarse. Y por eso mismo, es una forma de resistencia ante la banalización de lo humano. El amor trasciende la contingencia de la existencia, no sucumbe ante ella.
Por eso, hablar de libertad para elegir el sentido final – que no el fin de la propia vida -, como si fuese un acto supremo de autenticidad, es una trampa sutil. No hay libertad cuando se niega la dimensión relacional de nuestra existencia. El “yo” que decide quitarse la vida no está ejerciendo un derecho sin consecuencias: está desentendiéndose de todos los vínculos que lo sostienen y a los que también él da sentido con su presencia. El yo es persona, y la persona no existe sino en comunión. El “yo”, aislado del “tú”, enmudece. No puede pronunciarse a sí mismo. El autocídio, es una entelequia.
El sufrimiento, que ciertamente forma parte de la vida, no es el límite de la dignidad. La dignidad no desaparece con la fragilidad; más bien, se manifiesta en ella de modo aún más puro. Por eso es un error grave pensar que amar a alguien es eliminar su sufrimiento… eliminando su vida. El amor verdadero es presencia fiel. Es cuidar incluso cuando no se puede curar. Es velar junto al que se apaga, que al apagarse me ensombrece. Es seguir diciendo, con los ojos, con el tacto, con el silencio: «tu vida sigue siendo valiosa, aunque no puedas moverte, aunque no hables, aunque sufras…». En ese momento crítico el que sufre no es un yo aislado es un” yo-tu” cosufriente.
Pero, para comprender esto, hay que mirar más allá de lo inmediato. Hay que levantar los ojos del presente cerrado sobre sí mismo y recuperar una visión escatológica de la existencia.
Esta mirada escatológica no se impone, se ofrece. Pero sin ella, todo queda reducido a un cálculo utilitarista de calidad de vida, y el ser humano acaba siendo víctima de su propia medida. Cuando el dolor aparece, la salida no es rendirse, sino confiar, esperar, amar, pero en gerundio. Cuando la vida se vuelve frágil, el camino no es clausurarla, sino entregarla, ofrecerla. Y cuando el horizonte se oscurece, el amor no huye: se queda, espera, acompaña.
Porque ese es el verdadero rostro del amor. No el que se disfraza de ternura para no enfrentarse a lo trágico, sino el que abraza lo trágico sin perder la ternura. No el que acorta el camino para evitar el sufrimiento, sino el que recorre el camino entero, sabiendo que incluso el dolor tiene un sentido y un lugar en la historia de la salvación humana.
El amor no mata. El amor, cuando es verdadero, no anticipa la muerte ni la provoca; la acompaña, sí, cuando llega, pero nunca la llama antes de tiempo ni se resiste a ella. No elimina el sufrimiento por eliminación del que sufre. El amor no huye: permanece. No calla: responde. No se rinde: espera. Y no se deja atrapar por la lógica del dolor, que susurra que es mejor acabar con la vida que con la herida.
Hoy más que nunca, urge distinguir el amor del buenismo, que reduce la compasión a sentimentalismo impotente. El buenismo se conmueve, pero no transforma; se aflige, pero no actúa. En cambio, el amor verdadero agudiza el ingenio, moviliza la inteligencia, hace parir soluciones donde parecía que no había salida. El amor no es un sentimiento que consuela, es una potencia que crea. No se resigna al mal, lo combate hasta el extremo, y por todos los medios posibles. El buenismo abdica ante el mal. Se deja abducir por él en un acto de aniquilación radical.
La técnica de cortar por lo sano, matando piadosamente al sujeto que sufre, es la forma más burguesa y vil de la razón que se cierra al esfuerzo de seguir investigando en cómo paliar dicho sufrimiento.
Otro de los errores más sutiles —y más graves— de nuestro tiempo es creer que lo trascendente puede ser resuelto en términos legales. Que lo que toca el núcleo más profundo de la persona —su vida, su muerte, su dolor, su sentido— puede ser codificado como si se tratara de una transacción, de una cuestión meramente procedimental. Pero la ley, por justa que sea, no puede dictaminar lo que escapa a su alcance. No todo lo legal es legítimo. No todo lo que no se penaliza es moralmente aceptable. Y, sobre todo, no todo lo que se puede hacer, se debe hacer.
El drama existencial del que decide anticipar su muerte no puede reducirse a una decisión “clara”, “madura” o “digna” como si se tratara de una opción técnica entre otras. Presentar esa elección como un gesto de coherencia o de autonomía suprema no es un avance de civilización – no es ser progresista, como se suele decir con demasiada frecuencia actualmente -, sino una confusión profunda sobre qué significa ser persona. Porque cuando el sufrimiento o la decadencia física hacen tambalear la vida, lo que se pone en juego no es solo el cuerpo que sufre, sino la esperanza que lo sostiene en dignidad. Y ninguna ley puede suplir esa esperanza. La norma puede regular conductas, pero no puede discernir el sentido de vivir.
Legalizar la muerte asistida —y, con ello, “normalizar” su práctica como algo racional, compasivo o incluso virtuoso— supone dar por resuelto lo irresoluble: la pregunta por el sentido del sufrimiento, por la dignidad en la fragilidad, por el valor de una vida cuando ya no “produce” ni “enseña” ni “siente” como antes. Y ese es el terreno sagrado de lo humano. Tratarlo como si fuera una simple elección médica, una disposición libre y autónoma, es aplicar la lógica de los objetos al misterio de los sujetos. Volvemos a confundir trascendencia con contingencia, degradando aquella a nivel de esta.
Porque la dignidad no es una cualidad que se posee o se pierde en función del estado físico, mental o sentimental. “La dignidad de la persona es constitutiva de su ser, antes de ser”. No es el resultado de una vida lograda, sino el punto de partida de toda vida humana. Incluso en la dependencia más absoluta, en la confusión mental más avanzada, en el deterioro más extremo, en la desesperación más desesperada, permanece intacta la dignidad de quien vive. Y, precisamente, porque vive, sigue interpelándonos, sigue hablándonos desde su silencio o desde su dolor. Nos recuerda que la vida humana no es un proyecto personal que se puede clausurar como quien cierra un libro terminado, sino una historia compartida, una interpelación constante al otro y una responsabilidad con Quien le otorgó la vida.
La decisión de morir nunca es solo personal; siempre afecta a una comunidad de sentido, a un entramado de vínculos, a una historia más grande que uno mismo. Por eso, cuando la ley introduce categorías como el “derecho a morir” o exime de responsabilidad a quienes ayudan a consumar esa decisión, o incluso cuando los penaliza, no está simplemente ampliando o recortando libertades: está transformando la antropología misma sobre la que se asienta nuestra convivencia. Está objetivando lo inobjetivable: la relación que cada ser humano tiene con su propio fin, que nunca es solo un final, sino una llamada a comprender lo que significa su paso por la contingente existencia de su vida. Este, es otro acto que reafirma la confusión de tratar su ser trascendente como mera contingencia.
Y cuando lo trascendente se cosifica, cuando se trata con el instrumental de lo administrativo, cuando se legaliza con el lenguaje de lo funcional, la humanidad que custodiamos en cada uno empieza a desdibujarse. Normalizar esos actos no es civilizarlos: es banalizarlos. Y en esa banalización se esconde el verdadero rostro de la desesperanza.
Paul Ricoeur decía que la verdadera ética del sufrimiento no consiste en buscarle una justificación, sino en responsabilizarnos unos de otros ante él. Quizás ahí reside la clave: más allá del derecho a morir, está el deber de acompañar, de cuidar, de no dejar solo a nadie. Y tal vez, cuando el amor y la fe se hacen carne hasta el último instante, morir no es un acto de voluntad sobre la vida, sino un acto de entrega de la vida a quien nos la dio, con los ojos abiertos, sí, pero no por “autocídio”, sino dejándonos en sus manos, confiando en él, que nos creó.
En este terreno tan delicado, conviene evitar los extremos; ni convertir el sufrimiento en un altar, ni hacer del deseo personal un dios absoluto. La dignidad de la muerte no reside en el control, sino en el sentido. Y este sentido no siempre es visible desde fuera.
Decidir morir no es fácil, ni debe serlo. Requiere una madurez espiritual que no todos alcanzan. Pero también exige una sociedad compasiva, capaz de escuchar el sufrimiento sin dogmas. Capaz de acompañar sin condenar.
La muerte no puede ser banalizada, pero tampoco eternamente postergada por miedo o por leyes que ignoran el rostro del otro. Y mucho menos puede seguir siendo prisionera de teologías que han olvidado que el Dios cristiano murió suplicando consuelo. (Mt 26,38) y (Mt 27,46)
Queda, finalmente, el silencio: ese lugar donde todas las razones se detienen y empieza la verdad desnuda. Allí donde ya no hay argumentos, sino presencia. Morir es entrar en ese umbral. Un umbral que no se transita solo. Un umbral que no se puede normativizar.
Quizá la pregunta no sea tanto si se puede “morir bien”, sino si podemos amar hasta el final. Porque una muerte acompañada, escuchada, sostenida en el amor, es siempre una forma de vida cumplida y una forma muy digna de morir, porque nadie debería tener que suplicar poder morir dignamente.
Ni el Estado, ni la Iglesia, ni la ciencia, ni la familia pueden decidir por completo. Pero todos debemos participar. Porque el acto de morir no es la negación de la vida, sino su consumación más profunda y más digna, cuando se hace en libertad, en verdad y, sobre todo, en comunión.
Si queremos encontrar un modelo claro de cómo el ser humano puede dar sentido a la muerte, no lo hallaremos en la evasión del dolor, sino en quien lo asumió hasta el fondo: Cristo. No como ideal abstracto ni como dogma impuesto, sino como figura viva, histórica, concreta, que muestra cómo se puede abrazar la muerte sin resignación ni desesperación, sino como acto último de entrega en libertad amorosa, y en respuesta al don de la vida recibido y ofrecido amorosamente.
Cristo no buscó la muerte. No la provocó. Pero tampoco huyó de ella cuando el amor —por fidelidad a la verdad, por compasión hacia los suyos, por obediencia al Padre— lo llevó hasta la cruz. Su muerte no fue una derrota del cuerpo, sino una consagración de su vida. La muerte, en él, no es el fin de todo, sino el acto definitivo con el que sella su existencia, el gesto supremo con el que entrega lo que se le había dado. No se “quitó la vida”; la entregó.
Este matiz es esencial: no somos dueños de la vida, pero sí somos libres para decidir cómo responder a ella. En esa libertad se juega el drama y la grandeza de ser persona. Aquí, las leyes que intenten institucionalizar y determinar las conductas, tanto en un sentido dador de derechos como de penalización, están de más. La ley, al privarnos de libertad nos deshumaniza y nos “des-dignifica”.
Precisamente con Cristo: «Ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.»
(Romanos 6,14)
En este horizonte, la vida no es un accidente ni una cadena de azares. El azar no crea, no tiene dirección ni finalidad. La creación sí. Toda vida creada tiene un fin en el sentido más alto: un propósito, una dirección, un destino. Por eso, cada acto libre es un acto existencial, una afirmación o negación de esa dirección. Y la muerte, expresión radical de todo mal, —lejos de ser un absurdo o una interrupción sin sentido— puede ser el acto culminante de esa respuesta. Por eso decimos que la libertad es creadora: puede hacer de la muerte un acto de entrega, o un gesto de ruptura, que trascienda la contingencia.
En Cristo, la muerte es asumida no como huida del sufrimiento, sino como cumplimiento del amor. Esa es la medida más alta de la libertad humana: la capacidad de convertir el dolor en don, el límite en semilla, el final en plenitud. Y es ahí donde se juega también nuestra propia forma de morir: no en decidir cuándo, sino en cómo. Cómo entregamos lo que hemos vivido. Cómo asumimos, en el último aliento, nuestra vocación de amar y ser amados. En esta forma se manifiesta la verdadera dignidad de la muerte.
Usted, querido lector y no la ley, es quien en última instancia decide y se responsabiliza libremente de la dignidad de su morir.
El amor no mata.
