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La Buena Noticia (2/21)

VOLVER AL EVANGELIO (I)

 1. Nostalgia

        La expresión “volver al Evangelio” suele emplearse como una necesidad. En su uso se advierte de ordinario un sentimiento de extravío mezclado de cierta contrariedad. La fórmula “volver al Evangelio” se aplica casi siempre en referencia a la institución religiosa a la que se está adherido o, al menos, con la que se mantiene alguna afinidad. Y acostumbran a utilizarla personas que han constatado en dicha institución significativos y evidentes indicios de que se halla de mucho tiempo atrás atascada en un callejón sin salida. Es frecuente exteriorizar esta expresión: “volver al Evangelio” en forma de llamada que pone sobre aviso de tan descaminada tesitura y demanda retomar la senda acertada que nunca debió abandonarse.  
 

2. del camino abandonado

        La acción verbal ‘volver a’ entraña un doble movimiento, el de dejar atrás una ubicación equivocada y el de localizar y emprender el camino que nunca debió abandonarse. El primero es una marcha atrás. El segundo significa progreso y actualización. Ambos movimientos coinciden con los que tuvieron que realizar los discípulos tras la ejecución del Galileo: Dejar atrás su fiebre nacionalista, sus afanes individualistas y sus ambiciones de poder, y retornar a la ruta de la fraternidad marcada sin vacilaciones por Jesús. El vocablo `Evangelio’ o ‘Buena Noticia’ señala con optimismo el destino al cual dirigirse. En especial, indica la posibilidad real de alcanzar DE INMEDIATO el gran anhelo humano jamás logrado y tenido como imposible.  

 

3. Cautelas para retomarlo: preguntas,

        Pero resulta necesario evitar errar de nuevo. Conviene, pues, tener claras las señas de esa dirección conocida con tal denominación: Evangelio. Encontrarlas exige huir de ocurrencias, fanatismos, planteamientos doctrinarios inamovibles, ideas extendidas carentes de rigor… y plantearse con disciplina, datos y base científica algunas cuestiones: ¿Qué es el Evangelio? ¿Cuál es su novedad? ¿Cómo se inició? ¿Cuáles fueron sus primeros pasos? ¿Cuál es su Mensaje esencial? ¿Cómo cerciorarse de la autenticidad de ese Mensaje? ¿Cómo reconocerlo en la práctica? ¿En qué forma se pueden detectar las interpretaciones falsificadas? ¿Adónde nos conduce el Evangelio? ¿Cuál es su itinerario? ¿Se recorre en forma individual o colectiva? ¿Cuáles son sus características más sobresalientes?…

 

4. Reflexión y análisis

        Estos interrogantes reclaman de entrada poner en cuarentena expresiones y fórmulas moldeadas por idearios religiosos y tenidas como verdades absolutas. El carácter dinámico del Evangelio recusa ser enclaustrado en conceptos y creencias. Sin un desarrollo práctico en la realidad de cada tiempo, el Evangelio carece de entidad y de futuro. Sin actividad, su energía queda anulada. Se impone, pues, una coherente reflexión y análisis desde los originales de los documentos base que informan sobre la Buena Noticia (“Evangelio”) y su avance: el llevado a cabo por el Galileo hasta su culminación.  

 

5. Modestos, pero firmes inicios en comunidades distantes

        Hacia la mitad del siglo I un número importante de comunidades de adheridos al Proyecto de Jesús se extendían ya por la zona oriental de la cuenca mediterránea. Hay constancia incluso de su presencia en el mismo corazón del imperio dominante de entonces: Roma. El Mensaje del Galileo, el Evangelio, calaba. El sorprendente e innovador Proyecto de aquel hombre echaba raíces, avanzaba y daba sus frutos. Esa acogida, aunque modesta, era demostración de su extraordinario valor. Evidenciaba sobre todo la concienzuda tarea realizada por las mujeres y hombres que habían acompañado al leal amigo de Nazaret desde Galilea hasta la capital, Jerusalén, donde fue ejecutado como un malhechor.

        Los primeros y audaces transmisores del Mensaje, personas sin capacidad oratoria reconocida y en su mayoría gente de escasa cultura, demostraron ser eficaces a pesar de sus grandes carencias. Ellos se sirvieron en aquellos momentos iniciales de palabras, dichos, argumentos, sentencias, ejemplos, razonamientos…, próximos a las explicaciones que habían recibido del mismo Jesús el Galileo.  

 

6. La “Buena Noticia”: el nombre que le puso Marcos

        Pero en poco tiempo, una genialidad de un joven de nombre Juan Marcos (https://wtrio.org/2013/12/%c2%bfquien-era-marcos/) puso en manos de los mensajeros y de las comunidades generadas por ellos un instrumento de valor incalculable. Se trataba de un documento engendrado en el seno de una comunidad cercana a Pedro, conocida por el nombre de una mujer: María. Pedro, una vez liberado de sus ataduras al ideario religioso judío, actuó con inteligencia, eludiendo retornar a la comunidad oficial de Jerusalén caracterizada por su tendencia judaizante. Pedro había dejado atrás por fin sus ambiciones de poder y la ideología nacionalista. Era ya otro. Él sería la fuente principal que utilizó Marcos para escribir su obra:

“Una vez que cayó en la cuenta fue (Pedro) a la casa de María, la madre de Juan, el llamado Marcos” (Hech 12, 12).

        Marcos identificó su libro con el título: “La Buena Noticia” (τὸ εὐ-αγγέλιον, un antiguo vocablo griego con esa significación: ‘buena noticia’ y transliterado a nuestra lengua como: Evangelio):

“Orígenes de la BUENA NOTICIA de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1).

 

7. ¿Un Mesías conforme a la tradición? ¡Olvídense!

        Este encabezamiento señala a Jesús de Nazaret, protagonista de la obra, como el portador de la Buena Noticia. Él mismo fue considerado la Buena Noticia al ser quien habría de ponerla en marcha: el que los escritos del AT llamaron ‘el Mesías’. Según las antiguas promesas, este personaje, el Mesías, pertenecería a la rama genealógica de David, actuaría como acostumbraba ese rey criminal y, de acuerdo a la tradición, nacería en el mismo pueblo donde él nació: en Belén de Judá. Pero Marcos no relacionó a Jesús con David. Incluso, siguiendo al evangelista, Jesús hizo trizas la idea tradicional de que el Mesías habría de ser sucesor de David:

“Mientras enseñaba en el templo, abordó Jesús la cuestión preguntando
–¿Cómo dicen los letrados que el Mesías es sucesor de David? …
    … David mismo lo llama Señor; entonces, ¿de dónde sale que es sucesor suyo?” (Mc 12,35.37).

        Marcos no hizo pensar que Jesús se parecería a David ni necesitó hacer cabriolas literarias trasladando a Belén el nacimiento del de Galilea. El título del libro de Marcos adelanta que el Galileo actuaba con el aval del único que merece ser aceptado como rey (“Dios”), aquel a quien sí se parecía (“hijo de”).  

 

8. “La”: el artículo que hace “barajar y dar de nuevo”

        El término “Buena Noticia” aparece articulado (“la Buena Noticia”) indicando que no se trata de uno más de los muchos sucesos favorables, sino del acontecimiento más deseado, el insuperable, el mejor que podía comunicarse a quienes estaban padeciendo desde siempre una situación desesperada tenida ya por irremediable. La Buena Noticia expresa, pues, que se ha producido el cambio más relevante. A partir de ahí, las cosas ya no son ni serán igual. Lo que se tenía como inamovible ha dejado de serlo. La Buena Noticia advierte de una nueva actualidad con vigencia y porvenir. Es motivo de alegría permanente; el disfrute más grande que se puede alcanzar. Esa dicha inigualable es una de las características más destacadas del Evangelio. Su mismo nombre lo indica: ‘Buena Noticia’. El Evangelio descarta tristeza, resignación, mortificaciones, penitencias, quebrantos y, sobre todo, miedos. Por el contrario, reclama fiesta permanente e inacabable. Cargado de realidad, el Evangelio ha abierto una brecha definitiva en los dominios del orden injusto y permite deleitarse sabiendo de la posibilidad de tener a la mano una vida cargada de felicidad aquí y ahora. La Buena Noticia no es una inocentada para ingenuos; no defrauda obviando soluciones para los insignificantes y los hambrientos, atiborrándoles de esperanzas con el anuncio de una época dorada para un futuro distante e impreciso. Aquellas comunidades reconocieron el Evangelio por experiencia y gozaron de su realidad social sabiendo que no habría otra novedad mejor. Con ese término articulado (τὸ εὐ-αγγέλιον: “la Buena Noticia”) inició el Galileo su proclama:

“Cuando entregaron a Juan llegó Jesús a Galilea y se puso a proclamar LA BUENA NOTICIA (Evangelio) de parte de Dios” (Mc 1,14).  

 

9. “Evangelio”: un nuevo género literario

        El escrito de Marcos no se asemeja a ninguna otra obra de la antigüedad. La originalidad del primer evangelio quedó señalada por su insólito patrón, un estilo único y una novedosa estructura. El tempranero texto de Marcos supuso la inauguración de un flamante género literario que podría ser denominado con el vocablo transliterado del griego εὐαγγέλιον: ‘evangelio’.  

 

10. de estilo pedagógico

        El contenido del evangelio de Marcos destaca por su carácter pedagógico. El autor huye en su procedimiento de toda idealización del principal protagonista de su obra. Lo presenta como un humano en busca de sentido; un hombre de pueblo reconocido por su firmeza, lealtad y compromiso. En las páginas del evangelio de Marcos despunta el simbolismo de personajes y acciones figuradas, utilizados por él como vehículos transmisores de su enseñanza. Relato a relato y sección a sección, va aleccionando respecto a la praxis desarrollada por Jesús y continuada por la comunidad de donde arrancó la iniciativa de este excepcional evangelista.  

 

11. rumiado con Pedro en la casa de la madre de Marcos

        Pedro aportó datos fidedignos del Proyecto de aquel aldeano de Nazaret y de la trayectoria seguida por él con el colectivo de discípulos que le acompañó desde Galilea hasta Jerusalén. Pedro no omitió detalles de su propia obcecación ni de su persistente deslealtad ni de los oscuros y ocultos intereses que le movieron a unirse a Jesús. Marcos elaboró con dichos apuntes un relato didáctico de máximo provecho para la continuidad del Proyecto a través de las numerosas comunidades acogedoras de su obra.

 

12 Adopción del nuevo estilo: Mateo y Lucas

        El evangelio de Marcos tuvo tal reconocimiento que no necesitó para gozar de autoridad ser atribuido a alguno de los Doce, como más tarde se tuvo por costumbre con otros textos. Su valor podía descubrirse desde sus primeras líneas y asombraba en todos los relatos hasta su abrupto e incitante final. Desde muy temprano se admitió a Marcos como autor de la obra. Unos cuarenta años más tarde, otros escritos conocidos por los nombres de Mateo y Lucas, imitando la manera original de hacer de Marcos, se sirvieron de él encajándolo junto a otras fuentes como eje central de sus ejemplares. Estos dos evangelistas, eso sí, hicieron retoques en su texto base, bien para adaptarlo a sus objetivos didácticos o bien para mejorar la imagen del Galileo. Más de la mitad de Mateo y Lucas son Marcos.

        El evangelio de Marcos fue hasta esas fechas fundamental para el desarrollo de las primeras comunidades. A partir de entonces, los textos de Mateo, Lucas y, más tarde, el de Juan, compartieron con él esa elemental tarea. El Proyecto del Galileo había quedado plasmado con energía desde esas cuatro coordenadas. Tal plataforma se constituyó en la única vía para poder conocerlo a fondo e involucrarse como adherido a dicho Proyecto: una nueva y humilde sociedad constituida por un número indeterminado de pequeñas comunidades.

 

13. La figura irreemplazable y olvidada: El/la Lector/a

        De la mano de cada uno de los evangelistas salía, tras un trabajo denodado, un solo ejemplar. Una figura irreemplazable y olvidada, tenía como función principal la lectura y explicación detallada del texto a unas asambleas –cada una de ellas llamada con el nombre común: iglesia; ἐκκλεσία (“asamblea”)– integradas en su mayoría por personas analfabetas. Ese personaje era conocido como el/la Lector/a (ὁ ἁναγινώσκων; ‘el que lee’). Se trataba de alguien de probada lealtad y especialmente preparado/a, cuya excelente tarea hacía posible que el Mensaje llegara diáfano al conjunto de quienes escuchaban su exposición (https://www.atrio.org/2011/11/excelentisimo-teofilo/).

        El perfecto conocimiento del Mensaje por parte de el/la Lector/a garantizaba su llegada sin adulteraciones hasta oídos de cada asamblea (ἐκκλεσία: “iglesia”). Marcos salió inusitadamente desde su papel de narrador a la escena del relato llamando la atención de el/la Lector/a con el fin de que este/a pusiera los cinco sentidos en entender la importante advertencia en clave atribuida a Jesús:

“Cuando veáis que el execrable devastador ha puesto el pie donde no tiene que hacerlo –TÉNGALO PRESENTE EL LECTOR– entonces, los que estén en Judea huyan a los montes, el que esté en la azotea no baje ni entre para coger algo de su casa, y el que esté en el campo, no vuelva atrás para coger su manto” (Mc 13, 14-16).

        El entendimiento del Mensaje (Evangelio) resultaba necesario tanto para el/la Lector/a como para cada asamblea (iglesia). De ese modo se evitaba confundir la trayectoria vital e irse por otros derroteros a la hora de desarrollar el Programa trazado por el Galileo. El libro del Apocalipsis asegura que la alegría asegurada por él se obtiene con la lealtad a esa ruta. Coincide en esa idea con la expuesta en el llamado Sermón de la montaña del evangelio de Mateo:

“Dichoso el que lee y los que escuchan esta profecía y hacen caso de lo que está escrito en ella, porque el momento está cerca” (Ap 1,3).

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