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Corpus: el día del amor fraterno

Este año celebraré la festividad del Corpus Christi con dos nuevos ingredientes: compasión y comunidad

          Semanas atrás compartía con la comunidad de ATRIO, la experiencia de sentirme compungida ante situaciones insolubles, que padecen muchas personas migrantes y no migrantes, a las que iba conociendo a través de la acogida en las Cáritas Parroquiales.

          Al mismo tiempo, veía que el proceso de acogida: escucha, acompañamiento y ayuda estaba, a cada poco, invertido en su orden y se pasaba a ayudar, acompañar y por último a escuchar.

          Parecía que no había forma de establecer un orden, para que las personas que acudían a la sede parroquial pudieran ser atendidas con la pausa necesaria. No había tiempo suficiente. Demasiadas personas voluntarias atendiendo a quienes venían a solicitar una ayuda, al tiempo que se escuchaban las quejas del propio voluntariado al no poder ofrecer una ayuda práctica, útil y resolutiva.

          La pregunta que nos podríamos hacer era si se trataba de falta de tiempo, si era el modelo de entrevista para la recogida de datos básicos, para saber a quién teníamos delante y qué necesitaba resultaba fallido, o si cada uno de los miembros de nuestro equipo de voluntarios tenía integrado un modelo distinto de la acogida. Lo que estaba claro era que, con frecuencia, atendíamos los problemas de las personas, en lugar de atender a las personas con problemas. Los problemas eran a veces, tan apremiantes, que podíamos escuchar que algún voluntario comentase: entonces, si no podemos darles nada ¿qué hacemos? Y así es como el propio equipo teje su desazón, cuando surge el conflicto no explícito, entre quienes desean seguir dando los dos kilos de arroz y quienes no ven en ello ninguna solución, y sí una especie de brecha, entre el que da y el que recibe algo material, de escaso valor.

          Por fortuna los encuentros, que la vida misma provoca, nos pueden abrir puertas. Puertas de paso y puertas al entendimiento. Y así me ha ocurrido esta semana, cuando cerca de mil personas se congregaban en Valencia, para la celebración del V Encuentro de Cáritas. Este 2 de junio, se organizaba una jornada en la que se ha compartido mucho y de la que seguro que dan cuenta otras publicaciones.

          Pero lo que quiero compartir es una reflexión personal, a partir de lo que allí pude escuchar. Pero sin dejar de anotar que aún, manteniendo la consideración de que una parte de la tarea que lleva a cabo las Cáritas -Diocesana o Parroquiales- debiera ser atendida por las administraciones locales, autonómicas o estatales, porque son derechos básicos de la persona –hablamos de vivienda, apoyo educativo, salud  o subsistencia básica-, constatamos que cómo esta no es la realidad, y al final, el voluntariado tiene que acabar respondiéndose a sí mismo: si la Administración no sale al rescate de las personas, alguien tendrá que ocuparse.

          Y en este ocuparse aparecen nuestras propias trampas ¿Por qué decidimos ocuparnos de los más vulnerables? Hasta ahora la respuesta era clara era: por Caridad. Pero esta caridad, a veces, no la entendemos como amor fraterno, sino como la necesidad de resolver un problema material. Y así, con apariencia solidaria, podemos colaborar en tejer relaciones asimétricas, en las que a veces, en el propio entorno del voluntariado hemos escuchado expresiones como: este es mío, conozco el caso.

          A este encuentro, invitaron a varias personas expertas para compartir algunas de sus reflexiones sobre lo que es y lo que debe ser la acción de Cáritas. Cito solo los dos conceptos que he tomado como referencia cruzada reflexiva. Por un lado, la compasión -comentada por Adela Cortina- y por otro, el sentido de comunidad -comentado por Juan José López-. Hubo muchos más y todos ellos de interés.

          Es seguro, que a cada persona le resonó aquello que más próximo le resultaba a su situación personal y la percepción que sobre ella tuviera.  Pero mientras escuchaba a estas dos personas, parecía que todo iba a ser más fácil a partir de ahora, porque tendría una respuesta.

          Y señalo dónde encontré la clave para entender. Porque el lenguaje, ese maravilloso artefacto que nos permite nombrar, reflexionar, decir y decirnos todo aquello que nos va saliendo al paso de la vida puede ser, a veces, una fuente de limitación o de confusión. Y confusa he estado en los últimos meses, en relación a la palabra compasión y algo también con la comunidad.

          Adela Cortina nos vino a traer varios puntos reflexivos, de los que yo me he servido para indagar sobre mi misma. Pero tomo uno solo. Tras leer lo que señala la RAE sobre el término compasión, inició una revisión de su sentido, a partir de un texto de Stefan Zweig. Existen –nos leía y comentaba de un texto- dos clases de compasión: una cobarde y sentimental que, en verdad no es más que la impaciencia del corazón por librarse, lo antes posible, de la impresión molesta que causa la desgracia ajena; aquella compasión que no es compasión verdadera, sino una forma instintiva de ahuyentar la pena extraña del alma propia, porque es una compasión desagradable que nos lleva a movernos hacia lo inmediato: dar una limosna, hacerle “un apaño”, apartar de nuestra vista a esa persona. Esta es una piedad peligrosa, que no es verdadera compasión, sino el intento impaciente de librarse de esa molestia. La otra es la compasión no sentimental, pero productiva, la que sabe lo que quiere y está dispuesta a compartir el sufrimiento hasta el límite de sus fuerzas y aún más allá y la que no teme describir la crudeza de unos hechos cuando es necesario. Una compasión genuina decidida a resistir, a ser paciente, a sufrir y hacer sufrir si resulta necesario para ayudar realmente a alguien.

          Luego vendría, entre otras intervenciones, la de Juan José López que nos presentó a esa persona que acude a pedir “ayuda” y a la que tratamos acoger, a veces incluso expresando que la atendemos como si fuera de nuestra familia. Pero lanzaba la pregunta: ¿y esa persona se siente comunidad? Porque si es así, sentirá que también ella puede dar y dar–se. Y, la clave era sencilla: ¿quiero trabajar por crear comunidad? ¿Son estas personas mis vecinas, mi comunidad? Porque podrá faltar el pan, la salud, el trabajo y más, pero si “soy parte de la comunidad –decía López- no necesito integración”.

          Así pues, las preguntas que necesito responderme, no son tanto si dispongo de un presupuesto, para redirigir a las personas a un supermercado con vales de compra, a una tienda de ropa recuperada o a un centro de recogida de alimentos, sino si mi compasión es sentimental o genuina y, si mi deseo de ayudar pasa por querer construir comunidad de la que yo sí sé que formo parte, pero en la que, con toda seguridad, se mueven personan que la transitan desde la invisibilidad. No tener un NIE obliga a la persona a rehuir de los uniformes policiales, pero eso no significa que no sean nuestros vecinos, incluso por años.

          En unos días celebraremos la festividad del Corpus Christi, la fiesta del amor fraterno y nada tendrá sentido si tras la celebración eucarística y la emoción de los bellos cantos, los abrazos fraternos y saludos de la paz y acudir a esa espectacular procesión con todos esos personajes bíblicos, no soy capaz de ver, al salir a la calle, que todos aquellos con los que me cruce, algunos conocidos de nuestra sede de Cáritas, son mis vecinos, mi comunidad.

         

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