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Comunicado de sacerdotes casados a Iglesia de Latinoamérica

Es de sobra conocido que muchos de los que intervenimos en ATRIO somos sacerdotes que nos vimos privados de todo oficio en la Iglesia (aún de abiertos a laicos, como le enseñanza de la religión) por haber decidido casarnos y formar una familia. Algunos pertenecen a asociaciones de curas casado, MOCEOP en España, otros no, manteniendo diversos grados de relación con instituciones de Iglesia. Sebastián Cózar, español arraigado en Chile, nos envía esta colaboración al proceso latinoamericano de renovación sinodal. Publicamos la carta dirigida a la última Asamblea y, para mayor información, remitimos a un POWERPOINT, enviado por la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados. AD.

Carta de la Federación de Sacerdotes Casados de América Latina a la Iglesia

  1. Con la certidumbre de que el sacerdote tiene que aspirar a ser el más humilde de todos, deseamos proponer con ánimo de cooperación un cambio fundamental en la vivencia del ministerio sacerdotal, referido a la obligación del celibato. En este tiempo de la Iglesia en que, guiados por el Papa Francisco, estamos invitados a ‘caminar juntos’ y podemos expresarnos todos y ser escuchados. Urgidos por la necesidad de decir algo que creemos que es verdadero y respondiendo a la necesidad de usar palabras precisas para expresarlo desde el mandato del amor, ofrecemos desde nuestra experiencia este mensaje, que vemos necesario que se concrete en la legislación y en la práctica en el momento presente.
  2. Estamos convencidos de la justa necesidad de hacer en la Iglesia católica una histórica reparación. También estimamos imprescindible que se actúe ya con clara decisión, sin dilaciones. Nuestra postura es institucional y moral, sobre una cuestión disciplinaria.

Para ello partimos de que amamos a nuestra Iglesia, esposa e instrumento de Jesús, de la que formamos parte, frente a la cual nos sentimos y somos corresponsables, y de que valoramos absolutamente la existencia de los pastores consagrados para el gran misterio de la eucaristía.

Creemos que es necesario como Iglesia discernir y aceptar que muchos de los presbíteros tienen también, como llamado de Dios, la vocación al amor conyugal, tal como lo describe el Génesis 2,24: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne”.

Muchos presbíteros reconocen en sí mismos ambas vocaciones, como se vivió antiguamente y se evidencia en el texto del apóstol Pablo en 1 Tim 3,2.5, donde afirma “que el obispo sea casado una sola vez… pues si no es capaz de regir su casa ¿cómo cuidará la Iglesia?”; y algo análogo en la carta a Tito 1,5-8, indicando que el presbítero debe ser irreprochable; “Todos ellos deben ser intachables, no haberse casado sino una sola vez y tener hijos creyentes, a los que no se pueda acusar de mala conducta o rebeldía. Porque el que preside la comunidad, en su calidad de administrador de Dios, tiene que ser irreprochable. No debe ser arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni ávido de ganancias deshonestas”.

Por tanto, entendemos que conviene que hoy la Iglesia, como madre, en camino sinodal, revise la disciplina eclesiástica del celibato, para proponer el camino del celibato opcional a tantos presbíteros que sienten en sí mismos el llamado divino a vivir la doble sacramentalidad: la del sacerdocio y la del matrimonio.

  1. Conviene repetir que somos y nos sentimos hijos de la Iglesia, decididos de modo irrevocable a formar parte de su vida y su misión salvadora. Agraciados por la vida nueva del bautismo, y con gran generosidad, decidimos hace años entregar la vida entera para consagrarnos a la oración y a vivir el evangelio. Enamorados de Dios, de nuestros hermanos y del mundo, nos acercamos a cumplir la vocación profética y evangelizadora en el ministerio de la palabra y de la eucaristía, al que nos creímos y aún nos sentimos llamados, y que la Iglesia nos confirmó en el día de nuestra ordenación.

En esa entrega generosa y cándida, aceptamos con decisión juvenil lo que se nos presentó como una condición necesaria e inherente a la vocación recibida: la renuncia al matrimonio. Si nos costaba, lo hicimos igual por la belleza de la misión y confiados en lo que la Iglesia nos decía, y por ello asumimos que cuando Dios da el don de la vocación ministerial, se cumple lo de Isaías (62,5): que el alma se casa con Dios. En ese momento no fuimos totalmente capaces de discernir que la Biblia no propone uno, sino dos modos de vivir la vocación sacerdotal, como dice san Pablo: “unos de una manera y otros de otra” (1 Cor 7,7).

Además, las personas en las que confiábamos nos aseguraron que era así. Después, poco a poco, con muchas tribulaciones y dolor, y en varios casos después de tantos años, caímos en la cuenta de que lo que nos habían propuesto no es verdadero en todos los casos, pues como es muy claro en el nuestro, cuando recibimos el don de la vocación ministerial no necesariamente recibimos el don de la virginidad consagrada o vida celibataria. Tener y cumplir la vocación ministerial no exige en todos los casos renunciar a la vocación conyugal, como dice también Pablo: “¿Acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer creyente, como lo hacen los demás apóstoles, los hermanos del Señor y el mismo Cefas?” (1 Cor 9,4-5), el cual fue llamado por Jesús a vivir el ministerio apostólico siendo hombre casado (Mc 1,30). A esta misma conclusión se llega también por la obviedad de que un don, por su propia esencia, no puede convertirse en obligatorio.

Lamentamos las veces en que se forzó nuestra voluntad. También la incomprensión que nosotros, nuestras esposas e incluso nuestros hijos, tuvimos que sobrellevar, pero lo hicimos sabiendo que hay que pasar por muchas tribulaciones para alcanzar el Reino de los cielos. Respecto de ello nos ilumina y sostiene la palabra de Jesús cuando en la última bienaventuranza dice que nos alegremos y regocijemos cuando nos maltraten.

  1. Pensamos que sostener un único modo de realización de la vocación de pastores, con la obligación de celibato en todos los casos en la Iglesia católica latina, constituye hoy una equivocación, comprensible en circunstancias lejanas, que ahora causa consecuencias perjudiciales para muchas personas, y no refleja lo consignado en la Escritura.

Jesucristo no formuló dicha obligatoriedad, al proponer que “hay quienes decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!” que se puede interpretar como “el que sea capaz de vivirlo que lo viva”, y que antes dijo: “este lenguaje no es para todos, sino para aquellos que tienen el don” (Mt 19,11-12). Tampoco lo propone de ese modo la tradición apostólica de san Pablo (1 Cor cap. 7) quien asevera que “acerca de la virginidad, no (tiene) ningún precepto del Señor” (v. 25). Sin duda afirma que la entrega virginal por amor al Reino de los cielos “es lo mejor, lo más digno y lleva al trato asiduo con el Señor” (v. 35), pero sin embargo distingue: por una parte “mi deseo es que todo el mundo sea como yo, pero cada uno recibe del Señor su don particular: unos de un modo, otros de otro” (v. 7); y confirma esos dos modos al decir con realismo: el que no pueda vivirlo “que se case; pues más vale casarse que arder en deseos” (v. 9). Hoy podríamos agregar: ‘y mejor casarse que escandalizar y hacer daño a otros’.

Creemos que nuestra madre la Iglesia, pequeño rebaño de Jesús, debe replantearse desde una actitud receptiva a la voz sinodal, el retomar el ejercicio ministerial del presbítero como se ejercía en el origen apostólico, con ministros casados y célibes y así prestar un servicio más verdadero a la salvación de las personas.

  1. Seguramente nadie tanto como nosotros está en condiciones y obligación de decirlo con esta convicción a la Iglesia, con amor y con dolor, y fundados en muchos años de experiencia personal. Si no lo dijéramos así con claridad, seríamos como “perros mudos, incapaces de ladrar” (Isaías 56,10), o centinelas que no avisan y serán culpados porque callan (Ez. 33,6). Estamos convencidos de que esta situación no puede continuarse más en el tiempo; creemos que ha llegado el momento extremo de introducir un cambio para que se concrete una urgente modificación.

No nos mueve un interés o necesidad personal, porque la mayoría de nosotros ya tenemos organizada nuestra vida y nuestro actuar, comprometidos con el testimonio de Jesús y con la obra de la evangelización. Además, en muchos casos, somos reconocidos e incluso apreciados en nuestros ambientes. En cambio, sí nos mueve el interés y amor por la vida de la Iglesia, y con particular sensibilidad la situación falseada para los jóvenes que se forman en los seminarios, como nos ocurrió a nosotros.

En cuanto al ya ordenado, según el orden de la justicia preguntamos ¿se puede prohibir para siempre a una persona el ejercicio de un sacramento que la iglesia misma aprobó? Una sanción tan grave y con efectos cotidianos ¿a qué falta tan grave responde?

En el Derecho canónico leemos: “Una vez recibida válidamente la ordenación sagrada, nunca se anula” (c. 290, C.I.C.). Esta definición se refiere al ser. Pero en cuanto al quehacer: si recibió la ordenación para ejercer el sacramento ¿puede ser privado de por vida de todos los oficios y funciones, principalmente de la celebración de la Eucaristía?

Los sacramentos son para los hombres, y “la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia” (c. 1752), porque “el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). No se puede anteponer una ley humana a las personas y a las comunidades cristianas que necesitan y requieren los servicios sacramentales.

Al establecer su Iglesia, Jesús no hizo discriminación entre hombres casados y hombres solteros. Edificó su Iglesia sobre Pedro, un hombre casado. El “gran sacramento” del matrimonio (Ef 5,32) no puede ser incompatible con el orden sagrado; y los sacerdotes casados están demostrando que para el ministerio no es obstáculo un matrimonio bien llevado y una familia bien constituida. Así pues, vemos necesario el retorno a la tradición primitiva y genuina de la Iglesia.

Inspirados en la valentía con que personalmente tuvimos que encarar nuestra situación personal, aceptando las consecuencias de nuestra equivocación de buena fe debida a aquel compromiso juvenil, decimos y pedimos a la Iglesia que actúe con valentía en servicio a la verdad, a los fieles y a los futuros pastores. Para ello se requieren particulares cualidades que pensamos que no se guardan cabalmente en la propuesta que los jóvenes escuchan, y en el encuadre -aunque llevado adelante con buena voluntad- en que se forma a los seminaristas, cuando esa enseñanza se restringe a un único modo de vida sacerdotal. Estas cualidades necesarias son: “amor a la verdad, lealtad, respeto por la persona y sentido de la justicia” (Pastores Dabo Vobis, nº 43).

No ignoramos la magnitud del avance que proponemos, y las dificultades que ello entraña, pero también advertimos las ventajas tan grandes que se pueden prever si se da este paso, para los sujetos en particular y para toda la Iglesia. No estamos en contra del celibato, sino a favor de un celibato optativo que pueda ser admitido nuevamente en la ley de la Iglesia.

Esta mayor fidelidad, también contribuiría a la riqueza específica de ambos cleros, el diocesano y los regulares de diversas categorías, ya que nuestra propuesta se refiere al cambio explicado, de modo que solamente en el clero secular existiría la alternativa de ambos estados, célibe y casado. Esa diferencia también permitirá que brille más claro el carisma propio de los hermanos sacerdotes del clero religioso.

  1. Pensamos que nuestra madre Iglesia, con oportunidad de pedir perdón al mundo por el drama del abuso clerical, tiene la oportunidad de reconsiderar los beneficios que se seguirán de este paso. También, al anular la obligatoriedad del celibato, podrá cambiar la negación práctica, contraria a su enseñanza teórica, acerca de la belleza y el poder salvador de la vocación El Cantar de los Cantares no es sólo una presentación mística del amor sexual humano como símbolo del amor entre Dios y su Pueblo, entre Cristo y la Iglesia, sino que es también una exaltación del valor redentor del amor, del amor humano y sexual, y de la complementación y realización plena en la unión de la mujer y el varón.

A la luz del desarrollo actual del valor positivo de la sexualidad, es deseable que la Iglesia advierta lo inconveniente de privar a muchos de sus pastores de esa riqueza, impidiendo su realización más plena. Contando con su esposa siente que “tiene una ayuda semejante a él” (Gn 2,18-24), con quien compartir todo, y reflexionar hasta sobre sus compromisos al servicio de los demás.

Volvemos a decirlo: no negamos la excelencia superior del llamado a la consagración, que sella o recrea la virginidad del consagrado. Pero tampoco consideramos que sea ‘más pura’ la condición del célibe que la del casado, ni que exista una impureza en la intimidad sexual por sí misma. Nuestra misma vida de realización en el matrimonio en la mayoría de nosotros, ilustra que son muchos los llamados al ministerio sacerdotal, pero pocos los elegidos para la consagración virginal, y ofrece el testimonio de que, a pesar de todos los defectos de cualquier persona casada, hemos sido sanados por el amor de nuestra esposa.

Deseamos que la Iglesia reconozca y se alegre mucho de que una gran cantidad de los convocados a dar su vida en el ministerio sacerdotal, experimentan el llamado a realizarse plenamente también, al mismo tiempo, en la vocación del sacramento del matrimonio, siendo ellos mismos muestra y guía de la realización humana, sexual y madura que se alcanza en la complementación con su compañera. Imaginamos un gran bien evangelizador que surgirá de la recuperación de esta feliz propuesta.

  1. Finalizando nuestra comunicación, agradecemos la ayuda y comprensión con que fuimos y aún somos tratados por varios hermanos en el presbiterio o en nuestras familias religiosas, muchas de las veces que nos acercamos a ellos. También valoramos mucho el apoyo de sacerdotes y obispos que nos apoyan como ‘compañeros de camino’, tanto en nuestro andar, como en la esperanza de ser escuchados.

Nos proponemos desarrollar y mantener comunicación permanente, respetuosa y fraterna con toda la Comunidad de creyentes y sus ministros, al tiempo que renovamos nuestra disposición de servirla, para lo cual deseamos promover e intensificar vías más concretas y estructuradas de “relaciones de fraternidad y mutua colaboración” (Aparecida, nº 200).

 

  • Sebastián Cózar. Presidente de la Federación Latinoamericana de sacerdotes casados San Carlos, Chile, 01 septiembre del año 2022
  •  El presente escrito fue aprobado el 01 septiembre del año 2022 en la reunión ordinaria por todos los miembros de la Federación Latinoamericana de sacerdotes casados conformada e integrada por varios países de Latinoamérica.
  • Agradeceremos mucho las respuestas, y también las correcciones y aportes que nos hagan llegar a las siguientes direcciones de la Federación:

 

Presidente:    Sebastián Cózar Gavira                     <sebcozar@hotmail.com>

Secretarias: Encarnación Madrid de Martín         <madrid.chiqui@gmail.com>

                         Imelda Martínez Núñez                     <imeldanum@gmail.com>

Colaboradores en la redacción del presente documento:

Argentina:       Guillermo Schefer                              <willyschefer@hotmail.com> <guillermoschefer66@gmail.com>

                         Roberto Quiroga                                 <roquiba7@gmail.com>

Brasil:              Vilmar Machado                                <vilmarmachado1@gmail.com>

                         Joao Tavares                                      <tavaresj@elointernet.com.br>

Chile:               José Cortés y Natalie Parra Merino   <cortesjo@gmail.com> <npm888@gmail.com>

                         Sebastián Cózar Gavira                      <sebcozar@hotmail.com>

México:           J. Reyes González Torres                  <theotokosglez@hotmail.com>

Paraguay:       Mabel Torres de Gutiérrez                 mainumby4@gmail.com>

                         Dionisio Gauto Galeano Julio Cardozo  dionisiogautog@gmail.com>  <jose_lu_55@hotmail.com>

Un comentario

  • Una tragedia humana cuyo origen fue la anti natura e hipocresía del celibato sacerdotal.
    En mi trajinar diario de mi profesión (soy periodista y profesor) me enteré de una desgracia ocurrida a una persona bienquista en la sociedad:
    Una joven profesional (Rosaflor, nombre ficticio) recién graduada en Economía, se entera, de mala forma que el sacerdote en cuya casa vivía no es su tío como declaraba a la sociedad sino su padre, su progenitor. Y su madre fue la cocinera y sirvienta (ya fallecida) del cura en mención. Esta noticia salió en un panfleto y toda la ciudad se enteró. Rosaflor ya había ganado un concurso para trabajar en una entidad financiera.  No es difícil imaginarse el drama que vivió Rosaflor. Algunas de sus amigas contó que estuvo a punto de suicidarse. Ellas la salvaron. Pero algunos días después, desapareció Rosaflor. Nadie sabe dónde se ha ido. Hay rumores que dicen que se fue a la capital del País y allí se suicidó. Sea como fuere todo parece indicar que Rosaflor no soportó que le digan “hija de cura”.
    ¡Papa Francisco! Ya basta con el celibato sacerdotal. Todo el mundo católico se lo pide a gritos: estas tres cosas: Celibato opcional. Mujeres al ministerio del sacerdocio. Que los obispos sean nombrados por todos sus feligreses. Y que el Papa sea nombrado por todos los Obispos del mundo. No por los cardenales. Esa institución de los cardenales debe desaparecer, es innecesaria y antievangélico. 

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