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¿Por qué algunos en la Iglesia quieren cerrar el paréntesis de Francisco?

Las cosas del señor Papa, como dice Alberto, no pierden actualidad. El sobresalto de la reciente operación y el viaje a Hungría y Eslovaquia, plagado de momentos interesantes (ver la conversación con sus hermanos jesuítas en Bratislava), reaviva el interés por él en los medios. La Repubblica, diario italiano, le acaba de dedicar un amplio artículo de Paolo Rodari a todos eso que al principio definíamos como “signitos” pero que va a más, y en plazos ya necesariamente cortos. AD. 

La lucha contra los abusos sexuales y los escándalos financieros

Paolo Rodari, 25 septiembre, 2021

Bergoglio, con su labor de modernización de las instituciones eclesiásticas, ha atraído la antipatía de monseñores tanto de derechas como de izquierdas. Por eso, cuando el Papa estuvo enfermo en verano, organizaron el cónclave para sustituirlo.

          “Querían y quieren dejar de lado ‘el paréntesis de Francisco’. Están tanto a la derecha como a la izquierda. El pontificado de Bergoglio ha roto los huevos de la cesta de ambos bandos. Sueñan con volver a la vida que tenían antes, ignorando la onda expansiva de su pontificado”. En la curia, los monseñores leales al Papa no menosprecian la reunión de algunos prelados  que, mientras Bergoglio estaba hospitalizado en el Gemelli el pasado julio, se reunieron para intentar organizar el nuevo cónclave. La verdad, dicen, es que están deseando volver a empezar desde antes de marzo de 2013, desde el momento de la llegada del outsider Bergoglio al trono de Pedro.

          Francisco va de frente. Desde el principio su programa fue claro: en la estela de la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, unir la evangelización y la promoción humana sin ser acusado de procomunista. En esencia, reapropiarse de las justas exigencias de la teología de la liberación sin ceder a las derivas progresistas, pero tampoco a ese conservadurismo católico para el que ir más allá del comunismo significaba abrazar el neocapitalismo liberal in toto. En la “izquierda”, las Iglesias de habla alemana han abrazado a menudo el mundo casi sin tener en cuenta su propia historia. En la derecha, en primer lugar, la Iglesia de Estados Unidos ha abrazado los programas del ala republicana: “Desde finales de los años 80 -dice Massimo Faggioli en ‘Papa Francesco la Chiesa e il mondo’ (Armando Editore)- el reaganismo católico ha investido también a las jerarquías estadounidenses, y ha dado un impulso decisivo a la formulación teológica de las ‘guerras culturales’ entre las distintas almas de la cultura estadounidense y también dentro del catolicismo”.

Desbloquear una iglesia inmóvil

          Massimo Borghesi, autor del imprescindible ensayo “Francesco. La Chiesa tra ideologia teocon e ospedale da campo’ (Jaca Book), confirma: “El Papa molesta porque quiere empujar a una Iglesia inmóvil y bloqueada por un esquema maniqueo a ir más allá, a volver a abrazar el Evangelio que no puede circunscribirse a las batallas de la derecha y la izquierda. Por ejemplo, el Papa está decididamente en contra del aborto, pero no acepta confinar el compromiso de los cristianos en el mundo sólo al estrecho círculo de los provida. La lucha contra el aborto, por muy importante que sea, debe enmarcarse en la protección y defensa de todo lo que es frágil. En esencia, su programa replantea la agenda ética, busca la primacía de la dimensión misionera y del diálogo sobre la dialéctica, la primacía de la gracia y de la libertad evangélica, la atención preferente a los pobres más allá de todo esquema”.

Descontento bipartidista

          Incluso en tiempos muy recientes, el camino hacia el Concilio ha encontrado a ambas partes descontentas. Una parte de la Iglesia alemana ha abierto una vía sinodal en la que hay quienes desean abolir el celibato sacerdotal, ordenar a las mujeres y bendecir a las parejas homosexuales. El episcopado mundial más conservador, en cambio, deploró la decisión de Francisco de endurecer el antiguo rito. La decisión de prohibir la celebración de misas “individuales” en la Basílica de San Pedro llevó al cardenal Joseph Zen Zekiun, tradicionalista emérito de Hong Kong, a decir que estaba dispuesto a tomar el primer vuelo a Roma para “arrodillarme ante la puerta de Santa Marta hasta que el Santo Padre haga retirar ese edicto”. Pero Francisco, atrapado entre las dos orillas, hizo saber que quería seguir su hoja de ruta. ¿Cuál? “La del Concilio”, respondió sin añadir nada más.

          Incluso antes de eso, el Papa rompió los esquemas establecidos en varios temas. En primer lugar, sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. Para cierta parte de la jerarquía, pedir tolerancia cero no tiene ninguna justificación real. En cambio, Francisco puso a las víctimas y su sufrimiento en el centro. Y ha sancionado que incluso los obispos encubridores puedan ser juzgados por un tribunal vaticano. Lo mismo ocurre con los obispos y cardenales culpables de otros delitos. Incluso su número tres, el cardenal Angelo Becciu, ha sido llamado a demostrar su inocencia ante un tribunal y no de otra manera.

          Los pontificados de Benedicto XVI y Juan Pablo II se inspiraron en el impulso de los movimientos eclesiales. Francisco no se desentiende de esta inspiración, pero, como no hicieron sus predecesores, ha intervenido con contundencia sobre los abusos de poder y de conciencia que algunos líderes de estos grupos, a menudo cerrados como una secta, han cometido sobre las personas que se les han confiado. Ya no hay movimientos “en línea con el pontificado”  por una especie de gracia adquirida. Cada uno debe asumir su propia labor -la evangelización y la promoción humana- sin considerarse mejor mejor que los otros.

Lucha contra los escándalos financieros

Bergoglio ha metido las manos en la economía de la Santa Sede, empezando por el IOR, que durante años ha sido tierra de lavado de dinero y negocios turbios. Ha diseccionado sus cuentas. Ha investigado a fondo. El pasado mes de enero, Angelo Caloia, presidente del banco entre 1989 y 2009, fue condenado a ocho años y once meses por cargos de blanqueo de capitales y malveración agravada.

En 2016, cuatro cardenales eméritos reaccionaron oficialmente ante el Papa. Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner presentaron a Francisco la “dubia”, un documento en el que tras la publicación de Amoris Laetitia le pedían aclaraciones sobre su apertura en el tema de la comunión a los divorciados vueltos a casar. Para los cuatro, la apertura traiciona la doctrina. En realidad, como dijo el cardenal de Viena, Cristoph Schönborn, el documento “es un acto de magisterio que actualiza la enseñanza de la Iglesia a la actualidad”, así como “el texto moral que esperábamos del Concilio y que desarrolla el contenido expuesto en el Catecismo y en Veritatis splendor“.

 

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