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Retazos de una vida a trompicones, 1/2

 Honorio, que es uno de los soportes principales de este ATRIO, nos envió un largo relato que parecía recoger fragmentos de vida, unidos por un larga trazada de fidelidad a la primitiva llamada. Me ha parecido conveniente presetarlo en dos partes entre hoy mañana. AD.

  •  La maison de Claudine a la española

           Eran los sesenta del siglo XX, aquel garrido mozo iba a ser sometido a una extracción del riñón enfermo en el santo Hospital (es bien sabido que en aquellos tiempos todos los Hospitales españoles eran por orden gubernativa Santos Hospitales.) El capellán de aquel centro acudió a visitar al enfermo para intentar convencerle de que debía prepararse para una eventual muerte y consiguiente entrada en el cielo.

      Acudió a la primera visita para exhortarle; el garrido mozo había abandonado la vida religiosa desde que terminara sus estudios primarios, mejor dicho, desde su forzada primera comunión y no pensaba volver a la iglesia, de acuerdo con la profesión de ateísmo y de izquierdas de toda su familia.

      Pero la santa iglesia española tenía previsto un segundo asalto y una segunda persona, en este caso una religiosa. La cual también cosechó una negativa rotunda. Y volvió a insistir el sacerdote, con el mismo resultado, ante lo cual desistió y se despidió del garrido mozo con la más amable sonrisa y los mejores buenos deseos.

      Volvió la santa religiosa con la misma intensidad, pero con una irritación y mal genio redomado, consiguiendo por su parte un sonoro y encolerizado desplante del enfermo.

      Pudieron más los ruegos y sugerencias de la madre del enfermo y, no sabemos si por creyente convencida o por el miedo a posibles represalias sobre la familia muy marcada por la guerra civil y las ideas republicanas anteriores, convenció a su hijo para que cediese.

      “¿Y yo qué pecados podía confesar, si hoy, con sesenta cumplidos, no tengo conciencia de haber cometido ningún pecado?”, comentó años después el interesado a un amigo exsacerdote. Bueno, hubo confesión o ceremonia sin sentido, el enfermo cumplió con su papel y el capellán con el suyo.

     Fue como una rememoración de la pelea que tuvo con su párroco la madame de la excelente novela de Colette, La Maison de Claudine. Madame Claudine, creyente y practicante a su manera, orgullosa de que su perrito ladrase al alzar la Hostia el sacerdote en medio de la misa, por culpa de la campanilla que sonaba, tenía horror de la pedagogía de la catequesis infantil: “Esta manía de la Inquisición, pregunta tras pregunta en el catecismo me parece terriblemente indiscreta. Y esos mandamientos, permitidme la pregunta, ¿quién ha traducido los mandamientos en semejante charabia? No me gusta ver ese libro en las manos de mi hija… Y luego está la confesión, esto ya es el colmo. No puedo hablar de esto sin rugir de indignación. ¡Mírame qué roja me pongo!… La confesión vuelve al niño siempre presto a un torrente de palabras, a un desplume intimo en el que crece como mala hierba mucho más la vanidad que la humildad.”

      Felizmente el garrido mozo salió bien de la operación y vive todavía para contarlo, para expresar a su manera de hijo de una familia no creyente que ha perdido la guerra civil de 1936 la misma protesta de la madame de La Maison de Claudine.

      Y su firme convencimiento de que esta iglesia no tiene nada que ver con la que dicen que predicó Jesús de Nazaret, el Crucificado condenado a muerte por el Imperio romano y la Sinagoga judía.

 

  •       Entre Pinto y Valdemoro

      No sé si estoy haciendo el indio a cuatro manos, o si me voy a ahogar nadando contra corriente en este país y este siglo XXI tan adorador del dios DINERO y farisaicamente cristiano en que me ha tocado vivir. Pero el caso es que, si quiero ser fiel a mi manera de pensar, a mi visión del evangelio y de la lucha del proletariado por sus derechos, me toca dentro de la iglesia enfrentarme con el clero, el episcopado y el Santo Padre de Roma, y cuando vuelvo con mis colegas de izquierdas a la calle tengo que partirme la cara en defensa del evangelio y de la institución eclesial tal como yo creo que la estableció su Fundador. Es solo un puente lo que divide geográficamente estos dos mundos e ideologías.

      Murió Perico, un cura amado de su pueblo, que luchó en los tiempos más duros del franquismo en favor de los pobres y de los perdedores de la guerra civil. Un cura que despachó de su cabecera cuando se recuperaba de una operación en la clínica a su obispo, un obispo que había consentido que sufriese mil persecuciones y pasase una larga temporada en la cárcel para curas que instauró el franquismo en la ciudad de Zamora.

      Murió Perico, secularizado hacía unos años y unido en matrimonio de hecho a una de sus colaboradoras catequistas, y dejó entre sus últimas voluntades su voluntad de ser enterrado sin ceremonias religiosas, en un lugar lejos del cementerio del pueblo. Murió Perico, y los excuras que en su época se secularizaron y apartaron de la iglesia le organizaron un homenaje en el pueblo en el que trabajó como sacerdote, en el salón habilitado para conferencias por el ayuntamiento. Se llenó el salón con una capacidad de cien personas, y de la docena de sacerdotes que había en el pueblo solo acudió al homenaje un cura en activo de su época y el que suscribe.

      La sombra de Morcillo el obispo cuya visita rechazó Perico en la clínica, vagaba por sobre los butacones del salón, era como una nube que nos miraba a todos y nos anatematizaba a los que habíamos abandonado la profesión clerical, que, según me dijeron una vez, “no habíamos sido fieles”.

      Días más tarde, un sacerdote acudió al mismo salón para una charla cuaresmal de las que antes se daban ene la iglesia y ahora se dan en salones civiles: un cura recién venido de Ecuador, donde se había señalado como defensor del pueblo e identificado con la Teología de la Liberación o algo parecido. Un cura que a los pocos meses de volver a su tierra vasca fue nombrado obispo auxiliar de la diócesis. ¡Casi nada!

      El reverendo se despachó con una charla en la que destacó, de la historia de Euskadi, la religiosidad del Partido Nacionalista vasco y de su primer Lehendakari durante la guerra de 1936, José Antonio Aguirre.

      Y yo, que me meto en todos los charcos, cono venía diciendo, pedí la palabra cuando terminó su exposición, y dije al conferenciante que Jose Antonio Aguirre y los nacionalistas de su época vivieron en estrecha colaboración y amistad con toda la izquierda vasca durante la guerra civil y después, y que esa fraternidad fundacional no aparecía ya en estos tiempos, y que en su charla él no había tenido ningún recuerdo para los vascos de los partidos de izquierdas.

      Unos días después, un grupo de mujeres activas en la parroquia charlaban en la calle en corro con el párroco del momento, me pararon al pasar y me felicitaron todas al alimón por la intervención que tuve ante el hoy obispo auxiliar de la diócesis en cuestión.

    ¡Alleluya, alleluya, alleluya! Efectivamente, el Reino de los cielos es como un campo en el que el dueño mandó sombrar trigo, pero vino de noche el demonio y sembró cizaña entre el trigo, y el uno y la otra crecieron al mismo tiempo…

 

  • Don Abilio profesor de Carmencita Franco y obispo

     Aquel obispo que lo fue desde antes de la república de los años 30 conquistó la más profunda antipatía de Franco desde que, solo entre todos los obispos españoles, allá por los años entre el 38 y el 42, se atrevió a ordenar dar lectura en todos los púlpitos a la carta de Pío XI contra el nazismo. Por eso, un buen día, fue defenestrado de su diócesis y tuvo que retirarse a vivir de convento en convento [para la muchas personas que desconozcan la gran figura, recomiendo al menos estos breves datos biográficos: Fidel García. AD]. En su lugar, Franco logró promocionar al profesor particular de su hija Carmencita Franco, harto fiel a los principios del Movimiento.

      Y como adicto al Movimiento, enemigo “a escondidas” del movimiento obrero cristiano representado en la JOC y en la HoAc. O sea que le tocó primero poner el cuidado de estos movimientos en manos de un cura requeté o alumno de don Angel Herrera Oria, otrora director de El Debate y lider de la Derecha en la época republicana. El cual estaba más por dirigir una asociación cristiana de patronos o empresarios y realizar encuestas sobre la práctica religiosa y otras investigaciones de escaso interés, y consiguió que el Obispo Abilio le asignase un segundo consiliario para asistir a los movimientos obreros cristianos, siempre desde luego bajo las consignas del consiliario mandamás. Y este consiliario segundón tuvo que hacer frente a la situación y le planteó un ultimatum: O actúo como consiliario autónomo y bajo mi criterio, o lo dejo. Llegamos a una solución teórica, el segundón se quedó con la juventud, y con las mujeres de la HOACF, y el mandamás con el movimiento de hombres adultos Y finalmente con todo el movimiento obrero cristiano.

      Y a uno le tocó primero escribir sobre la doctrina social de la Iglesia, y disgustar al Ministerio de Información y Turismo de Manuel Fraga. Cuyo delegado llamó al tal cura para darle sus quejas, y el cura le dijo: Si no está usted de acuerdo, denúncieme a mi obispo. ¡Y vaya si lo denunció!

     Pero ocurrió algo más, porque los controles del poder franquista vigilaban además el correo. Por medio de una señorita benefactora fundadora de un colegio de enseñanza profesional para niños pobres que en sus ratos libres censuraba el correo de las personas que había que censurar. El consiliario de la JOC recibía regularmente de una parroquia de París una cantidad con la cual mantenía a una joven como liberada al servicio de la JOC. La señorita censora empezó a sospechar que aquel dinero venía del Socorro Rojo internacional.

      Bueno, como entremés, el Obispo tenía arrebatos como para impedir al consiliario segundón predicar en la catedral el Primero de Mayo San José Obrero y sustituirle él en persona, y otros detalles. Pero llegó por fin una llamada a Palacio, quiero decir Palacio episcopal. “Me llegan informes de que usted, señor consiliario, mantiene relaciones con personas no creyentes, en concreto con los comunistas…” Atención, estamos en un año de los sesenta en que el PCE se está haciendo presente en España y se abre un diálogo entre sus organizaciones clandestinas y los movimientos obreros cristianos… El consiliario le responde al obispo que considera normal como cristiano y como sacerdote dialogar y tener amistad con obreros de otras ideologías, también con los comunistas. Y el Obispo Abilio le responde que vale, que dialogar y tener amistad sí, pero que colaborar… el consiliario que hace la guerra por su cuenta niega ese particular, y ahí se queda todo.

      El conflicto termina en una renuncia del consiliario rebelde, que además de los susodichos conflictos se plantea la exigencia del celibato para formar parte de la milicia clerical. Cuestión muy relacionada con la otra más grave de considerar al sacerdote, más que como un servidor del culto y del evangelio, como un funcionario defensor a ultranza de los poderes de la iglesia en el terreno de lo civil…

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