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En tiempos de poscuarentena ¿qué hemos aprendido de la pandemia?

Olga escribe desde Colombia, estado con un poco más de habitantes que España. Llegó lo fuerte de la pandemia en agosto pero ahora, doblegada la curva, está desescalando sin haber tenido hasta ahora los rebrotes de España. En total han llegado a más contagios declarados (824.000) pero menos muertes que España (25.000). Es interesanto su reflexión sobre lo asado y el futuro. AD.

Las cuarentenas van terminando, aunque la pandemia continúe con alzas y bajas, aislamientos selectivos y medidas de bioseguridad. Comienza a haber distancia suficiente para hacer balances y sacar conclusiones, aunque siempre limitadas y parciales, vistas desde el propio lugar, sin pretensión de generalizarlas.

A nivel personal, la pandemia nos confrontó con la limitación y la vulnerabilidad humana. Comprobamos que no estamos exentos de ser afectados por circunstancias que ni imaginábamos y solo queda la opción de protegernos y asumir el dolor por las pérdidas de vidas que se han dado. Pero también estamos viendo cómo, a quienes no les ha afectado directamente, siguen como si no pasara nada, sin poner todas las medidas adecuadas para protegerse y proteger a los demás, inmersos en el día a día, sin mayor reflexión sobre la realidad que se vive. Parece que la superficialidad es parte también de nuestra humanidad y mucha gente vive en esa esfera. Con tal de que no les afecte directamente, no interesa lo que pase en el resto del mundo. A nivel social es muy ambigua la reflexión que se hace. Ante las pérdidas económicas que han sufrido muchas personas, lo lógico es el rechazo a las cuarentenas porque, efectivamente, muchos se han visto afectados. Los más pobres no han recibido las ayudas ofrecidas por el gobierno y algunos sectores de la clase media la están pasando mal porque ni clasifican para dichas ayudas, ni pueden pedirlas abiertamente por eso “del qué dirán”

–que condiciona tanto y que hace que la gente sufra en silencio–. Esto lleva a que ahora se diga que la cuarentena produjo la recesión económica –cosa que es verdad– pero no se complete la afirmación de que, sin cuarentenas, los muertos hubieran sido muchísimos más. Además, no siempre se sacan otras consecuencias que son importantes. La pandemia reveló, una vez más, la cantidad de gente que vive en pobreza y la informalidad del empleo que viven la mayoría.

A nivel educativo se constató la cantidad de niños que no tienen ni conexión a internet ni los medios tecnológicos para seguir sus clases. Con el mismo celular –si es que la familia tiene– se conectan todos en casa para trabajar y estudiar. Pero el problema no es la deficiencia de educación que genera la virtualidad sino la falta de los medios adecuados para que esta pueda ser de calidad.

Y podríamos seguir nombrando todas las consecuencias que ha traído la cuarentena –especialmente a nivel económico– y que nos deberían llevar a pensar cómo construir un sistema económico que garantice la vida digna para todos en pandemia y sin ella y no contentarnos con volver a hacer lo mismo de antes, sin aprender de lo vivido. Se escucha que, gracias al levantamiento de la cuarentena, se reactiva la economía, pero cabe preguntarse ¿cuál economía? ¿la misma que traíamos? Pareciera que sí.

Se constata, por tanto, que no se aprende fácilmente de las dificultades, sino que muchas personas solo esperan que estás pasen para volver a lo mismo. No olvidemos el bien que le ha hecho a la creación este parón que se ha dado a nivel global pero que ya va a quedar en un recuerdo lejano que no alcanzó a despertarnos frente al daño ambiental causado por el ritmo de vida y de economía que llevamos.

A nivel religioso parece que tampoco se ha aprendido demasiado. Algunos inclusive han tomado la cuarentena como posturas del gobierno contra la iglesia, lo cual es absurdo, en este caso concreto. Y actualmente algunos proclaman que “se reabren los templos” y el “derecho que tenemos de volver a ellos”, como si alguien con mala intención lo hubiera impedido. Me parece que se perdió, una vez más, la oportunidad de repensar nuestra fe y volver a lo esencial.

Creo que la iglesia tendría que ser la primera en defender la vida –como tanto lo proclama– pero también la vida en tiempos de pandemia. Por supuesto hubo sectores que lo hicieron, pero también hubo muchos que, desde una fe muy desorientada, invitaban a rezar para que Dios nos liberara de la pandemia o a hacer rituales y negarse a la cuarentena, creyendo que, por mucho rezar, Dios acabaría con el virus. Parecen creer que Dios mando el virus. Extraña fe que todavía se basa en un Dios que envía pruebas y castigos.

Además, en algunos ambientes eclesiales, se perdió la oportunidad de reflexionar sobre la iglesia doméstica

–que no es solo rezar juntos–, sino vivir juntos las veinticuatro horas del día, en paz y armonía. Y vivir el significado de lo que es ser iglesia –una comunidad de personas reunidas en nombre de Jesús– mucho más profundo que el espacio físico llámese templo, iglesia, oratorio, capilla, etc., por bonitos y significativos que sean. La cuarentena podría haber sido un tiempo privilegiado para una vivencia profunda del ser iglesia que vive una misión más allá de lo litúrgico: una iglesia en salida que se compromete con el devenir humano, desde la solidaridad, la misericordia, la esperanza. Por supuesto, muchos creyentes han vivido muy bien su fe en este sentido, pero no queda claro, ahora que parece que volvemos a la “normalidad” si se creció en la experiencia de fe vivida en tiempos de pandemia.

Para algunos clérigos, abrir los templos es recuperar la “estabilidad económica” que se perdió por la falta de fieles –aunque esto no se diga abiertamente– y para algunos laicos es volver a esa fe que se aferra a lo externo y a la seguridad que dan los espacios mal llamados (después de Vaticano II) “sagrados” y no arriesgarse a vivir la fe que se compromete con los demás sin límite, ni medida, porque no hay mejor lugar para encontrar a Dios que el otro con el que Jesús se identifica totalmente: “aquello que hiciste con uno de esos, a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40).

Tal vez exagero un poco. Tal vez no. Los frutos de nuestra vida cristiana lo dirán. Veremos si la poscuarentena nos hizo más humanos, más comprometidos con la vida, más preocupados por la justicia social, más empeñados en formar comunidades vivas –templos vivos–, en los que todos reconozcan al Dios de la vida, presente en tiempos de pandemia, de cuarentena, de poscuarentena y, ojalá pronto, de pospandemia.

5 comentarios

  • carmen

    Pues he tomado conciencia de mi fragilidad. Siempre he sido frágil, pero ahora me siento mucho más. Como de cristal

    Miro a mí alrededor y cada vez entiendo menos. No logro entender cómo entre todos hemos podido llegar a construir esta sociedad. Tan injusta. Entre todos.

    No puedo entenderlo.

    Y espero que los jóvenes de hoy sepan construir una sociedad más justa. Porque menudo planeta les vamos a dejar. Para levantar esto van a necesitar décadas. Siglos quizá.

    Y eso es lo que he aprendido. Soy muy frágil. Y me siento culpable por el planeta que le vamos a dejar  en herencia a mis nietos.

  • María Isabel

    Coincido totalmente con Olga y el comentario notable de Verónica.  Acá en Chile pasa lo mismo y espero que hagamos la misma reflexión. Muchas gracias

  • Gonzoalo Haya

    Agradezco a Olga que exprese con sensatez y claridad lo que siente, porque refleja muy bien lo que muchos sentimos.

    What do you want to do ?
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  • Veronica pojmaevich

    “Queda el silencio. Dedicar cada día un rato al silencio nos permite unirnos en un abrazo sin condiciones con la esencia fundamental de nosotros, no importa si somos amigos o adversarios. … En la crisis espiritual colectiva que tan crudamente ha puesto en evidencia nuestros límites, este alto en el silencio nos permitirá encontrarnos, desnudos de ideologías, de poder y de justificaciones, desprovistos de venganzas y de odios, para experimentar el destino común que compartimos, y comprender por qué la vida se nos dio aquí y ahora, en esta encrucijada de la paz imperfecta de Colombia, para una tarea que solo podemos realizar nosotros, distintos e inevitablemente juntos.” Francisco  De Roux. La Audacia de la Paz Imperfecta

  • Lola Cabezudo

    Querida amiga Olga: Te animo a escribir en este medio porque tus puntos de vista por la situación de América Latina o de Colombia me parecen muy ilustradores. Todo el artículo me ha gustado, pero especialmente la segunda parte en la que te refieres a la Iglesia doméstica, los clérigos , y los cristianos tradicionales y modernos. Es útil para Colombia y para Europa y probablemente para muchos otros sitios.

    También tuve la oportunidad de leer una intervención tuya con motivo del fallecimiento de Casaldáliga y me gustó mucho que citaste una oración suya a la Virgen, que no conocía.

    enhorabuena, por tu esfuerzo.

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