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Mis pequeñas experiencias docentes

Relatos de vida como el que hoy nos ofrece Pedro, enriquece a ATRIO pero sobre todo nos enriquece a todos. Al menos yo los leo con más fruición que grandes paridas filosóficas. AD.

      Confieso que la docencia ha sido siempre mi gran vocación. Solo la he podido desarrollar a muy pequeña escala. ¿Por falta de oportunidades o de aptitudes? Quizá de ambas cosas.

      Pero cuando alguno de mis antiguos alumnos, de cuyo nombre en la mayoría de los casos no puedo acordarme, me encuentra por la calle y después de saludarme, me da las gracias por lo que aprendió en mis clases, no puedo dejar de sentir una satisfacción íntima. Y pensar que quizá no lo hice tan mal.

      Cursé por libre mis estudios de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Era, como todas las de la época, -salvo escasas excepciones de algunos de su profesores- bastante mediocre, pues los mejores docentes estaban exiliados por las Américas.

      Años después realicé los cursos del doctorado. Quería haber hecho la tesis en la materia de Filosofía del Derecho, por la que me inclinaba. Pero hacía años que la cátedra en la ciudad cesaroagustana, estaba vacante. Así que no pase de mi licenciatura.

      Como había que buscarse el cocido, oposité a la Administración Pública del Estado, a su Cuerpo Superior.  Y después de un curso de prácticas en Alcalá de Henares, fui destinado a Zaragoza. Ciudad de la que guardo un recuerdo muy entrañable. Ahí nacieron mis hijos e hice grandes amigos.

      Mis primeros pinitos docentes fueron en esa ciudad. En una Escuela de Mandos Intermedios que fundó y dirigía un jesuíta, Angel Lahoz, fallecido hace bastantes años. Daba clases de Relaciones Humanas que me sirvieron para contactar con trabajadores. Algunos mayores, procedentes del anarquismo y otros, jóvenes que empezaban a militar en las recién aparecidas Comisiones Obreras. Además, daba cursillos a funcionarios de la Administración estatal.

Había un Centro de los jesuítas, denominado Pignatelli, en el que colaboré desarrollando charlas y cursillos. Además de las que daba en Colegios Mayores Universitarios de temas político-sociales.

      Regresé a Logroño, mi ciudad natal. Al crearse el centro Asociado de la UNED, la Universidad Nacional a Distancia, empecé a dar clases en la misma. De Derecho Natural -luego convertida en Teoría del Derecho- Filosofía del Derecho, Historia del Derecho y algunos años de Derecho Canónico -transformada posteriormente en Derecho Eclesiástico del Estado-.

      Al empezar el curso, a los alumnos del primer curso, les dirigía esta advertencia: esta asignatura no os servirá para ganar dinero. Pero os puede dar una idea de la justicia, de para qué debe servir el derecho. ¿Se puede ser un buen jurista sin esa guía en el ejercicio profesional?

      Así pude realizar con pasión mi vocación docente. Recuerdo cómo intentaba proyectar las cuestiones teóricas que explicaba hacia temas candentes y polémicos de actualidad. Y alentaba discusiones francas sobre ellas. Muchos días, al acabar las clases, un pequeño grupo nos íbamos a tomar unas copas y proseguíamos la confrontación dialéctica.

      Fueron bastantes años entregados a la docencia. Empecé a desilusionarme, cuando nuevas generaciones empezaban el curso preguntando: ¿qué hay que estudiar para aprobar? Carecían de cualquier otra motivación- Y lo acabé dejando. ¿Sería también por el peso de los años?

      Cuando recapitulo estas modestas experiencias docentes, dos cosas se me aparecen con toda nitidez:

  • Es mucho más lo que aprendí de mis alumnos que lo que pude enseñarles a ellos.
  • Lo que sabía de las materias que explicaba, era una minucia en comparación con la vastedad de conocimientos existentes sobre ellas. Me falta mucho por aprender. Y de esta pasión, -la del aprendizaje- no me he jubilado, ni creo que lo haga mientras viva.

3 comentarios

  • ana rodrigo

    Más de la mitad de mi vida la he dedicado a la docencia, sin saber cómo podría vivir sin “mis niñ@s”, la alargué hasta los 67 años. Es una profesión que, si te gusta, te llena de inquietudes, y tu dedicación no acaba cuando te vas del centro escolar, sino que la sigues de forma casi instintiva en medio de tu vida familiar y cotidiana.

    Mi jubilación fue un continuum de homenajes del alumnado, de los padres y madres, de mis compañer@s, de mi familia, de grupos de amigos y amigas, algo increíble porque para mí no era otra cosa que dejar mi trabajo, bueno, algo más que trabajo. Me sentí tan desconcertada por lo que me dijeron, escribieron y dedicaron, que también me sentí desconcertada. Perdón por mi falta de modestia, nunca esperaba ver los frutos de mi dedicación y trabajo, pero un grupo de antiguos alumnos y alumnas me escribieron un artículo en la revista del instituto titulado “Como Ana quedan pocas” confirmándome todo lo que yo me había propuesto como educadora, y eso me compensó toda mi entrega y mi vida profesional, porque aquella educación que parecía que caía en tierra yerma, resulta que había calado entre su jerarquía de valores personales. Yo tenía muy presente el aspecto educativo a través de la docencia de contenidos escolares.

    Y, como dice Pedro Zabala, mi vida laboral fue mi escuela de vida por todo lo que aprendí a lo largo de más de 40 años de profesión. Realmente “yo soy yo y mis circunstancias”, mi profesión ha marcado mi vida positivamente.

    Nota. Perdón por haber personalizado tanto este comentario, pero el artículo de Pedro me ha traído tanos recuerdos que no me he podido contener.

     

     

  • ELOY

    Me quedo con tus conclusiones que comparto:

    Es mucho más lo que aprendí de mis alumnos que lo que pude enseñarles a ellos.
    Lo que sabía de las materias que explicaba, era una minucia en comparación con la vastedad de conocimientos existentes sobre ellas. Me falta mucho por aprender. Y de esta pasión, -la del aprendizaje- no me he jubilado, ni creo que lo haga mientras viva.”

     

  • Rodrigo Olvera

    Muchas gracias, Pedro, por esta perla de tu experiencia. Me ha nutrido la esperanza, este día.

     

    Me anima también a  compartir aquí algo que escribí este sábado pasado en mi página de Facebook. Verán, cuando estudiaba la Licenciatura en Derecho, todo mundo daba por hecho que me seguiría de inmediato a la Maestría, y de ahí al Doctorado y de ahí a una larga carrera en la academia universitaria. Pero yo me fui a defender trabajadoras y trabajadores, en un centro de Educación-en-la-práctica-organizativa-de-defensa-de-derechos-humanos-laborales, porque no hay nada más educativo que luchar por los derechos.

    Desde entonces, mi principal “camiseta” no es la de “abogado” (aunque también lo soy y lo ejerzo) ni la de “litigante” (aunque también lo soy y lo ejerzo); sino la de “educador popular”. Lo soy desde 1994 y por décadas me resistí intencionalmente a entrar al sector de educación formal. Pero varios proyectos, primero en una universidad intecultural creada por comunidades y cooperativas hñöhñó, me han ido llevando a dedicar una parte de mi actividad a la enseñanza universitaria

    Este cuatrimestre que empieza, me ofrecieron en Posgrado de Derecho colaborar con un grupo de la Especialidad en Derecho Corporativo, en la materia de Problemas Socioeconómicos de México. Previsiblemente, en la primer sesión con el grupo, fue perceptible que no es una materia que les atraiga. Comentarios de preocupación por perder el tiempo en discusiones teóricas y que no aporten nada práctico (yo siempre he dicho que no hay nada más práctico que una buena teoría, que te ayude a ubicarte bien en la realidad); así como temor en perder el tiempo con temas históricos.

    Con este contexto, les comparto ésto que escribí al terminar nuestra tercer sesión (justo la de antecedentes históricos)

    ________________________
    Qué bonito se siente que, después de preguntarle al grupo cómo les fue en su semana y con sus otras materias, te respondan a la pregunta de qué fue lo más significativo de nuestra sesión anterior:
    “¡Ay, yo! La verdad es que cuando vi que era esta materia en el programa dije ‘qué feo, ¿ésto para que nos va a servir?’, porque tuvimos ya esta materia en la licenciatura, bueno no como ahora; sólo nos daban un montón de lecturas que ni entendíamos. Pero en la sesión de la semana pasada, así como explicó todo tan sencillo, con ejemplos, y preguntándonos lo que pensamos, y viendo que mis ideas se pueden complementar con las ideas de mis compañeros, como que ya empiezo a ver la importancia de tener esta clase y que si nos puede servir mucho. La verdad me está gustando”.

    Hoy tocó el tema de la historia de los problemas socioeconómicos del país. En la sesión de inicio, la mayoría del grupo expresó que esperaban no perder mucho tiempo en ello. Hoy inicié reflexionando cómo muchas gentes odian la historia por la manera en que se enseña, como memorización de fechas sin sentido. Y les propuse trabajar de otra manera. Al final, nos faltó tiempo para seguir dialogando.

    Sí, yo sé que hay una parte de autoelogio al compartir ésto, no lo niego. Pero neta que también soy honesto al decir que me emociona por el grupo, el ver lo valioso que puede resultarles experimentar otra forma de “tener clase”.
     
    Mientras escribía esta nota, recordé la escena de la visita al museo en la película To Sir, with love. Así que dejaré ésto por aquí, para compartiME con ustedes en mis afanes y apuestas vitales.
    https://www.youtube.com/watch?v=fXDJrpSR42E

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