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Adela Cortina resalta la importancia de Habermas

Resulta extraño que hasta hoy, aún habiendo sido citada por otros en ATRIO (Boff dos veces) no hayamos reproducido ningún artículo de Adela Cortina, cuando desde hace cuarenta años he tenido una relación de reflexión y trabajo muy grande con ella. Hoy he leído este artículo en El PAÍS sobre Jürgen Habermas y me parece que para nuestro proyecto de comunicación para fundamentar una ética para las próximas décadas, es muy importante volver una vez más sobre lo que dice este viejo filósofo. ¡Vaya esta lectura para lo que queda del finde. AD.

Jürgen Habermas: la vía europea al cosmopolitismo

Por Adela Cortina, Catedrática de Filosofía, Directora de ÉTNOR.

El 18 de junio de 1929 nació Jürgen Habermas en Düssel­dorf. Las celebraciones por su 90º aniversario se multiplican, y no sin razón, porque es uno de los filósofos esenciales de los siglos XX y XXI y a la vez un intelectual comprometido con la tarea de fomentar el uso de la razón en el espacio público para construir sociedades abiertas y justas. Tomando lo mejor de distintas tradiciones, ha forjado una propuesta de gran calado, la teoría de la acción comunicativa, que descubre la entraña dialógica de los seres humanos y extrae consecuencias de ella para diseñar una esfera pública polifónica en que se escuchen todas las voces; una teoría crítica de la sociedad, una ética comunicativa, una teoría normativa de la democracia deliberativa; una reflexión sobre el Estado democrático de derecho, necesario para proteger los derechos humanos e inevitablemente posnacional; el proyecto de una Europa vigorosa, comprometida con los derechos políticos y sociales a diferencia de China o Estados Unidos, y un futuro cosmopolita.

En este tiempo en que vuelve a la palestra el debate sobre la necesidad de la filosofía para humanizar la vida, pensadores como Habermas muestran de forma palmaria que el quehacer filosófico es fecundo para dotarnos de marcos desde los que comprender el mundo, interpretarlo y transformarlo hacia mejor.

Desplegar la riqueza de la aportación habermasiana en unas líneas es imposible, pero al celebrar su aniversario conviene destacar algunos de los trazos esenciales recordando sus raíces biográficas tal como las describe el propio autor. Según Habermas, han sido dos las raíces vitales de su marco filosófico: una operación en el paladar sufrida de niño y, al iniciar su vida académica, la decepción causada por la filosofía alemana, marcada por la huella de Heidegger.

Según su relato, la intervención quirúrgica le condenó a un aislamiento que le llevó a experimentar la necesidad imperiosa de comunicación. Frente a lo que defiende cualquier individualismo miope, típico hoy del neoliberalismo, las personas no somos individuos aislados, sino en vínculo con otras, en una relación básica de reconocimiento recíproco, de interdependencia e intersubjetividad.

Su humanismo insta a construir la vida desde el diálogo entre quienes se reconocen como interlocutores válidos

Ésta es la clave de la teoría de la acción comunicativa, que permitió a Habermas aportar a la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort el camino que buscaban Horkheimer y Adorno desde los años sesenta para poner fin al imperio de la razón instrumental. La única racionalidad humana no es la de individuos que se instrumentalizan recíprocamente para maximizar sus beneficios mediante estrategias, sino que existe también esa racionalidad comunicativa, que insta a construir la vida desde el diálogo y el entendimiento mutuo de quienes se reconocen como interlocutores válidos.

Pero también la experiencia del rechazo en la infancia apunta a una ética vigorosa, tejida de sentimiento y razón. En la vivencia del rechazo afloran la conciencia de vulnerabilidad y de injusticia, dos emociones que abren el mundo moral, porque la humillación es inaceptable cuando yo la sufro y cuando tengo razones para defender que nadie debería padecerla. Por eso las virtudes de la ética comunicativa son la justicia y la solidaridad.

En tiempos en que el emotivismo domina el espacio público desde los bulos, la posverdad, los populismos esquemáticos, propuestas demagógicas, apelaciones a emociones corrosivas, urge recordar que las exigencias de justicia son morales cuando entrañan razones que se pueden explicitar y sobre las que cabe deliberar abiertamente. Y sobre todo, que el criterio para discernir cuándo una exigencia es justa no es la intensidad del griterío en la calle o en las redes, sino que consiste en comprobar que satisface intereses universalizables. Ese es el mejor argumento, el corazón de la justicia.

La segunda de las raíces biográficas es la traumática experiencia de los juicios de Núremberg y sobre todo del momento en que su maestro y amigo Karl-Otto Apel puso en sus manos, en 1953, un ejemplar de la Introducción a la metafísica de Heidegger, que era el maestro a distancia. Heidegger justificaba el nazismo como un “destino del ser”, una coartada que eximía de cualquier responsabilidad personal. Habermas le pidió explicaciones públicamente, pero el silencio de Heidegger mostró claramente que la filosofía alemana de la época no podía proporcionar recursos para la crítica. Autores como Heidegger, Schmitt, Jünger o Gehlen despreciaban a las masas y exaltaban al individuo arrogante y extraordinar

io. Era la miseria del supremacismo nacionalista, empeñado en hacer de la lengua un símbolo de identidad excluyente, en vez de reconocerle el papel que le es propio, el de la comunicación entre personas iguales en dignidad, que alcanza hasta los confines del mundo humano.

LECTURAS

Teoría de la acción comunicativa.Jürgen Habermas. Traducción de Manuel Jiménez Redondo. Trotta. Dos volúmenes. 992 páginas. 59 euros

El discurso filosófico de la modernidad. Jürgen Habermas. Traducción de Manuel Jiménez Redondo. Katz. 418 páginas. 29 euros.

Identidades nacionales postnacionales. Jürgen Habermas. Traducción de Manuel Jiménez Redondo. Tecnos. 128 páginas. 10,50 euros.

No es extraño que en los ochenta Habermas terciara en la disputa de los historiadores sobre el pasado nacionalsocialista, ni tampoco que defendiera la tesis de Sternberger del patriotismo constitucional, que se reclama de la tradición de la Revolución Francesa, no del nacionalismo romántico, adicto a identidades excluyentes. Aun reconociendo las narraciones históricas, el único patriotismo razonable es el constitucional, que supone el triunfo de los valores de un Estado social y democrático de derecho, en el que el poder se produce comunicativamente a través de la ciudadanía. Hoy ya no hay alternativa a las orientaciones universalistas.

Desde los ochenta, Habermas continúa incansable en la tarea de fomentar una esfera pública polifónica desde la teoría y la práctica e interviene en debates sobre la desobediencia civil, la reunificación alemana, la primera guerra de Irak, la reforma del derecho de asilo, la unidad europea, la constelación posnacional, la religión en el espacio público en sociedades que son en realidad pos-seculares y el futuro de un proyecto kantiano de orden cosmopolita. Oficiando en todos los casos como un intelectual, consciente de que no debe utilizar su influencia para alcanzar el poder, porque no se deben confundir influencia y poder.

A lo largo de estos años ha recibido una ingente cantidad de premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2003. El acta del jurado sitúa a Habermas en la tradición de Kant, Hegel y Marx, pero también de Weber, Parsons y Mead; destaca su contribución tanto a la comprensión de las sociedades posindustriales y de las implicaciones ideológicas de la ciencia como a la formación de la opinión pública, y le reconoce “como un clásico de las ciencias sociales y la filosofía, ejemplo de saber humanista y cosmopolita y, por ello, cumbre del pensar de nuestro tiempo”. Ciertamente, Habermas es un humanista que dialoga con las propuestas relevantes de filosofía y de ciencias sociales, pero también con las naturales en asuntos como las biotecnologías o la defensa de la libertad frente a corrientes neurocientíficas que hoy resucitan el positivismo de los sesenta y apuestan de nuevo por el determinismo, cuando la libertad es el núcleo de la sociedad abierta.

Desde ese humanismo, la apuesta por el cosmopolitismo incluyente a través de la vía europea sigue siendo la gran opción. De hecho, en el discurso de recepción del premio, Habermas recuerda unas palabras de Krause de 1871: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu (…) compatriota en el nivel superior más próximo”. Un proyecto común de Europa —añadirá Habermas por su cuenta— “no puede ser derribado en el último momento por egoísmos nacionales”.

Y todo ello, ¿desde dónde? Según cuenta Habermas, Marcuse y él se preguntaban cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero Marcuse no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital. “¿Ves?”, le dijo. “Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Directora de la Fundación ÉTNOR. Trabajó con Jürgen Habermas en la Universidad de Fráncfort.

 

2 comentarios

  • George R Porta

     
    Leo: «…cuando la libertad es el núcleo de la sociedad abierta.»
    Vale la pena añadir interrogantes a esta expresión pero la pregunta no pudiera ser respondida en ninguna nación.
    Esta es otra formulación de circunstancia que me parece ingenua. No existe la libertad constitucionalmente establecida solo porque la Constitución la proponga. Los estados gobiernan según los intereses poderosos y esos poderes determinan la proporción de libertad sin que los tribunales de justicia o las legislaturas/parlamentos la puedan garantizar. Si el poeta de Orihuela viviera pudiera explicar si todo el mundo puede ejercer la libertad solo porque la Constitución garantice la pluralidad de ideología política y ni qué decir de los curas republicanos ejecutados por Franco, algunos sin siquiera la opción de un proceso judicial. No menciono el ejercicio represivo u opresivo del gobierno constitucional de este país, por ejemplo, en el caso del ex presidente Barack Obama que mantuvo el espionaje en secreto de los ciudadanos norteamericanos con el uso del software Prisma que había autorizado Bush II, su predecesor bajo la constitucional «Patriot Act» subsiguiente al atentado de las Torres gemelas y los dos aviones el 9 de septiembre de 2001, que Trump ha continuado utilizando. Los respectivos líderes de seguridad nacional bajo los tres presidentes han autorizadamente mentido sobre ese hecho precisamente cumpliendo su deber constitucional de proteger y defender la Constitución.
    Solo ocurre el condicionamiento y las opciones posibles son solo aquellas que el condicionamiento permite. Por ejemplo, el ejercicio de la libre opción ideológica ha hecho sufrir malamente al profesor de MIT Noam Chomsky y solo un coraje y una brillantez excepcionales le han permitido seguir expresando su pensamiento, pero no han impedido su persecución y lo mismo ocurre con Edward Snowden.
    Unos últimos ejemplos, el mismo estado fundado en el derecho que delinea su Constitución en el país en el que vivo, no solo reprodujo en las cárceles de la nación y en minoría de Centroamérica con anuencia de las respectivas oligarquías, los experimentos de Mengele (Doctor Death) en Auschwitz, sino que lo hizo alevosamente. Solo más de tres décadas después se vio obligado el Presidente Clinton, en nombre del estado, a retribuir monetariamente a los familiares de las víctimas de esos experimentos y a confesar la criminalidad de los mismos públicamente.
    Stalin nunca actuó contra la constitución soviética que preconizaba el «estado de derecho» que soberanamente definía al modo soviético. La familia real española es criminal, a pesar de traicionar la constitución española y la confianza nacional, y no ha sido tratada del mismo modo que otros delincuentes españoles culpables de robo, en cantidades mucho menores, que solo han violado las leyes de protección de la propiedad privada.

  • George R Porta

     
    Leo: «Aun reconociendo las narraciones históricas, el único patriotismo razonable es el constitucional, que supone el triunfo de los valores de un Estado social y democrático de derecho, en el que el poder se produce comunicativamente a través de la ciudadanía. Hoy ya no hay alternativa a las orientaciones universalistas.»
     
    Respeto mucho a la Profesora Cortina, pero no puedo dejar de cuestionar un par de cosas en su proposición. En efecto, no me parece que el patriotismo pueda dejar de ser razonable y al mismo tiempo ético sin que sea una actitud o conducta nacionalista. Precisamente esa es una de las aberraciones de la Constitución estadounidense (por lo que me toca de cerca) y del federalismo que no es exclusivamente gringo.
     
    La misma palabra patriotismo mancha la noción que comunica: Es excluyente y se repliega sobre sus fronteras cuando no se las carga en las agresiones imperialistas o expansivas, lo mismo cuando no se trata de expansión territorial literalmente.
     
    Las Constituciones, la Historia lo ha demostrado, solo reflejan o pueden reflejar el interés nacional y de ahí a las doctrinas fascistas y neofascistas que preconizan una prioridad patriótica no hay más que una línea imaginaria.
     
    Que un estado sea un estado de derecho no impide que los correspondientes estados colonicen a los demás. Las doctrinas hegemónicas son todas patrióticas y son razonables porque cada Estado en ejercicio de su soberanía decide a qué tiene derecho y cuáles son sus límites.
     
    La denuncia de Edward Snowden, mucho más que la de Assange y sin especular como éste, ha revelado con evidencias materiales que el estado en los EE. UU. ha utilizado en nombre de la Constitución y con el pretexto precisamente de protegerla, el poder de espiar secreta y alevosamente a sus propios ciudadanos. Lo mismo se puede decir del espionaje Ruso en naciones europeas con el propósito de interferir su funcionamiento político. China no ha hecho menos al permitir el plagio y el robo de los derechos intelectuales o al implementar por décadas el llamado «gendercide» para reducir el número de habitantes femeninos y favorecer el número de habitantes masculinos. En Cuba, constitucionalmente, el fiscal, el juez, y la defensa han sido todos designados y pagados por el estado sin dejar opciones al acusado.
     
    La Constitución no garantiza nada. No comprendo cómo la Dra. Cortina puede afirmar que algo en materia política sea necesariamente bien intencionado o no sea vulnerable a la corrupción al mal uso.

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