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Año de la misericordia, ¿sin pena ni gloria?

Gil de Zúñiga 1Cuando Lutero en 1517 colgó en la puerta de la catedral de Wittenberg sus 95 tesis sobre las indulgencias, anidaba en su interior un profundo desasosiego: cómo alcanzar un Dios misericordioso. De ahí que las indulgencias no eran otra cosa que una pretensión maniquea de obtener la salvación por propios méritos y con las indulgencias, para él, se venía abajo la posibilidad de alcanzar un Dios misericordioso y todo el edificio de la justificación, pues se hacía inútil la salvación de Cristo a través de su muerte en la cruz.

No sé si Lutero hubiera hecho lo mismo, aunque esta vez en facebook, al presenciar los ritos de apertura de alguna de las puertas de catedrales e iglesias destinadas a conmemorar el año de la misericordia por los “misioneros de la misericordia”, nombrados ad hoc. En la mencionada apertura no faltaron las alusiones a “ganar” las indulgencias correspondientes ni tampoco las estampas alusivas y el cepillo de las limosnas, aunque en algún sitio esta palabra era sustituida por “ofrendas” No creo que el carácter provocador del papa al proclamar el año de la misericordia terminase aquí y de este modo. Pero la tendencia a simplificar las cosas acaba en la ritualización de algo tan profundamente necesario en la sociedad civil y en la comunidad eclesial como la misericordia. Se nos propone, en definitiva, un año para ver, juzgar y actuar desde la misericordia.

Por los frutos los conoceréis, dice la máxima evangélica. Se podrían plantear algunas preguntas al respecto, pero la más inmediata por su visibilidad es si en nuestra sociedad española se han evidenciado y multiplicado los gestos de misericordia. Diferenciaría tres niveles: el social, el político y el eclesiástico (del individual, cada uno es responsable de su empatía con la misericordia):

  • a) Socialmente se han multiplicado gestos de misericordia y de denuncia para favorecerla en diferentes campos: desahucios inmisericordes, recortes en sanidad y educación, pobreza infantil, emigrantes y refugiados… Por los medios de comunicación social y redes sociales conocemos cómo ongs, asociaciones, colectivos, instituciones religiosas, familias… han hecho visible la misericordia y, sobre todo, que aquello que aprendimos de niño como obras de misericordia es posible en medio de un mundo abocado a considerar que cada ser humano es una isla, como nos advertía en su tiempo Thomas Merton. Socialmente la misericordia existe y nuestra sociedad, por fortuna, no está de espalda a ella; ahí están las manifestaciones en días pasados y en diversas ciudades españolas demandando a los responsables políticos -nacionales, autónomos y municipales- respuestas inmediatas de acogida a los refugiados.
  • b) Políticamente la misericordia ha brillado por su ausencia, si nos referimos sobre todo al máximo responsable, el gobierno estatal. Es cierto que algunos partidos políticos son más sensibles a todo lo que concierne a la pobreza individual y social, pero la impresión es que aún están en el territorio de las palabras y no en el de los hechos. La misericordia no es ajena al mundo de la política, a la toma de decisiones en favor de la comunidad. Estas decisiones políticas primordialmente deben ir encaminadas a favorecer a los más pobres de nuestra sociedad, pues la justicia acompaña a la misericordia hasta el punto de que sin misericordia no hay sociedad.

Nuestro gobierno del PP, por el contrario, se ha establecido en el campo de los ricos y de aquí legisla para todos. Las consecuencias inmediatas son recortes en educación, sanidad, servicios sociales, abandono de la ley de dependencia… El abanico de realidades sociales fuera de la justicia y de la misericordia es por desgracia muy amplio, pero me fijaré en dos de ellas: la pobreza infantil y los refugiados. Respecto a la primera, el informe de la ONG Save the Children, cuyo título no puede ser más llamativo, Desheredados. Desigualdad infantil, igualdad de oportunidades y políticas públicas en España, ni más demoledor, al constatar con datos una realidad que clama al cielo. Según el informe, España, desde que se inició la crisis, es el país europeo que más ha aumentado el número de niños que viven en hogares donde nadie trabaja hasta llegar a 800.000 menores. Según el Presidente de dicha ONG el “Estado español, léase Gobierno, no permite que los niños tengan las mismas oportunidades, al contrario, les pone zancadillas a los que peor están. Ni las políticas públicas de protección social ni el sistema fiscal están diseñados para reducir la desigualdad y acabar con la pobreza”; todo ello se traduce en carencias diversas que aumentan la desigualdad. La ONG resalta la salud de los niños pobres: acceso limitado a servicios sanitarios como oculista, dentista, logopedas; incluso los niños más pobres sufren más obesidad que los niños ricos debido a la mala alimentación. No menos duro es el informe de la Comisión Europea de 2017 sobre España. “La desigualdad entre el 20% más rico y el 20% más pobre es una de las más elevada de la Unión y sigue al alza”, lo que conlleva que uno de cada ocho trabajadores está en riesgo de pobreza y que el 28% de los ciudadanos está en riesgo de exclusión social y, por lo tanto, afecta a más de un tercio de los niños.

Respecto a los refugiados nuestro gobierno mira para otro lado, como si no hubiera problema alguno y se olvida de su compromiso europeo de acoger a casi 18.000 refugiados procedentes de Siria y de la zona afectada por la guerra. El dato escalofriante y vergonzoso es que España ha admitido apenas 1.000 refugiados. Parejo a los refugiados están los emigrantes que asaltan la valla de concertinas  en Ceuta y Melilla o acceden a España mediante pateras. Amnistía Internacional reprocha a España no tanto la normativa sobre vallas de concertinas cuanto el que no se implemente la Ley de Asilo que “condena a la indigencia” a los más de 12.500 emigrantes subsaharianos entre enero y octubre de 2016, así como el sistema “inadecuado” de los centros de acogidas. Es llamativo que la sociedad española sea de las menos xenófobas de Europa y en cambio su Gobierno haga todos los méritos para lo contrario.

  • c) Eclesiásticamente, es decir, desde la estructura jerárquica, la misericordia se ha quedado en buenas palabras con la programación de diferentes jornadas sobre la misericordia. Si, como decía el cardenal Tarancón, los obispos españoles padecen de tortícolis de tanto mirar al Vaticano, en el año de la misericordia han mirado para otro lado y ni se han percatado del gesto del papa Francisco de acoger a refugiados. Por el contrario, en el año de la misericordia la cúpula episcopal ha estado más preocupada, porque España no tenía gobierno, del PP por supuesto, y, una vez que el PP está en el gobierno, su prioridad es la religión en la escuela pública y concertada, como se ha evidenciado en estos días en la reunión del Presidente de la CEE y el Presidente del gobierno, para que la jerarquía eclesiástica esté presente en la comisión de educación. Eso sí y como de pasada, según los medios de comunicación social, el Presidente de la CEE se interesó por el proceso de acogida de los refugiados. ¿Es que el resto de los obispos españoles se ha preocupado de realizar lo del “juicio ateo”, según el poeta extremeño JM. Valverde, de Mt. 25, 35-40? En su mayoría han tenido otras preocupaciones, al parecer más acordes con el evangelio (??), como la condena a ultranza de las diferentes leyes autonómicas sobre la ideología de género, simplificando al máximo este problema tan doloroso para algunos chicos y chicas al considerar que se trata de una perversión, pues con estas normativas, dicen, uno puede cambiarse de sexo cuando le dé la gana; ahí está la interrumpida campaña de la Asociación ultracatólica Hazte oír apoyando la tesis episcopal. Más de uno se pregunta por qué esta obsesión de los obispos españoles por el sexo, a pesar de que este tema no es objeto del examen final de Mt. 25, 31-46. No es de extrañar que algunos sectores de nuestra sociedad respondan caricaturizando algún imaginario religioso. No ocurriría lo mismo si cada obispo, por ejemplo, acogiera a 15-20 familias de refugiados o emigrantes en sus múltiples edificios y viviendas “inmatriculados”, siguiendo así el ejemplo misericordioso del papa Francisco.

Es más, ante tanto dolor social (no entro en el dolor específicamente eclesial) la respuesta de la jerarquía es el silencio; no es beligerante ni con la palabra ni con los hechos. Para muchos la explicación más inmediata es que de este modo no se molesta al gobierno del PP, quien está muy solícito para atender a la Iglesia en sus exigencias económicas y educativas. Esa actitud de la jerarquía eclesiástica no sería la misma, si el gobierno fuese de izquierdas. La práctica de la misericordia no puede tener connivencia con el silencio, ni político ni social, pues sin misericordia no hay sociedad y mucho menos comunidad eclesial, Iglesia. La misericordia es el ADN de la Iglesia que debe manifestarse en los momentos más álgidos de sufrimiento y dolor humanos, pues el que es “clemente, compasivo y justo brilla en las tinieblas como una luz” (Sal. 111, 4). El ser humano no puede despreocuparse del sufrimiento del otro, ya que es ontológicamente “un ser-con”, dice M. Heidegger, y ahí aparece la misericordia; por eso escribe E. Lévinas que “desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él…; su responsabilidad me incumbe”.

 

 

3 comentarios

  • El p. jesuita Garcia Villoslada, en sus dos tomos sobre Martín Lutero, que eso de las tesis clavadas, hay que considerarlo como una leyenda.

    Saludos

  • Antonio Rejas

    Así es, sin pena ni gloria, sobre todo para los hombres de iglesia, o sea, los jerarcas, y digo “hombres” porque estos son los que mandan. Apuntaría que esto ha sucedido principalmente porque dicha promulgación venía de Francisco, aunque no excluyo la carencia de esta virtud en los jerarcas a la vista de su decir y hacer, fundamentado todo en normas, cánones e intereses dictados por ellos sin tener en cuenta los sufrimientos que puedan producirse. Tal vez, si el año de la miericordia hubiera procedido de alguno de sus últimos predecesores, habría ocasionado en los obispos españoles esa “torticolis” a la que se alude en el artículo. Tampoco quiero excluir a gran parte del episcopado mundial en esta desafección por la figura de Francisco, ya que éste ha centrado su mensaje en la vivencia auténtica del Evangelio, como no podía ser de otra manera, porque se trata del fundamento único del cristianismo. Toda esa parte de la jerarquía contraria a las sugerencias y directrices del actual obispo de Roma consideran a la Iglesia como una empresa muy alejada de los ideales evangélicos y de la que ellos son sus grandes ejecutivos y ya son conocidas las motivaciones que estimulan a estos.

    Lo peor de toda esta realidad actual es que de tales ejecutivos episcopales puede proceder en su momento el sucesor de Francisco. ¿Qué sucedería? ¿Otra larga involución? Es lamentable, pero al mismo tiempo esperanzador, que sea la sociedad civíl, más o menos creyente, la que preste mayor atención al cambio de rumbo eclesial.

    “Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús (rostro, añado yo, impregnado de misericordia como demuestran sus dichos y hechos habituales en la corta pero intensa predicación de su proyecto) a los hombres y mujeres de hoy”, afirma José A. Pagola. Y continúa “Dichosa la Iglesia que llora con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús”.

    En el nivel político, cualquiera que sea la ideología gobernante, pero de manera especial con el actual neoliberalismo español y europeo, la misericordia es un concepto desconocido que ni está ni se le espera. El capitalismo neoliberal ignora la misericordia y desprecia cualquier parecido a ésta y a  la justicia social porque es un sistema económico-social esencialmente contrario a estos conceptos. En España están a la vista los efectos producidos en la vida de muchos españoles y, por tanto, no es posible esperar mejor atención a los refugiados a pesar del compromiso político existente.

       

     

     

     

  • Antonio Duato

    Uno de los principales motivos por los que fue criticado Francisco en los medios ultraconservadores es por haber convocado un año santo sin hacer ninguna referencia en la convocatoria oficial a las indulgencias. Se pueden encontrar textos, que ahora no me entretengo en buscar. Otra cosa es que, contra el sentido de Francisco –Abrir puertas de la Iglesia actual a los necesitados de misericordia– muchos obispos recalcaran el sentido tradicional de los años santos para ganar indulgencias, para abrir las puertas del purgatorio a las almas de los parientes y atesorar indulgencias para sí. Muchos obispos quieren la Iglesia de Trento, no la de Francisco.

    Pero, como en ATRIO no quiero insistir en hablar de cosas de los católicos, reenvío a leer los dos últimos post incluidos en http://www.iviva.org sobre el contraste entre el papa y nuestros obispos.

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