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MARCOS ANA

Evaristo Villar y Juanjo Sánchez hicieron esta larga entrevista a Marcos Ana hace dieciséis años, cuando no eran muchos en España quienes le conocía. Y salió publicada en  Éxodo 101 (noviembre-diciembre 2009). Es un texto largo, de esos que ofrecemos a veces los fines de semana, siguiendo la tradición inglesa de los suplementos dominicales. Pero vale la pena para recoger el testimonio de un hombre que en las largas horas de soledad carcelaria supo ahondar en la dimensión humanista del verdadero comunismo. AD.

Soy salmantino. Nací el 20 de enero de 1920, en la pedanía San Vicente, del municipio de Alconada, pero vivíamos en Ventosa del Río Almar, en el seno de una familia pobrísima de jornaleros del campo. Mis padres, Marcos y Ana, eran gente noble y sencilla, esclavos de una tierra que no les pertenecía. Mi padre, de una humanidad natural, era analfabeto y mi madre, una mujer de una inteligencia natural y de una ternura que recordaré siempre”.

Católico en su infancia, socialista en su juventud y comunista hoy, su vida ha sido una pasión constante en defensa de los oprimidos y desheredados. Detenido al final de la Guerra Civil, pasó 23 años en la cárcel durante la represión franquista y fue condenado dos veces a muerte. Desde la cárcel de Burgos, donde pasó los últimos 16 años, escribió los poemas más hermosos que le han dado a conocer en todo el mundo, contribuyendo a desencadenar un movimiento internacional de solidaridad con los represaliados españoles de la dictadura. Desde entonces se ha convertido en uno de los más brillantes símbolos laicos de la memoria necesaria y de la solidaridad internacional.

¿Para qué recuperar ahora la memoria de una historia dramática ya casi olvidada?

La recuperación de la memoria histórica no es para pedir cuentas a nadie por las responsabilidades personales contraídas en el pasado, sino para situar la Historia en su lugar, arrancar del olvido a nuestras víctimas y cancelar de una vez los procesos y condenas incoados por un régimen ilegal, impuesto por las armas frente a la legalidad de la República.

Lo que se pretende es que lo que hemos sufrido aquí, en España, no sea posible ya nunca más para nadie. Se dice, con acierto, que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Es necesario conocer la historia no para emponzoñarse en ella. Siempre he dicho que la venganza no es un ideal político, ni corresponde al espíritu revolucionario. Es de justicia cerrar las heridas, pero no en falso. Hay que pasar página, pero después de haberla leído.

¿Puede ser inocente la amnesia o enfermedad del olvido de la historia?

Hay intereses evidentes en la amnesia, es verdad. Si no se puede permitir el odio, sí es necesario reivindicar la justicia. Dice Saramago en el prólogo de mi libro, continuando el título de mi libro (Decidme cómo es un árbol): “díganme cómo es la justicia, no me digan cómo es la dignidad”. Porque Saramago parte del supuesto de que la dignidad ya la he puesto yo con mi propia vida. Yo aprendía la dignidad en una familia de jornaleros sin tierra, profundamente católica. Mis padres, cuando pasaba el amo, no sólo se quitaban la gorra, sino que se hacían la señal de la cruz como si fuera el mismo Dios redivivo.

Pero vuelvo a repetir, no podemos confundir la justicia con la venganza. Yo me sentiría profundamente desgraciado si, después de 23 años de cárcel, al salir en libertad me hubiera preocupado por buscar al que me golpeó para romperle la cabeza. Yo no he luchado por eso. La única venganza que me puede satisfacer es ver que un día triunfan los ideales por los que yo he luchado y por los que tantos hombres y mujeres en este país perdieron su libertad y su vida. Esta es mi venganza. Lo otro nunca se me ocurrió ni pensarlo.

De una familia pobre y tradicionalmente cristiana…

Sí. Recordando a mis padres, los católicos honestos me merecen mucho respeto. Os daré un poema que desde la cárcel escribí a los católicos y que un sacerdote, por atreverse a leerlo en una prédica dominical, fue duramente sancionado… El poema termina así: “Escúchame, quienquiera que tú seas / si es que el amor a Dios el alma te ilumina / no puedes de este mundo así marcharte / emprender la gran senda con las manos vacías / llegar ante las puertas de Dios, que tu fe sueña / existe bajo el Arco del Eterno Cobijo / para decir: “Señor, no traigo nada / dame un puesto al amor de tu lumbre divina”. /Porque el Señor, tu Dios, te contestaría: / ”vete, rompe tus pies por los bermejos hielos infinitos / apóyate en la vara nudosa de tus oídos / serás un caminante para siempre, si no hallas / la palma del amor que no quisiste / tomar del árbol que plantó mi sangre”.

Tzvetan Todorov habla de los abusos o trampas de la memoria. La recuperación de la memoria se puede convertir en una trampa o trofeo particular de un grupo de poder.

En los centros de la memoria hay nietos de fusilados y lo que yo advierto es que lo único que buscan es que haya luz. La recuperación no puede ensuciarse con bajas revanchas. Hay que conseguir algunas reparaciones. En el otro bando se han reparado, hasta tal punto que algunas víctimas ya están en los altares. En el nuestro, que fue el legal, después de más de treinta años de democracia, no se ha reparado nada. Nadie exige reparaciones económicas ni prebendas de ningún tipo. Queremos justamente reconocimiento de nuestra dignidad. Una dignidad que, por miedo, se ha ocultado frecuentemente. Aquí trabaja conmigo una chica que hace muy poco conoció que su abuelo había sido asesinado por defender la República. Y su madre le recomienda que no se signifique para que no le pase lo que le pasó a su abuelo…

Exigencias, sí. ¿Y cuáles pueden ser las trampas? La recuperación de la memoria ¿supone volver patas arriba toda la historia? ¿Existen algunos límites infranqueables?

El miedo es hoy por hoy una trampa y un límite “políticamente” infranqueable. Necesitamos romper esta coraza con el coraje aquel que demostró Suárez el 9 de abril de 1977 al legalizar el Partido Comunista de España. Tras de este gesto se rompieron todos los miedos, se desvanecieron todos los fantasmas y Madrid se convirtió en una fiesta. Pero una fiesta que, en modo alguno, pretendía abdicar de la memoria. Aún recuerdo con emoción aquella tarde, después de la fiesta, que relato con temblor en mi libro: “Me senté en la terraza de un bar, que hacía esquina con Padilla, frente al colegio de los Calasancios que fue en tiempos pasados la temible cárcel de Porlier. Pedí un café y me quedé mirando fijamente el edificio, ensimismado, como si quisiera revivir su historia y rescatar del olvido a mis camaradas. Allí estuve condenado a muerte, allí di el último abrazo a centenares de compañeros antes de caer asesinados con las últimas estrellas de la madrugada. Desfilaron por mi recuerdo escenas de heroísmo y dolor, despedidas inolvidables que aún estremecen mi corazón”.

Repito, el miedo es la coartada, el límite, la trampa. No podemos seguir siendo desagradecidos y rácanos con quienes tanto arriesgaron por salvar nuestra libertad. Los únicos límites para la memoria los ponen el odio y la venganza.

¿Qué juicio te merece el Proyecto de Ley de la Memoria Histórica, desde su diseño jurídico? Y ¿por qué ahora en España?

La ley que se aprobó al final de 2007 e intentaba dar una base institucional necesita desarrollo. Tiene cosas positivas como acabar con la simbología franquista. Pero lo que nos preocupaba a nosotros, como ocurrió en Portugal, Italia y Alemania, era que, una vez aprobada la ley, quedaran anulados todos los procesos y sentencias dictados por tribunales ilegales. Ya en el 2002 el Parlamento Europeo, con la abstención del PP, aprobó una resolución que afirmaba que el régimen franquista había sido impuesto por las armas, y, por tanto, era ilegítimo. Y en el año 2006 se vuelve a confirmar la misma resolución. Con esto por delante, no se concibe que se esté tardando tanto en recuperar la memoria histórica. En 1963 fue asesinado Julián Grimau. Y su mujer, llorando, me dice: “pero, Marcos, llevamos ya 30 años de democracia. ¿Cuántos años más tendremos que seguir esperando para que mi marido sea rehabilitado?”. Y así piensan miles de personas que sufrieron injustamente aquel pasado.

Entonces, ¿cuál es tu impresión sobre el desarrollo práctico que esta Ley está teniendo?

Mi impresión es que el Gobierno ha promulgado la Ley y luego la ha dejado abandonada. Pero no se puede olvidar que esta Ley está ya en la memoria y en las manos de los ciudadanos y ciudadanas que, con dificultad, van desarrollando algunos aspectos. La Barranca (Logroño), por ejemplo, es un monumento enorme, un cementerio civil como medio campo de fútbol, y mantiene enhiesto un muro de piedra donde están grabados los nombres de todas víctimas. Habrá que estar siempre vigilantes para que esto no despierte el odio de algunas gentes. Ya hemos sufrido bastante en este país como para agrandar ahora el sufrimiento. Se pretende transmitir otra grandeza: el reconocimiento y la generosidad con las víctimas.

Es verdad que el Gobierno ha tenido muchas dificultades por la crispación que provoca siempre en la extrema derecha que acaba siempre pervirtiéndolo todo.

Nos preguntamos si habrán leído tu libro y tus poemas que, a pesar de todo lo sufrido, no rezuman precisamente odio ni deseos de venganza.

Sí. En este libro, escrito en 2007 y que va ya por la 6ª edición, nadie podrá ver odio ni deseos de revancha. Es un libro abierto. Hay respeto para todos. El odio no cabe en nosotros. Suelo contar una anécdota de Simón Sánchez Montero, que me recuerda escenas vividas por mí mismo, que dice que, cuando estaba siendo torturado, ensangrentado y deshecho y el policía no conseguía arrancarle nada, le cogió por la solapa y, encendido, le espetó: “pero vosotros ¿por qué lucháis?”. Y él, estremecido por el dolor de la tortura, le dijo mirándole a los ojos: “pues mira, yo lucho por una sociedad donde nadie pueda hacer lo que tú estás haciendo conmigo”. Ese es el fondo de nuestra mentalidad. La revancha no está en nuestro diccionario.

Pero en los dos bandos se cometieron los mismos atropellos…

Eso dice frecuentemente la extrema derecha. Y hay en ello una pequeña parte de razón. Sin tratar de justificarlas nunca, hay que admitir que en ambos campos se cometieron auténticas barbaridades. Eran los comienzos de la Guerra Civil, cuando todas las pasiones estaban desatadas. Hubo entonces gente que pretendió tomarse la justicia por sus manos. Pero eso, en el bando republicano, duró muy poco, porque esa no era la política del Gobierno de la República. Y esos disparates no se pueden comparar con la sistemática política de represión que llevó después la dictadura.

¿Y por qué el ensañamiento contra la Iglesia católica?

Siempre me ha sorprendido el hecho de que después de ganar una guerra injusta no haya habido oficialmente ningún gesto de generosidad ni grandeza. Porque la dictadura, que estuvo tan asociada a la Iglesia jerárquica, continuó matando durante 40 años. Esto me obliga a hacer alguna reflexión del tenor de la siguiente: ¿Cómo es posible que algunos de los disparates mayores que se hicieron durante la Guerra Civil fueran precisamente en algunos pueblos contra la presencia de la Iglesia católica (quema de iglesias, de conventos, asesinato del cura del pueblo)? ¿Qué había hecho la Iglesia para ser tratada de esa manera? Porque la gente que lo hacía no se había significado nunca por ser precisamente incendiaria o desalmada. ¿Por qué, entonces, ese odio contra la Iglesia? Los católicos también deberían preguntarse por qué la Iglesia fue tratada de ese modo. Y no se puede olvidar que, nada más comenzada la guerra, el cardenal Gomá proclamó: “benditos sean los cañones si en las brechas que abren florecen las rosas del evangelio”. Y luego esa Iglesia paseó a Franco bajo palio.

¿No hubo del lado republicano voces que se levantaran contra la barbarie?

Habría muchas voces que reseñar. Pero me voy a fijar sólo en ésta. Cuando, ya en democracia, el Comité Central del Partido Comunista estaba en la calle Santísima Trinidad, mi despacho estaba al lado del de Dolores Ibárruri, la “Pasionaria”. Por entonces, como siempre, yo me encargaba de la solidaridad que hacíamos desde el Partido. Pues bien, un día nos dicen desde el control de entrada que había allí unas monjas que querían ver a la Pasionaria. Bajé yo y me encontré con tres viejecitas muy arrugadas y con un hermoso ramo de flores en la mano. Las subí hasta la Pasionaria y entonces nos contaron la historia: su convento, durante los primeros días de la guerra, fue ocupado por milicianos incontrolados que hacían toda clase de desmanes. Esto llegó a oídos de la Pasionaria que, al mando de una compañía del 5º Regimiento, expulsó a aquellos desalmados ocupas y dejó allí un retén para defender el convento. Y resulta que estas tres mojas, que eran de aquella época, enteradas de la presencia de Dolores en Madrid, fueron a agradecerle el gesto con un ramo de flores.

Abriendo aún más el baúl de tus recuerdos, ¿qué procesos de recuperación de la memoria o de reconciliación te han causado mayor impresión?

Me acuerdo de los procesos llevados a cabo en Alemania, Portugal, Argentina, etcétera. En esta última estaba la ESMA, que fue un lugar de torturas y ahora es un centro de memoria. El poeta Gelman y yo presidimos su inauguración. Estos países han resuelto sus problemas; nosotros, no: por miedo a que la memoria nos abra las heridas y nos vuelva otra vez al pasado, no lo hemos hecho. Algunos ya a mediados de los cincuenta planteamos la necesidad de la reconciliación. En muchos de mis poemas llamo a la reconciliación de los españoles. Ya no era rentable preguntar a nadie “en qué bando estuviste”, sino “¿por quién estás tú hoy, por la libertad o por la dictadura?”. Y nunca debemos confundir la reconciliación con el olvido.

Se destaca mucho hoy día tanto entre los estudiosos del “holocausto” como entre los teólogos de la liberación esta pregunta: ¿por qué las víctimas tienen una autoridad moral?

Para mi esa autoridad moral está en la generosidad y en la esperanza de las víctimas, sin atisbo de rencor.

Dices en tu libro: “yo conocí, como tantos compañeros, la pérdida de libertad, sufrí la tortura, viví al borde de la muerte, cometieron conmigo las más humillantes vejaciones. Podía haberme convertido en una bestia llena de odio. Pero, al contrario, mi experiencia personal me llevó a la conclusión de que nunca sería capaz de ejercer la violencia contra nadie. Precisamente porque la he sufrido”. Violencia no, pero ¿y la justicia? ¿Dónde queda la justicia?

En la cárcel de Burgos, entre los presos comunes, había un chico joven que yo apreciaba mucho. Este chaval tenía una única obsesión: salir de la cárcel para abrir la barriga al que lo había denunciado. Este modo de hacer justicia, de ojo por ojo, se puede entender en un preso común. Pero en un hombre que lucha por ideas no cabe esa miserable venganza. La única venganza que cabe es la que se debe mantener frente al sistema represivo y cruel.

¿Puede haber reconciliación sin perdón? ¿Puede pasar el perdón por encima de la justicia? ¿Qué lugar ocupa el perdón en todo el proceso?

Perdón, sí, olvido, no, porque sería una injusticia. Aquí, en el barrio del Retiro donde vivo, que es un barrio de derechas, todo el mundo me conoce. Ellos saben que he sido y sigo siendo comunista. Un comunista que sabe distinguir entre las ideas, los hombres y los partidos. La bondad de las ideas está por encima de la conducta de los hombres y de los partidos, que son instrumentos que pueden fallar. Yo lucho por un mundo donde la guerra y el hambre desaparezcan para siempre. Donde las desigualdades no sean tan insultantes como son en nuestros días, donde el sol salga y caliente para todos. Como veis, es un ideal que está muy cerca de Cristo. ¿No es esto reconciliación, perdón y deseo de justicia? Yo escribí un poema desde la cárcel que expresa muy bien mi actitud en la vida: “Si salgo un día a la vida / mi casa no tendrá llaves; siempre abierta, como el mar / el sol y el aire… Mi casa y mi corazón / nunca cerrados: que pasen / los pájaros, los amigos / el sol y el aire”.

¿Qué piensas de la actitud que está teniendo hoy día la Iglesia ante las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura? Algunos teólogos gustan de calificarla “comunidad de memoria”.

La Iglesia en este tema tiene una actitud militante. Está muy en sintonía con la extrema derecha del país. Quizás recuerdan el azote que supuso para ella los primeros meses de la guerra. Pero a mí me ofende la opulencia religiosa y su parafernalia. Ésta va contra la actitud del evangelio y de Cristo, que es para mí mucho más grave. La Iglesia tiene una actitud radical y beligerante casi siempre frente a los sectores progresistas. Siempre se coloca del lado de los poderosos. Aunque recuerdo también a algunos sacerdotes y comunidades que terminaron sacrificando su vida, asesinados por defender a los pobres. En mi biografía siempre se dice: católico en su adolescencia, socialista en su juventud, hoy comunista. Siempre he estado apasionado por las causas que me han parecido justas. Y entiendo que para los cristianos debe ser muy triste el papel que está jugando hoy la Iglesia.

En algún lugar de tus memorias hablas de cómo se te vino abajo el mundo religioso por su incoherencia e irracionalidad. Y citas una frase de Primo Levi a propósito de los horrores del nazismo: “debo admitir que la experiencia de Auschwitz ha borrado de mí cualquier rastro de formación religiosa: existe Auschwitz, entonces no puede existir Dios”. ¿Influyó en esta caída la incoherencia y actitud de la Iglesia o el descubrimiento de otras cosmovisiones?

En mí ha pesado mucho la incoherencia e irracionalidad de la Iglesia. Porque yo, antes que otra cosa, fui militante católico. Desde la parroquia íbamos a los actos políticos de izquierda, de la Juventud Socialista, a repartir una revista que se llamaba “Hosanna”. Un día escuché a un orador que estaba hablando de mí, de mis padres, de nuestra pobreza y me quedé prendado. El orador, que no nos conocía pero que reflejaba perfectamente lo que nosotros estábamos viviendo, era Federico Melchor, que encontré luego en París. Desde aquel día siempre me ofrecí voluntario para ir a repartir la revista en los actos de la Juventud Socialista Unificada, porque vi claramente que ése era mi campo. E ingresé en la agrupación. Sin embargo, lo que no pude decir nunca a los compañeros es que durante el día cumplía mis tareas como militante y por la noche me arrodillaba para hacer mis oraciones. Tendría entonces 14 años.

¿Y cómo lo veían en la parroquia?

Pues no lo entendían, claro. Había un padre dominico que vivía cerca de mi casa y que me quería mucho, hasta me daba chocolatinas. Pues bien, este buen hombre llegó a proponer a mis padres mi ingreso en el seminario. Él pagaría mis estudios. Mis padres estaban de acuerdo, pero mi hermana Margarita, la mayor, decididamente lo impidió. Un día, después de ingresar yo en la Juventud Socialista, me llamó y discutimos mucho. Yo le decía: “pero bueno, ¿Dios tiene un poder ilimitado o no?”. Y él respondía: “hijo mío, el poder de Dios no tiene ni principio ni fin”. Y yo le respondía: “entonces ¿por qué ha hecho tan mal este mundo?”. Y él respondía: “hijo mío, porque Dios nos concedió el libre albedrío y respeta como un padre a sus hijos aunque vayan por mal camino”. Y yo insistía: “es que un padre, si tuviera el poder de Dios, haría un hijo perfecto”.

La dialéctica seguía y yo ingenuamente entonces insistía: “¿y Dios conoce el fin de las cosas?”. “Hijo mío, Dios conoce el principio y el fin del mundo que él ha creado”. “Pues entonces, insistía yo, ha jugado con nosotros como con soldaditos de plomo. Pues ya sabe, de antemano, cuál es el final de cada cual”. Así fui llegando a un momento en que ya me dije: “es absurdo que yo esté aquí entre absurdas penitencias, esperando la misericordia divina cuando hay que luchar por cosas más tangibles”.

En definitiva, yo sé que, si Dios existe, forzosamente tiene que compensarme. Pues voy a procurar ser bueno en este mundo, vivir para los demás que es la mejor manera de vivir para uno mismo.

¿Viviste alguna vez, entre los condenados a muerte, la experiencia de que “Dios está con las víctimas, como les gusta repetir a los teólogos de la liberación?

No. Equivocado o no, yo tenía una formación muy seria. Hay una anécdota que la cuento muchas veces. A fuer de repetirla, me sé de memoria el telegrama que envió el capellán general de prisiones al capellán de la cárcel donde yo estaba. Dice así: “la misión del guardián de prisiones es impedir la fuga física del preso para que cumpla su condena y la misión del capellán es impedir la fuga espiritual del recluso para que, concentrado en su dolor, se redima ante Dios y ante los hombres”. Bien claro, ¿no?

También he visto escenas en la prisión, pocas, de hombres que parecían ateos y muy enteros y, a la hora de la verdad, aceptaban la presencia del sacerdote. En esas circunstancias hay gente que se agarra a todo. Personalmente mi postura se ha mantenido siempre en esta filosofía práctica: voy a comportarme lo mejor que pueda en este mundo, voy a ser generoso y caritativo, voy a vivir para los demás y entonces, ¿qué temor le voy a tener al más allá? Si existe algo me premiarán. Pero tengo un gran respeto y admiración por los que mantienen coherentemente su creencia. Miles de católicos murieron a nuestro lado defendiendo lo mismo que nosotros. Y en la cárcel lucharon por la libertad de conciencia ante quienes nos obligaban a ir a misa a la fuerza. Paro ellos, esta obligación era un sacrilegio… Muchas veces pienso que en esto de la religión me gustaría estar equivocado.

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